"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Ntros.Ant.)

sábado, 23 de noviembre de 2013

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE VI DE XII -NERON CLAUDIO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE VI DE XII
NERÓN CLAUDIO


I. Las dos ramas más ilustres de la familia Domicia fueron los Calvino y los Enobarbo; éstos reconocían por tronco de su origen y de su nombre a L. Domicio, quien, al regresar un día del campo, halló, según se dice, dos jóvenes de rostro celestial (124) que le mandaron anunciar al Senado y al pueblo una victoria todavía incierta; queriendo probarle su divinidad, le tocaron las mejillas y dieron a su barba, que era negra, un tono amarillo cobrizo. Tal distintivo fue heredado por sus descendientes, pues casi todos tuvieron la barba de este color. Fueron honrados con siete consulados, un triunfo, dos censuras y se los admitió en el número de los patricios; conservaron así el apelativo y jamás tomaron otros nombres que los de Cneo y Lucio; se transmitían éstos en orden bastante noble, llevándolos tres miembros seguidos de la familia, y alternativamente, los miembros siguientes. Los tres primeros fueron, por consiguiente, Enobarbo, llamados Lucios; los tres siguientes Cneos, y los demás alternativamente Lucio y Cneo. No estará de más conocer a algunos de ellos, con objeto de que pueda verse cuánto degeneró Nerón de las virtudes de sus antepasados, y qué vicios recibió, por otra parte, de cada uno como hereditarios e innatos.
II. Así, pues, remontando algo más arriba, citaré a su bisabuelo Cn. Domicio; furioso éste porque los pontífices habían elegido durante su consulado a otro ciudadano que a él para ocupar el cargo de su padre, hizo pasar de su colegio al pueblo el derecho de elegir los sacerdotes (125). Venció durante su consulado a los alóbrogos y avernios, y atravesó con este motivo las provincias de su mando montado en un elefante y seguido de una gran muchedumbre de soldados, como en la solemnidad del triunfo. De él dijo el orador Licinio Craso que no era raro verle barba de bronce, puesto que tenía semblante de hierro y corazón de plomo. Siendo pretor su hijo citó a Julio César, después de su consulado, para que respondiese ante el Senado a la acusación de haber actuado en sus funciones contra los auspicios y las leyes. Siendo cónsul él mismo, trató de retirarle el mando de los ejércitos de la Galia, y nombrado sucesor suyo por el partido de Pompeyo, cayó prisionero en Corfino, al comenzar la guerra. Recobrada la libertad, marchó a sostener con su presencia a los marselleses sitiados, pero los abandonó de pronto, muriendo al fin en la batalla de Farsalia. Era arrogante, pero tan salto de firmeza, que cuando la situación se hizo desesperada, temiendo la muerte, quiso dársela él mismo y tomó un veneno, pero fue tal su espanto, que lo vomitó y dio libertad a su médico, que sospechando lo que había de suceder cuidó de disminuir la dosis.
Cuando Pompeyo consultó a sus legados acerca de cómo había de tratarse a los que permaneciesen neutrales, Domicio fue el único que opinó que había de tratárselos como enemigos.
III. Dejó un hijo, que fue indudablemente el mejor de la familia. Envuelto, aunque inocente, en la condenación de la ley. Pedia contra los asesinos de César, se retiró con Casio y Bruto, de quienes era pariente. Tras la muerte de estos dos jefes, supo conservar y hasta aumentar la flota que le habían confiado, y sólo la entregó a Marco Antonio cuando la derrota de su partido era completa y por convenio voluntario; agradecióselo tanto aquél que fue el único de todos los condenados por aquella ley que pudo volver a la patria y alcanzar la más altas dignidades. Cuando principió de nuevo la guerra civil fue legado de Antonio, ofreciéndole entonces el mando los que se avergonzaban de obedecer a Cleopatra; mas se encontraba entonces enfermo, y no atreviéndose a aceptar ni a rehusar, terminó por pasar al partido de Augusto, muriendo pocos días después con la reputación algo manchada; Antonio pretendió, en efecto, que le abandonó por el deseo de ver a su amante Servilia Naidia.
IV. De este Domicio nació el que debía ser el ejecutor testamentario de Augusto, tan conocido desde su juventud por su habilidad para guiar carros, como célebre después por los ornamentos triunfales que se le concedieron al fin de la guerra de Germania. Arrogante, pródigo y cruel, no siendo más que un simple edil, obligó al censor L. Planco a cederle el paso; durante su pretura y su consulado, obligó a presentarse en la escena a caballeros romanos y mujeres distinguidas para representaciones mímicas; dio cacerías de fieras y combates de gladiadores en el Circo y en todos los barrios de la ciudad, y desplegó en ellos tanta barbarie, que Augusto, que en vano le había reconvenido en particular, tuvo que hacerlo en un edicto.
V. Tuvo de Antonia la mayor un hijo que fue el padre de Nerón, y cuya vida fue de las más detestables. Acompañando al Oriente al joven C. César, mató a un liberto que se negaba a beber la cantidad de licor que él le mandaba. Excluido por este muerte de la sociedad de sus amigos, no se condujo con mayor moderación. En la vía Apia aplastó a un niño, lanzando al galope su caballo expresamente para ello.
En Roma, en pleno Foro, reventó un ojo a un caballero romano que discutía acaloradamente con él. Era tal su mala fe, que no satisfacía a los vendedores el precio de lo que compraba y durante su pretura defraudó del premio a los aurigas vencedores, si bien las burlas de su hermana y las quejas de los jefes de los diferentes partidos le obligaron a proclamar que de allí en adelante los premios se pagarían en el acto. Acusado a fines del reinado de Tiberio de un delito de lesa majestad, de gran número de adulterios y de incesto con su hermana Lépida, sólo el cambio de reinado le pudo librar del castigo. Murió de hidropesía en Pirgia, dejando de Agripina, hija de Germánico, un hijo, que fue Nerón.
VI. Nació Nerón en Anzio, nueve meses después de la muerte de Tiberio (126), el 18 de las calendas de enero al salir el sol, cuyos rayos le tocaron antes que él tocase la tierra. Entre muchas señales terroríficas que presidieron el instante de su nacimiento, se consideró como presagio la contestación de su padre Domicio a las felicitaciones de sus amigos; éste dijo, en efecto, que de Agripina y él no podía nacer más que algo detestable y fatal para el mundo. El día que recibió su nombre (127), observase también un pronóstico igualmente fatal: estrechado C. César por su hermana para que diese a aquel niño el nombre que más le gustase, y viendo pasar a su tío Claudio, que más adelante adoptó a Nerón, contestó que le daba el de aquél, diciendo esto en chanza y para contrariar a Agripina que, en efecto, se opuso a ello, porque Claudio era entonces la vergüenza de la corte. A los tres años perdió a su padre, y nombrado heredero de sus bienes por un tercio, ni siquiera se le asignó esta parte, pues Calígula, su coheredero, se apoderó de toda la herencia. Desterrada a poco su madre, quedó reducido poco menos que a la indigencia y fue educado en casa de su tía Lépida, siendo sus maestros un barbero y un bailarín. Bajo el reinado de Claudio recuperó, no obstante, la fortuna de su padre, y hasta enriqueciese con el caudal de su suegro Crispo Pasieno. La influencia de su madre, llamada del destierro, le hizo elevar tanto, que corrió incluso el rumor de que Mesalina, esposa de Claudio, había intentado hacerle estrangular dormido, como a peligroso rival de Británico. Añádese que los asesinos huyeron espantados al contemplar una serpiente que salia de su lecho. Motivó esta fábula el haberse encontrado un día cerca de su almohada restos de una piel de serpiente, que su madre le hizo llevar algún tiempo en un brazalete de oro sujeto al brazo derecho. Más adelante dejó este brazalete, que le traía a la memoria recuerdos importunos, y cuando lo pidió en sus últimos momentos no se pudo encontrar.
VII. Desde muy jovencito tomó parte en las solemnidades del Circo, fue uno de los actores más asiduos de los juegos troyanos y recibió numerosos testimonios del favor público. Tenia once años cuando Claudio lo adoptó dándole por maestro a Anneo Séneca, que ya era senador. Dícese que Séneca soñó a la siguiente noche que tenía a Calígula por discípulo, sueño que Nerón no tardó en justificar con las precoces muestras de su detestable carácter. Habiéndole llamado Enobarbo su hermano Británico, por costumbre, después de su adopción, esforzase en probar a Claudio que Británico no era hijo suyo; abrumó con su testimonio, frente a los tribunales, a su tía Lépida, a fin de congraciarse con su acusadora Agripina. El día en que fue a tomar la toga en el Foro (128) distribuyó el congiario al pueblo y el donativo a los soldados; habiendo ordenado después a los pretorianos un ejercicio militar, quiso figurar él a su cabeza, con el escudo en la mano, y en el Senado, en fin, dirigió un discurso de gracias a su padre adoptivo. Defendió en latín ante Claudio, cónsul a la sazón, a los habitantes de Boloña, y en griego, a los de Rodas y a los troyanos. Fue investido con la prefectura de Roma durante las Ferias latinas y con la jurisdicción anexa a este cargo, que fue el primero que se le confió, viendo nevar en él diariamente a su tribunal y por los abogados más célebres, no los negocios corrientes y fáciles, como es costumbre durante estas fiestas, sino los más graves y complicados a pesar de la prohibición expresa de Claudio. Poco tiempo después se unió en matrimonio con Octavia, dando juegos en el Circo y el espectáculo de una cacería.
VIII. Tenía diecisiete años cuando murió Claudio. Nerón salió en busca de los guardias apenas se difundió la noticia, entre la sexta y séptima hora (129), único momento de aquel día nefasto en el que se podían tomar auspicios. Fue saludado emperador en las gradas del palacio, y marchó en litera al campamento; congrego apresuradamente a los soldados, llevándole éstos al Senado, de donde no salió hasta la tarde; no rehusó ninguno de los excesivos honores que se le prodigaron, en los que sólo faltó el título de Padre de la Patria, que no podían darle por razón de su edad.
IX. Empezó su gobierno con demostraciones de piedad filial: hizo magníficos funerales a Claudio, pronunció su oración fúnebre y le situó al lado de los dioses; tributó grandes honores a su padre Domicio y confirió a su madre una autoridad ilimitada. El primer día dio por contraseña al tribuno de guardia: Optima madre, y en los días siguientes se le vio a menudo en público con ella en la misma litera.
Estableció una colonia en Anzio, compuesta de veteranos pretorianos y de los primipilarios más opulentos, a quienes hizo renunciar a su domicilio (130), y construyó también allí un puerto magnifico.
X. Para dar aún mejores augurios de su carácter, anunció que reinaría de acuerdo con los principios de Augusto, no desaprovechando ocasión de mostrar dulzura y clemencia. Abolió o disminuyó los impuestos demasiado onerosos. Redujo a su cuarta parte las recompensas asignadas por la ley Papia a los delatores. Hizo distribuir al pueblo cuatrocientos sestercios por persona. Aseguró a los senadores de elevada alcurnia, pero carentes de bienes, una renta anual que se elevaba para algunos hasta quinientos mil sestercios. Estableció distribuciones de trigo mensuales y gratuitas para las cohortes pretorianas. Un día que le pedían, según la costumbre, que firmase la sentencia de muerte de un criminal, dijo: Quisiera no saber escribir. Saludaba a todos los ciudadanos por su nombre, de memoria y en el orden en que se le presentaban. Cierta vez que el Senado le dirigía acciones de gracias: Me las daréis cuando las merezca, dijo. Admitía hasta el bajo pueblo a los ejercicios del campo de Marte. Declamó frecuentemente en público, y leyó versos suyos, no sólo en su casa, sino también en el teatro, lo que produjo tan general regocijo, que se decretaron acciones de gracias a los dioses, grabando en seguida aquellos versos en letras de oro, dedicándolos a Júpiter.
XI. Dio espectáculos variados, y en gran número, entre éstos los juegos llamados Juveniles, fiestas en el Circo, representaciones teatrales y combates de gladiadores. Los juegos de la juventud quiso que los presenciaran ancianos consulares y madres de familia de edad muy avanzada (131). En los juegos del Circo designó a los caballeros puestos distinguidos e hizo correr cuadrigas arrastradas por camellos. En los que celebró por la eternidad del Imperio, y a los que llamó Grandes juegos, se vio a la nobleza de ambos sexos desempeñar papeles de bufones.
Un caballero romano muy conocido corrió en la liza sobre un elefante; se representó una comedia de Afranio titulada El Incendio, abandonándose a los actores el pillaje de una casa entregada a las Lamas. Cada día distribuyó al pueblo provisiones y regalos de toda clase: pájaros por millares, manjares con profusión, bonos pagaderos en trigo, trajes, oro, plata, piedras preciosas, perlas, cuadros, esclavos, fieras domesticadas, y hasta naves; en fin, islas y tierras, contemplando él estos espectáculos sentado en lo alto del proscenio.
XII. En menos de un año hizo construir en el campo de Marte un anfiteatro de madera para un espectáculo de gladiadores en el que no permitió matar a ninguno de los combatientes ni aun los criminales. Pero hizo combatir en él cuarenta senadores y sesenta caballeros, algunos de los cuales gozaban de considerable fortuna y elevada consideración. Eligió también, en los mismos órdenes, ciudadanos que opuso a las fieras y a los que distribuyó diferentes empleos en la arena. Dio una naumaquia en la que se vieron monstruos marinos nadando en agua del mar.
Grupos de niños bailaron la pírrica, y después del baile, ofreció a cada uno de los niños diplomas de ciudadanos romanos. El asunto de uno de estos bailes era Parsifae, cuyo papel estuvo a cargo de una mujer encerrada en una vaca de madera asaltada por un toro, o al menos así lo creyó ver la multitud. Un Icaro fue a caer, al primer vuelo, cerca del palco de Nerón, llenándolo de sangre. Al principio, rara vez ocupaba en el espectáculo el puesto de honor acostumbrando presenciarlo por pequeñas aberturas, pero más adelante ocupó la parte del anfiteatro más distinguida y más visible. Fue el primero que estableció en Roma juegos quinquenales, compuestos, como entre los griegos, de tres géneros de diversiones: música, carreras de caballos y juegos gimnásticos, y a los que llamó Neronianos. En la dedicación de sus baños y de un nuevo gimnasio, hizo presentar el aceite a los senadores y a los caballeros, y quiso que entre los consulares designara la suerte a los que habían de presidir en los asientos mismos de los pretores durante todo el concurso. Descendió después a la orquesta, en medio del Senado, y recibió la corona de la elocuencia y de la poesía latinas, por voto unánime hasta de sus mismos competidores, que eran los ciudadanos más ilustres de Roma. La que le fue otorgada como premio del arpa, la dedicó a Augusto, haciéndola llevar al pie de la estatua de aquel príncipe. En los juegos gímnicos que dio en el campo de Marte, y en el transcurso de los preparativos del sacrificio, se hizo cortar la primera barba encerrándola en un cofrecillo de oro adornado con pedrería, y la consagró al Capitolio. Invitó a las vestales a asistir a los combates de atletas, porque en Olimpia las sacerdotisas de Ceres gozaban también del derecho de asistir a este espectáculo.
XIII. Pondré asimismo en el número de los espectáculos que dio, la entrada en Roma del rey Tirídates. A fuerza de promesas había hecho venir a este rey de Armenia, designando por un edicto el día en que quería presentarlo al pueblo, ceremonia que el mal tiempo obligo a aplazar. Pero en la primera ocasión favorable, ordenó colocar cohortes armadas alrededor de los templos próximos al Foro, y fue a sentarse al lado de los Rostros en una silla curul con traje de triunfador, en medio de las banderas militares y de las águilas romanas. 
Tirídates ascendió las gradas del estrado y arrodillase ante Nerón, el cual levantándole y abrazándole, acogió su petición; le quito la tiara y le colocó la corona en la cabeza, y al mismo tiempo un pretor antiguo explicaba al pueblo, traduciéndolos, los ruegos del extranjero. Desde allí le llevaron al teatro (132), donde el emperador, después de recibir otra vez su homenaje, le colocó a su derecha. La asamblea saludó entonces a Nerón con el título de emperador; él mismo llevó una corona de laurel al Capitolio, y cerró el templo de Jano, como si no quedase guerra alguna por terminar.
XIV. Fue cónsul cuatro veces: la primera durante dos meses, la segunda y la última durante seis, y la tercera durante cuatro. Su segundo y tercer consulados fueron consecutivos; el primero y el último separados de los otros por intervalos de un año.
XV. No contestó nunca a las demandas de los litigantes sino al día siguiente y por escrito. En sus audiencias prohibió los discursos seguidos, escuchando alternativamente a las partes sobre cada punto del litigio. Cuando se retiraba a deliberar, no opinaba en común ni delante de los otros, sino que, sin decir nada, sin hacer caso de las opiniones escritas de los jueces, pronunciaba la sentencia que más le gustaba como si fuese resultado de la mayoría de votos. Durante largo tiempo no admitió en el Senado a los hijos de los libertos, y no otorgó ninguna dignidad a los que habían hecho ingresar los emperadores anteriores. A los candidatos que excedían del número de las magistraturas les concedía, para compensarlos por la dilación, el mando de algunas legiones. Confería, por lo común, el consulado por seis meses, y habiendo muerto un cónsul cerca de las calendas de enero, no lo reemplazó, censurando el ejemplo dado en otro tiempo en la persona de Canino Rebilo, que fue cónsul un solo día. Otorgó los ornamentos triunfales a antiguos cuestores y hasta a algunos caballeros, y no siempre por servicios militares. Cuando dirigía discursos al Senado sobre un asunto cualquiera, hacia casi siempre que los leyese un cónsul, a pesar de corresponder ello al cuestor.
XVI. Trazó un plan llevo para la construcción de edificios en Roma, e hizo elevar a su costa pórticos delante de todas las casas, con objeto de que se pudiese atajar los incendios desde lo alto de las plataformas. Tenía también el propósito de prolongar hasta Ostia las murallas de Roma y hacer llegar el mar a la ciudad por medio de un canal. Bajo su reinado se reprimieron y castigaron muchos abusos, dictándose reglamentos muy severos. Puso límites al lujo: las comidas que se daban al pueblo quedaron convertidas en distribuciones llamadas sportula; prohibió que se vendiese nada cocido en las tabernas, exceptuando legumbres, siendo así que antes se vendían en ellas toda clase de manjares. Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio (133); puso freno a la licencia de los aurigas, quienes en su vida vagabunda creían que todo les estaba permitido, y que tenían convertido en juego el engaño y el robo. Los que intrigaban en favor o en contra de los mímicos fueron desterrados y con ellos los mímicos que daban ocasión a las intrigas
XVII. Ideóse, contra los falsificadores, la precaución de emplear sólo tablillas horadadas en muchos puntos, no imprimiéndose el sello hasta después de haber pasado tres veces los cordones por los agujeros. Se decretó que en los testamentos habían de presentarse en blanco a los testigos las dos primeras tablillas, y que sólo se escribiría en ellas el nombre del testador; que el que escribiese el testamento de otro no podría asignarse ningún legado; que los litigantes venían obligados a pagar a sus abogados salario equitativo y moderado, y que no darían absolutamente nada por los derechos de presencia de los jueces (134), debiendo cuidar el Estado de que los juicios fuesen gratuitos; y se dispuso, en fin, que los procesos del Fisco habían de ser llevados al Foro, ante los jueces ordinarios de esta clase de asuntos, y que todas las apelaciones habrían de pasar al Senado.
XVIII. Nunca se desanimó en la esperanza o en la tentación de aumentar y extender el Imperio; ideó hasta retirar las legiones de la Bretaña, y sólo le retuvo el temor de que pareciera que quería debilitar la gloria de su padre. Contentase, por ello, con reducir a provincia romana el reino del Ponto, que le cedió Polemón, y el de los Alpes después de la muerte de Cotio.
XIX. Emprendió sólo dos viajes: uno a Alejandría y otro a Acaya; pero renunció al primero el mismo día de la partida, aterrado por un siniestro presagio; habiéndose, en efecto, sentado en el templo de Vesta, después de haber visitado todos los demás, enredase en la toga al levantarse y se le obscureció la vista hasta el extremo de no distinguir nada. En Acaya se propuso abrir el istmo: arengó a los pretorianos para exhortarlos a aquella gran empresa; hizo que una trompeta diese la señal para empezar y él mismo descargó el primer golpe de azadón y se cargó al hombro una esportilla llena de tierra. Meditaba también una expedición hacia las Puertas Caspianas, a cuyo objeto había levantado una legión de reclutas italianos compuesta de hombres de seis pies de estatura, a la que llamaba falange de Alejandro Magno. He reunido aquí todos sus actos, de los cuales unos son superiores a todo elogio, y los otros a toda censura, con objeto de separarlos de las infamias y crímenes, cuyo relato voy a empezar.
XX. La música era una de las artes en que le habían instruido desde su infancia; ya emperador, hizo venir al palacio a Terpno, al mejor arpista de la época, sentándole a su lado durante muchos días después, de la comida de la tarde, para oírle cantar hasta muy avanzada la noche. Poco a poco dióse a meditar sobre este arte y a ejercitarse en él, no omitiendo precaución alguna de las que emplean de ordinario los cantores para conservar la voz y para fortalecerla, como son, acostarse sobre la espalda con el pecho cubierto con una hoja de plomo; tomar lavativas y vomitivos y abstenerse de frutas y de alimentos reputados contrarios. Satisfecho de los progresos que hacía (aunque, en realidad, tenía la voz débil y ronca), quiso presentarse en la escena, y no cesó de repetir a sus cortesanos este proverbio griego: La música no es nada si se la tiene oculta. Se exhibió por primera vez en Nápoles, y a pesar de un terremoto que conmovió de súbito el teatro, no dejó de concluir la canción iniciada. Cantó a menudo durante varios días, tomando luego algún descanso para recuperar la voz; impaciente, sin embargo, por hacerse oír del público, corrió de repente al teatro al salir del baño y comiendo en la orquesta en presencia de numeroso público, decía en griego que cuando hubiese bebido algo produciría tonos delicados. Gustando en extremo de los aplausos que le tributaron en cadencia los habitantes de Alejandría, a quienes el comercio de granos había traído en gran número a Nápoles, hizo venir a otros muchos. Y no se contentó con esto, sino que eligió jóvenes caballeros y más de cinco mil plebeyos mozos y vigorosos que, divididos en varios grupos, aprendieran las diferentes maneras de aplaudir, llamadas bombo, tejas y castañuelas, para que le animasen siempre que cantara; distinguíanse éstos por su abundante cabellera, su elegante traje y su anillo en la mano izquierda, y sus jefes ganaban cuarenta mil sestercios.
XXI. Como fuese su principal deseo cantar en Roma, hizo celebrar en ella los juegos neronianos antes de la apoca señalada, y habiendo pedido todos insistentemente querer oír su voz celestial, contestó que accedería a este deseo en sus jardines. Pero como los soldados que estaban de guardia entonces unieran sus ruegos a los de la multitud, les prometio, y era su deseo más vehemente, cantar aquel mismo día en el teatro; y mandó en seguida inscribir su nombre en la lista de los músicos que debían concurrir, hizo ponerle en la urna para que le sacaran por suerte con los otros y entró en escena a su vez; los prefectos del Pretorio le llevaban el arpa; detrás seguían los tribunos militares, y a su alrededor sus más íntimos amigos. Cuando fijó su actitud y terminó el preludio, hizo que el consular Cluvio Rufo anunciase que iba a cantar Niobe y permaneció en escena hasta la hora décima. Con objeto de tener nuevas ocasiones de cantar, aplazó para el año siguiente los premios del canto y demás partes del concurso. Este plazo le pareció, no obstante, muy largo y no cesó de presentarse en el teatro. Tampoco vaciló en representar con los actores en los espectáculos que daban los particulares, y un pretor le ofreció un día un millón de sestercios. Representó, asimismo personajes de tragedia, poniendo por condición que las máscaras de los héroes y de los dioses se le pareciesen, Y las de las heroínas y diosas a la mujer que le era más querida.
Entre otros papeles, representó: Canacea en el parto; Orestes asesino de su madre; Edipo ciego; Hércules furioso. Cuéntase que en la representación de esta última, un joven soldado que estaba de guardia a la entrada del teatro, viéndole cargado de cadenas, como exigía el argumento, acudió para ayudarle.
XXII. Desde la edad juvenil le apasionaron los ejercicios de caballos, y su conversación más frecuente versaba sobre las carreras en el Circo, pese a la prohibición que se le había impuesto. Cierto día que deploraba con sus condiscípulos la desgracia de un auriga a quien habían arrastrado sus caballos, reprendido por su maestro, le dijo que hablaba de Héctor. En los comienzos de su reinado se complugo en hacer rodar sobre una mesa de juego cuadrigas de marfil, y desde el fondo de su retiro acudía hasta a las menores solemnidades del Circo: primero en secreto, después públicamente, de manera que nadie dudaba que había de presentarse el día designado para los juegos. Por último, anunció que quería elevar el número de los premios, de modo que, multiplicadas las carreras, el espectáculo duró hasta la noche y los jefes de los diferentes partidos no quisieron en adelante llevar sus aurigas sino para un día entero. Quiso también guiar carros, mostrándose muchas veces en este espectáculo. Tras haberse ensayado durante algún tiempo en sus jardines, delante del pueblo y de la turba, presentóse en el Circo Máximo a los ojos de todos los romanos; un liberto agitó aquel día el lienzo (135) desde el mismo punto en que lo hacen ordinariamente los magistrados. No le bastó haber demostrado en Roma su habilidad, por lo que marchó, como hemos dicho ya, a mostrarla en Acaya, movido principalmente por la razón siguiente: las ciudades en que hay establecidos concursos de música acostumbraban mandarle coronas de todos los vencedores, y tanto le placía este homenaje, que los diputados que venían a presentárselas, no sólo eran los primeros a quienes recibía en sus audiencias, sino que los admitía incluso a sus comidas particulares; habiéndole rogado cierto día alguno de ellos que cantase en la mesa y prodigado toda clase de elogios, dijo que sólo los griegos sabían escuchar y eran dignos de su voz. Partió, pues, sin detenerse y desembarcando en Casiope, cantó delante del altar de Júpiter Casio.
XXIII. A partir de entonces se le vio tomar parte en todos los certámenes de los artistas, con cuyo objeto reunió en un mismo año los espectáculos ordinarios que se daban en largos intervalos; quiso que se repitiesen algunos y ordenó, contra la costumbre, abrir en Olimpia un concurso de música. Nada pudo apartarle ni distraerle de este género de placer, y habiéndole informado su liberto Helio que los asuntos de Roma requerían su presencia allí, contestó: En vano me escribes queriendo que regrese prontamente; mejor es que desees que vuelva digno de Nerón.
No estaba permitido cuando cantaba abandonar el teatro, ni siquiera por las más imperiosas necesidades; así, algunas mujeres dieron a luz en el espectáculo y muchos espectadores, cansados de oír y aplaudir, saltaron furtivamente por encima de las murallas de la ciudad, cuyas puertas estaban cerradas o se fingieron muertos para que los sacasen. Es imposible imaginar el terror y ansiedad que mostraba en los concursos su envidia a sus rivales y su temor a los jueces. Observaba sin cesar a sus competidores, los espiaba y los desacreditaba en secreto como si fuesen de igual condición que él. A veces llegaba hasta a injuriarlos cuando los encontraba y si se presentaba alguno más hábil que él tomaba el partido de corromperle. Por lo que toca a los jueces antes de comenzar les dirigía una respetuosa y humilde alocución. Había hecho —decía— todo lo que estaba en su mano hacer; pero el éxito dependía de la Fortuna, y a ellos, hombres prudente e instruidos, correspondía excluir todo lo fortuito. Cuando le exhortaban a tener confianza, se retiraba algo más tranquilo; mas no pudiendo desterrar toda su inquietud, atribuía a malevolencia y envidia el silencio que algunos de ellos guardaban por pudor, y decía que los tenía por sospechosos.
XXIV. Durante el certamen se sometía hasta tal punto a todas las leyes del teatro, que no se atrevía ni a escupir ni siquiera a secarse con el brazo el sudor de la frente. Habiendo en una tragedia dejado caer el cetro, recogiólo en el acto con mano inquieta y temblorosa: tanto temía que por esta falta se le excluyese del concurso. Fue necesario para tranquilizarle que su mímico le asegurase que en medio del regocijo y los aplausos del pueblo nadie había advertido aquel gesto. El mismo se proclamaba vencedor, por cuya razón entraba en pugna en todas las ocasiones con el heraldo. Quiso borrar para siempre toda traza y recuerdo de otras victorias que las suyas, para lo cual mandó derribar, arrastrar por las calles con ganchos y echar a las letrinas las estatuas y los bustos de todos los vencedores.
Disputó también el premio de la carrera de carros, y en los juegos Olímpicos guió uno arrastrado por diez caballos, aunque en sus versos había criticado esta misma pretensión del rey Mitrídates. Fue despedido del carro, recogido y colocado dentro otra vez; no pudo resistir, al fin, y bajó de él antes de terminar la carrera; todo lo cual no impidió que fuese coronado. Antes de partir concedió la libertad a toda la provincia; dio a los jueces una importante cantidad y les concedió el derecho de ciudadanía romana. El mismo, puesto en el centro del estadio y el día de los juegos Istmicos, anunció al pueblo estos favores.
XXV. De regreso de Grecia entró en Nápoles, teatro de sus primeros triunfos artísticos, en un carro arrastrado por caballos blancos y por una brecha abierta en la muralla, privilegio concedido a los vencedores en los juegos sagrados. Entró del mismo modo en Anzio, Albana y Roma. En esta última verificó su entrada en el carro que sirvió para el triunfo de Augusto, con traje de púrpura, clámide sembrada de estrellas de oro, la corona olímpica en la cabeza y en la mano derecha la de los juegos Píticos. Delante de él eran llevadas con toda pompa las inscripciones en que se decía donde las había ganado, contra quién, en qué obras y en qué canciones.
Detrás del carro se agrupaban los encargados de aplaudir y asalariados (136), exclamando, como en las ovaciones, que eran los compañeros de su gloria y los soldados de su triunfo. Demolieron en seguida una arcada del Circo Máximo y por el Velabro y el Foro se dirigió al monte Palatino y al templo de Apolo. Por todas partes se inmolaban víctimas a su paso, cubrían las calles de polvo de azafrán y soltaban aves y lanzaban cintas y pastelillos. Colgó las coronas sagradas en sus alcobas, alrededor de sus lechos; llenó sus cámaras de estatuas en que estaba representado con traje de músico, e hizo acuñar una medalla representado con el mismo traje. Lejos de enfriarse en él con el tiempo el entusiasmo por su arte y abandonarlo, cuidó, para conservar la voz, de no dirigir proclamas a los soldados sino cuando estaba ausente, o por medio de otro; en cualquier asunto que emprendiese, grave o no, tenía constantemente junto a sí a su maestro de canto, que le advertía cuidase del pecho, para lo cual le hacía tener un lienzo delante de la boca, y muchas veces reguló, en fin, su amistad o su odio por las mayores o menores alabanzas que le tributaban.
XXVI. Primero se entregó sólo por grados y en secreto al ardor de sus pasiones: petulancia, lujuria, avaricia y crueldad, que quisieron hacer pasar como errores de juventud, pero que al fin tuvieron que admitirse como vicios de su carácter. En cuanto obscurecía, cubríase la cabeza con un gorro de liberto o con un manto, recorriendo así las tabernas de la ciudad y vagando por todos los barrios y cometiendo fechorías; lanzábase sobre los transeúntes que regresaban de cenar, los hería cuando resistían y los precipitaba en las cloacas. Destrozaba y saqueaba las tiendas, y tenía establecido en su casa un despacho donde vendía, por lotes y en subasta, los objetos robados de esta manera, para disipar al punto su producto. En estas salidas estuvo muchas veces en peligro de perder los ojos y la vida. Un senador, a cuya esposa había insultado, estuvo a punto de matarle a golpes (137). A causa de ello, a partir de este lance, no salió ya a aquellas horas sin que le siguiesen a lo lejos y en la sombra los tribunos de su guardia. Durante el día se hacía llevar al teatro en silla gestatoria cerrada, y una vez allí, desde lo alto del proscenio, animaba con el gesto y con la voz los tumultos que promovían los mímicos; cuando, llegados a las manos, se lanzaban piedras y bancos rotos, también él los arrojaba al público, hiriendo una vez en la cabeza al pretor.
XXVII. Pero fortaleciéndose muy pronto sus vicios, desdeñó los placeres secretos, no hizo ya nada para disimular y se atrevió a cosas más importantes.
Prolongaba sus comidas desde el mediodía a medianoche, y de cuando en cuando tomaba baños calientes, o bien durante el verano baños refrescados con nieve.
Cenaba algunas veces en un sitio público, que cerraban, como la naumaquia, el campo de Marte o el Circo Máximo, haciéndose servir allí por todas las prostitutas de la ciudad y bailarinas de Siria. Todas las veces que iba a Ostia por el Tíber, o que pasaba navegando cerca del pueblo de Baias, se establecía a lo largo de las riberas y las playas hostelerías y lugares de desorden, en los cuales mujeres distinguidas, imitando las maneras incitantes de las posaderas y cortesanas, le invitaban aquí y allá a abordar. Algunas veces se invitaba también a cenar en casa de sus familiares, y a uno de ellos costó más de cuatro millones de sestercios un manjar preparado con miel, y a otro aún más una bebida a base de rosas.
XXVIII. No hablaré de su comercio obsceno con hombres libres, ni de sus adulterios con mujeres casadas; diré sólo que violó a la vestal Rubria, y que poco faltó para que se casase legítimamente con la liberta Actea, con cuya idea sobornó a algunos consulares, que afirmaron bajo juramento que era de origen real. Hizo castrar a un joven llamado Sporo y hasta intentó cambiarlo en mujer; lo adornó un día con velo nupcial, le señaló una dote, y haciéndoselo llevar con toda la pompa del matrimonio y numeroso cortejo, le tomó como esposa; con esta ocasión se dijo él satíricamente que hubiese sido gran fortuna para el género humano que su padre Domicio se hubiese casado con una mujer como aquélla. Vistió a este Sporo con el traje de las emperatrices se hizo llevar con él en litera a las reuniones y mercados de Grecia y durante las fiestas sigilarias de Roma, besándole continuamente. Se sabe también que quiso gozar a su madre (138), disuadiéndole de ellos los enemigos de Agripina, por temor de que mujer tan imperiosa y violenta tomase sobre él, por aquel género de favor, absoluto imperio. En cambio, recibió en seguida entre sus concubinas a una cortesana que se parecía en gran modo a Agripina; se asegura aun que antes de este tiempo, siempre que paseaba en litera con su madre, satisfacía su pasión incestuosa, lo que demostraban las manchas de su ropa.
XXIX. Tras haber prostituido todas las partes de su cuerpo, ideó como supremo placer cubrirse con una piel de fiera y lanzarse así desde un sitio alto sobre los órganos sexuales de hombres y mujeres atados a postes; una vez satisfechos todos sus deseos, se entregaba a su liberto Doríforo, a quien servía de mujer, del mismo modo que Sporo le servía a su vez a él, imitando en estos casos la voz y los gemidos de una doncella que sufre violencia. Sé por muchas personas que estaba convencido de que ningún hombre es absolutamente casto ni está exento de mancha corporal, sino que la mayor parte de ellos saben disimular el vicio y ocultarlo con cautela; por esta razón perdonaba todos los otros defectos a aquellos que confesaban francamente delante de él su obscenidad.
XXX. No consideraba que la posesión de riquezas pudiese servir para otra cosa que para dilapidar. Para ser avaro y sórdido a sus ojos bastaba contar los gastos; para ser espléndido y magnífico era necesario arruinarse. Lo que más celebraba y admiraba en su tío Cayo era el haber disipado en poco tiempo los inmensos tesoros reunidos por Tiberio. De modo que no podía coto a sus gastos y generosidades. Se hace difícil de creer que gastaba para Tirídates ochocientos mil sestercios cada día y que a su partida le dio más de un millón. Al músico Menécrato y al gladiador Spículo les regaló muchos patrimonios y casas pertenecientes a ciudadanos honrados con el triunfo. Celebró funerales casi regios por el usurero Cercopiteco Paneroto, al que había enriquecido con espléndidas propiedades en el campo y en la ciudad. Jamás se puso dos veces el mismo traje. Jugaba a los dados a cuatrocientos sestercios dobles el punto. Pescaba con una red dorada, cuyas mallas eran de púrpura y escarlata. Se asegura que nunca viajaba con menos de mil carruajes, que sus mulas llevaban herraduras de plata, y que sus muleros vestían hermosa lana de Canusa, y que, en fin, sus conductores y corredores mazacos iban adornados con brazaletes y collares.
XXXI. En nada gastó tanto, sin embargo, como en sus construcciones; extendió su casa desde el palacio hasta las Esquilias, llamando al edificio que los unía Casa de Paso; destruida ésta por un incendio, hizo construir otra que se llamó Casa de Oro, de cuya extensión y magnificencia bastará decir que en el vestíbulo se veía una estatua colosal de Nerón de ciento veinte pies de altura; que estaba rodeada de pórticos de tres hileras de columnas y de mil pasos de longitud; que en ella había un lago imitando el mar, rodeado de edificios que simulaban una gran ciudad; que se veían asimismo explanadas, campos de trigo, viñedos y bosques poblados de gran número de rebaños y de fieras. El interior era dorado por todas partes y estaba adornado con pedrerías, nácar y perlas. El techo de los comedores estaba formado de tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de los cuales brotaban flores y perfumes. De estas salas, la más hermosa era circular, y giraba noche y día, imitando el movimiento de rotación del mundo; los baños estaban alimentados con las aguas del mar y las de Albula. Terminado el palacio, el día de la dedicación, dijo: Al fin voy a habitar como hombre. Había empezado, además, baños totalmente cubiertos, que iban desde Misena al lago Averno, que hubiesen estado rodeados de pórticos y a los que proyectaba hacer llegar todas las aguas termales de Baias. Quería, en fin, abrir desde el Averno hasta Ostia un canal, evitando de este modo la navegación por mar, canal de ciento sesenta millas de largo y tan ancho que pudieran cruzarse en él dos quinquerremes. Para terminar estas obras mandó traer a Italia los presos de todas las partes del Imperio, y ordenó que las sentencias que se dictasen en lo sucesivo contra los criminales no impusiesen otra pena que la de estos trabajos. Impulsaba a esta furia de gastar, aparte la confianza en su poder, la esperanza, repentinamente concebida, de un enorme tesoro escondido, que cierto caballero romano aseguraba había de encontrarse en inmensas cavernas de Africa, por haberlo llevado allí en otro tiempo la reina Dido al huir de Tiro, y el cual podría extraerse, según él, sin gran trabajo.
XXXII. Desengañado de esta esperanza, empobrecido y agotados sus recursos hasta el punto de retrasar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones. Estableció, en primer lugar, que se le adjudicarían los cinco sextos en vez de la mitad de las herencias de los libertos que, sin razón plausible, hubiesen utilizado el nombre de alguna familia enlazada con él; que los bienes de aquellos que en su testamento se hubiesen mostrado ingratos con el príncipe pertenecerían al fisco y que serían castigados los jurisconsultos que lo hubiesen escrito o dictado, y que se perseguiría, en fin, por delito de lesa majestad a todos aquellos a quienes denunciasen por sus palabras y actos. Obligó a que le devolviesen los regalos que había hecho a muchas ciudades, al otorgarle coronas en los concursos. Había prohibido el uso de los colores púrpura y violeta, y un día de mercado mandó bajo mano a un mercader a que vendiese algunas onzas, con objeto de coger al punto a los demás en falta. Habiendo visto en el espectáculo y mientras cantaba, a una matrona adornada con la púrpura prohibida, mostróla, a lo que se dice, a sus agentes, y habiendo hecho sacarla en el acto, le confiscó el traje y los bienes. No confirió ya ningún cargo sin añadir: ya sabes lo que necesito, o bien: Obremos de manera que a nadie le quede nada.
Concluyó por despojar la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y plata, entre ellas las de los dioses penates, que luego fueron restablecidas por Galba.
XXXIII. Empezó por Claudio sus asesinatos y parricidios, siendo, sin duda, si no autor, al menos cómplice de su muerte. Disimulaba esto tan poco que hacía gala de repetir continuamente un proverbio griego que encomia como manjar divino las setas, vegetal con que Claudio fue envenenado. No hubo ultraje con que no abrumara su memoria en sus actos o en sus discursos, acusándole unas veces de crueldad y otras de locura. Por ejemplo, decía, jugando con la palabra morarí cuya primera sílaba alargaba, que Claudio había cesado de morar entre los hombres (139). Anuló un crecido número de decretos y decisiones de aquél, como actos de estupidez y de demencias limitándose, por último, a rodear únicamente de una mala tapia el sitio donde quemaron su cuerpo. Celoso de Británico, que tenía mejor voz que él, y temiendo, por otra parte, que por el recuerdo de su padre se atrajese algún día el favor popular, resolvió deshacerse de él por medio del veneno. Una célebre envenenadora llamada Locusta proporcionó a Nerón un brebaje, cuyo efecto defraudó su impaciencia, pues no produjo a Británico más que una diarrea. Hízose traer a aquella mujer, la azotó por su mano, y la reconvino por haber preparado una medicina en vez de un tósigo; como ella se excusase con la necesidad de mantener el crimen secreto: Sin duda —contestó con ironía—, temo la ley Julia (140), y la obligó a preparar en su palacio y delante de él mismo el veneno más activo y rápido que le fuese posible. Lo ensayó en un cabrito, el cual vivió todavía cinco horas; en vista de ello lo hizo fortalecer y concentrar más, tras lo cual se lo dio a un cochinillo, que murió en el acto. Mandó entonces llevar el veneno al comedor y darlo a Británico, que comía a su mesa. El joven, apenas probó el veneno cayó revolcándose, diciendo Nerón que se trataba de un ataque de epilepsia, enfermedad que padecía; a la mañana siguiente le hizo sepultar con prisas y sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial. En cuanto a Locusta recibió en premio de su servicio la impunidad, considerables bienes y hasta discípulos.
XXXIV. No tardó en pesarle su madre, la cual, observando sus actos y palabras le reprendía a veces amargamente. Al principio, para hacerla odiosa, fingió que iba a abdicar el Imperio y a retirarse a Rodas; le quitó luego todos los honores y el poder, retiró los soldados de su guardia germánica, alejándola de su lado y de su palacio; después no hubo vejación que no la hiciese sufrir por medio de sus agentes; cuando estaba en Roma éstos le suscitaban multitud de litigios, y cuando se retiraba al campo, pasaban frente a su casa, en carruaje o por mar, abrumándola de injurias y burlas. Asustado, al fin, por sus amenazas y por su violencia, decidió darle muerte. Tres veces ensayó el veneno y vio que ella se había provisto de antídotos. Pensó entonces ocultar en su cámara y sobre su lecho maderos, que por medio de un oculto mecanismo habrían de hacer caer sobre ella cuando estuviese durmiendo; la indiscreción de sus cómplices hizo, sin embargo, abortar este proyecto. Ideó, por último, una nave sumergible, construida de manera que Agripina pereciese ahogada o aplastada en su cámara; fingió, entonces, reconciliarse con ella; la invitó en una carta muy tierna a acudir a Baias para celebrar con él las fiestas de Minerva (141); cuidó de prolongar el festín a fin de que los capitanes de las naves tuviesen tiempo de destruir, según las órdenes recibidas y como por choque fortuito, la galera liburnesa que había traído Agripina, y cuando ésta quiso retirarse a Baulos, le ofreció en vez de su nave destruida la que había construido para su pérdida. La acompañó alegremente hasta la nave, la besó en los pechos al separarse y veló una parte de la noche esperando con ansiedad el resultado de su maquinación. Cuando se enteró de lo ocurrido, y de que Agripina había conseguido salvarse a nado, no supo ya qué hacer; pero poco después llegó L. Agerino, liberto de su madre, presentándose regocijado a decirle que Agripina se había salvado.
Nerón echó un puñal a su lado, sin que el liberto lo observase, y le hizo prender y agarrotar como asesino enviado por aquélla; mando en seguida matar a su madre y dijo que se había suicidado al ver descubierto su crimen. Añádense a esto circunstancias atroces y se citan testigos; se sabe que acudió a ver el cadáver, que lo tocó por todas partes alabó algunas de sus formas y criticó otras, y que sintiendo sed durante el examen, hizo que le sirviesen de beber A pesar de las felicitaciones del ejército, del Senado y del pueblo (142), no pudo, sin embargo, librarse de su conciencia: el suplicio que empezó con aquel acto no terminó ya para él jamás; a menudo confesó que le perseguía por todas partes la imagen de su madre y que las Furias agitaban delante de él látigos vengadores y antorchas encendidas, por lo que trató de aplacar sus males con un sacrificio mágico. En su viaje a Grecia no se atrevió a hacerse iniciar en los misterios de Eleusis, aterrado por la voz del heraldo que prohibía el acceso a los criminales y a los impíos. A este parricidio añadió aún el asesinato de su tía, la cual estaba entonces enferma de una irritación de vientre; acudió a verla y con la familiaridad ordinaria de las personas de edad madura, le acarició la barba con la mano, y le dijo: Cuando haya visto caer esta barba, habré vivido suficiente. Entonces, él dijo, como en broma, a los que estaban presentes, que iba a hacérsela quitar en el acto, y ordenó a los médicos que administrasen a la enferma una purga violenta; apoderase de sus bienes apenas expiro, Y para no perder nada, mandó destruir su testamento.
XXXV. Después de Octavia tuvo Nerón por esposas a Popea Sabina, casada antes con un caballero romano, y cuyo padre había sido cuestor, y a Statilia Mesalina, bisnieta de Tauro, que había obtenido dos veces el consulado y el triunfo; para apropiarse de ésta hizo matar a su marido, Atico Vestino, cónsul a la sazón.
Disgustado de Octavia, dijo a sus amigos, que le reconvenían por haberse apartado de ella tan presto, que debían bastarle los ornamentos matrimoniales. Diversas veces quiso estrangularla, y la repudió por estéril; censurando, sin embargo, el pueblo este divorcio y prorrumpiendo en denuestos contra el emperador la desterró, haciéndola matar, al fin, como culpable de adulterio; la acusación era tan impudente y falsa, que habiendo protestado de su inocencia todos aquellos a quienes sometió a la tortura, sobornó a su pedagogo Aniceto para que declarase que había gozado de ella por astucia. Doce días después de haber repudiado a Octavia, casó con Popea, a la que amó apasionadamente; su amor no impidió, sin embargo, que la matase de un puntapié, porque, enferma y encinta, le reconvino con viveza viéndole retirarse algo tarde de una carrera de carros. Tuvo una hija llamada Claudia Augusta, que murió muy joven. Sus crímenes no se detuvieron ni ante los lazos más íntimos; acusó, por ejemplo, de conspiración a Antonia, hija de Claudio, que repugnaba casarse con él después de la muerte de Popea, y la hizo matar. Trató de la misma manera a todos aquellos con quienes les unía parentesco o relaciones íntimas, entre ellos, al joven Aulo Plaucio, a quien violó antes de mandarle al suplicio, diciendo después: Que mi madre bese ahora a mi sucesor, porque pretendía que amaba a este joven y le había prometido el Imperio. Popea había tenido antes de casarse con él un hijo llamado Rufio Crispino; supo él que este niño, en sus juegos, se erigía en jefe y emperador de los demás y dispuso que sus propios esclavos lo arrojasen al mar cuando fuese a pescar. Desterró a Tusco, su hermano de leche, porque siendo gobernador de Egipto se había bañado en los baños construidos para la llegada del emperador. Obligó a su preceptor Séneca a darse la muerte; éste le había pedido muchas veces permiso para retirarse y hasta le había brindado todos sus bienes; pero Nerón le juró por todos los dioses que sus temores eran infundados y que preferiría morir a hacerle deño. A Burro, prefecto del pretorio, que padecía de la garganta, le dijo que le daría un remedio, y le envió un veneno. En cuanto a los libertos que le hicieron adoptar por Claudio y que habían sido sus consejeros y le habían sostenido en el poder, deshízose de ellos cuando fueron ancianos y ricos, por medio de venenos que les puso en las comidas o en las bebidas.
XXXVI. No desplegó menos crueldad con los extranjeros. Presentóse durante muchas noches consecutivas una estrella con cabellera (143) que, según la opinión del vulgo, anuncia un cercano fin a los señores de la tierra. Asustado por el fenómeno, consultó al astrólogo Babilo, quien le dijo que los reyes acostumbraban prevenir los efectos de estos funestos presagios por medio de la muerte expiatoria de algunas víctimas ilustres desviando así sus amenazas sobre las cabezas de los grandes; en esto desplegó Nerón tanta más energía, cuanto que el oportuno descubrimiento de dos conjuraciones le suministraba legitimo pretexto: la primera y más importante, la de Pisón, se urdía en Roma; la segunda, la de Vinicio, se tramó y fue descubierta en Benevento. Los conjurados aparecieron ante el tribunal atados con triples cadenas; algunos confesaron espontáneamente la conjura; otros llegaron incluso a alabarse de ello, diciendo que la muerte era el mejor servicio que podían prestar a un hombre manchado con tantos crímenes. Expulsaron de Roma a los hijos de los sentenciados, muriendo todos de hambre o envenenados. Sábese también que algunos perecieron con sus preceptores y esclavos en una misma comida, y a otros se les privó de todo alimento.
XXXVII. La vida de Nerón no fue, a partir de entonces, más que una serie de crímenes; nadie estaba libre de sus golpes, y todo pretexto le era bueno. Entre gran número de ejemplos, citaré sólo los siguientes. A Salvidieno Orfito le imputó como un crimen que hubiese alquilando a los diputados de algunos ciudades lares habitaciones bajas de su casa, cerca del Foro, para celebrar audiencias en ellas; al jurisconsulto Casio Longino, que era ciego, el haber conservado entre antiguos retratos de familia el de C. Casio, uno de los asesinos de César; a Pete Trasea, el tener frente severa de pedagogo. A los condenados, para morir, les concedía sólo una hora, y con objeto de evitar toda causa de dilación, tenía médicos encargados, como él decía, de ayudar a los rezagados, es decir, de cortarles las venas. A un egipcio que comía carne cruda y cuanto le presentaban, quiso, según se asegura, ofrecerle hombres para que los desgarrase y devorase vivos. Jactándose de haberlo intentado todo impunemente, sostenía que ningún príncipe había sabido aún cuánto podía hacerse desde el trono. Sobre este asunto mantuvo conversaciones muy significativas; dijo que no perdonaría al resto de los senadores; que llegaría un día en que suprimiría por completo este orden; que daría a los caballeros romanos y a sus libertos el mando de las provincias y de los ejércitos. Nunca, ni a la entrada ni a la salida del Senado, se digno dar el beso de costumbre o devolver el saludo a ningún senador; en la Ceremonia de inauguración de los trabajos del istmo, pidió a los dioses, delante de la multitud y en voz alta, que la empresa redundase en gloria suba y del pueblo romano, sin mencionar para nada al Senado.
XXXVIII. No respetó tampoco al pueblo romano ni los muros de su patria.
Habiendo un familiar suyo citado en la conversación este verso griego: que todo se abrase y perezca después de mí.
No, le contestó, más bien viviendo yo, y cumplió su amenaza.
Desagradándole, según decía, el mal gusto de los edificios antiguos, la estrechez e irregularidad de las calles, hizo poner fuego a la ciudad; lo hizo con tal desfachatez, que algunos consulares, sorprendiendo en sus casas esclavos de su camara, con estopas y antorchas en las manos, no se atrevieron a detenerlos. Los graneros contiguos a la Casa de Oro, cuyos terrenos deseaba, fueron incendiados y derribados con máquina de guerra, pues estaban construidos con piedras de sillería. Duraron tales estragos seis días y siete noches, y el pueblo no tuvo durante ellos otro refugio que los monumentos y las sepulturas. Además de gran número de casas particulares, el fuego consumió las moradas de los antiguos generales, adornadas todavía con los despojos del enemigo, los templos consagrados a los dioses por los reyes de Roma o levantados durante las Guerras Púnicas y las de la Galia; todo, en fin, lo que la antigüedad había dejado de curioso y digno de memoria. Nerón estuvo contemplando el incendio desde lo alto de la torre de Mecenas, encantado, según dijo, de la hermosura de la llama, y vestido en traje de teatro cantó al mismo tiempo la toma de Troya. Tampoco dejó escapar esta ocasión de pillaje y robo: se había comprometido a hacer retirar gratuitamente los cadáveres y escombros y a nadie permitió que se acercase a aquellos restos que había hecho suyos. Recibió y hasta exigió contribuciones por las reparaciones de Roma, hasta el punto de haber casi arruinado por este medio a los particulares y a las provincias.
XXXIX. A los ultrajes y males que procedían del príncipe, añadió el hado otros desastres; por esos días se declaró, en efecto, una peste, que en un solo otoño hizo inscribir treinta mil funerales en los registros de Libitina; el ejército sufrió una sangrienta derrota en Bretaña, seguida del saqueo de dos importantes fortalezas y de la matanza de gran número de ciudadanos y aliados; en Oriente se produjeron asimismo vergonzosos fracasos, varias legiones pasaron bajo el yugo en Armenia; y la Siria apenas se mantenía ya bajo la dominación romana. Lo que puede sorprender y es digno de notarse, es que nada soportó con tanta paciencia como las sátiras e injurias, y que con nadie mostró menos rigor que contra aquellos que, por medio de versos o discursos le dirigían sus ataques. Contra él publicaron muchos epigramas en griego y latín, como los siguientes:
Sobrepasando los delitos de Alomeón y Oreste,
Nerón al parricidio añadió todavía el incesto.
Como Eneas llevó en otro tiempo a su padre
Nerón, su descendiente, acaba de llevar a su madre (144)
El Parto tiende el arco, Nerón empuña la lira.
Cuando tengamos que marchar a la defensa del Imperio
Éste será Apolo cantor, aquél Apolo arquero (145).
Roma será muy pronto un solo hombre; Quirites, huid a Veios
si es que él no lo ocupa también.
No buscó en absoluto a los autores, y hasta se opuso a que se castigase con severidad a los que fuesen denunciados al Senado. Isidoro el Cínico, apostrofóle en público, censurándole en alta voz que cantase tan bien los males de Nauplio y que tan mal usase de sus bienes. Dato, actor de Atellanos, comenzando una canción con estas palabras: Salud a mi padre, salud a mi madre, hizo sucesivamente ademán de comer y de beber, aludiendo a la muerte de Claudio y de Agripina; y al decir, al final de la pieza: Pronto iréis al Orco, señaló con el dedo al Senado. Nerón contentóse con desterrar de Roma y de Italia al filósofo y al cómico, ya fuese que no se creyese injuriado, ya porque temiese atraerse mayores ultrajes mostrándose ofendido.
XL. Después de haber soportado cerca de catorce años a tal príncipe, el mundo le hizo al fin justicia; la señal de la sublevación fue dada en la Galia, donde mandaba como propretor Julio Vindex. Algunos astrólogos habían predicho tiempo antes a Nerón que algún día se vería destituido; él pronunció al oírlo esta frase célebre: El artista vive en todas partes, para justificar su entusiasmo por el estudio de un arte en el que el príncipe debía encontrar una distracción y el particular un recurso. Otros adivinos le habían prometido, sin embargo, que después de su deposición obtendría el imperio de Oriente; otros aun el reino de Jerusalén, y los hubo, en fin, que le anunciaron que recobraría todo su poder. Ésta era la esperanza que más le halagaba, y, cuando hubo perdido y recobrado la Bretaña y la Armenia, creyó que había realizado la parte infausta de su destino; pero habiendo consultado en Delfos el oráculo de Apolo, se le dijo que desconfiase del año 73. Convencido entonces de que alcanzaría aquella edad, y muy lejos de pensar en la edad de Galba, se creyó seguro de gozar de larga vejez y de constante felicidad; llegó en esto a tal extremo, que habiendo perdido un día en un naufragio objetos de extraordinario valor, osó decir a su comitiva que los peces se los devolverían (146).
En Nápoles le llegó la noticia de la sublevación de las Galias, en el aniversario del día en que mató a su madre; recibió la noticia con tal indiferencia y tranquilidad, que llegó a sospecharse que se alegraba de tener ocasión para despojar, por derecho de guerra, las provincias más ricas del Imperio. En seguida se dirigió al Gimnasio, presenció luchas de atletas y demostró gran interés por sus ejercicios. Durante la cena le trajeron cartas más inquietantes, y sólo entonces prorrumpió en imprecaciones y amenazas contra los sublevados. Durante ocho días no contestó ninguna carta, no dio orden alguna, ni instrucción, ni habló de aquel acontecimiento como si lo hubiese olvidado.
XLI. Turbado al fin por las continuas e injuriosas proclamas de Vindex, escribió al Senado para exhortarle a vengar al emperador y a la República, excusándose con una enfermedad de garganta de no acudir personalmente. Lo que más, sin embargo, le ofendió en aquellas proclamas fue que le tratasen de mal cantor y que, en vez de Nerón, le llamasen Enobarbo; a causa de esto, declaró que iba a renunciar a su nombre de adopción y a tomar otra vez el de familia, con el que pretendían ofenderle. Por lo que toca a las otras imputaciones que le hacían, nada, según él, demostraba mejor su falsedad que el decirle que ignoraba un arte que con tanto afán y tan buen éxito había cultivado, y salía preguntando a todos si conocían un artista más grande que él. Entre tanto llegaba correo tras correo, hasta que, asustado, al fin. se dirigió a Roma. Un presagio frívolo ocurrido durante el camino reanimó su valor; consistió el presagio en haber visto en un bajo relieve un soldado galo, al que un jinete romano arrastraba por los cabellos después de haberle vencido, escultura que le regocijó hasta el extremo de hacerle dar gracias a los dioses. No obstante, no reunió al Senado ni al pueblo; celebró apresuradamente consejo con algunos ciudadanos ilustres, y pasó el resto del día ensayando ante ellos nuevos instrumentos de música hidráulicos, haciéndoles observar todas las piezas, el mecanismo y el trabajo, y declarando que haría llevarlos al teatro si Vindex se lo permitía.
XLII. Pero cuando supo que Galba y las Españas se habían también sublevado, perdió por completo el valor; dejase caer y permaneció largo tiempo sin voz y como muerta. Cuando recobró el sentido, rasgó sus vestidos, se golpeó la cabeza y exclamó que todo había concluido para él. Su nodriza le nombraba, para consolarle, otros príncipes a quienes habían ocurrido desgracias semejantes, contestando él que las suyas eran inauditas, sin ejemplo, puesto que perdía el Imperio antes de perder la veda. Nada cambió, a pesar de todo, sus costumbres de lujo y de molicie; por el contrario, habiendo recibido de provincias noticias favorables, dio un espléndido festín y compuso contra los jefes de la sublevación versos satíricos, que empezó a cantar con grandes gestos, procurando divulgarlos entre el público. Se hizo llevar después secretamente al teatro, y mando decir a un actor cuya voz era muy celebrada, que era gran fortuna para él que el emperador tuviese otras ocupaciones.
XLIII. Se asegura que al primer rumor de la sublevación concibió gran número de proyectos atroces, totalmente de acuerdo con su carácter. Quería, por ejemplo, llamar y hacer degollar a los gobernadores de las provincias y a los jefes de los ejércitos, como si todos estuviesen complicados en la sublevación de Vindex o participasen en sus intenciones; quería, asimismo, dar muerte a todos los desterrados, dondequiera que estuviesen, y a todos los galos que se encontraban en Roma; a los primeros para que no se reuniesen a los conjurados, a los segundos como cómplices o auxiliares de sus conciudadanos; quería abandonar a los ejércitos el pillaje de las Galias; envenenar a todo el Senado en un festín, incendiar a Roma y soltar al mismo tiempo las fieras contra el pueblo, para impedir que se defendiese de las llamas. Abandonó estos proyectos, menos por arrepentimiento de haberlos concebido que por la imposibilidad de ejecutarlos. Pareciéndole al fin ser necesaria una expedición, destituyo a los cónsules y asumió él solo la autoridad de los dos, con el pretexto de que era destino de las Galias el que nadie las sometiese sino él, con tal que estuviese revestido del consulado. Hizo, pues, que le trajesen las fasces, se levantó de la mesa apoyado en los hombros de sus amigos y diciendo que al llegar a la Galia se presentaría sin armas ante las legiones rebeldes; que se limitaría a llorar delante de ellas; que su inmediato arrepentimiento le atraería a los sediciosos y que al día siguiente, en medio de la general alegría, entonaría un canto de victoria que iba a componer al momento.
XLIV. Lo primero que hizo al preparar esta expedición fue elegir carros para el transporte de sus instrumentos de música y hacer cortar el cabello, como a los hombres, a todas sus concubinas, que se proponía llevar, a las que armó con hachas y escudos de amazonas. Llamó luego a las armas a las tribus urbanas, pero no habiendo respondido al llamamiento ninguno de los que se encontraban en estado de empuñarlas, exigió a todos los amos determinado número de esclavos, tomando de cada casa los mejores, sin exceptuar siquiera a los intendentes y secretarios. Obligó a todos los órdenes a que le entregasen una parte de su fortuna; a los locatarios de casas contiguas o separadas los obligó también a llevar al fisco en el acto un año de alquiler, y exigió con sumo cuidado que las monedas fuesen nuevas, la plata pura y el oro contrastado. La mayor parte de los contribuyentes disgustados con tales exigencias, se negaron resueltamente a dar nada y se pusieron de acuerdo para decir: Que mejor sería recogiese de los delatores las recompensas que por sus delaciones habían recibido.
XLV. La carestía de granos hizo crecer aún más el odio que se había atraído con sus rapiñas; ocurrió entonces que precisamente en los días de mayor escasez llegó una nave de Alejandría cargada de arena para las luchas de la corte; la indignación que el hecho produjo fue tan general, que no hubo ya ultraje que no se prodigara al emperador. Sobre la cabeza de una estatua suya colocaron un moño de mujer con esta inscripción griega: Llegó, finalmente, la hora del combate; y esta otra: Que lo libre, pues; al cuello de esta estatua suya ataron un saco y escribieron en él estas palabras: yo nada he hecho, en cambio tú mereces el saco (147). En las columnas escribían que sus cantos habían despertado a los galos, y durante la noche gran número de ciudadanos, fingiendo reñir con esclavos, pedían a grandes voces un vengador (Vindex).
XLVI. Manifiestos presagios antiguos y modernos, sacados de los sueños, hacían más vivos sus temores. De ordinario dormía tranquilamente, pero después de la muerte de su madre soñó que le arrancaban de las manos el timón de una nave y que su esposa Octavia le arrastraba a espesas tinieblas. Creyó otra vez, en sueños, que se encontraba cubierto de multitud de hormigas aladas. 0 bien veía las estatuas de las diversas naciones de la tierra, situadas a la entrada del teatro de Pompeya, que le rodeaban, cerrándole el paso.
Parecióle que un caballo de Asturias, al que quería mucho, se trocaba en mono, excepto la cabeza, de la que salían lastimeros relinchos. Las puertas del Mausoleo se abrieron por sí mismas, y salió una voz que llamaba a Nerón. Los dioses lares, adornados solemnemente para las calendas de enero, cayeron de su pedestal, en medio de los preparativos del sacrificio. Cuando iba a tomar los auspicios, Sporo le ofreció como regalo de año nuevo un anillo, cuya piedra representaba el rapto de Proserpina. Cuando quiso pronunciar los votos solemnes ante todos los órdenes del Estado reunidos, costó gran trabajo hallar las llaves del Capitolio; al ser leído en el Senado este pasaje del discurso compuesto por él contra Vindex: Que los culpables serían castigados y darían ejemplo en suplicio digno de sus crímenes, todos exclamaron: Tú lo darás, Augusto. Se observó asimismo que en Edipo desterrado, el último papel que representó en público, salió de la escena pronunciando este verso griego: Madre, esposa, parientes, todo quiere que yo perezca.
XLVII. Se difundió, entre tanto, el rumor de haberse sublevado también los demás ejércitos, y enfurecido rasgó las cartas que le trajeron durante la comida, derribó la mesa, rompió contra el suelo dos vasos, que llamaba homéricos por estar esculpidos en ellos asuntos tomados de los poemas épicos de Homero y a los que tenía en gran estima; acto seguido hizo que Locusta le diese veneno, lo encerró en una caja de oro y marchó a los jardines de Servilio. Una vez allí, mientras sus libertos más fieles iban a Ostia para disponer naves, trató de conseguir que los tribunos y centuriones del Pretorio le acompañasen en su fuga; unos se excusaron y otros se negaron abiertamente, llegando uno a decirle: ¿Tanta desgracia es morir? Concibió entonces diferentes proyectos; pensó en huir al territorio de los partos, ir a arrojarse a las plantas de Galba, pensó también en presentarse públicamente en la tribuna de las arengas con traje de luto y pedir allí, con el acento más lastimero posible, que le perdonasen el pasado, o sí los corazones permanecían insensibles, que le concediesen al menos la prefectura de Egipto (148).
Entre sus papeles se encontró después el discurso que había compuesto para este objeto, y se asegura que el único motivo que le impidió pronunciarlo fue el temor de que lo despedazasen antes de llegar al Foro. Aplazó entonces para la mañana siguiente el tomar una decisión, pero habiendo despertado a medianoche se enteró de que le habían abandonado sus guardias. Salto del lecho y envió aviso a casa de todos sus amigos; no recibió contestación, y fue entonces con reducido séquito a pedir refugio a algunos de ellos. Todas las puertas permanecieron cerradas y nadie le contestó. Regresó entonces a su cámara: los centinelas habían huido, llevándose hasta las ropas de su lecho y la caja de oro en que tenía guardado el veneno. Pidió en seguida que le llevasen al gladiador Spículo u otro cualquiera para que le diesen muerte, y no encontrando a nadie que quisiese matarle, exclamó: ¿Acaso no tengo amigos ni enemigos?. Y corrió a precipitarse al Tíber.
XLVIII. A pesar de todo, se detuvo y buscó un refugio para meditar lo que podía hacer. Su liberto Faón le ofreció su casa de campo, situada entre la vía Salaria y la Nomentana, a cuatro millas de Roma. Vestido con la túnica y los pies desnudos como se encontraba, montó a caballo; iba envuelto en un manto viejo y desteñido; llevaba la cabeza cubierta y un pañuelo delante del rostro; acompañábanle cuatro personas, entre ellas Sporo. En cierto momento, sintió temblar la tierra, rasgó un relámpago la tiniebla y le invadió el terror; al pasar cerca del campamento de los pretorianos, oyó los gritos de los soldados que le lanzaban imprecaciones y hacían votos por Galba. Un viajero, al ver el pequeño grupo, dijo: Estos persiguen a Nerón. Otro preguntó: ¿Qué hay de nuevo en Roma, con respecto a Nerón? El hedor de un cadáver abandonado en el camino hizo retroceder a su caballo; le cayó el pañuelo con que se ocultaba el rostro, y un veterano pretoriano le reconoció y le saludo por su nombre; llegado a un camino de traviesa, despidió los caballos, penetró entre abrojos y espinas, en un sendero cubierto de zarzas en el que no podía avanzar más que haciendo tender ropas bajos sus pies, y llegó así con gran trabajo a las tapias de la casa de campo en una cantera de la que habían sacado arena, pero él replicó que no quería enterrarse vivo, y habiéndose detenido para esperar que abriesen la entrada secreta de la casa, cogió en la mano agua de una charca, y dijo antes de beberla: He aquí los refrescos de Nerón. Comenzó después a arrancar las zarzas que se habían enredado en su manto, y hecho esto, por un agujero abierto debajo de la tapia, fue arrastrándose sobre las manos, hasta la habitación más próxima, en la que se acostó sobre un jergón cubierto con una vieja manta. Atormentábale de cuando en cuando el hambre y la sed, y le ofrecieron pan de mala calidad, que rehusó, y agua templada, de la que bebió una poca.
XLIX Instábanle cuantos le acompañaban a que se substrajese sin tardanza a los ultrajes que le amenazaban. y pidió que abriesen un foso delante de él, a la medida de su cuerpo, que lo rodeasen con algunos pedazos de mármol, si se encontraban, y que llevasen agua y leña para tributar los últimos honores a su cadáver; a cada orden que daba se ponía a llorar, y repetía sin cesar: ¡Qué muerte para tan grande artista! En medio de estos preparativos, llegó un correo a entregarle una carta de Faón; la cogió y leyó en ella que el Senado le había declarado enemigo de la patria, y le hacía buscar para castigarle de acuerdo con las leves antiguas.
Preguntó en qué consistía este suplicio, y le contestaron que en desnudar al criminal, sujetarle el cuello en una horqueta y azotarlo con varas hasta hacerle morir. Aterrado, cogió entonces dos puñales que había llevado consigo, probó la punta y volvió a envainarlos, diciendo que no había llegado aún la hora fatal. Unas veces exhortaba a Sporo a lamentarse y llorar con él; otras pedía que alguno se matase, para, con su ejemplo, darle valor para morir. También a veces se censuraba su cobardía, diciéndose: Arrastro una vida vergonzosa y miserable, y añadía en griego: Esto no es propio de Nerón; esto no le es propio; en tales momentos es necesario decidirse; vamos, despierta. Acercábanse ya los jinetes que tenían orden de cogerle vivo, y cuando los oyó, recitó temblando este verso griego: Oigo el paso veloz de animosos corceles. y se clavó en seguida el hierro en la garganta, ayudado por su secretario Epafrodio.
Respiraba aún cuando entró el centurión; quiso vendarle la herida, fingiendo que llegaba para socorrerle, y Nerón le dijo: Es tarde; y añadió: ¡cuánta fidelidad! Al pronunciar estas palabras expiró con los ojos abiertos y fijos, despertando espanto y horror en todos los que le contemplaban. Había recomendado con vivas instancias a sus compañeros de fuga que no abandonasen su cabeza a nadie, y que fuese como fuese, le quemasen entero. Icelo, liberto de Galba, que acababa de salir del encierro donde le arrojaron al comenzar la insurrección, concedió la autorización para hacerlo.
L. Los funerales de Nerón costaron doscientos mil sestercios; emplearon en ellos tapices blancos bordados de oro, de que se había servido el día de las calendas de enero. Sus nodrizas Eclogea y Alejandra, con su concubina Actea, depositaron sus restos en la tumba de Domicio, que se ve en el campo de Marte, sobre la colina de los jardines. El monumento es de pórfido, y está coronado por un altar de mármol de Luna y lo circunda una balaustrada de mármol de Paros.
LI. Era de mediana estatura; tenía el cuerpo cubierto de manchas, y hedía; los cabellos eran rubios, la faz más bella que agradable; los ojos azules, y la vista débil; robusto el cuello, el vientre abultado, las piernas sumamente delgadas y el temperamento vigoroso. A pesar de sus desenfrenados excesos, sólo se encontró indispuesto tres veces en el espacio de catorce años, y en ellas ni siquiera tuvo que abstenerse del vino, ni que variar nada de sus costumbres. No cuidaba del traje ni apostura, y durante su permanencia en Acaya, se le vio dejar caer por detrás el cabello, que llevaba siempre rizado en bucles simétricos; se presentó muchas veces en público con trajes de festín, un pañuelo en torno al cuello, sin cinturón y descalzo.
LII. Ensayó en su infancia todas las artes liberales, pero su madre le disuadió del estudio de la filosofía, que, en su opinión, no podía menos de perjudicar a un príncipe destinado a reinar; su preceptor Séneca le prohibió que leyese a los autores antiguos, con objeto de que su discípulo fijara sólo en él su admiración. Se aficionó a la poesía, y compuso sin dificultad ni trabajo algunas obras en verso. No es cierto, como se ha pretendido; que diese por suyos los de otro. He tenido en las manos tablillas con versos suyos, fáciles de reconocer y enteramente de su puño. Veíase claramente que no eran copiados ni escritos al dictado de otro, sino que eran laborioso fruto de su pensamiento, tantas correcciones y raspaduras tenían. Mostró asimismo gran afición a la pintura, y especialmente a la escultura.
LIII. Ansioso de popularidad, se hacía al punto rival de todo el que, por cualquier medio, se atraía el favor de la multitud. Era creencia común que, no contento con sus triunfos en el teatro, había de descender en el próximo lustro a la arena olímpica con los atletas. Ejercitábase, en efecto, asiduamente en la lucha, y en todas las ciudades de Grecia en las que asistió a los juegos gímnicos, lo hizo a la manera de los jueces, sentándose en el suelo en el estadio, y viendo alejarse del centro una pareja de luchadores, corrió a cogerlos y a traerlos a su puesto. Como le comparaban con Apolo por el canto, y con el Sol por su destreza en conducir carros, quiso imitar también las hazañas de Hércules; y se dice que le habían domesticado un león, con el que debía luchar en el Anfiteatro y matarle con la maza o ahogarle entre los brazos ante el pueblo.
LIV. Al término de su vida hizo voto solemne, si triunfaba de sus enemigos, de tocar el órgano hidráulico, la flauta y la gaita durante los juegos que se habrían de celebrar por la victoria; prometió también figurar como histrión el último día de ellas y bailar el Turnus de Virgilio. Y no falta quien dice que hizo perecer al cómico Paris como adversario demasiado temible.
LV. Deplorable mama era en él el deseo de perpetuar su memoria, la cual le llevó a cambiar el nombre a muchas cosas y muchas ciudades para substituirlos con el suyo, llamó Neronniano al mes de abril, y quería que Roma se llamase Nerópolis.
LVI. Mostraba un profundo desprecio por todos los cultos, exceptuando el de la diosa de Siria; pero terminó por burlarse de él también, hasta el punto de orinar sobre su estatua cuando se entregó a otra superstición que fue la única en que persistió. Consistía ésta en venerar una muñeca, que le había regalado un hombre del pueblo, a quien no conocía, como amuleto contra las celadas de sus enemigos.
Fue descubierta poco después una conspiración, y con este motivo hizo de aquella muñeca su divinidad suprema, la honró con tres sacrificios por día y quiso que se creyese que le presagiaba el porvenir. Pocos meses antes de su muerte empezó a observar las entrañas de las victimas, sin obtener jamás ningún augurio feliz.
LVII. Murió a los treinta y dos años de edad, en el mismo día en que en otro tiempo había hecho perecer a Octavia. El regocijo público fue tal, que la mayoría de los hombres del pueblo corrían por toda Roma cubiertos con el gorro de los libertos.
A pesar de todo, hubo ciudadanos que, mucho tiempo después de su muerte, adornaron su tumba con flores de primavera y verano, que llevaron a la tribuna retratos de Nerón representado con la toga pretexta, y que leyeron en ella edictos en los que hablaba como si viviese aún y hubiera de llegar sin tardanza para vengarse de sus enemigos. Vologeso, rey de los partos, que envió embajadores al Senado para renovar su alianza, pidió sobre todo que se honrase la memoria de Nerón. Veinte años después, durante mi juventud, un aventurero, que se hacía pasar por Nerón, crease entre los partos, a favor de este nombre, que tan querido les era, un poderoso partido, y sólo con gran esfuerzo se pudo conseguir que entregaran al impostor.

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NOTAS

(124) Los Dioscuros.
(125) Al parecer, Suetonio confunde aquí el padre con el hijo fue, en efecto, el padre quien triunfó de los alóbroges, y el hijo, tribuno del pueblo en 750, fue quien hizo la ley a que se refiere.
(126) Tiberio murió en el mes de marzo del año 790; Nerón nació en el mes de diciembre del mismo año.
(127) Ordinariamente se daba nombre a los niños el noveno día de su nacimiento (a las niñas el octavo); llamaban a este día lustricus dies, o día de la purificación, y el hecho se llevaba a cabo observando ciertas ceremonias religiosas.
(128) Se decidió entonces (en 805) que Nerón estaba capacitado para tomar parte en los negocios públicos, y se convino que sería cónsul a los veinte años. Se le nombro Príncipe de la juventud, confiriéndosele la autoridad preconsular fuera de la ciudad.
(129) Finalmente se abrieron de pronto las puertas del palacio. Nerón sale con Burro y se adelanta hacia la cohorte que estaba de guardia. Recibiéronle los soldados con aclamación, y él, a una señal del prefecto montó en litera. Se asegura que algunos soldados vacilaron, que miraron repetidamente a la espalda, preguntando con insistencia dónde estaba Británico; pero no viéndose apoyados no tardaron en seguir él impulso general. Llegado Nerón al campamento, se le proclamo emperador.
(130) Los pretorianos que mandaban en estas colonias carecían de domicilio, las palabras per domicilii translationem, se refieren únicamente a los primipilarios como ciudadanos de Roma.
(131) Chifilino cita a Elia Catula, que pertenecía a una de las familias principales de Roma y a la que se vio bailar en los juegos de la Juventud cuando tensa ya más de ochenta años.
(132) Según Plinio, Nerón hizo cubrir de oro el teatro de Pompeya, para mostrarlo a Tirídates.
(133) Se acusaba a los cristianos del incendio de Roma. A su suplicio, dice Tácito, se añadía la irrisión; se los envolvía en pieles de bestias para que los perros los devorasen, se los ataba en cruz o se les embadurnaba el cuerpo con resina, encendiendolos por la noche como antorchas para alumbrarse. Nerón había cedido para este espectáculo, sus propios jardines. Orosio añade que iguales horrores fueron ejecutados en las provincias.
(134) La ley Cincia, llamada también Muneralis, dada a propuesta del tribuno Cincio en 549, prohibía recibir dinero o presentes por la defensa de una causa: Augusto la había confirmado en 737. Pedido a Claudio por el Senado que la renovase, limitóse este a poner freno a la avidez de los abogados, fijando como máximum de honorarios diez mil sestercios, y amenazando con las penas de la contusión al que exigiese más. Al comienzo del reinado de Nerón, el Senado dio todo su vigor a la ley Cincia; pero mas adelante, Nerón proporcionó honorarios según la importancia de las causas.
(135) Dio la señal.
(136) Los Augustiani eran un cuerpo de cinco mil hombres adiestrados en las diferentes maneras de aplaudir. A muchos ciudadanos distinguidos se les hacia entrar en el de buena o mala voluntad.
(137) “Montano, romano del orden senatorial —dice Tácito— llegó a las manos con Nerón en medio de la obscuridad. Como al principio rechazo con energía sus ataques y cuando le reconoció le pidió perdón, el emperador creyó que le censuraba y le obligo a que se diese muerte.”
(138) Chifilino dice de modo terminante que la propia Agripina trato de corromper a su hijo para asegurar su poder.
(139) En otro sentido: “De cometer extravagancias entre los hombres”.
(140) Ley dictada por Sila contra los asesinos y envenenadores y renovada luego por César.
(141) Establecidas en honor de Minerva, estas fiestas se celebraban el 19 de marzo y duraban cinco días, y de aquí el nombre de quinquatrus.
(142) Por este parricidio decretáronse rogativas a los dioses; se establecieron juegos anuales en las fiestas de Minerva y el día del nacimiento de Agripina fue colocado entre los nefastos.
(143) Dos cometas aparecieron durante el reinado de Nerón uno en 814 y otro
en 818.
(144) La palabra latina Sustulit significa a la vez llenar y hacer desaparecer, matar.
(145) El epigrama juega con la doble cualidad de Apolo de músico y arquero.
(146) Aludía Nerón a un rasgo de la vida, siempre venturosa de Policrates tirano de Samos, referido por Valerio Máximo: “Policrates, dice aquel autor, arrojo voluntariamente al mar, para no vivir siempre en la ignorancia del pensar, una sortija que tenía en gran estima y la recobró poco después cogiendo el pez que la había tragado.”
(147) Suplicio de los parricidas.
(148) La de Egipto era la victima prefectura en el orden de las distribuciones; la pretensión de Nerón podía, por lo tanto, parecer modesta.

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE V DE XII -TIBERIO CLAUDIO DRUSO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE V DE XII
TIBERIO CLAUDIO DRUSO


I. Livia, que estaba ya encinta cuando se casó con Augusto, dio a luz tres meses después a Druso; llevó al principio el nombre de Nerón, y fue padre de César Claudio; pasó por ser fruto de adulterio de Livia y Augusto, lo cual dio ocasión a que circulase este verso griego: A los hombres dichosos nacen hijos de tres meses.
Durante su cuestura y su pretura tuvo un mando en la guerra de Recia y en la de Germania, siendo el primer general romano que navegó por el océano septentrional. Hizo abrir al otro lado del Rin canales de nueva forma y gran extensión, que aún hoy se llaman Drusinas. Infligió frecuentes derrotas al enemigo, rechazándole hasta sus bosques, y dejó sólo de perseguirle el día en que se le presentó una mujer de aquella nación de estatura más que humana, la cual, hablándole en latín, le prohibió que llevase más adelante sus victorias. Sus hazañas obtuvieron por recompensa la ovación y ornamentos triunfales. Al salir de la pretura fue nombrado cónsul, y habiendo reanudado sus expediciones, falleció de enfermedad en sus cuarteles de verano, llamados desde entonces Scelerata. Los principales ciudadanos de los municipios y las colonias llevaron su cadáver a Roma; las decurias de los secretarios del Imperio salieron a recibirle, enterrándole después en el campo de Marte. El ejército erigió en su honor un cenotafio, alrededor del cual debían ejercitarse anualmente los soldados en la carrera y hacer sacrificios solemnes los diputados de las ciudades de la Galia. El Senado, entre otros honores, le decretó un arco de triunfo en mármol, con trofeos, en la vía Apia, y el nombre de Germánico para él y sus descendientes. Dícese que era tan apasionado por la gloria como por la libertad; así, deseando siempre juntar a sus victorias el honor de despojos óptimos, perseguía a los jefes germánicos en el combate, sin reparar en los peligros, y nunca ocultó su anhelo de restablecer en cuanto pudiese la antigua República. Esta, es, a mi parecer, la causa que ha movido a algunos autores a decir que se hizo sospechoso a Augusto; que éste le llamó de su gobierno, pero viéndole vacilar en acudir, se libró de él por medio del veneno. Me refiero a ello por no omitir ningún detalle, pero sin creer que sea verdadero ni verosímil. Augusto quiso tanto a Druso mientras vivió, que le instituyó heredero, a la par de sus hijos, en todos sus testamentos, como declaró un día en el Senado. En el elogio público que hizo de él después de su muerte, suplicó a los dioses que le diesen césares que se pareciesen a Druso y le concedieran a él mismo tan hermoso fin como a aquél. Compuso, además, un epitafio en verso, que se grabó en su tumba; y escribió en prosa la historia de su vida. Druso había tenido muchos hijos de Antonia la menor, pero sólo dejó tres: Germánico, Livila y Claudio.
II. Claudio nació en Lyón, en las calendas de agosto, bajo el consulado de Julio Antonio y de Fabio Africano, el mismo día en que se dedicaba el altar consagrado a Augusto. Llamóse primeramente Tiberio Claudio Druso, y más adelante, cuando su hermano mayor pasó por adopción a la familia Julia, tomó el nombre de Germánico. Estaba todavía en la cuna cuando murió su padre, viéndose obligado durante casi todo el tiempo de su infancia y su juventud a luchar con diferentes y obstinadas enfermedades; quedó con ellas tan débil de cuerpo y de espíritu que ni siquiera en edad más avanzada se le consideró apto para cualquier cargo público, ni tampoco para ningún negocio particular. Mucho después de haber terminado su minoría le dejaron bajo la autoridad de otros, sometido a la férula de un pedagogo; él mismo se lamenta en un escrito de que hayan colocado a su lado un bárbaro palafrenero en otro tiempo, para hacerle soportar, bajo todo género de pretextos, infinidad de malos tratos. En esta misma debilidad de su salud y de su razón estuvo también la causa de que, contra la costumbre establecida, presidiese con la cabeza cubierta el espectáculo de gladiadores (106) que dio en unión de su hermano en memoria de su padre: y cuando vistió la toga viril, le condujeron en litera al Capitolio, a medianoche y sin ceremonia alguna.
III. No dejó, a pesar de todo, de dedicarse durante su juventud al estudio de las letras griegas y latinas, y hasta se expresó muchas veces en público en ambas lenguas. A pesar de estas pruebas de saber, no pudo, sin embargo, conquistar ninguna consideración, ni infundir mejores esperanzas. Su madre Antonia le llamaba sombra de nombre, infame aborto de la Naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es más estúpido que mi hijo Claudio. Su abuela Livia sintió siempre hacia él un profundo desprecio; le dirigía la palabra muy raras veces, y si tenía algo que advertirle, lo hacía por medio de una carta lacónica y dura o de tercera persona. Su hermana Livila, habiendo oído decir que Claudio reinaría algún día, compadeció en alta voz al pueblo romano por estarle reservado tan infausto destino. En cuanto a lo que pensaba de él Augusto, nada mejor puedo hacer que citar los siguientes pasajes de sus cartas:
IV. He hablado con Tiberio, según tu deseo, querida Lisia, sobre lo que habrá que hacer con tu nieto Tiberio en las fiestas de Marte. Los dos creemos que debemos decidir de una vez sobre lo que atañe y no separarnos del acuerdo. Porque si tiene las cualidades requeridas y, por decirlo así, universales, no hay que vacilar en hacerle pasar gradualmente por los mismos honores que a su hermano. Si, por el contrario, le encontramos incapaz, si no goza de salud de cuerpo ni de espíritu no hemos de exponernos al ridículo, ni exponerle a él ante los satíricos que todo lo toman a burla. Seria muy de lamentar, en el caso de que no hubiéramos decidido nada de antemano, tener que deliberar en cada período de su vida si puede o no desempeñar los empleos públicos. Sea de esto lo que quiera, en la ocasión presente no me opongo a que se siente a la mesa de los Pontificios, en las fiestas de Marte, con tal que tenga junto a él a su pariente, el hijo de Silano, que le impida cometer inconveniencias o ponerse en ridículo. Me parece oportuno que asista a los juegos del Circo en lecho de ceremonia: se haría demasiado visible y se daría como un espectáculo él mismo. Tampoco creo que deba ir a sacrificar en el monte Albano, ni permanecer en Roma durante las fiestas Latinas, pues, a fin de cuentas, ¿por qué no se le había de encargar de algunas funciones en la ciudad, si compartiese las de su hermano en el monte?. Ahora ya estás enterada de todas mis decisiones, querida Livia; añadiré aún que es preciso determinar para siempre nuestra conducta con relación a él, a fin de no vacilar continuamente entre la esperanza y el temor. Si lo consideras conveniente, puedes dar a leer a Antonia esta parte de mi carta. En otra decía: Durante tu ausencia, invitaré todos los días a mi mesa al joven Tiberio, a fin de que no coma solo con su Sulpicio y su Atenodoro. Quisiera que eligiese con más cuidado y menos negligencia un amigo cuya actitud, acción y compostura sirvan de ejemplo a ese pobre insensato. “No serán su ocupación los negocios del Estado”, aunque cuando no está extraviado su espíritu, algunas veces hace recordar su nacimiento. Y por último, en otra carta, dice todavía: He oído declarar a tu nieto Tiberio, y no salgo de mi asombro. ¿Cómo puede hablar con tanta claridad en público, cuando de ordinario tiene la lengua tan entorpecida? No puede dudarse de la determinación que tomó en seguida Augusto en relación a él. No le confirió ninguna dignidad, a no ser la del sacerdocio de los augurios; le asignó sólo la sexta parte de su herencia y no le nombró más que en la tercera categoría de los herederos, casi entre los extraños; los legados que le hizo no pasaban de ochocientos mil sestercios.
V. Su tío Tiberio le concedió, a Petición suya, los ornamentos consulares, pero como instaba para obtener en seguida el consulado, le escribió por toda contestación: Te mando cuarenta piezas de oro para las Saturnales y Sigilarias (107). Renunció, en consecuencia, a la esperanza de las dignidades, y tomó el partido de retirarse, viviendo unas veces en sus jardines o en su casa de campo inmediata a Roma, y otras en lo más apartado de la Campania, en compañía de los hombres más abyectos, añadiendo a su propia reputación de imbécil la vergonzosa fama de jugador y borracho.
VI. Pese a esta conducta, le dispensaron todavía algunas atenciones, y hasta le otorgaron muestras públicas de respecto. Dos veces le encargaron los caballeros que llevase por ellos la voz al frente de una diputación de su orden: la primera, cuando solicitaron de los cónsules el favor de trasladar en hombros hasta Roma el cuerpo de Augusto; la segunda, cuando fueron a felicitar a aquellos mismos magistrados por haber hecho justicia a Seyano; a su entrada en el teatro, todos se levantaban y se quitaban el manto. También el Senado quiso agregarle extraordinariamente a los sacerdotes de Augusto, que eran designados por suerte; quiso, además, hacer reconstruir a costa del Estado su casa destruida por un incendio y conferirle el derecho de emitir su opinión en el rango de los consulares.
Tiberio hizo, sin embargo, revocar este decreto, alegando la incapacidad de Claudio, y prometiendo indemnizarle él mismo de sus pérdidas. Al morir, le inscribió en la tercera categoría de sus herederos por la tercera parte de la herencia; le hizo, además, un legado de dos millones de sestercios, y le recomendó expresamente a los ejércitos, al Senado y al pueblo romano entre lo que más quería.
VII. Bajo su sobrino Cayo, que al principio de su reinado procuraba por todos los medios franquearse reputación, llegó finalmente Claudio a los honores siendo colega de aquél en el consulado durante dos meses. La primera vez que se presentó en el Foro con las fasces vióse un águila que se vino a posar en su hombro derecho.
La suerte le asignó otro consulado para cuatro años después. Presidió algunas veces los espectáculos en substitución de Cayo, y el pueblo le saludaba entonces exclamando: ¡Prosperidad al tío del emperador; prosperidad al hermano de Germánico!.
VIII. Pero no por esto dejó de ser juguete de la corte. Si llegaba, en efecto, algo tarde a la cena, se le recibía con disgusto y se le dejaba que diese vueltas alrededor de la mesa buscando puesto; si se dormía después de la comida, cosa que le ocurría a menudo, disparábanle huesos de aceitunas y de dátiles, o bien se divertían los bufones en despertarle como a los esclavos, con una palmeta o un látigo. Solían también ponerle en las manos sandalias cuando roncaba, para que al despertar bruscamente, se frotase la cara con ellas.
IX. En esta época pasó también por disgustos más graves. Durante su consulado, estuvo a punto de verse destituido por su negligencia en hacer colocar en Roma las estatuas de Nerón y de Druso, hermanos del cesar. Por otra parte, era constantemente objeto de delaciones por parte de su servidumbre y hasta de extraños. Fue enviado a Germania con los legados encargados de felicitar a Calígula por el descubrimiento de la conspiración de Lépido y de Gentílico, corriendo allí riesgo su vida, pues el emperador se sintió indignado de que hubiesen elegido a su tío como si se tratase de dar lecciones a un chiquillo. A causa de esto han pretendido algunos autores que a su llegada le precipitaron vestido y todo al Rin. A partir de entonces, fue siempre el último de los consulares para dar su perecer en el Senado, no preguntándoselo, para mortificarle, sino después de haberlo hecho a todos los demás. Esta Asamblea recibió, además, la acusación de falso testimonio de uno que él había firmado. Habiéndole, en fin, costado ocho millones de sestercios su ingreso en un sacerdocio nuevamente establecido (108), se encontró tan necesitado de dinero, que no pudiendo satisfacer sus débitos al Tesoro, pusiéronse sus bienes en venta conforme a las leyes de las hipotecas y según tasación de los prefectos del fisco.
X. Así pasó Claudio la mayor parte de su vida hasta la edad de cincuenta años, en que por uno de los más raros caprichos de la fortuna, se vio elevado al mando supremo. Cuando los asesinos de Calígula separaron a todos, con el pretexto de que el emperador quería estar solo, Claudio, alejado como los demás, se retiró a un pequeño comedor, llamado Hermeum; sobrecogido de miedo al primer rumor del asesinato, arrastrase desde allí hasta una galería inmediata, donde permaneció oculto detrás del tapiz que cubría la puerta. Un soldado, que por casualidad llegó hasta allí, le vio los pies; quiso saber quién era, y reconociéndole le sacó de aquel sitio. Claudio se arrojó a sus pies suplicándole que no le matara; el soldado le saludó como emperador, le llevó a sus compañeros todavía indecisos y estremecidos de cólera, los cuales le colocaron en una litera, y como habían huido los esclavos, le llevaron en hombros al campamento. Claudio estaba afligido y tembloroso, y los transeúntes le compadecían como a víctima inocente que llevaban al suplicio. Fue recibido en la parte fortificada del campamento, y pasó la noche rodeado de centinelas, más tranquilo en cuanto al presente que para el futuro. Los cónsules y el Senado ocupaban, en efecto, el Foro y el Capitolio con los cohortes urbanas, queriendo absolutamente restablecer las libertades públicas. El mismo Claudio, citado por los tribunos del pueblo para que fuese al Senado a dar su opinión en aquellas circunstancias, contestó que estaba retenido por la fuerza. Pero a la mañana siguiente, el Senado, presa de divisiones y cansado de su papel, ya menos firme en la ejecución de sus designios; viendo que el pueblo que le rodeaba pedía a gritos un jefe único, decidió nombrar a Claudio, recibiendo éste, delante del pueblo reunido, los juramentos del ejército; prometió a cada soldado quince mil sestercios, siendo el primero de los césares que compró a precio de oro la fidelidad de las legiones.
XI. Ya establecido en el mando, fue su primer cuidado olvidar lo ocurrido en aquellos dos días en que se trató de cambiar la faz del Estado. Como primera medida, otorgó una amnistía general y completa, que observó religiosamente, exceptuando a algunos tribunos y centuriones complicados en la muerte de Cayo, a los cuales hizo ejecutar, tanto para escarmiento como porque se enteró que habían pedido también su muerte. Ocupóse después en los honores que deseaba tributar a los suyos; adopto como el juramento más sagrado el que invocaba el nombre de Augusto; hizo decretar a su abuela Livia los honores divinos y en las pompas del Circo un carro arrastrado por elefantes, como el de Augusto. A sus padres les hizo decretar ceremonias fúnebres, y por su padre agregó juegos anuales en el Circo, el día del aniversario de su nacimiento; para su madre un carro, en el que debía pasearse su imagen en el Circo, y el dictado de Augusta, que se negó a aceptar en vida. Quiso honrar la memoria de su hermano, haciendo representar en Nápoles, en honor suyo y después de un concurso, una comedia griega premiada por él como la mejor, según dictamen de los jueces. Tributó pruebas también de gratitud y respeto a la memoria de Marco Antonio, declarando cierto día en un edicto que deseaba tanto más ver célebre el nacimiento de su padre Druso, cuanto que en igual día había nacido su abuelo Antonio. Terminó el arco de triunfo en mármol otorgado en otro tiempo a Tiberio por el Senado, situado cerca del teatro de Pompeyo, que estaba abandonado, y si bien es cierto que anuló todos los actos de Cayo, prohibió se contase en el número de los días festivos el de su muerte, aunque fue el primero de su mando.
XII. Sobrio en la elección de honores y en el ejercicio del poder, se abstuvo de usar el título de emperador y rehusó todas las distinciones que salieran de lo corriente. Celebró en su mansión los esponsales de su hija y el nacimiento de su nieta sin ostentación alguna y como simple ceremonia doméstica. No levantó ningún destierro sino por consejo de los senadores. Pidió como favor que le permitiesen acompañarle al Senado al prefecto del Pretorio y los tribunos militares, y que se ratificasen allí las sentencias pronunciadas por sus delegados en los asuntos judiciales. Solicitó de los cónsules el derecho de establecer mercados en sus dominios privados. Asistió a menudo como simple consejero a los juicios que celebraban los magistrados; y cuando éstos daban espectáculos, se levantaba, como todos, al verlos entrar y los saludaba con la voz y con la mano. Habiéndose presentado los tribunos del pueblo ante su tribunal, se disculpó con ellos por verse obligado, falto de espacio, a dejarlos hablar en pie. Semejante conducta le granjeó en poco tiempo el aprecio y cariño de los romanos hasta tal punto, que habiendo corrido el rumor de que en uno de sus viajes a Ostia había sido asesinado, el pueblo, consternado, abrumó de imprecaciones a los soldados como traidores y a los senadores como parricidas: estas acusaciones no cesaron hasta que los magistrados presentaron en la tribuna de las arengas a un ciudadano, y después otro, y otro, que aseguraron que Claudio vivía y que estaba por llegar a Roma.
XIII. A pesar de todo, no se vio durante su mando libre de asechanzas, amenazada su vida por conatos particulares, sediciones y últimamente por la guerra civil. Una noche se encontró a un hombre del pueblo con un puñal cerca de su lecho. Se sabe de dos caballeros romanos, armados con cuchillos de caza y estiletes, que le esperaron para matarle, el uno a la salida del teatro, y el otro durante un sacrificio en el templo de Marte. Asinio Galo y Stalilio Corvino, nietos de los oradores Polión y Mesalas intentaron una revuelta haciendo participar en ella a gran número de libertos y esclavos de Claudio. Furio Camilo Scriboniano, legado en Dalmacia, consiguió promover una guerra civil, pero fue derrotado en menos de cinco días, a causa de la defección de las legiones que habían violado, su juramento y que se arrepintieron casi en el acto por escrúpulo religioso. En efecto, fuese casualidad, fuese voluntad de los dioses, cuando recibieron orden de ponerse en marcha para reunirse al nuevo emperador, no pudieron preparar las águilas ni arrancar las insignias.
XIV. Además de su antiguo consulado, Claudio fue investido cuatro veces con esta dignidad: las dos primeras sin interrupción, y las siguientes en cuatro años de intervalo. Conservó el último consulado seis meses, y dos solamente los otros. En el tercero substituyó a un cónsul muerto, ejemplo nunca visto en un emperador. Pero fuese o no cónsul, administraba justicia con mucha asiduidad, hasta en los días consagrados, en su casa o en su familia, a alguna solemnidad, y algunas veces lo hizo incluso durante las fiestas establecidas por la religión desde remota antigüedad. No siempre se atenía a los términos de la ley, haciéndola más suave o más severa, según la justicia del caso o siguiendo sus impulsos; así estableció en su derecho de demandantes a los que lo habían perdido legalmente ante los jueces ordinarios por haber pedido demasiado, y acrecentando el rigor de las leyes, condenó a las fieras a los que quedaron convictos de fraudes muy graves.
XV. En sus informes y sentencias mostraba un carácter variable en gran manera: circunspecto y sagaz unas veces, inconsiderado en otras, y hasta extravagante. Cierto día, en virtud de su autoridad, para el servicio de los tribunales, revistaba las decurias, y un ciudadano, a quien el número de hijos concedía el privilegio de no actuar (109), contestó al llamamiento, sin aducir la exención, Claudio le despidió como sospechoso de la manía de juzgar. A otro, interpelado delante de él por sus adversarios en asuntos que le atañía personalmente y que se excusaba pretendiendo que no incumbía al emperador sino a los jueces ordinarios, le intimó que se defendiese en el acto, para obligarle a mostrar en su propia causa la equidad con que juzgaría las otras. Una mujer se negaba a reconocer un hijo suyo; como por una y otra parte fuesen dudosas las pruebas, Claudio le mandó que se casase con el presunto hijo, obligándola de esta manera a confesarse madre suya. Ordinariamente daba razón a las partes presentes contra las ausentes, sin escuchar las excusas, legítimas o no que podían presentar éstas para justificar su ausencia. Como uno pidiera insistentemente que cortasen las manos a cierto falsificador (110), Claudio hizo venir al punto al verdugo con una cuchilla y el banquillo del suplicio. Disputábase la cuestión, a fin de saber si aquel hombre debía defender su causa con toga romana o con manto griego: el emperador, creyendo en este caso dar pruebas de completa imparcialidad, le ordenó tomar alternativamente los dos trajes, uno mientras se celebraba la acusación y el otro durante la defensa, Se cree que en otro asunto dio por escrito esta sentencia: Opino como aquellos que tienen razón. Se vio por estas decisiones tan rebajado, que algunas veces recibió hasta en público muestras de desprecio. Un ciudadano, para excusar la ausencia de un testigo citado por el mismo Claudio en una provincia del Imperio, limitase a exponer que le era imposible comparecer, manteniendo oculta por mucho tiempo la razón; tras haber dejado que el emperador le interrogase repetidamente acerca de ella, concluyó por contestar; Ha muerto, y creo que esto le estaba permitido. Dándole otro gracias porque permitía a un acusado defenderse, añadió: Y sin embargo, así se acostumbra. He oído decir a los ancianos que los abogados abusaban de su paciencia hasta el punto de llamarle cuando se retiraba del tribunal, de retenerle por la toga y algunas veces hasta por un pie; no debe tenerse por increíble, puesto que un litigante se atrevió, en el calor de la discusión, a decirle: Y tú también eres viejo e imbécil. Conocido es, además, el rasgo del caballero romano que, injustamente acusado por implacables enemigos de cometer con las mujeres monstruosas obscenidades y viendo que le oponían y confrontaban con prostitutas de profesión, censuró a Claudio su estupidez y crueldad lanzándole a la cara el estilo y las tablillas que tenía en la mano, con las que le causó en la mejilla una herida bastante profunda.
XVI. Claudio practicó también la censura, lo que no se había hecho desde Plauso y Paulo, pero también en estas funciones mostró la misma desigualdad de carácter y de conducta. En la revista de los caballeros expulsó, Sin tacharle de infamia, a un joven lleno de oprobio, pero a quien su padre declaraba intachable.
Tiene, dijo, su censor. A otro muy conocido por sus desórdenes y adulterios, advirtió que se entregase a los placeres propios de su edad, o al menos con más cautela, y añadió: ¿Qué necesidad hay de que conozca yo el nombre de tu amante? Cierto día, y a ruegos de sus amigos, borró la nota de infamia unida al nombre de un ciudadano. Quiero, sin embargo, dijo, que subsista la tacha. Hizo suprimir del cuadro de jueces a uno de los principales habitantes de la provincia de Grecia que no sabía latín, y no contento con esto, le hizo degradar además a la clase de extranjero. Exigió también que todo ciudadano que tuviese que dar cuenta de su conducta lo hiciese por sí mismo, según sus medios y sin abogado. Tachó a muchos ciudadanos que estaban muy lejos de esperarlo y por causas bastante insignificantes: a uno por haber salido de Italia sin conocimiento del emperador y sin su permiso; a otro, por haber acompañado a un rey a sus Estados. Con este motivo citó el ejemplo de Rebirio Póstumo, acusado en otro tiempo del delito de alta traición porque había seguido a Alejandría al rey Ptolomeo, su deudor. Era su deseo tachar aun a mayor número, pero la negligencia de los comisarios instructores le impuso la afrenta de no encontrar en gran parte más que inocentes donde creía hallar culpables; pues aquellos a quienes censuraba el celibato, la falta de hijos o de caudal, justificaban en el acto su matrimonio, paternidad o riquezas. Hubo incluso quién, acusado de haberse herido con una espada para quitarse la vida, mostró, despojándose de sus ropas, que no tenía ninguna herida. Se advirtió también, entre otras singularidades de su censura, que hizo comprar y romper públicamente un carro de plata de maravilloso trabajo que habían puesto en venta cerca de las Sigilarias (111), y que en un solo día publicó veinte edictos, entre los cuales había uno que disponía embrear bien toneles atendiendo a que habría mucho vino aquel año; y otros que aconsejaba el jugo del tejo como eficaz remedio contra la mordedura de víbora.
XVII. Hizo sólo una expedición militar, y aun ésta sin importancia. El Senado le había decretado los ornamentos triunfales, pero no pareciéndole aquello bastante para la majestad de su jerarquía y aspirando a los honores de merecido triunfo, eligió para teatro de sus proezas la Bretaña, que no había sido atacada por nadie desde Julio César, y en la que reinaba entonces cierta efervescencia a causa de los desertores que no habían sido devueltos. Marchó, pues, a embarcarse en Ostia, pero estuvo a punto de naufragar dos veces a consecuencia de un viento impetuoso que le sorprendió en la costa de la Liguria, próxima a las islas Stechadas. Por esta causa desde Marsella fue por tierra a Gesoriacum donde pasó el mar. En pocos días, sin combatir, sin efusión de sangre, recibió la sumisión de parte de la isla; volvió a Roma seis meses después de su marcha y desplegó en su triunfo un deslumbrador aparato. Permitió a los gobernadores de las provincias y hasta a algunos desterrados, que se trasladasen a Roma para presenciar el espectáculo, y colocó en la parte superior del palacio de los césares, entre los despojos del enemigo y junto a la corona cívica, una corona naval, como monumento de su paso y victoria sobre el océano; su esposa Mesalina seguía en un carro al vencedor, y los que habían merecido en esta guerra los ornamentos triunfales, le seguían a pie, revestidos con la pretexta. Sólo Craso Oruga montaba un caballo enjaezado y llevaba traje con palmas, por ser la segunda vez que obtenía recompensas militares.
XVIII. Se ocupó siempre con gran solicitud en el abastecimiento y seguridad de Roma. Durante el incendio del barrio Emiliano, como no podían contenerse los progresos del fuego, pasó dos noches en el Diribitorio. Viendo que soldados y esclavos estaban extenuados de fatiga, Claudio, por medio de los magistrados, hizo llamar al pueblo de todos los barrios. Mandó llevar entonces canastos llenos de dinero y exhortó a todos al trabajo, prometiendo a cada cual recompensas según sus servicios.
XIX. Habiéndose encarecido bastante el precio de los víveres a consecuencia de su prolongada escasez, la multitud le detuvo un día en el Foro abrumándole de injurias y lanzándole pelladas de barro. Le costó mucho trabajo escapar. Y tuvo que entrar en su palacio por una puerta excusada; no hubo después medio que no imaginase para asegurar la llegada de convoyes hasta en invierno, y para garantir a los abastecedores beneficios ciertos, tomando a su cargo las pérdidas que ocasionase el mal tiempo y concediendo algunas ventajas a los que equipasen naves para el comercio de granos proporcionadas a su posición en el Estado; otorgó a los ciudadanos las dispensas establecidas por la ley Papia Popea, a los latinos los derechos de ciudadanos romanos. a las mujeres las prerrogativas de madres de cuatro hijos, subsistiendo aún en nuestros días tales reglamentos.
XX. Inició grandes trabajos, pero se preocupó más del número que de la utilidad: son los principales el acueducto comenzado por Cayo, un canal de espurgo para el lago Fucino y el puerto de Ostia. Sabía, no obstante, que Augusto había rehusado siempre una de estas obras a las apremiantes solicitudes de los marsos y que Julio César había tenido que renunciar al fin a la otra, a causa de las dificultades de la ejecución. Hizo llegar a Roma el agua Claudina, suministrada por manantiales frescos y abundantes, llamados el uno fuente Verde, y el otro fuente Curtiana o Albudina. Por un magnífico acueducto trajo las del nuevo Anio, que quedaron distribuidas en numerosos y magníficos depósitos. Por lo que toca a los trabajos del lago Fucino, vio tanto provecho como gloria en emprenderlos, porque muchos particulares habían propuesto encargarse de los gastos, a condición de que se les cediese el terreno que quedase en seco. A fuerza de grandes trabajos quedó terminado este canal, habiendo tenido que abrirlo en una longitud de tres mil pasos a través de una montaña, de la que hubo que cortar una parte y arrasar la otra. La obra duró once años, habiendo trabajado en ella sin reposo treinta mil hombres.
Construyó el puesto de Ostia, rodeándole de dos brazos a derecha e izquierda y elevando un dique a la entrada, sobre suelo ya levantado. A fin de asegurar mejor este dique empezaron por sumergir la nave con que se había traído de Egipto el gran obelisco; sobre fuertes pilares construyeron después hasta prodigiosa altura una torre, parecida el faro de Alejandría, para alumbrar por la noche la marcha de los buques.
XXI. Repartió muchas veces congiarios al pueblo; dio juegos magníficos y con frecuencia sin atenerse a las representaciones ordinarias, en los sitios acostumbrados; imaginó otros espectáculos y reprodujo los antiguos designándoles nuevos parajes. Cuando reconstruyó el teatro incendiado de Pompeyo (112), dio la señal de los juegos de la dedicación desde lo alto de una tribuna colocada en la orquesta, habiendo antes sacrificado a los dioses en la parte superior del edificio; desde allí había bajado a ocupar su puesto, atravesando el recinto en presencia de toda la asamblea sentada y silenciosa. Celebró asimismo los juegos seculares, cuya época había adelantado Augusto, según se decía entonces, aunque dice él mismo en sus memorias que este emperador, después de larga interrupción, los ordenó en su debido tiempo, habiendo calculado exactamente los años transcurridos. A causa de esto se burlaron mucho del anuncio del pregonero invitando al pueblo con la fórmula solemne u juegos que nadie había visto ni volvería a ver, pues existían todavía muchos ciudadanos que ya los habían visto, y algunos actores que se habían presentado en la escena en los últimos juegos, aparecieron también en éstos. Dio con frecuencia juegos de Circo sobre el Vaticano, y algunas veces, después de cinco carreras de carros, celebrábanse cacerías de fieras. Adornó el Circo Máximo con barreras de mármol y metas doradas, en substitución de las antiguas, que eran de madera o piedra tosca. Señaló asientos para los senadores, que, hasta entonces, no los tenían fijos (113) Además de las luchas de las cuadrigas, dio espectáculos de juegos troyanos y cacerías africanas, ejecutados por un escuadrón de jinetes pretorianos, que iban con sus tribunos al frente y entre ellos y el mismo prefecto. Presentó, asimismo, a los jinetes tesalianos que persiguen en el Circo toros salvajes, les saltan sobre el lomo, tras haberlos cansado a la carrera y los derriban asiéndolos por los cuernos. Aumentó los espectáculos de gladiadores, dándolos de muchas clases: uno anual en el campamento de los pretorianos, pero sin aparato ni lucha de fieras; otro en el campo de Marte, de la forma y duración acostumbradas; dio aún otro en el mismo lugar, pero éste completamente nuevo, de escasa duración y al que llamó la sportula, porque al anunciarlo por primera vez, dijo que invitaba al pueblo como a una cena improvisada y sin aparato. Eran estos dos espectáculos en que se mostraba más afable y alegre; veíasele, como al pueblo, contar por los dedos de la mano izquierda y en voz alta las monedas de oro ofrecidas a los vencedores; invitaba él mismo e incitaba a todos los espectadores a la alegría, llamándoles de vez en cuando señores; a sus palabras mezclaba también en ocasiones bromas de pésimo gusto; así el día en que, reclamado por el público el gladiador Palumbus (114), contestó que lo presentaría si se le pudiese coger. El rasgo siguiente tenía cuando menos el mérito de ser un sabio consejo dado con oportunidad: Concedida por él la varilla de licencia a un essedario (114 bis) a petición de cuatro hijos del mismo, y viendo que el público aplaudía, hizo al punto circular las tablillas en las que mostraba al pueblo la gran conveniencia de tener hijos, puesto que eran fuente de favor y fuerza incluso para un gladiador. Hizo representar en el campo de Marte, como simulacro de guerra, la toma y saque de una ciudad y la sumisión de los reyes de la Bretaña, presidiendo él mismo vestido de general. Antes de desecar el lago Fucino se propuso dar en él una naumaquia, pero como quiera que al saludo de los combatientes al pasar delante de él. ¡Salve, emperador, los que van a morir te saludan! Hubiese contestado Claudio: ¡Salud a vosotros!, se negaron a combatir, alegando que aquella respuesta significaba un indulto. Durante algún tiempo deliberó si los haría morir a todos por el hierro o por el fuego; bajó, finalmente, de su asiento, corrió aquí y allá alrededor del lago con paso vacilante y actitud ridícula, amenazando a éstos, rogando a aquellos, y concluyó por decidirlos al combate. En este espectáculo se vio abordarse una flota siciliana y otra de Rodas de doce trirremes cada una; y la señal había sido dada con la trompeta de un Tritón de plata, hecho surgir en medio del lago por medio de un oculto mecanismo.
XXII. En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.
XXIII. Hizo continuo el despacho de los negocios (115), que había estado hasta él dividido entre los meses de invierno y los de verano. La jurisdicción de los fideicomisos, delegada antes a los magistrados de Roma como comisión anual, les quedó adjudicada a perpetuidad, dándola también a los magistrados de las provincias. Derogó el artículo añadido a la ley Capia Popea (116) por el emperador Tiberio y que suponía a los sexagenarios incapaces de engendrar. Dispuso que los cónsules podrían dar, por excepción, tutores a los pupilos y que a aquellos a quienes los magistrados hubiesen prohibido el acceso a las provincias se les prohibiría también la estancia en Roma y en Italia. Imaginó una nueva manera de destierro, prohibiendo a muchos ciudadanos alejarse de Roma más allá de tres millas. Cuando tenía que tratar en el Senado algún asunto importante, ocupaba una silla de tribuno, entre los dos cónsules. Hizo suya la atribución de los salvoconductos, que ordinariamente eran pedidos al Senado.
XXIV. Las insignias consulares fueron otorgadas por él hasta a los delegados imperiales llamados ducenarios; despojo de la categoría de caballeros a los que rehusaban la de senadores. A pesar de que al principio de su mando se había comprometido formalmente a no crear ningún senador que no fuese al menos tataranieto de un ciudadano romano, concedió la lacticlavia al hijo de un liberto, a condición de que antes había de hacerse adoptar por un caballero. A fin de adelantarse a la censura que temía, recordó el ejemplo del censor Apio Ceco, fundador de su raza, que había hecho ingresar en el Senado hijos de libertos; ignoraba, sin embargo, que en tiempos de Apio y hasta después de él, llamaban libertos no a los que habían conseguido la manumisión, sino a los hombres libres nacidos de aquellos. Encargó al Colegio de los cuestores la organización de los juegos de gladiadores, en lugar de la reparación de los caminos públicos, que tenía antes a su cargo. Le quitó asimismo el gobierno de la Galia y de Ostia, y le restituyó la guarda del tesoro de Saturno (117), confiado desde tiempo de Augusto a pretores encargados, o a pretores antiguos, como se hace en nuestros días. Concedió los ornamentos triunfales a Silano, prometido de su hija, antes de haber entrado en la pubertad, aunque, en general, los concedió con tanta profusión y facilidad, que las legiones llegaron a dirigirle en común una solicitud en la que le pedían que los legados consulares obtuviesen los ornamentos del triunfo a la vez que el mando de un ejército, para que no buscasen continuamente pretextos de guerra. Concedió a A.Plautio los honores de la ovación, y cuando éste entró en Roma, salió Claudio a recibirle, llevándole a su lado al subir al Capitolio y al descender. A Gabino Segundo, por haber vencido a los chaucos, nación de la Germania, le autorizó para tomar el dictado de Chaucico.
XXV. Dispuso el ascenso militar de los caballeros, dando después de la cohorte, el escuadrón, y después del escuadrón, el tribunal de legión. Creó asimismo una especie de servicio ficticio, retribuido por los ausentes, que solo tenían títulos sin cargos, dándoles el nombre de supernumerarios. Hizo prohibir a los soldados, por medio de un senadoconsulto, la entrada en las casas de los senadores para saludarlos. Confiscó los bienes a los libertos que se hacían pasar por caballeros romanos. Redujo de nuevo a esclavitud a todos los convictos de ingratitud, o que daban a sus dueños motivos de queja, amenazando a sus abogados con no hacerles justicia a ellos mismos, en iguales circunstancias, contra sus libertos. Como algunos dueños abandonasen en la isla de Esculapio a sus esclavos enfermos, para librarse del cargo de cuidarlos, el emperador declaro que todos los así abandonados quedaban libres, y que en caso de curación no pertenecerían más a sus antiguos dueños; añadía aún que al que diere muerte a su esclavo por no abandonarle, se le perseguiría como homicida. Por un edicto expreso, prohibió a los viajeros atravesar las ciudades de Italia de otra manera que a pie, en silla de manos o en litera. Estableció en Puzzola y en Ostia una cohorte para los casos de incendio. Prohibió a los extranjeros que tomasen nombres de familias romanas, e hizo ejecutar con hacha en el campo Esquilino a los que habían usurpado el título de ciudadano romano. Hizo devolver al Senado las provincias de Ocaya y Macedonia, que Tiberio había tomado bajo su administración. Despojó a los licios de la libertad en castigo de sus querellas intestinas, devolviéndola, en cambio, a los de Rodas, como recompensa a su arrepentimiento por sus faltas pasadas.
Declaró a los troyanos exentos a perpetuidad de todo tributo, como fundadores de la raza romana, con este motivo, leyó una antigua misiva griega del Senado y del pueblo al rey Seleuco, en la cual los romanos le prometían alianzas y amistad a condición de que eximiría de todo impuesto a sus hermanos los troyanos. Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto (118), provocaban turbulencias. Autorizó a los diputados de los germanos a sentarse en la orquesta, placiéndole mucho la sencillez y confianza con que aquellos extranjeros, a quienes había colocado en medio del pueblo, fueron espontáneamente a sentarse junto a los embajadores de los partos y armenios, sentados entre los senadores, diciendo que no les eran inferiores en calidad ni en valor. Suprimió completamente en las Galias la cruel y atroz religión de los druidas que Augusto se había limitado a prohibir a los ciudadanos. En cambio, intentó hacer pasar del Atica a Roma los misterios de Eleusis y propuso reconstruir en Sicilia, por cuenta del Tesoro público, el templo de Venus Ericina, que se había derrumbado de viejo. Contrajo alianza con los reyes en el Foro, inmolando una cerda y haciendo leer por los feriales la antigua fórmula de los juramentos. No debe olvidarse, sin embargo, que estos actos, como en general todos los de su gobierno, expresaban más bien la voluntad de sus mujeres y libertos que la suya, y no tenían otra regla que el interés o el capricho de éstos.
XXVI. Siendo todavía muy joven tuvo dos esposas: Emilia Lépida, bisnieta de Augusto, y Livia Medulina, perteneciente a la antigua familia del dictador Camilo, y que había conservado el nombre de Camila. Repudió a la primera, virgen aún, porque sus padres habían caído en desgracia ante Augusto; la otra falleció de enfermedad el mismo día en que iba a celebrarse la boda. Casó más adelante con Plaucia Urgulanila, de familia triunfal, y luego con Elisa Petina, hija de un consular.
De estas dos esposas se separó por divorcio; de Petina, por faltas ligeras; de Urgulanila se separó por sus innobles desórdenes, a los que se añadían aún sospechas de homicidio. Contrajo después matrimonio con Valeria Mesalina, hija de su primo Barbato Masala; pero cuando supo que, además de sus excesos y crímenes, se había atrevido a casarse con C. Silio y a consignar una dote en manos de los augures mandó darle muerte, jurando ante los pretorianos reunidos permanecer célibe, puesto que el matrimonio le resultaba tan mal, y dejarse matar por ellos si violaba su juramento. A pesar de ello, trató en breve de nueva unión con la misma Petina a quien había repudiado, y con Solia Paulina, que había estado casada con C. Cesar. Pero las seducciones de su sobrina Agripina hija de Germánico, ayudadas por el derecho de abrazarle y el frecuente trato, le inspiraron más profundo amor; sobornó entonces a los senadores, que en la primera reunión propusieron obligarle a casarse con ella, con el pretexto de que aquella unión era de importancia esencial para el Estado, y de dar así facultades a los demás ciudadanos para contraer iguales matrimonios, considerados hasta entonces incestuosos. Se casó con ella a la mañana siguiente, pero no encontró a nadie que quisiere seguir su ejemplo, exceptuando un liberto y un centurión primipilario, a cuyas bodas asistió Agripina.
XXVII. Tuvo hijos de tres esposas: de Urgulanila, a Druso y Claudia; de Petina, a Antonia; de Mesalina, a Octavia y un hijo, al que primeramente dio el nombre de Germánico y de Británico después. Druso murió en Pompeya, siendo todavía niño, ahogado por una pera que lanzaba al aire y recibía en la boca. Pocos días antes de su muerte le habían desposado con una hija de Seyano, razón por la cual me asombra que se haya escrito que fue Seyano autor de su muerte. Claudio hizo echar y exponer desnuda a Claudia en la puerta de la casa de su madre, como fruto de comercio criminal con su liberto Boter, aunque ella había nacido cinco meses después del divorcio del emperador y había comenzado éste a cuidar de ella.
Casó a Antonia primero con Cn. Pompeyo, llamado el Grande, y luego con Fausto Sila, jóvenes nobilísimos. Dio Octavio a su yerno Nerón, a pesar de haberla desposado con Silano. Por lo que toca a Británico, que nació el día veintinueve de su reinado, durante su segundo consulado, no cesaba de recomendarle públicamente a los soldados, enseñábale muy niño aún en sus manos al pueblo, le tenía sobre sus rodillas o delante de él en el teatro y hacía tiernos votos por aquel niño, uniéndolos a las aclamaciones de la multitud. Adoptó a su yerno Nerón, y no contento con repudiar a los otros dos, Silano y Pompeyo, hizo darles muerte.
XXVIII. A los que más afecto mostró entre sus libertos, fueron el eunuco Posides, al que se atrevió a honrar con una lanza sin hierro (119) en presencia de soldados valerosos, en su triunfo sobre la Bretaña: Félix, a quien dio cohortes, escuadrones y el gobierno de la Judea, y que fue esposo de tres reinas; Arpocras, al que concedió el derecho de hacerse llevar en litera por la ciudad y de dar espectáculos al pueblo; y más aún que a éstos, a Polibio, su lector, a quien con frecuencia se le veía marchar entre los dos cónsules. A los que más quiso fue, sin embargo, a su secretario Narciso y a Palas, su intendente, a quienes el Senado, con beneplácito del emperador, otorgó magnificas recompensas y hasta los ornamentos de la cuestura y pretura; las exacciones y rapiñas de éstos fueron tales, que quejándose Claudio un día de no tener nada en su tesoro, le contestaron sarcásticamente que sus cajas desbordarían si sus dos libertos quisiesen asociarse con él.
XXIX, Gobernado, como he dicho ya, por sus libertos y esposas, antes vivió como esclavo que como emperador. Dignidades, mandos, impunidad, suplicios, todo lo prodigó según el interés de estos afectos y caprichos, y las más veces ignorándolo.
No quiero entrar ahora en minuciosidades y no detallaré sus liberalidades revocadas, sus sentencias anuladas, sus nombramientos para los cargos, o ignominiosamente supuestos o públicamente cambiados; citaré hechos más graves.
Hizo morir a Apio Silano, padre de su yerno, y a las dos Julias, la hija de Druso y la de Germánico, por vaga acusación y sin querer escucharlas. Trató de igual manera a Cn. Pompeyo, casado con su hija mayor, y a L. Silano, esposado con la menor.
Pompeyo fue degollado en los brazos de un joven a quien amaba; Silano recibió orden de despojarse de la pretura, cuatro días antes de las calendas de enero, y suicidóse al empezar el año, el mismo día en que se celebraban las bodas de Claudio y Agripina. Firmó también la sentencia de muerte de treinta y cinco senadores y de mas de trescientos caballeros romanos; hizo esto con tanta ligereza, que a un centurión, encargado de matar a un consular, que se le había presentado para decir que estaban cumplidas sus órdenes, le contestó que no había dado ninguna. Sin embargo, no dejó de aprobar aquellas muertes, asegurado por sus libertos de que los soldados habían cumplido su deber, tomando a su cargo el cuidado de vengar al emperador. Pero lo que mas cuesta creer es que le hicieron firmar el contrato de matrimonio de Mesalina y Silio, su amante, haciéndole creer que era una farsa, para echar sobre otro un peligro con el cual le amenazaban ciertos prodigios.
XXX. Ostentaba Claudio en su persona cierto aspecto de grandeza y dignidad, ora estuviese en pie, ora sentado, pero principalmente en actitud de reposo. Era alto y esbelto, su rostro era bello y hermosos sus blancos cabellos, y tenía el cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas se doblaban frecuentemente; en sus juegos, así como en los actos más graves de su vida, mostraba varios defectos naturales: risa completamente estúpida; cólera más innoble aún, que le hacía echar espumarajos; boca abierta y narices húmedas; insoportable balbuceo y continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificantes que fuese.
XXXI. Tan débil como fue su salud hasta su advenimiento al Imperio, así tornase buena después, exceptuando, sin embargo, algunos dolores de estómago, tan agudos, que más de una vez pensó, a lo que se dice, en darse muerte.
XXXII. Con frecuencia organizó espléndidos festines en parajes inmensos, y de ordinario tenía hasta seiscientos convidados. Cierto día hizo servir, junto al canal de desagüe del lago Fucino, uno de estos festines, viéndose en peligro de perecer bajo las aguas, que habían irrumpido inesperadamente. Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes en ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos. Recayendo sospechas en un convidado de haber robado una copa de oro, Claudio le invitó otra vez al día siguiente y le hizo servir en un vaso de barro. Se afirma que ideaba un edicto para permitir eructar y ventosear en su mesa (latum crepitumque ventris inconvivio emittendi), porque supo que un convidado estuvo a punto de morir por haberse contenido en su presencia.
XXXIII. Estaba siempre dispuesto a comer y beber a cualquier hora y en cualquier lugar que fuese. Cierto día que estaba juzgando en el Foro de Augusto, llegó hasta él el olor de un festín que cerca del lugar estaban preparando para los sacerdotes Salianos en el templo de Marte. Claudio abandonó en el acto el tribunal, marchó a casa de los sacerdotes y sentase a la mesa con ellos. Nunca abandonó la mesa sino henchido de manjares y bebidas; en seguida se acostaba de espaldas con la boca abierta, y mientras dormía, le introducían una pluma para aligerarle el estómago. Dormía tan poco tiempo —despertaba casi siempre antes de medianoche—, que a menudo se dormía de día y hasta en el tribunal, costando trabajo a los abogados despertarle aun alzando mucho la voz. Amó con pasión a las mujeres, pero no tuvo nunca comercio con los hombres. Fue muy aficionado al juego, escribiendo incluso un libro sobre este arte; jugaba hasta en viaje, pues había hecho construir los carruajes y mesas de manera que el movimiento no pudiese interrumpir el juego.
XXXIV. Dio pruebas de carácter feroz y sanguinario, así en las cosas pequeñas como en las grandes. Hacia aplicar el tormento y ejecutar sin dilación a los parricidas, presenciando siempre las ejecuciones (120). En Tibur deseaba ver un suplicio a la manera antigua y ya estaban atados al poste los culpables, pero encontrándose ausente el verdugo, Claudio tuvo la paciencia de esperar hasta la tarde a que llegase de Roma. En los espectáculos de gladiadores dados por él a por otros, hacía degollar a todos los que caían, aunque fuese casualmente, y en especial, a los reciarios, cuya semblante moribundo le gustaba contemplar.
Habiéndose atravesado simultáneamente dos combatientes, se hizo construir en seguida pequeños cuchillos con sus espadas. Gozaba tanto viendo a los gladiadores llamados bestiarios y a los meridianos (121), que iba a sentarse en el anfiteatro al amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, obligaba a bajar a la arena con el pretexto más ligero e imprevisto a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí. Un día llegó incluso a obligar a uno de sus nomenclatores a combatir como se encontraba, es decir, vestido con la toga.
XXXV. Pero el rasgo más saliente de su carácter era la desconfianza y el miedo. En los primeros días de su reinado, aunque fingía, como dijimos, mucha afabilidad, no se atrevía a sentarse a ninguna mesa de festín sin tener a su lado una guardia armada con lanzas, y en vez de esclavos, soldados para servirle. No iba a ver a ningún enfermo sin haber hecho reconocer antes la habitación, registrar los colchones y sacudir las colchas. En su palacio tuvo siempre junto a él criados encargados de registrar a los que iban a saludarle; nadie se escapaba a esta medida, que se practicaba con el mayor rigor. Sólo hacia el fin de su reinado, y no sin disgusto, dispensó de él a las mujeres, los niños y las jóvenes, y cesó de hacer quitar a los esclavos y escribientes la caja de estilos que llevaban detrás de sus dueños. Durante una sedición, persuadido Camilo de que era muy fácil asustar a Claudio sin recurrir a actos de hostilidad, le escribió una carta llena de amenazas e injurias, en la que le mandaba que renunciase el Imperio y se entregase a la vida ociosa del particular. Claudio deliberó en presencia de los principales ciudadanos si obedecería.
XXXVI. Tanto fue su terror por algunas conjuraciones que le denunciaron sin fundamento, que resolvió renunciar al mando. Habiendo cogido cerca de él, como dije ya, a un hombre armado con un puñal, Claudio convocó en el acto al Senado por medio de los pregoneros, lloró, lanzó gritos, lamentóse de su mala suerte que le exponía a continuos peligros y durante mucho tiempo no quiso presentarse en  público. Su amor a Mesalina, por ardiente que fuese, no cedió tanto al resentimiento de sus ultrajes como al temor de sus maquinaciones, pues le atribuía el designio de hacer pasar el Imperio al adúltero Silio. Fue por este tiempo cuando, dominado por un terror vergonzoso, huyó al campamento de los pretorianos preguntando a cuantos encontraba en su camino si era todavía emperador.
XXXVII. No había sospecha, por ligera que fuese, ni denuncia, por falsa, antes las cuales el temor no le indujese a precauciones excesivas y a la venganza. Un litigante que había ido a saludarle, le dijo secretamente que había visto en sueños asesinarle un desconocido; pocos momentos después, viendo entrar a su adversario con un escrito, fingió reconocer en él al asesino que había visto en su sueño y lo mostró al emperador. Claudio mandó en el acto que le llevaran al suplicio como a un criminal. Se dice que también obraron así para perder a Apio Silano; Mesalina y Narciso, que habían urdido la trama, se repartieron los papeles. Narciso entró antes de amanecer, con aspecto agitado, en la cámara del emperador y le dijo que acababa de ver en sueños a Apio atentar contra su vida; Mesalina. Fingiéndose sorprendida, dijo que también por su parte hacía muchas noches soñaba lo mismo.
Un momento después llegaba Apio, que la víspera había recibido orden terminante de presentarse a aquella hora, y Claudio, persuadido de que iba a realizar el ensueño, hízole prender y darle muerte en el acto. A la mañana siguiente hizo al Senado una relación de todo lo ocurrido y dio gracias a su liberto porque, hasta durmiendo, velaba por su vida.
XXXVIII. Viéndose sujeto a la ira y al rencor, publicó un edicto, excusándose y distinguiendo entre estos dos defectos, decía: que la primera sería breve e inofensiva, y el segundo jamás sería injusto. Habíase encolerizado contra los habitantes de Ostia, porque no acudieron en barcas a recibirle cierto día en que remontaba el Tíber; habíalos censurado con acritud porque le trataban como a un hombre cualquiera; pero arrepentido en seguida, se excusó en cierto modo y los disculpó. Se le vio rechazar a veces con la mano a muchos ciudadanos que intempestivamente se le acercaron en público. Desterró a pesar de su inocencia y sin querer escucharlos al secretario de un cuestor y a un senador que había sido honrado con la pretura; al uno por haber litigado contra él con excesivo ardor cuando no era aún emperador; al otro por haber impuesto una multa, siendo edil, a algunos arrendatarios suyos que vendían viandas cocidas, a pesar de los reglamentos, y además por haber hecho azotar a su intendente que intervino en la causa. Por el mismo motivo quitó también a los ediles la vigilancia de las tabernas.
En cuanto a su estupidez, era tanta, que llegó incluso a querer hablar de ella, asegurando en algunos discursos lamentables que había sido una astucia imaginada por él en tiempos de Calígula para librarse de aquél y conseguir sus fines. Pero no logró convencer a nadie y poco después apareció un libro en griego, titulado La curación de los imbéciles, en el que se demostraba que nadie era capaz de fingir la imbecilidad.
XXXIX. Asombraba sobre todo por sus inconsecuencias y distracciones, o diciéndolo como los griegos, por sus olvidos y equivocaciones. Poco tiempo después de la ejecución de Mesalina, preguntó, al sentarse a la mesa, por qué no venía la emperatriz. Ordenaba a menudo convidar a comer o a jugar a los dados con él a ciudadanos que había mandado matar el día anterior, y cansado de esperar, enviaba mensajeros a reprenderlos por su tardanza. Iba a contraer con Agripina un matrimonio reprobado por las leyes, y no dejaba de llamarle en todos sus discursos su hija, su pupila, nacida en sus brazos, criada sobre sus rodillas. Se disponía a adoptar el hijo de su esposa cuando el suyo era ya un adulto.
XL. Era a menudo tan inconsiderado en sus palabras y acciones que mostraba no saber quién era, con quién estaba, ni en qué tiempo, ni en qué lugar.
Cierto día, en el Senado, mientras se trataba de carniceros y taberneros, exclamó: ¿Quién de nosotros, decidme, puede vivir sin sopa? y se deshizo en alabanzas de la abundancia que reinaba en otro tiempo en las tabernas, a las que acudía él mismo en busca de vino. Concedió su voto a un candidato para la cuestura, entre otras razones, porque su padre le había dado muñe oportunamente agua fresca en cierta enfermedad. Llamada una mujer como testigo ante el Senado: Esta mujer —dijo—, ha sido liberta y peinadora de mi madre, pero siempre me ha considerado como un sueño. En su mismo tribunal se enfureció contra los habitantes de Ostia, que le dirigían un ruego, empezando a gritar con toda su fuerza que no tenia ningún motivo para favorecerlos y que era tan libre como cualquier otro. Todos los días, a cualquier hora y en cualquier momento repetía: ¿Me tomáis acaso por el atleta Teogonio?, y añadía en griego, hablad, pero no me toquéis. Decía, en fin, otras mil cosas, que habrían parecido inconveniencias hasta en un simple particular, cuanto más en un príncipe que no carecía de cultura ni de saber y que mostraba gran afición al estudio.
XLI. Trató en su juventud de escribir la historia, exhortándole Tito Livio y ayudándole Sulpicio Flavo; comenzó ante aun nutrido auditorio la lectura de su trabajo, pero él mismo hizo perder el interés, y fue del siguiente modo. Cuando empezó a recitar, un espectador muy grueso rompió el banco en que se sentaba, estallando en risas toda la asamblea. Se procuró en vano restablecer el silencio; pero ni el propio Claudio podía contener la risa, que le asaltaba a cada instante por el recuerdo, y de esta manera se generalizaba la hilaridad. Escribió mucho durante su reinado, e hizo siempre que sus obras las recitasen en público sus lectores. Su historia principia después de la muerte del dictador César; pero en seguida pasó a época más reciente, es decir, al término de las guerras civiles, pues las continuas quejas de su madre y abuela le impidieron escribir libremente y con verdad acerca de los tiempos anteriores. Dejó dos libros de la primera de estas historias y cuarenta y uno de la segunda; compuso asimismo ocho libros de memoria sobre su vida, en los que se advierte menos ingenio que elegancia. Escribió además una apología bastante erudita de Cicerón, para contestar a los libros de Asinio Galo.
Inventó tres letras que creía de gran necesidad y las cuales quiso añadir al alfabeto.
Ya antes de ser emperador había publicado un libro sobre este asunto; cuando lo fue, no tropezó con grandes dificultades para que se adoptase el uso de tales letras que se encuentran en la mayor parte de los libros, actas públicas e inscripciones de aquella época.
XLII. Tuvo también gran afición a los estudios griegos, y en todas las oportunidades mostró la importancia que daba a este hermoso idioma. A un bárbaro, que hablaba delante de él en griego y en latín: Veo con satisfacción —le dijo—, que posees nuestras dos lenguas. Recomendando la Acaya a los senadores, les dijo: Estoy unido a esta provincia por los lazos de los mismos estudios. En el Senado respondió casi siempre en griego a los discursos de los embajadores; y en su tribunal citaba muchas veces versos de Homero. Cuando se deshacía de un enemigo o de un conjurado y el tribuno de guardia le pedía la contraseña, le decía ésta: Vengarme en el acto del primero que me ofenda (122).
Escribió, en fin, en esta lengua veinte libros de la historia de los tirrenianos y ocho de la de los cartagineses. Con motivo de estas obras, al antiguo museo de Alejandría se añadió otro con el nombre mismo del emperador, acordándose que todos los años, en determinados días, los miembros de los dos museos darían por turno lectura pública, en el uno de la historia de los cartagineses, y en el otro de la de los tirrenianos.
XLIII. Hacia el fin de su vida dio Claudio evidentes muestras de arrepentimiento por haberse casado con Agripina y por haber adoptado a Nerón. Un día en que sus libertos celebraban en presencia suya la equidad de una sentencia pronunciada por él, la víspera, contra una mujer adúltera, les dijo que la suerte le había dado también esposas impúdicas, pero que también ellas habían sido castigadas, y un momento después, encontrando a Británico, lo abrazó tiernamente y le dijo: Acaba de crecer y te daré cuenta de todos mis actos, y añadió en griego: El que ha hecho la herida la curará, y aunque Británico era muy joven aún, quería adelantar la edad, ya que su estatura lo permitía y hacerle vestir antes de tiempo la toga viril, exclamando que el pueblo romana tendría al fin un verdadero cesar.
XLIV. Poco tiempo después redactó su testamento que firmaron todos los magistrados. No hay duda que hubiese realizado todos sus proyectos, pero Agripina, que atormentaba su conciencia y a la que muchos delatores comenzaban a acusar, se le adelantó. Convienen todos en que murió envenenado, pero no se sabe con certeza dónde ni por quién. Algunos dicen que fue en el Capitolio, en un festín con los pontífices y por el eunuco Holato, su gustador; afirman otros que fue en una comida familiar y por la misma Agripina, que con este objeto había envenenado una seta, uno de sus manjares predilectos. Tampoco se está de acuerdo en cuanto a lo que sucedió después. Según la mayoría, perdió en el acto la voz y murió al amanecer, después de haber padecido horriblemente toda la noche; según otros, tras haberse aletargado algunos momentos, vomitó todo lo que había comido y entonces le hicieron tomar otra dosis de veneno, ya sea en una sopa como para devolver fuerzas a su estomago extenuado, o bien en una enema como para aliviarle, por medio de evacuaciones, una digestión difícil.
XLV. Mantuvieron secreta su muerte hasta que todo estuvo dispuesto para asegurar el Imperio a su sucesor. Continuóse, con este fin, haciendo votos por su curación y se llamaron incluso a palacio algunos cómicos, pedidos por él, según decían, para distraerse. Murió el 3 de los idus de octubre (123), bajo el consulado de Asinio Marcelo y de Acilio Aviola, a los sesenta y cuatro años de edad y catorce de reinado. Sus funerales fueron celebrados con toda la solemnidad que a su jerarquía convenía y le colocaron en el número de los dioses. Este honor, del que a poco le privó la envidia de Nerón, le fue restituido por Vespasiano.
XLVI. Los principales presagios con que se anunció su muerte fueron: la aparición en el cielo de una de esas estrellas con cabellera que se llaman cometas, el haber caído un rayo en la tumba de su padre Druso y la muerte de casi todos los magistrados de aquel año. Dícese que él mismo previó su próximo fin y no lo ocultó; teniendo, en efecto, que designar cónsules, no designó ninguno para esta época más avanzada del mes en que murió; la última vez que fue al Senado, se le oyó repetidas veces exhortar a sus hijos a la concordia y recomendar con voz suplicante su juventud a los senadores, y, por último, en la postrera audiencia que dio como juez, dijo que había llegado al fin de su vida, e insistió en ello, a pesar de que los presentes rechazaron aquel presagio.

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NOTAS

(106) Según Quintiliano, sólo una enfermedad podía excusar el uso de cubrirse la cabeza, las piernas o las orejas.
(107) A las fiestas de las Saturnales, que duraban muchos días, y en las cuales se hacían recíprocos regalos, se añadieron otras dos, que llamaron sigillaria (a sigilis), del nombre de unas figuritas en relieve que se regalaban a los niños. La contestación de Tiberio a Claudio es, por lo tanto, mucho más ofensiva.
(108) Por Calígula para su propia divinidad.
 (109) El objeto de la ley Papia Popea, al eximir de los deberes judiciales a los que tenían cierto numero de hijos, era alentar a los caballeros al matrimonio.
(110) La ley Cornelia, De falsis, privaba de fuego y agua a los falsificadores.
Los emperadores añadieron a éstas nuevas penas.
(111) Se llamaba así un barrio de Roma, en el que habitaban los comerciantes de sigilla, sellos, figuritas que se regalaban en las fiestas de las Sigilarias. En este barrio habitaban también muchos libreros.
(112) Construido en 699 bajo el consulado de Pompeyo fue varias veces pasto de las llamas especialmente bajo Tiberio que empezó a reedificarlo; Calígula lo terminó y Claudio lo consagró en 794.
(113) Debe tenerse presente aquí que se trata aquí únicamente de los espectáculos dados en el Circo; en el teatro y en los juegos escénicos los senadores tenían en efecto, desde muy antiguo sitios especiales, lo mismo que los caballeros, sitios que venían designados por las leyes Roscia y Julia. Nerón hizo por los caballeros lo que Claudio por los senadores.
(114) Significa palomo volador.
(114 bis) Gladiador que combatía en un carro.
(115) Las vacaciones de primavera y otoño interrumpían el curso de los negocios. Claudio no las suprimió: limitóse sólo a dar mas continuidad al trabajo, estableciendo una sola vacación en vez de varias.
(116) Este articulo de la ley Papia prohibió en efecto, el matrimonio a los sexagenarios. Claudio, ya de bastante edad, se indigno viéndose legalmente proclamado incapaz de tener hijos; derogó esta disposición, haciéndolo al parecer antes de su matrimonio con Agripina, matrimonio que sin ello no hubiese podido contraer.
(117) Esta custodia les había sido quitada por Augusto.
(118) Antiguamente se aplicaban fácilmente al Cristo las palabras impulsore Chresto. Aquí se trata, sin embargo, de un griego que se había hecho judío y excitaba disturbios en Roma; ya que los romanos ignoraron durante mucho tiempo la diferencia que existía entre Judíos y cristianos.
(119) Recompensa militar.
(120) Séneca en su tratado “De la clemencia” dice a Nerón: “Tu padre en cinco años hizo coser en el saco a mas parricidas que se habían cosido en todos los siglos precedentes.”
(121) Llamábanse bestiarios los que combatían con las fieras en los espectáculos matutinos y meridianos los que combatían después de los anteriores.
(122) Odisea, XVI, 72.
(123) 13 de octubre.