"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Yo)

martes, 22 de julio de 2014

SUMERIOS - LOS ORIGENES POSDILUVIANOS DE LA AGRICULTURA

LOS ORIGENES POSDILUVIANOS DE LA AGRICULTURA

por Jean Bottero y Samuel Noah Kramer


Se trata de una obra bastante particular, pues no solo no trata, propiamente hablando, sobre el nacimiento de los dioses o la creación del mundo o de los hombres. Este poema se sitúa, cronológicamente, después del Diluvio, y que tiene como finalidad explicar el modo en que (re)apareció la agricultura, a partir de la nada, tras dicha destrucción universal: mediante una creación ex novo como consecuencia de la recuperación de la antigua actividad agrícola.  Otro rasgo original de esta obra lo ofrece el hecho de que el relato se desarrolla alrededor de la ciudad y el estado de Lagas. Se trata, efectivamente, de la introducción explicativa de una lista de los antiguos soberanos de dicha ciudad.
Este documento, en apariencia bastante reciente  y redactado en sumerio, es único. Fue descubierto entre los fondos del Museo Británico.
El texto, incluso en su parte inicial está incompleto, presentando una primera laguna, formado por una decena de líneas, y más adelante otra, mucho más extensa, que coincide con el momento en que terminaba el relato introductorio y se iniciaba la enumeración de los antiguos soberanos de Lagas. Se ignora, por tanto, el final de la historia narrada al inicio de dicho documento.

Después del diluvio

I: 1- Cuando el diluvio lo hubo arrasado todo
Y hubo provocado la ruina de la tierra,
La permanencia de los hombres, sin embargo, siguió estando asegurada
Y preservada su descendencia:
5 – Los cabezas negras podían resurgir de entre su arcilla.

La humanidad reaparece pero sin la realeza.

Pero cuando An y Enlil
Volvieron de nuevo a hacer existir a los hombres,
Instituyeron el gobierno,
(Pero) a la naturaleza, joya de las ciudades,
10 - ¡No la hicieron descender aún sobre la tierra!

Ni la Agricultura

13- ¡A la muchedumbre de sucesores de la humanidad desaparecida
No les dieron a conocer
11  - Ni por medio de (?) Ningirsu, Laya ni Azada,
12 – Ni Sera, ni Arado, que anime la tierra!

Por esto, los hombres, a pesar de su longevidad, decaen

14 - ¡En estos tiempos, los hombres vivían cien años!
¡Pero, a falta de poder llevar a cabo los trabajos necesarios,
Su número disminuye, disminuye mucho […],
Y, en las majadas, languidecía el ganado menor!
20 –Entonces, faltando el agua en Lagas,
Hubo hambre en Girsu;
Pues no se abrían canales,
Ni se limpiaban las acequias de riego,
Ni se regaban los vastos campos con el chaduf:
25 – El agua, a pesar de haberla en abundancia, no se usaba
Para regar prados y campos-
¡Los hombres solo utilizaban el agua de la lluvia!
(El) Cereal (Asnan) no producía, entonces, cebada matizada:
¡No se abría ni un solo surco,
Ni se recogía su fruto!
30 - ¡No se trabajaba la tierra, ni se recogía su fruto!
32­+34 – Ni las comarcas ni las multitudes ofrecían libaciones a los dioses:
33 – Cerveza, vino, […]
34 – vino dulce […]
¡Para obtenerlos no se trabajaban
Con el arado las extensas tierras!

Diez líneas perdidas al final de la columna

Aparece la Agricultura

II: 48 – Los canales […]
Los campos […]
50 -  Con la finalidad de abrir canales,
De limpiar las acequias,
De regar, con el chaduf, los vastos campos,
De utilizar la abundante agua para regar prados y campos,
56 – los dioses pusieron a disposición de los hombres
54 – La Laya, la Azada, la Sera y el Arado
55 - ¡Que animaron la tierra!
57s - ¡Y, desde entonces, los hombres empezaron hacer crecer la Cebada!
59 - ¡Desde entonces, ante (el) Cereal, todavía joven, allí presente,
Ellos esperan pacientemente,
60 – Día y noche, el tiempo necesario,
Atentos!
¡Desde entonces, ante (el) Cereal, productor de la Cebada de siembra,
Ellos se postran antes de ponerse a trabajar!
Ante (el) Cereal, productor de la Cebada tardía, 
65 – Ellos […]

Faltan alrededor de veinte líneas del final de la columna II. En esta sección del texto, que quizás iba precedida de una estrofa acerca del “descenso de la realeza” (comp. I:9), comenzaba la enumeración de los antiguos soberanos de Lagas que proseguía en el momento en que se vuelve a recuperar el texto. Este informa (hinchado de contenido y con cierto tono fantástico) de la cantidad de años del reinado de cada uno de ellos y, en ocasiones, menciona algún acontecimiento notable que tuvo lugar durante el mismo. Como, por ejemplo, ocurre en la línea 107:

107- En su época todavía no se conocía la escritura […]

Que, por tanto, se supone que abría aparecido un poco después. La lista se cierra con Gudea –alrededor de 2100-. El texto sigue, en la parte inferior de la columna IV, con el siguiente colofón-doxología:

200 – Escrito en la Academia. ¡Gloria a Nisaba!

jueves, 10 de julio de 2014

EL MITO DE WIRACOCHA


El Mito de Wiracocha


Mito de Wiracocha Antes que los Incas reinasen, cuentan que en el principio, Wiracocha creó un mundo oscuro y luego de ordenar el cielo y la tierra creó una raza de gigantes. A estos les mandó que viniesen en paz para que lo sirviesen, mas como no fueron recíprocos con él, los convirtió en piedras, enviándoles a la vez un diluvio general al cual llaman Unu Pachacuti, que quiere decir "el agua que transformó el mundo".
Pasado el diluvio y seca la tierra, Wiracocha determinó poblarla por segunda vez y para hacerlo con más perfección determinó criar luminarias que diesen claridad, para esto fue al gran lago Titicaca y mandó allí que salieran el Sol, la Luna y las estrellas y subiesen al cielo para dar su luz al mundo. Y dicen que la Luna tenía más claridad que el Sol, por lo que este al tiempo que subían le echó un puñado de ceniza en la cara y que desde esa vez quedó la Luna con el color que ahora tiene.
Y luego que todo esto pasó, en la dirección Sur, apareció el enviado de Wiracocha, que era un hombre de crecido cuerpo, el cual en su aspecto y en su persona mostraba gran autoridad, llamándolo Wiracochan o Tunupa. Vestía una túnica andrajosa que le daba hasta los pies: traía el cabello corto, una corona en la cabeza y un báculo como los que llevaban los sacerdotes y astrónomos antiguos.
Dicen también que llevaba a cuestas un bulto en el que transportaba los dones con los que premiaba a los pueblos que lo escuchaban.
Y dicen que este hombre tenía gran poder, que de los cerros hacia llanuras y de las llanuras cerros grandes. Hacía también cosas mayores por que dio ser a los hombres y animales, y que por su mano vino un notable beneficio.
Luego se dirigió a Tiahuanaco y en este lugar dibujó y esculpió en una losa grande todas las naciones que pensaba crear; después de esto, inició su peregrinaje obrando maravillas por el camino de la serranía, mandando salir a los pueblos de sus Paqarinas diciendo: "Gente y naciones oigan y obedezcan que yo les mando salir, multiplicar y henchir la tierra". Y a su vez todos los lugares obedecieron y así unos pueblos salieron de los suelos, otros de los lagos, fuentes, valles, cuevas, árboles, peñas y montes.
A la vez que esto sucedía, pintaba a cada pueblo el traje y vestido que habrían de llevar y así mismo dio a cada nación la lengua que habría de hablar, sus cantares y las semillas. Y así en este camino de los Andes y montañas de la tierra fue dando y poniendo nombres a todos los árboles grandes y pequeños, tanto como a sus flores y frutos, mostrando a la gente los que eran buenos para comer y los que no y los que eran buenos para medicina y, asimismo, puso nombre a todas las yerbas e indicó el tiempo en el que habrían de florecer y fructificar. También dio orden a los hombres sobre cómo vivir, hablándoles amorosamente con mucha mansedumbre, amonestándole para que fuesen buenos, y los otros no se hiciesen daño ni se injuriasen; luego les enseñó cómo cultivar; para esto rompía la tierra con la punta de su báculo quedando esta dispuesta para sembrarse, y así con su sola palabra hacía nacer el maíz y los demás alimentos.
En ese largo peregrinar, dicen que también halló algunas naciones rebeldes que no habían cumplido con su mandato, por lo que los convirtió en piedras, en figuras de hombres y mujeres con el mismo traje que traían. Estas conversiones fueron hechas en Tiahuanaco, Pucara y Jauja.
En dichos lugares se encuentran unos bultos de piedras grandes y en algunas otras partes dicen que tienen tamaños casi gigantes.
Y es así como llegó a la provincia de Cacha habitada por los Canas, y éstos, como no lo conocían, salieron armados y dispuestos a matarlo. Entonces Wiracocha, al observar esta actitud, hizo que cayese fuego volcánico sobre ellos. Y los canas, por el temor de verse quemados, arrojaron sus armas y lo veneraron. Viendo esto, Wiracochan tomó su báculo y paró el fuego; luego, puso orden entre ellos. En memoria de este hecho le edificaron un suntuoso adoratorio y hoy en día, aún se puede ver el cerro de Cacha con su enorme quemadura que consumió las piedras de tal manera que ellas mismas se hacen testigos de este hecho, por que quedaron tan quemadas que se las pueden levantar como si fuesen madera liviana.
Dicen que después de este suceso llegó al pueblo de Urcos, y subió a un cerro alto desde donde mandó saliesen de él los naturales de Urcos, por lo que con el tiempo le erigieron en este lugar un rico adoratorio, edificando en este un escaño de oro fino y una imagen a semejanza suya.
Luego Wiracochan prosiguió su camino y llegando a cierto sitio creó a un señor al cual puso el nombre de Alcaviza y al lugar por nombre Cusco; dejando el mensaje que después de este señor vendrían los Incas Orejones a quienes todos respetarían.
Este Wiracochan a quién los pueblos llamaban también Tunupa, Tarapaca, Wiraccochan pachayachicachan, Bichaycamayoc, Cunacuycamayoc Pachacan; que quiere decir el enviado de Wiracocha, su fuente, el predicador, el encargado del presente o el conocedor del tiempo, dicen que se dirigió al pueblo del curaca Apotambo (Señor de Tampu, Tambo u Ollantaytambo), a donde llegó cuando se celebraban unas bodas. Fue en esas circunstancias que el Curaca escuchó sus razonamientos y predicamentos con mucho amor, mas su pueblo no lo hizo así, por lo que Wiracochan los reprendió con amor afable. Y, luego de esto, en un gesto de reciprocidad, entregó el báculo que portaba y en el que se encontraban grabados todos sus conocimientos, al curaca Apotambo. Pasado esto, en memoria de Wiracochan labraron una montaña a imagen y semejanza suya, a la cual veneraron muchísimo.
Luego, este Wiracocha prosiguió su camino haciendo sus obras hasta que llegó a la línea equinoccial cerca al Ecuador, donde queriendo dejar esta tierra, informó a la gente sobre las muchas cosas que habrían de suceder. Les dijo que con el tiempo habrían de venir gente diciendo ser Wiracocha y a los cuales no les deberían de creer. Y dicho esto se metió al mar caminando por sobre el agua como si fuese su espuma..."

Dicen que pasado el tiempo y luego de que el pueblo de Tambo u Ollantaytambo floreció gracias a los conocimientos dejados por Wiracocha, el báculo dejado por él, se transformó en oro fino en el momento en que nació uno de los descendientes de Apotambo llamado Manco Capac quién vino a ser el primer Inca, y con este báculo de oro pasado los años se dirigió a las partes altas de una serranía para fundar la que con el tiempo sería la capital del Imperio de los Incas: el Cusco.

lunes, 7 de julio de 2014

SOFOCLES -ELECTRA-

Sófocles
ELECTRA


(Colona, hoy parte de Atenas, actual Grecia, 495 a.C.-Atenas, 406 a.C.) Poeta trágico griego. Hijo de un rico armero llamado Sofilo, a los dieciséis años fue elegido director del coro de muchachos para celebrar la victoria de Salamina. En el 468 a.C. se dio a conocer como autor trágico al vencer a Esquilo en el concurso teatral que se celebraba anualmente en Atenas durante las fiestas dionisíacas, cuyo dominador en los años precedentes había sido Esquilo.
Comenzó así una carrera literaria sin parangón: Sófocles llegó a escribir hasta 123 tragedias para los festivales, en los que se adjudicó, se estima, 24 victorias, frente a las 13 que había logrado Esquilo. Se convirtió en una figura importante en Atenas, y su larga vida coincidió con el momento de máximo esplendor de la ciudad. 
Amigo de Herodoto y Pericles, no mostró demasiado interés por la política, pese a lo cual fue elegido dos veces estratego y participó en la expedición ateniense contra Samos (440), acontecimiento que recoge Plutarco en sus Vidas paralelas. Su muerte coincidió con la guerra con Esparta que habría de significar el principio del fin del dominio ateniense, y se dice que el ejército atacante concertó una tregua para que se pudieran celebrar debidamente sus funerales.

CLITEMNESTRA, viuda de Agamenón y casada con EGISTO.
CRISOTEMIS.
ORESTES.
ELECTRA.
PEDAGOGO, ayo anciano de la casa de Agamenón.
PILADES, personaje mudo, amigo de Orestes.
Una doncella, dos criados, etc.

ELECTRA

ESCENARIO DE LA TRAGEDIA
Representa el frontis del palacio real de Micenas. Es la madrugada. Por la izquierda del espectador entra el PEDAGOGO con ORESTES y PILADES. Como se hallan en la Acrópolis, fingese que desde alli se domina toda la llanura argiva, el ágora, el templo de Apolo y el Hereo o templo de Hera.

PRIMERA PARTE
PEDAGOGO.- Hijo del antiguo adalid de Troya Agamenón: Ahora puedes contemplar ya con tus propios ojos lo que siempre estabas deseando ver. La antigua Argos, por que tanto suspirabas, hela aquí mansión consagrada a la hija de Inaco, la herida por el tábano. Ahi tienes, Orestes, la plaza Licia, la del dios matador de lobos. Allá, a la izquierda, el célebre templo de Hera. Y aquí, adonde hemos llegado, no dudes que estás contemplando a Micenas, la de los áureos tesoros. Este es el palacio de los Pelópidas, tan visitado del dolor, donde en otro tiempo yo te libré del cuchillo que mató a tu padre, recibiéndote de las manos de tu querida hermana; yo te salvé, y yo te he ido formando hasta el punto de tu vida, en que vas a ser el vengador de tu padre asesinado.
Ahora, pues, Orestes, y tú, el más querido de los amigos, Pilades, hay que fijar cuanto antes el plan de ataque; porque ya el sol con sus vivos rayos mueve las vibrantes gargantas de las aves tempraneras, y la negra noche se ha desvestido ya de sus estrellas. Antes, pues, que nadie salga de palacio, pongámonos de acuerdo, que a sazón hemos llegado, que no es ya tiempo de emperezar, sino ocasión única de obrar.
ORESTES.- ¡Ah, tú, el más fiel de los servidores! ¡Cuán a las claras no estás probando tu ingénita lealtad para con nosotros! Como caballo de noble raza que, aun viejo y todo, a la hora del peligro se acuerda de su antiguo brío y yergue y empina las orejas, así nos empujas a nosotros tú, y a ti mismo te pones en primera fila. Voy a exponerte, pues, lo que se me ofrece: Y tú presta atento oído a mis razones, y si en algo no atino con lo que conviene, corrigeme.
Pues bien: cuando fui a consultar al pítico oráculo cómo había de tomar venganza de los asesinos de mi padre, me dio por respuesta Febo lo que vas a oir al momento: que yo mismo, en persona, sin ayuda de armas ni de ejército, con ardides y cautela, perpetrara furtivamente las justas muertes.
Esto es lo que el dios nos manda; así que tú ve, y cuando la ocasión te brinde, entra en este palacio y entérate de todo lo que en él sucede, y dame después puntual cuenta de cuanto hubieres visto. Pues por la vejez y por la larga ausencia no te reconocerán, ni sospecharán de ti viéndote así encanecido. Echa mano de este pretexto: dirás que eres un extranjero, focense, y que vienes de parte de Fanoteo, pues él es el más poderoso aliado que tienen. Les anunciarás luego, y refuérzalo con juramento, cómo ha muerto Orestes de un accidente fatal, precipitado de una rauda carroza en los certámenes piticos. Este ha de ser el ardid.
Mientras tanto, nosotros vamos a coronar primero, como lo ordenó el oráculo, la tumba del padre con libaciones y bucles cortados de nuestra cabeza, y luego volveremos de nuevo acá otra vez, trayendo en las manos la urna de bronce que sabes tengo escondida entre unas matas por ahi; de modo que, con falsas palabras, les llevaremos una dulce nueva, a saber: que ya mi cuerpo está abrasado, y consumido, y reducido a cenizas. ¿Qué más se me da a mi de ello, si con morir asi de palabra resucito en realidad y me visto de gloria? Tengo para mi que nunca es mal agüero palabra que trae utilidades. Pues bien sé yo que con frecuencia, aun hombres muy prudentes, han muerto de palabra y falsamente, y luego, vueltos de nuevo a sus casas, han disfrutado de gloria más cumplida. Asi, yo también estoy ya viendo que, llevado por este rumor, voy a aparecer entre mis enemigos vivo y más radiante que el mismo sol.
¡Oh patria tierra y dioses locales!, recibidme con prósperos auspicios en este lance; y tú también, mansión paterna, pues a ti y a purificarte con la justicia vengo impelido por los dioses. No me despidáis de esta tierra deshonrado, sino hacedme dueño de mis posesiones y restaurador de mi casa.
Esto está ya; tú, anciano, entra y cuida de cumplir con diligencia tu cometido. Nosotros dos vámonos, que la ocasión es el más seguro guia de los hombres en todas sus empresas.
ELECTRA.- (Desde dentro). ¡Ay de mí, ay de mí, desventurada!
PEDAGOGO.- Hijo, creo haber oído los gemidos de alguna sierva dentro de palacio.
ORESTES.- ¡Si será la desdichada Electra! ¿Quieres que nos quedemos aquí a escuchar sus quejas?
PEDAGOGO.- De ninguna manera. Lo primero ha de ser cumplir el mandato de Apolo, comenzar por ahi: vamos a verter las libaciones a honra de tu padre; esto es lo que nos ha de asegurar la victoria y el éxito de la empresa.

(Vanse el PEDAGOGO por la izquierda del espectador; ORESTES y PILADES, por la derecha. Sale ELECTRA de palacio en cuanto se han ide ellos).

ELECTRA.- ¡Oh luz inmaculada! ¡Oh aire que abrazas a la tierra!, ¡de cuántos lamentos y quejas, de cuántos duros golpes descargados sobre mi pecho ensangrentado habéis sido testigos a la hora en que la negra noche se acababa! Pues el aborrecido lecho nocturno de aquesta maldecida casa puede contar cuánto es lo que lloro a mi padre desventurado, a quien no agasajó el cruel Ares en tierras bárbaras, sino que mi madre misma y su galán Egisto le abrieron la cabeza con criminal hacha, como abren los leñadores una encina. ¡Y a nadie arranca esto un solo gemido sino a mi, habiendo muerto así tú, padre mio, tan sin justicia y sin piedad!
¡Oh, no, no, acallaré yo mis lamentos ni mis gemidos mientras vean mis ojos rutilantes estrellas de noche y la luz de este sol: como aquel ruiseñor que mató a sus polluelos, aquí, a las puertas del palacio de mi padre, yo cantaré a todo el mundo las tristes endechas de mi dolor.
¡Palacio de Hades y de Perséfone! ¡Hermes subterráneo! ¡Veneranda Maldición! ¡Espantables Furias hijas de los dioses!, pues veis quiénes mueren sin justicia, quiénes se roban el lecho ajeno, venid, socorrednos, vengad la muerte de nuestro padre, y a mi enviadme acá a mi hermano! Porque sola no puedo ya llevar por más tiempo la carga pesada de tanta tristeza.


(Estando ELECTRA llorando, entra el CORO de quince mujeres micenas).

CORO.- ¡Ay hija, hija de la más calamitosa de las madres, Electra! ¿Por qué estás siempre as!, derramando, insaciable, tus lamentos por Agamenón, el que fue envuelto, tiempó ha, en los traidores engaños de tu traidora madre, y entregado a manos asesinas? ¡Maldito sea quien tal hizo!, si yo puedo usar tal lenguaje ...
ELECTRA.- ¡Oh gentes de noble corazón! A calmar mis pesares habéis venido. Yo lo sé, yo lo reconozco, no puede ocultárseme; pero no quiero faltar a este mi deber; tengo que llorar sin tasa a mi padre desdichado. ¡Oh cariño de corazones que responde a todo amor! Dejadme desvariar así, dejadme, yo os lo suplico.
CORO.- Pero mira, así no has de lograr volver desde el lago que a todos recibe del Hades a la vida a tU padre, no, ni con lamentaciones ni con plegarias. Te vas consumiendo asi con esos perpetuos quejidos, saltando la valla de la moderación a extremos en que no hay salida alguna para tus males ... ¿Por qué te enamoras así del dolor?
ELECTRA.- ¡Oh! ¡Maldito quien echa en olvido a su padre tan criminalmente asesinado! Para mí, es de mi gusto el mensajero de Zeus, el pajarillo emblema del dolor, que canta siempre triste: ¡Itis! ¡ltis! ¡Oh Niobe, la de las desventuras!, a ti te tengo yo por diosa, pues en tu rocosa tumba logras llorar perpetuamente.
CORO.- No eres tú la sola entre los mortales, hija, a quien visitó este dolor, que te exacerba más que a los demás de casa, siendo ellos de tu misma familia y de tu sangre misma, como Crisótemis, que vive aún, e Ifianasa también y el que irritado crece en la oculta sombra, y feliz un día ha de ser acogido con patriota regocijo por la ilustre tierra de Micenas, traido por la benévola mano de Zeus, Orestes.
ELECTRA.- Si, a quien yo vivo esperando sin cansarme, aqui desventurada, sin un hijo, sin un esposo, empapada en lágrimas, arrastrando esta cadena infinita de males. Y él, olvidado de lo que ha sufrido y de lo que sabe también. Porque, ¿qué noticias no me han llegado ya, siempre mentirosas? Siempre lo está deseando, pero con tanto deseado, nunca se digna presentarse.
CORO.- Ten ánimo, ten buen ánimo, hija. Todavia vive en el cielo un Zeus omnipotente, que todo lo ve y lo rige. Cédele a él los excesos de tu enojo, y en tu odio a tus enemigos, ni el arrebato te guíe ni el olvido. El tiempo es un dios serenador. Porque no es tan olvidadizo el hijo de Agamenón que mora en las playas y dehesas de Crisa, ni tampoco el dios que reina en la ribera del Aqueronte.
ELECTRA.- Pero a mi ya se me ha consumido la mejor parte de mi vida sin un rayo de esperanza, y ya no puedo más. Acabándome estoy aquí sin padres, sin un hombre amigo que me ampare, como extranjera sin derechos, trabajando en los salones de mi padre, asi con andrajosos vestidos, en pie junto a una mesa privada de su dueño.
CORO.- ¡Tristes gemidos al entrar de vuelta, tristes en el tálamo paterno, al descargar frontero el golpe de la férrea hacha! El dolor fue quien lo armó, y el amor quien lo remató; y misteriosamente simbolizaban misteriosa escena ..., ya sea un dios, ya un mortal quien tales cosas maneja.
ELECTRA.- ¡Oh día aquel aborrecible para mi como el que más!, ¡oh noche y horrores de un banquete execrable, y muerte criminal que recibió mi padre de las manos de aquellos dos, que me robaron a traición la vida y me arruinaron! Que el dios del Olimpo potente, en pago, los pudra con penas, y jamás les brille el sol de la dicha a los que tales crímenes perpetraron.
CORO.- Ten cuidado y no prosigas. ¿No reparas por qué caminos vienes a dar, ya ahora, en esos tormentos voluntarios? Tú misma te acarreas desmedidos males, metiendo incesantes guerras en tu mismo desolado corazón. A los poderosos no les es gran molestia encontrarse con tal conducta.
ELECTRA.- Es que son terribles, son terribles las causas que me han forzado; lo se, no se me desencona mi ira. Y pues tan terribles son, yo no cesaré en mis maldiciones mientras me dure la vida. ¿Quién, quién que tenga asomo de juicio dirá que puedo yo escuchar palabra alguna de consuelo, oh almas cariñosas? Dejadme, dejadme, consoladoras mías, esta herida mía cuéntese entre las incurables; yo jamás he de hallar ni respiro a mis males, ni término a estas lamentaciones.
CORO.- Pues yo, por solo amor, y bien así cual madre solicita he venido a decirte que no añadas calamidades a tus calamidades.
ELECTRA.- ¿Pero tiene algún limite mi desventura? Di, ¿desde cuándo es virtud despreocuparse de los difuntos? ¿Entre qué hombres ha brotado jamás tal idea? Ni quisiera ser honrada con alabanzas de los tales y, si es que alguna vez me asomo a la dicha, jamás me dé yo a gozarla en reposo, ni deshonre a mi padre abatiendo las alas de mis agudos lamentos. Porque si él, muerto, ha de yacer hecho polvo, hecho nada, ¡desventurado!, y los otros, a su vez, no han de pagar a la justicía la vida con la vida, mal hayan los temores y las plegarias de los mortales a sus dioses.
CORIFEO.- Pues yo, niña, acá he venido, tan solicita por tu bien como por el mlo propio. Con todo, si no apruebas lo que hablo, quédate con la razón. A ti te seguiremos nosotras.
ELECTRA.- Avergonzada estoy, mujeres, porque pensáis que no sé irme a la mano en estos mis continuos lamentos. Pero me veo forzada a ello, perdonádmelo. ¿Qué mujer que sea bien nacida no hará lo que yo hago, viendo tantas injusticias como yo veo en mi casa, y que, lejos de menguar, van creciendo y aumentando sin cesar día y noche? Por una parte, la madre que me dio a luz se ha vuelto mi mayor enemigo; luego tengo que vivir en una misma casa con los matadores de mi mismo padre, y a ellos estoy sujeta, y en su mano está mi sustento, lo mismo que mis privaciones; pero, además, ¿qué dias crees tú me paso yo, cuando veo sentado en el trono de mi padre a Egisto, y le veo llevar las vestiduras mismas de mi padre, y haciendo libaciones domésticas alli mismo donde le dio muerte, y veo, ¡el colmo de todas estas insolencias!, al matador en el lecho mismo del padre con la malhadada madre, si madre se ha de llamar la que a ese concede su lecho?
Ella, tan empedernida que vive con el infame sin temer las Furias vengadoras, antes, como jactándose de sus propias torpezas, cuando llega el dia aquel en que mató traidoramente a mi padre, organiza danzas y sacrifica ovejas como ofrendas mensuales a los dioses salvadores. Y yo, desventurada, veo todo esto dentro de mi misma casa, y lloro, y me consumo, y rabio por las malditas fiestas que llevan el nombre de mi padre, a solas en mi retiro, y ni aun llorar puedo cuanto mi corazón desearia.
Pues esa mujer, que tanto se paga de noble, se me viene y me insulta diciendo: ¡Oh abominación de los dioses!, ¿solo a ti se te ha muerto un padre? ¿A nadie más entre los mortales ha visitado la desgracia? ¡Maldita seas, y nunca los dioses infernales den tregua a tanto quejido!. Así sigue increpándome, menos cuando oye decir a alguno que va a venir Orestes; que entonces sale de sí, se me echa encima y grita: ¿No tienes tú la culpa de todo? ¿No es esto obra tuya, por haber robado de mis manos a Orestes y puéstole a salvo? Yo te aseguro que lo has de pagar como mereces. Así refunfuña y a su lado se arrima a darle alas el ilustre doncel, el cobarde para todo, el causante de todo el mal, ese que no sabe de peleas sino con mujeres. Así me estoy consumiendo en mis desgracias, siempre aguardando el día en que venga Orestes a acabar con tanto mal. Y él, esperando siempre alguna coyuntura para dar el golpe, ha acabado ya con todas mis esperanzas, las que tenía y las que no tenia. En situación como esta, amigas, no es posible, ni la paciencia, ni la piedad tampoco; entre tantas cosas malas, no puede una sino hacerse mala.
CORIFEO.- Escucha, cuando así nos hablas, ¿está Egisto en casa o ha salido fuera?
ELECTRA.- Claro que está fuera; si él anduviera por aquí, mal pudiera yo salir a la puerta; ahora está en el campo.
CORIFEO.- Si ello es así, ¿podríamos con más libertad trabar conversación contigo?
ELECTRA.- Está ausente; puedes preguntar, ¿Qué deseabas?
CORIFEO.- Pues bien, pregunto: de tu hermano, ¿qué piensas?, ¿que vendrá pronto, o que todavía no? Desearía saberlo.
ELECTRA.- El, sí, dice que si; lo dice, pero no cumple lo que dice.
CORIFEO.- Hombre que maquina algo grande, gusta de andar despacio.
ELECTRA.- No anduve yo tan despacio cuando le salvé a él.
CORIFEO.- Ten buen ánimo. El es demasiado bueno para faltar a sus seres queridos.
ELECTRA.- Lo creo. De otra suerte, ¿viviera hasta ahora yo?
CORIFEO.- No digas más palabra; veo a tu hermana Crisótemis, hija de tu mismo padre y de tu madre, que sale de palacio llevando en sus manos ofrendas sepulcrales de las que se dedícan a los difuntos.

(Sale CRISOTEMIS con las ofrendas).

CRISOTEMIS.- ¿Qué sales ahí, mujer, a la puerta de palacio a decantar tus cuitas, y ni a fuerza de años quieres resignarte a no andar cebando con vaciedades tus fútiles pasiones? Yo bien sé que también a mí me duele lo que está pasando; tanto, que si fuerzas tuviera, yo les mostraría el afecto que les tengo. Pero con tan malos vientos, creo mejor navegar con velas recogidas y no aparentar que se está amagando, y luego nunca dar el golpe. Ojalá hicieras tú lo mísmo; y no es que la justicia esté en lo que yo digo, bien veo que tú tienes la razón; pero si una no ha de_ser esclava, no hay más remedio que obedecer en todo a los tiranos.
ELECTRA.- Cosa fuerte, por cierto, que, siendo hija del padre que te engendró, te olvides de él y, en cambio, te cuides de la que te dio a la luz. Ella es la que te ha dictado todos esos consejos de prudencia, y nada dices que salga de ti.
Pues bien, una de dos: o eres una imprudente o, siendo prudente, te olvidas de los tuyos.
¿Decias ahora mísmo que, a disponer de medios, les descubrieras tú el odio que les tienes, y andando yo afanosa por vengar a nuestro padre, no me ayudas, y hasta me disuades de mí empeño? ¿Qué es esto, sino añadir a nuestros males la cobardia?
Porque, dime ..., o yo te lo diré: ¿qué ganaria yo con poner ténninos a mis llantos? ¿Qué? ¿No vivo? En la miseria, lo sé; pero eso me basta a mí. Y si les hostigo, es porque así vengo la honra de mi padre, si es que algún alivio se recibe allá abajo. Pero tú, que dices los aborreces, de palabra los aborreces, que con los hechos en favor estás de los asesinos del padre. Yo, al menos, en mi vida me doblegaría a ellos, aunque me hubieran de dar todos esos regalos con que tú ahora te pavoneas; quédese para ti la mesa bien repuesta y el nadar en la opulencia. A mí me basta por sustento el no faltar a mi conciencia; que no quiero para nada tu suerte, ni aun tú la quisieras, si tuvieras juicio. Pudiendo ser llamada la hija del más noble de los padres, llámate hija de tu madre. Asi sabrá la gente, cuán vil eres, que haces traición a tu padre muerto y a tus parientes.
CORIFEO.- Con ira, no, por los dioses, que los dichos de ambas tienen sus ventajas si tú, Electra, te avienes a las razones de esta, y ella, a su vez, a las tuyas.
CRISOTEMIS.- Yo, mujeres, ya estoy, como si dijera, hecha al lenguaje de esta, y no lo hubiera traído a cuento a no haber averiguado la gran calamidad que se le viene encima, y va a poner fin ya a los perpetuos lamentos de esta.
ELECTRA.- ¡A ver!, ¿cuál es esa calamidad?: si me cuentas una mayor que la que estoy sufriendo, no te replico más.
CRISOTEMIS.- Pues te lo diré todo, tal como lo sé. Tienen resuelto, si no pones coto a tus quejas, meterte donde jamás puedas ver la luz del sol, donde te estés cantando tus cuitas encerrada en vida, en una oscura caverna lejos de esta tierra.
Mira, piénsalo bien, y luego no me culpes a mí cuando te haya venido el golpe. Ahora es tiempo de ser prudente.
ELECTRA.- ¿De veras?, ¿eso tienen pensado hacerme?
CRISOTEMIS.- Como lo oyes, en cuanto Egisto regrese a casa.
ELECTRA.- Pues, si es para eso, que venga cuanto antes.
CRISOTEMIS.- ¿Qué imprecaciones son esas, infeliz?
ELECTRA.- Que llegue ya, si tal cosa piensa hacer.
CRISOTEMIS.- ¿Para que te vengan más males? ¿Dónde tienes la cabeza?
ELECTRA.- Si, para estar lo más lejos que pueda de vosotros.
CRISOTEMIS.- ¿Es que no tienes cuenta con la vida presente?
ELECTRA.- ¡Lucida vida la mia, por cierto! ¡Para pasmar a cualquiera!
CRISOTEMIS.- Lo seria si supieras tener seso.
ELECTRA.- No me enseñes a hacer traición a los mios.
CRISOTEMIS.- No es eso lo que te digo, sino que cedas a los que mandan.
ELECTRA.- Para ti tales adulaciones; a mi no me cuadra eso.
CRISOTEMIS.- Al menos, bueno es no sucumbir por indiscreción.
ELECTRA.- Sucumbiré, si es menester, por la causa de mi padre.
CRISOTEMIS.- Pero el padre, yo no lo dudo, me lo perdona.
ELECTRA.- Solo los ingratos pueden aprobar tal lenguaje.
CRISOTEMIS.- ¿De modo que no quieres ceder ni recibir mi consejo?
ELECTRA.- De ninguna manera. No quisiera, por ahora, perder tanto el juicio.
CRISOTEMIS.- Pues entonces, yo me voy a cumplir mi mandato.

(Hace ademán de irse).

SEGUNDA PARTE
ELECTRA.- ¿Adónde vas? ¿A quién llevas esas ofrendas?
CRISOTEMIS.- La madre me envía a hacer libaciones fúnebres a nuestro padre.
ELECTRA.- ¿Qué dices? ¿Al mortal a quien más aborrece?
CRISOTEMIS.- Al que ella mató ... ¿No querias decir esto?
ELECTRA.- ¿Qué buena alma se lo ha sugerido? ¿Quién ha tenido tal deseo?
CRISOTEMIS.- El miedo de un sueño, a lo que creo.
ELECTRA.- ¡Dioses de nuestro hogar, sedme ya, por fin, propicios!
CRISOTEMIS.- ¿Cómo es que te infunde esos ánimos aquel miedo?
ELECTRA.- Si me contases lo que soñó, podria decirtelo.
CRISOTEMIS.- Todo lo que yo sé decirte es muy poquita cosa.
ELECTRA.- Dime eso por lo menos; que muchas veces una muy poquita cosa ha arruinado o ha hecho felices a los hombres.
CRISOTEMIS.- Corre el rumor de que se le ha aparecido y acercado de nuevo tu padre, mi padre, como si hubiera resucitado; que tomaba luego el cetro mísmo que él empuñaba y que ahora lleva Egisto, y que lo incaba en el hogar, y que brotaba de él un retoño pujante, y que este bajo su sombra encubria a toda la tierra de Micenas. Esto se lo oí contar a uno que se halló presente cuando ella se lo revelaba al sol. Más no sé yo, sino que me envía movida por este espanto.
Ahora, por los dioses de nuestra familia, atiéndeme, te lo pido, y no te quieras perder por tu inconsideración, porque si me desoyes ahora, luego, en la desgracia, andarás en busca de mi.
ELECTRA.- No, chica, nada pongas en la tumba de cuanto llevas en las manos: ni la justicia ni la piedad te permiten presentar ofrendas ni hacer libaciones a tu padre de parte de la mujer que él aborrece. Más bien espárcelas al viento o mételas bajo tierra, donde jamás puedan rezumarse hasta la tumba paterna, y quédenle allá abajo bien guardadas, para cuando ella muera. La más desvergonzada de cuantas mujeres han nacido es, pues así ofrece execrables libaciones al mismo a quien ella asesinó. Y mira tú si es posible que el difunto, allá en su sepulcro, reciba con agrado ofrendas de aquellas manos asesinas que vergonzosamente le mataron, y como a un enemigo lo mutilaron y hasta le restregaron a manera de purificación las manchas de sangre en la cabeza. ¿Te figuras tú que eso que llevas ha de reparar su parricidio? No, no.
Conque, por de pronto, tira todo eso. Y llévale más bien un rizo cortado de tu propia cabellera; y de mi parte también, ¡desventurada! Poco es todo ello, pero lo que tengo eso le doy; llévale este denso bucle y este mi cinturón, bien pobre de adornos.

(Se lo corta y entrega).

Póstrate alli y suplicale que venga del otro mundo como protector benéfico nuestro contra nuestros enemigos, y que vuelva vivo el joven Orestes, y con mano fuerte se eche sobre los enemigos de él y los sujete bajo sus pies, a fin de que también nosotras en adelante podamos coronarle con ofrendas más ricas que las que ahora se nos conceden. Porque yo creo, yo creo, sí, que anda también su mano en esto de enviarle esos temerosos sueños.
Con todo, hermana mía, préstate este servicio a ti misma, préstamelo a mi, préstaselo al más querido de todos los mortales, a nuestro padre, que reposa en el Hades.
CORIFEO.- El lenguaje de la niña respira piedad filial. Si quieres tener juicio, haz lo que te dice.
CRISOTEMIS.- Sí que lo haré; cuando la cosa es justa, no es razón altercar, sino poner manos a la obra con presteza.
Pero de lo que voy a hacer, por los dioses, no se os escape una palabra, queridas; que si esto llega a oídos de la madre, pienso que me ha de costar caro mi atrevimiento.

(Vase CRISOTEMIS).

CORO.- Si no soy yo un adivino desatinado, si no estoy privado de todo juicio, ya llega con su mensajero delante la Justicia, trayendo en si el poder de la victoria justiciera. Aquí estará, niña, pronto, muy pronto. Me llenan de esta confianza los sueños de dulce ventura que acabo de oir. No han de ser tan olvidadizos, ni el rey aquel de los helenos que a ti te engendró, ni tampoco el acerado hierro de aquella hacha de dos filos de antaño que le asesinó con tan impía crueldad.
Vendrá con sus mil pies y sus mil manos la que acecha en misteriosas emboscadas, la Furia de pies de acero. Pues sobre impio lecho en impio maridaje se han arrojado a asesinos abrazos los que no deben. Ante tal cuadro, ya estoy viendo que no viene esta visión cual présagio de males, no, ni para los ejecutores ni para sus fautores. Porque, o no pueden los hombres leer el porvenir en los sueños espantables ni en los oráculos, o ha de parar en bien este nocturnal espectro.
¡Oh cabalgata aquella la de Pélope, en pasados tiempos, fuente de desventura!, ¡cuán llena de misterios viniste a aquesta tierra! Se hunde en el Ponto y acaba aquel Mirtilo, arrancado y arrojado de su áurea carroza por la funesta mano de la Injusticia, y no ha abandonado todavía este hogar la Injusticia, fuente de desventuras.

(Sale CLITEMNESTRA con una doncella que lleva ofrendas en un canastillo).

CLITEMNESTRA.- Muy suelta, ya se ve, andas de acá para allá también ahora. Bien se conoce que no está Egisto, que siempre te ha sujetado, para que, al menos, fuera no salgas a deshonrar a los de casa. Como él está ausente, no se te da nada de mi. Y eso que a cada paso has estado diciendo a todo el mundo que yo mando con insolencia y contra justicia, y que os estoy ultrajando a ti y a los tuyos. No hay tales ultrajes, y si a ti te digo insultos, son el eco de los que a ti te oigo a cada paso.
Que tu padre -no se te cae de los labios esta palabra-, que tu padre murió a mis manos. Sí, a mis manos; bien lo sé yo, y no puedo negarlo. La justicia de los dioses, y no yo sola fue la que acabó con él, y tú misma debieras haberla secundado, si entonces hubieras tenido juicio. Porque tu padre, ese, al que no cesas de llorar, fue el único entre los griegos que consintió en que tu hermana fuera inmolada a los dioses, como que no había sufrido al engendrarla los dolores que yo pasé al parirla. ¡Vamos!, explicamelo, ¿por qué, por quiénes la sacrificó tu padre? Por los argivos, dirás. ¿Qué derecho tenían ellos a matarme a mi hija? Y si, como es verdad, me la mató por gracia de su hermano Menelao, ¿no me lo había de pagar a mi? Qué, ¿no tenia aquel dos hijos? Esos era justo que murieran, y no mi hija, ya que eran hijos del mismo padre y de la misma madre por quien se hacia aquella campaña.
¿O tenia el Hades más hambre de mis hijos que de los de aquella mujer? ¿O es que había el malvado padre perdido todo el amor a mis hijos, y tomádoselo a los de Menelao? ¿No es esto propio de padre desaconsejado y sin entrañas? Eso creo yo, aunque a ti te parezca otra cosa, y esto, hasta la muerte lo diría si pudiera hablar.
Yo, al menos, no estoy arrepentida de mi conducta. Y si a ti te parece que soy una malvada, guarda el censurar a los demás para cuando tú seas la que debes.
ELECTRA.- Ahora sí que no dirás que yo soy la que ha empezado y te ha irritado, y que por eso he oído lo que he oído. Si me lo permites, yo te explicaré la verdad en defensa de mi padre y en defensa de mi hermana.
CLlTEMNESTRA.- Vaya, te lo permito; si así comenzaras simpre tus discursos, no sería tan enojoso el escuchártelos.
ELECTRA.- Yo te lo diré, pues. Confiesas que mataste a mi padre. ¿Puede haber confesión más escandalosa? Sea con justicia o sea sin ella; yo añado que lo mataste contra toda justicia, y vencida por los amores de ese infame con quien actualmente cohabitas.
Puedes preguntar a Artemis, la cazadora, qué es lo que castigaba cuando contenía a los vientos en Aulide. Aunque yo te lo diré, pues que de ella no hemos de recibir respuesta.
A lo que tengo entendido, mi padre, batiendo en cierta ocasión un bosque de la diosa, acertó a levantar con sus pasos a una cierva cornuda y matizada, y vino a proferir no sé qué palabra como gloriándose de haberla muerto. Y enojada por esto la hija de Leto, detuvo a los argivos hasta que mi padre inmolase, en compensación de la fiera, a su propia hija. Así es como fue sacrificada; porque no había otra salida para el ejército, ni hacia la patria ni hacia Ilión. Por estas razones, forzado, y después de no poca resistencia, a más no poder, la inmoló, y no en gracia de Menelao.
Pero aunque así fuera, y voy a ponerme en tu caso, aunque todo lo hubiera hecho por favorecerle a aquel, ¿por eso había él de morir a tus manos? ¿Qué leyes son esas? Mira, no sea que plantando tal ley para los mortales, recojas de ella tu ruina y tu arrepentimiento. Porque si un muerto se ha de pagar con otro muerto, tú quizá hablas de morir la primera, si se aplica esa justicia. Pero reflexiona si no será insulso el pretexto que estás fingiendo.
Porque, dime, si te place, ¿qué razón tienes ahora mismo para vivir la vergonzosa vida que vives y compartir tu lecho con el asesino mismo con quien en otro tiempo quitaste la vida a mi padre, y con quien estás engendrando hijos, mientras tienes expulsados a los legitimos nacidos de legitimo matrimonio? ¿Es posible aprobar esto? ¿O dirás que también ello es una venganza por tu hija? Infame pretexto, si tal dices; que no es santo el casarse con los enemigos, a cambio de la pérdida de una hija.
Pero basta, que es inútil darte consejos, pues en seguida desatas tu lengua diciendo que estoy insultando a mi madre. Por tirana, y no por madre, te reputo yo, pues por ti llevo vida miserable, sumida siempre por ti y por tu galán en un mar de calamidades.
Y el otro, ¡pobre Orestes!, que a duras penas logró escapar de tus manos, arrastra una vida de desventuras allá en el destierro. Mil veces me has echado en cara que yo le crié para vengar tu crimen. Yo lo hiciera, a poderlo hacer, tenlo bien entendido, y si no es por más, puedes sacarme a la pública vergüenza, y llámame si quieres mala, si quieres deslenguada, si quieres llena de impudencia; que si de todo eso está llena mi vida, aun así queda por muy debajo la tuya.
CORIFEO.- Indignación respira su lenguaje; pero si le asiste la justicia, esto ya no se toma en consideración.
CLITEMNESTRA.- ¿Qué consideración he de guardar yo para con esta, si vive afrentando a su madre, y eso a su edad? ¿De qué extremos no es capaz mujer tal, sin freno de vergüenza?
ELECTRA.- Vergüenza, no dudes que la tengo de todo esto, aunque a ti no te lo parezca. Ya sé que ni con mi edad ni con mi carácter dice bien lo que hago. Pero es tu ojeriza, son tus obras las que a la fuerza me obligan a proceder así; que las desvergüenzas tienen por maestras a otras desvergüenzas.
CLITEMNESTRA.- ¡Oh criatura deslenguada! Es claro, yo, mis dichos, mi conducta es la que te fuerza a soltar la leygua tan desenfrenadamente.
ELECTRA.- Tú lo dices, que no yo. Tuyas son las obras, y las obras son las que se traen a las palabras.
CLlTEMNESTRA.- Pues a fe que, por la dominadora Artemis, no ha de estar sin castigo este tu atrevimiento, tan pronto como llegue Egisto.
ELECTRA.- ¿Lo ves? Ya estás encendida en cólera, y después de darme amplio permiso para hablar, no tienes tú paciencia para escucharme.
CLITEMNESTRA.- Vamos, no me vas a dejar ofrecer con recogimiento y devoción mi sacrificio, después que yo te he permitido desahogarte a tu gusto.
ELECTRA.- Vete, hazlo, sacrifica. No eches la culpa a mi descaro; no digo ni una palabra más.
CLITEMNESTRA.- Tú (A una doncella), doncella, levanta las ofrendas de tan varios frutos, mientras yo elevo a este nuestro Soberano preces que me disipen los miedos de que ahora soy presa. Dígnate, protector Apolo, escuchar mi súplica, aunque sea silenciosa. No estoy enrre amigos, ni conviene descubrirlo todo a la luz del día, estando junto a mi esta, no sea que con su rencor y su lengua desenfrenada siembre por toda la ciudad rumores maliciosos. Sino óyeme así, así te hablaré yo también: Las inciertas visiones de los dudosos sueños de la noche pasada, si son visiones de buen agüero, haz que se me cumplan, ¡oh Licio!; pero si son funestas, vuélvelas sobre la cabeza de mis enemigos. Y si algunos conspiran para derribarme alevosamente de la opulencia de que gozo, no se lo consientas: concédeme más bien vivir siempre asi vida libre de pesares, gozosa con la posesión de este palacio y este cetro de los átridas, y que, cercada de las almas amigas que ahora me rodean, viva días felices con aquellos de mis hijos que no tengan para mí ni desamor ni amarga ira. ¡Oh Licio Apolo!, atiende benigno a estos ruegos y otórganos a todos nosotros el favor que te pedimos; lo demás, dígnate tú, dios como eres, entenderlo por ti mismo, aunque yo lo calle. Cierto, al que es hijo de Zeus no se le oculta nada.

(Sale el PEDAGOGO).

PEDAGOGO.- Mujeres, ¿podría saber a punto fijo si es este el palacio de Egisto?
CORIFEO.- Este es; tú lo has adivinado, amigo.
PEDAGOGO.- ¿Ando también acertado en pensar que su esposa es esta señora?, pues todo su continente es de reina.
CORIFEO.- Eso mismo, exactamente; ella misma es la que tienes delante.
PEDAGOGO.- Albricias, señora; de parte de un tu amigo vengo, y a traerte nuevas gratas para ti y también para Egisto.
CLlTEMNESTRA.- Bien venido sea tal saludo. Antes de pasar adelante, dime, haz el favor, ¿quién es el mortal que te envía?
PEDAGOGO.- Fonoteo el Focense, y con una embajada por demás importante.
CLlTEMNESTRA.- ¿Cuál es ella? Di. Porque viniendo de tal amigo no puede ser sino que esté dictada por la amistad.
PEDAGOGO.- Orestes ha muerto. No puedo decido más brevemente.
ELECTRA.- ¡Ay mísera de mí! Muerta soy en este día.
CLlTEMNESTRA.- ¿Qué has dicho, qué has dicho? Extranjero, no hagas caso a esta.
PEDAGOGO.- Orestes ha muerto; díjelo antes, y lo vuelvo a decir ahora.
ELECTRA.- Estoy perdida. ¡Infeliz! Ya se ha acabado Electra.
CLlTEMNESTRA.- Métete tú en lo tuyo. Y tú, amigo, a mí cuéntame toda la verdad. ¿Cómo fue su muerte?
PEDAGOGO.- A esto me han enviado, y te lo voy a contar todo.
Había él venido a los famosos festejos de los certámenes délficos, gloria de toda la Hélada, a tomar parte en el concurso. Pues bien: así que oyó la vibrante voz del heraldo que anunciaba con público pregón la carrera en que consistía el primer certamen, presentóse bizarro, robándose la admiración de todos los espectadores. Y cuando en su carrera puso de vuelta el pie en el punto de partida, llevóse el laurel de la victoria con los aplausos y aclamación de todos. Y para decirte mucho en pocas palabras, jamás he visto tamaño arrojo y tales proezas en mortal alguno.
Solo una cosa te diré: cuantos fueron los certámenes que pregonaron los jueces, tantas fueron las victorias eon que se vio ovacionado, aclamado siempre como el argivo por nombre Orestes, vástago de aquel Agamenón, que capitaneó en tiempos las gloriosas huestes de toda la Grecia.
Todo fue así hasta este punto. Mas cuando un dios se pone a levantar la mano, nadíe, por fuerte que sea, escapa del golpe. Así él, otro día, cuando salió el sol, al empezar el concurso de las voladoras carrozas, salió también él a la arena en medio de numerosos contendientes. Era uno de estos Aqueo, de Esparta ocro, dos libios diestros en manejar carrozas y caballos; él (Orestes) iba entre estos el quinto con yeguas tésalas; potros castaños llevaba el sexto, venido de Etolia; el séptimo era Magnesio; el octavo, el de los blancos corceles, de la estirpe eniana; era el nono de Atenas, la construida por los dioses; el otro era un beocio, y cerraba el número con su décimo carro.
Ya estaban puestos donde, echadas las suertes, les habían colocado las carrozas los árbitros señalados al efecto: estalla la broncinea trompeta, arrancan. Era de ver cómo, al par que atronaban con sus gritos a los caballos, sacudían las riendas con las manos; todo el ruedo resonaba con el estruendo de los retumbantes carros: nube de polvo se alza de la arena; ellos, todos a una, entremezclados, no daban vagar al aguijón, anheloso cada cual por alcanzar primero las ruedas, luego las relinchantes cabezas de los potros competidores; ya le bate en la espalda, ya cae sobre las ruedas de su carroza la espuma que arrojan los resoplidos de los caballos rezagados.
Orestes, a su vez, llevando sus corceles siempre ras con ras con la estela misma, casi la rayaba con el cubo de su rueda, y soltando la rienda al bridón derecho, siempre se la tenía corta al del opuesto lado. Y en un principio los carros todos jugaron incólumes. Pero hete aqui que indómitos los potros del eniano se precipitan desbocados, y al dar la vuelta acabada ya la sexta, en la séptima carrera ya, chocan de frente con el carro del Barceo, y alli, caido el primero, iban chocando e iban cayendo el uno encima del otro todos, y toda la arena Crisea quedó inundada con las olas del naufragio caballar. Percatóse de ello el diestro auriga de los atenienses, se desvía hacia afuera, y virando en torno deja a un lado la marejada de caballos que se arremolinaba en medio.
Orestes, que enfrenando sus troncos venía de intento el último, puesta en el final toda la esperanza, cuando vio que solo aquel había quedado, aguija a sus ya precipitados corceles con penetrantes gritos, le persigue, y pareados los yugos avanzan parejos, y ya es la del uno, ya es la del otro la cabeza que sobresale por delante de los ecuestres carros. Y feliz en su carroza iba dando feliz término a las vueltas sucesivas; pero, después, aflojando la rienda izquierda al punto mismo de dar el caballo la vuelta, choca inesperadamente con el borde de la estela, rómpese el buje por medio, cae Orestes volteado por el pescante, queda enredado en las bien cortadas bridas, y los caballos, al caer él al suelo, se desbandan por en medio de la pista.
La concurrencia, al verle precipitado de su carro, dio un grito de compasión al joven que después de llevar a cabo tamañas proezas habia acabado con tan mala suerte, ya arrastrado por el suelo, ya con las piernas alzadas al cielo, hasta tanto que los mozos, conteniendo a duras penas a los desbocados caballos, le desenredaron todo cubierto de sangre, y tal que un amigo suyo que le viera no pudiera reconocer el malparado cadáver.
Luego quemáronlo en la pira, y pronto llegan unos focenses con la comisión de traer las tristes cenizas de un grande hombre en una pequeña urnita de bronce, a fm de que logren sepultura en la tierra paterna. Ahí lo tienes todo como fue, señora; ello bien triste aun para un cuento; pero visto como yo lo vi ..., ¡ay! ..., es el mayor de los males que en mi vida he visto.
CORIFEO.- ¡Ay, ay! Hoy, a lo que se ve, queda descuajada de raíz toda la raza de mis dueños.
CLITEMNESTRA.- ¡Oh Zeus! ¿Qué es esto, qué nombre dar a estas noticias? ¿Buenas, o, aunque malas, al fin provechosas? Aunque es cosa triste que para mi dicha sean necesarias mis propias desdichas.
PEDAGOGO.- ¿Qué te turba, mujer, en este mi relato?
CLlTEMNESTRA.- Tiene sus misterios esto de ser madre; no puede una aborrecer lo que ha dado a luz, aunque se vea maltratada.
PEDAGOGO.- De modo que, según esto, ha sido una decepción mentirosa mi venida.
CLlTEMNESTRA.- Todo menos decepción. ¿Cómo puede ser decepción si me traes pruebas evidentes de que ha muerto aquel que, nacido de mis entrañas y arrancado de mis pechos y de mis cuidados, se hizo desterrado y extranjero y no me ha vuelto a ver desde que salió de esta tierra, pero que, echándome en cara el asesinato del padre, me venía imprecando con terribles amenazas, hasta el punto de que ni de noche ni de día el sueño me adormía placentero, sino que siempre vivía como destinada a la muerte en el momento inmediato?
Pero ahora, hoy que tú me has desembarazado de los espantos de aquel, y de los de esta también, que esta me era la mayor pesadilla, siempre en casa y siempre bebiéndose mi sangre, y con ella mi vida, ahora voy a disfrutar en paz, a despecho de las amenazas de esta.
ELECTRA.- ¡Ay, infeliz de mi! Ahora sí que es para llorar tu desventura, Orestes; pues estando como estás aún eres ultrajado por esta madre ... ¡Esto está muy bien!
CLlTEMNESTRA.- Para ti, no; pero él, si, está muy bien como está.
ELECTRA.- ¡Oyelo: venganza del que acaba de morir!
CLlTEMNESTRA.- Ya ha oído a quien tenía que oír, y todo lo ha dispuesto muy bien.
ELECTRA.- Ensáñate; ahora la suerte está a tu favor.
CLlTEMNESTRA.- Conque ya ni tú ni Orestes vais a atajarme de hoy más.
ELECTRA.- Nosotros somos los atajados; mal te podríamos atajar a ti.
CLITEMNESTRA.- Pues si has logrado, anciano, atajar esa lengua desenfrenada, no hay premios dignos de tu gran servicio.
PEDAGOGO.- De modo que puedo retirarme ya, toda vez que esto queda arreglado.
CLITEMNESTRA.- De ninguna manera. No diría eso bien ni con mi dignidad ni con la del amigo que te envió. Pasa más bien a palacio, y a esta déjala ahí que llore fuera sus males y los de los suyos.

(Vanse a palacio CLITEMNESTRA y el PEDAGOGO).

TERCERA PARTE
ELECTRA.- ¿Os figuráis vosotras que la malvada se va triste y quebrantada de dolor a llorar amargamente y a lamentar la atroz muerte de su hijo? ¡Se ha ido riéndose de ella! ¡Oh triste de mi! ¡Orestes de mi alma! ¡Cómo me has arruinado con tu muerte! Haste ido, arrancando de mi corazón las únicas esperanzas que me restaban ya de que, vivo tú, habías de venir cual, vengador de mi padre y de mí, desventurada. Y ahora, ¿adónde me puedo yo volver, que me he quedado sola, huérfana? Ya no te tengo a ti, ya no tengo a mi padre. Solo me resta vivir hecha esclava de los seres que más execro, de los asesinos de mi padre. ¡Queda esto a maravilla! No, ya desde este momento, yo no entro en casa; aquí, junto a esta puerta, me arrojo sola, sin una alma amiga, y aquí consumiré mi vida. Y si a alguno de los de casa le estorbo, que venga y me mate, que me hará un favor con matarme y un disfavor si me deja con vida. ¿Para qué quiero yo la vida?

(Se echa al suelo ELECTRA. Pausa).

CORO.- ¿Dónde están los rayos de Zeus, dónde el fulgurante Sol, si ven estas cosas y las callan y disimulan?
ELECTRA.- ¡Ee, ee! ¡Ay, ay!
CORO.- Niña, ¿qué lloras?
ELECTRA.- ¡Ay! (Grito de desesperación).
CORO.- Mira, no alces el grito ...
ELECTRA.- Tú me vas a arruinar ...
CORO.- ¿Por qué?
ELECTRA.- Si me sugieres que tenga esperanzas aún en los que de cierto están ya en el seno de la muerte, lo que haces es burlarte de mi, que me estoy consumrendo de pena ...
CORO.- Es que yo no ignoro ... que el príncipe Anfiarao ... desapareció ... enredado por vil mujer en dorados lazos, y ahora con todo ... bajo tierra ...
ELECTRA.- ¡Ay, ay! Sí, sí.
CORO.- ... está lleno de poder y vida.
ELECTRA.- ¡Ay!
CORO.- Pues bien, ¡ay! Porque la malvada ...
ELECTRA.- ¡Halló su merecido!
CORO.- ¡Eso mismo!
ELECTRA.- Ya lo sé, ya lo sé. Es que apareció quien vengara al sin ventura ... Pero yo no tengo ya a nadie; el que me quedaba ha desaparecido arrebatado.
CORO.- Cuitada vives de cuitas.
ELECTRA.- Sabido lo tengo yo, y resabido también a fuerza de vivir una vida tristísima, eterna en trabajos, en odios ...
CORO.- Sabíamos eso que lamentas.
ELECTRA.- No me lleves ahora ya a donde no ...
CORO.- ¿Qué, qué dices?
ELECTRA.- ... a donde no hay auxilio de amantes y piadosos hermanos ...
CORO.- A todo mortal le toca morir.
ELECTRA.- ¿Si? ¿Y también morir como aquel desventurado, enmarañado en las riendas que le arrastraban, en la carrera desbocada?
CORO.- Inconcebible es tal miseria.
ELECTRA.- ¿Pues no lo ha de ser? En tierra extraña, sin la ayuda de mis manos ...
CORO.- ¡Bah! ¡Bah!
ELECTRA.- ... le encerraron en una urna, sin participar ni de sepultura, ni siquiera de nuestro duelo.

(Llega CRISOTEMIS alborozada y jadeante}.

CRISOTEMIS.- La alegría me trae corriendo, querida, y a toda prisa y hasta olvidada del decoro. Alegria te traigo y el término, por fin, de los males que hasta hoy vienes sufriendo y lamentando.
ELECTRA.- ¿Qué alivio has de encontrar tú a mis trabajos si no es posible hallarIes ya remedio?
CRISOTEMIS.- Ya tenemos con nosotras a Orestes; créeme lo que te digo; es cosa clara; tan clara como que me estás viendo.
ELECTRA.- ¿Pero te has vuelto loca, mujer, y te pones a mofarte de tus males y de los mios?
CRISOTEMIS.- Por el hogar de nuestro padre, que no lo digo por burlarme; pero Orestes está ya con nosotras.
ELECTRA.- ¡Infeliz de mi! ¿Y a qué mortal has podido oírle tal disparate para darle crédito semejante?
CRISOTEMIS.- Por mi misma lo sé, no se lo he oido a nadie; he visto señales infalibles; por eso lo tengo por cierto.
ELECTRA.- Pero ¿cuáles son esos indicios? ¿Qué me habrás podido descubrir tú para exaltarte con frenesí tan loco?
CRISOTEMIS.- Por los dioses, escúchame, y cuando te hayas enterado, entonces dirás si soy necia o tengo juicio.
ELECTRA.- Habla, pues, si hablar es lo que quieres.
CRISOTEMIS.- Pues yo te diré lo que he visto. No bien me hube acercado al viejo sepulcro paterno, vi unos hilos de leche recién vertida desde lo alto de la tumba; esta estaba toda festoneada en derredor con toda clase de flores. Al verlo me llené de pasmo; me pongo a examinar si por allí cerca anda alguno; veo que todo en tomo está en perfecta calma, y me llego sigilosamente cerca de la tumba y encuentro en lo más alto del túmulo un rizo de cabello recién cortado. En cuanto lo vi, infeüz, me asaltó una idea, que siempre llevo en la cabeza: que era lo que estaba viendo obra del ser más querido para nosotras, de Orestes. Lo tomé, pues, en mis manos, eso si, sin pronunciar palabra desfavorable, pero inundados los ojos en lágrimas de gozo. Y lo mismo ahora que entonces tengo para mi que este obsequio no viene sino de las manos de Orestes.
Porque fuera de ti y de mi, ¿a quién más le interesa nada de esto? Y yo, yo al menos, no lo he hecho; de esto bien cierta estoy; y tú menos, ni poderlo; si ni aun para orar a los dioses puedes salir de estos umbrales sin grave castigo. Pues la madre tampoco; ni su corazón le pide tales cosas ni las hubiera podido hacer sin ser vista. As1 que las ofrendas no son de otro que de Orestes.
Conque, hermana mia, ten buen ánimo. No va a estar una siempre bajo la misma estrella. La nuestra hasta ahora bien mala ha sido. ¿Quien sabe si hoy amanece para nosotras el dia de la bienandanza?
ELECTRA.- ¡Ah tohterias! ¡Qué pena me estás dando hace ya rato!
CRISOTEMIS.- ¿Pues qué es eso? ¿No te alegra lo que te digo?
ELECTRA.- No sabes bien adónde se te van los pies y adónde la cabeza.
CRISOTEMIS.- ¿Cómo no he de saber yo lo que he visto yo misma tan claro?
ELECTRA.- Orestes está muerto, pobrecilla, y las esperanzas que en él cifrábamos han parado en humo. En aquel no pongas ya tus ojos.
CRISOTEMIS.- ¡Ay, triste de mí! ¿Quién te lo ha dicho?
ELECTRA.- Quien se hallaba junto a él cuando murió.
CRISOTEMIS.- ¿Y dónde está ese? ¡Ay, qué miedo!
ELECTRA.- Ahí, en palacio, con harto gozo y corta pena de la otra.
CRISOTEMIS.- ¡Infeliz de mí! Pues ¿de qué hombre pueden ser tantos obsequios fúnebres junto al sepulcro del padre?
ELECTRA.- Yo tengo casi por cierto que alguien los ha dedicado precisamente a la memoria de Orestes difunto.
CRISOTEMIS.- ¡Ay, loca de mí! Yo que venía tan alborozada por traer tales noticias ..., y no sabía la desventura en que estamos ..., y ahora llego acá y me encuentro con los males de antes y con otros peores.

(Pausa).

ELECTRA.- Ahí tienes, así es la cosa. Con todo, si me quieres hacer caso, de ti depende el que sacudamos de nosotras la carga de esta calamidad.
CRISOTEMIS.- Si ha de ser para bien, lo que quieras.
ELECTRA.- Mira, sin trabajo no hay ventura.
CRISOTEMIS.- Es verdad, aquí estoy para ayudarte con cuanto pueda.
ELECTRA.- Pues escucha ahora lo que estoy resuelta a hacer: amigos que nos protejan, ya lo sabes tú, no los tenemos; el Hades se los llevó, y nos privó de ellos; nos hemos quedado solas. Yo, mientras oía que nuestro hermano gozaba de vida y de salud, abrigaba esperanzas de que un día viniera él a vengar la muerte de nuestro padre; ahora que está muerto, a ti vuelvo ya los ojos para que al asesino de nuestro propio padre, ayudada de tu hermana, no vaciles ... en matarle, a Egisto digo, no es ya tiempo de hablarte con reservas. Porque ¿hasta cuándo vas a seguir en esa indolencia? ¿O qué esperanzas puedes abrigar con fundamento, si estás, por una parte, gimiendo desposeida de la hacienda de tu casa, y llevas, por otra parte, tanto tiempo de sufrir, mientras te envejeces sin himeneos, sin lecho conyugal? Y no te figures que los has de lograr algún dia, que no es tan necio ese Egisto que deje retoñar tu linaje ni el mio, ruinosos a todas iuces para él. Mientras que si cedes a mis consejos, en primer lugar te granjearás la gratitud y amor de nuestro difunto padre y de nuestro hermano también; luego, en lo sucesivo, serás tenida por libre, como lo eres, y lograrás bodas dignas de tu posición, que todos gustan de poner sus ojos en las almas nobles.
Y qué, ¿no miras cuán gloriosa fama te granjeas a ti y me granjeas a mi si sigues mi consejo? Porque quién, sea ciudadano o extranjero, al vernos no nos colmará de bendiciones, diciendo así, por ejemplo: Mirad, amigos, a esta parejita de hermanas; ellas han resucitado su casa; ellas, cuando sus enemigos estaban más pujantes, sin perdonar a sus propias vidas, vengaron muerte con muerte; a estas hay que amar, a estas hay que venerar; en las fiestas, en las reuniones públicas, a estas rindan homenaje por su heroísmo todos los mortales. Así hablará de nosotras el mundo entero, y asi ni en vida ni en muerte nos ha de abandonar la gloria.
¡Ea!, hija, déjate persuadir, presta este servicio a tU padre, hazlo por tu hermano, acaba con mis males, acaba con los tuyos, y ten siempre presente que es muy bochornoso ser tan bien nacidas y vivir tan mala vida.
CORIFEO.- En tales casos como aqueste la prudencia es la que respalda, así al que habla como al que escucha.
CRISOTEMIS.- Aun antes de abrir los labios, si tuviera sano el juicio, se hubiera esta acordado de la circunspección; pero la ha olvidado. Vamos, ¿en qué te fundas para armarte de semejante audacia y pedirme la ayuda? ¿No te haces cargo? Eres mujer, no hombre; en fuerzas, no puedes compararte con tus verdugos. A ellos, de día en día, los hados les son más prósperos; a nosotras todo se nos deshace y se nos vuelve en nada. ¿Quién, pues, que atente a quitar de delante a un hombre como ese, lo pagará con menos que con la vida? Guárdate, no sea que nuestra triste vida se cambie por otra peor, si alguien oye esta conversación. Nada nos resuelve, nada nos sirve adquirir fama de valientes y morir afrentosamente. Y lo que aterra no es el morir, sino el estarlo uno procurando y no poder obtenerlo.
Así que, yo te lo suplico -no sea que perezcamos las dos y con esto se acabe nuestra familia-, refrena la cólera. Yo guardaré secreto y sin efecto alguno cuanto me has dicho. Tú, a tu vez, entra en juicio y aprende siquiera con los años a ceder ante los poderosos, ya que puedes resistirlos.
CORIFEO.- Dale oídos; de nada sacan los hombres más partido que de la previsión y del buen juicio.
ELECTRA.- Nada me sorprende de cuanto has dicho; sabía que ibas a echar a paseo lo que te proponía. Pues bien: entonces ... yo sola, con mis propias manos, llevaré a cabo la obra; no cejo por cuanto hay.
CRISOTEMIS.- Hermana, ¡lástima!, si llegas a tener el coraje a la muerte del padre, ¿qué no hubieras hecho?
ELECTRA.- Coraje lo tenia; la cabeza no alcanzaba a tanto.
CRISOTEMIS.- Pues procura tener la cabeza siempre como entonces.
ELECTRA.- ¿Esos consejos significan que no quieres poner manos a la obra?
CRISOTEMIS.- Mujer, quien se mete en malas andanzas, acaba mal.
ELECTRA.- Tanta prudencia, me pasma; pero tanta cobardía ... es irritante.
CRISOTEMIS.- Con la misma calma te escucharé cuando vengas, arrepentida, a alabarme.
ELECTRA.- Lo que es de mi parte no esperes tal cosa.
CRISOTEMIS.- Tiempo hay de sobra para decidir de eso.
ELECTRA.- Vete, contigo no hay que contar para nada.
CRISOTEMIS.- Vaya que si; tú eres la que no quieres ceder.
ELECTRA.- Anda y cuéntale todas estas cosas a tu madre.
CRISOTEMIS.- No, que no llego a aborrecerte tanto.
ELECTRA.- Pues fíjate a qué ignominias me induces.
CRISOTEMIS.- Cautelas por ti dirás; ignominias, jamás.
ELECTRA.- ¿De manera que tengo que seguir tus dictámenes y criterio?
CRISOTEMIS.- Y cuando tú tengas la razón, a ti te seguiremos los demás.
ELECTRA.- Maravilla que quien tan cuerdamente habla obre tan neciamente.
CRISOTEMIS.- Esa que dices es precisamente tu falta.
ELECTRA.- ¿Cuál?, ¿no crees tú que me asiste la justicia?
CRISOTEMIS.- Pero a las veces, la misma justicia resulta perjudicial.
ELECTRA.- Yo no puedo acomodarrne a semejantes leyes.
CRISOTEMIS.- Mira que, si lo haces, te has de arrepentir algún día.
ELECTRA.- Sí, lo tengo que hacer, pese a todos tus espantos.
CRISOTEMIS.- ¿De veras? ¿Te cierras contra todo consejo?
ELECTRA.- No hay cosa más execrable que un mal consejo.
CRISOTEMIS.- Se ve que no estás por nada de lo que te digo.
ELECTRA.- Esto está ya muy pensado; no es de ahora el propósito.
CRISOTEMIS.- En ese caso, me voy; pues ni tú te decides a aceptar mis consejos ni yo puedo aprobar tu conducta.
ELECTRA.- Sí, vete, que no seré yo quien te busque, por más que lo llegues a desear; cosas inútiles, aun el tantearlas es estupidez.
CRISOTEMIS.- Pues si a tu juicio te queda todavía algo de seso, guárdatelo para ti; cuando te veas envuelta en infortunios, entonces dirás que tengo razón.

(Vase CRISOTEMIS).

CORO.- ¿Por qué, pues vemos que las más sensatas aves del cielo cuidan de alimentar a aquellos que les dieron el ser y les dieron el sustento, por qué nosotras no pagamos en igual forma iguales deudas? No, por el rayo de Zeus; no, por la Venganza, diosa del cielo, no han de quedar largo tiempo sin su merecido. ¡Oh tú, Voz que bajas hasta los mortales de los infiernos, ve y lleva a los atridas, que allá abajo están, un lamentable mensaje, mensaje de vergüenzas desoladoras!
Diles que todo lo de su casa amaga ruina; que en lo que toca a los hijos, el desacuerdo y la reyerta no dejan ya lugar a la amistosa armonia, y que sola, abandonada, está zozobrando Electra; siempre decantando, desolada, endechas a su padre, como el ruiseñor de los perpetuos lamentos, ni se le da nada de morir, ni repara en que carga con una doble maldición. ¿Quién es así amante de su padre?
Nadie, al menos de los bien nacidos, consiente de empañar el esplendor de su fama con una vida vergonzosa y en la abyección, ¡oh niña!, como tú, ¡oh niña!, que has escogido para ti un vivir de incesantes lágrimas. Echa de ti tal infamia, y llévate a una dos glorias, la de ser tenida por sensata y por valiente.
¡Oh!, véate yo tan levantada por encima de tus enemigos, en poder y en riquezas, cuanto vives ahora humillada bajo ellos. Sumida te encuentro en indignas desventuras, cuando en punto a sentimientos los más nobles de nuestro ser te llevas tú la palma, por la piedad que Zeus te inspira.

(Entran ORESTES y PILADES con dos criados; uno de estos lleva una urna).

ORESTES.- ¿Nos han dado bien las señas, señoras, y vamos bien a donde vamos por este camino?
CORIFEO.- ¿Qué querías saber? ¿Qué deseos te han traido acá?
ORESTES.- Egisto ..., ¿dónde vive ...? Eso vengo, hace tiempo, averiguando.
CORIFEO.- Pues no has errado el camino, y no te ha engañado quien acá te ha guiado.
ORESTES.- ¿Querría alguien de vosotras avisar a los de casa de nuestra llegada y nuestra visita tan suspirada?
CORIFEO.- Ahí está esa, si al más allegado le toca comunicárselo.
ORESTES.- Ve, hija; entra, y diles que unos hombres de la Fócida preguntan por Egisto.
ELECTRA.- ¡Ay de mi! De seguro que traen la confirmación clara de la noticia que hemos recibido.
ORESTES.- No sé a qué te refieres; a mi el viejo Estrofio me envia con encargo de traer noticias de Orestes.
ELECTRA.- ¿Cuáles, di, extranjero? ¡Qué miedo me sobrecoge!
ORESTES.- Venimos trayendo en una pequeña urna sus exiguos restos, porque ... ya lo ves, ha muerto.
ELECTRA.- ¡Ay, triste de mi! Ha resultado cierto; delante de mi tengo ya a mi desventura; no puedo dudarlo.
ORESTES.- Si; si por lo que lloras es por Orestes, sábete que esta vasija oculta su cuerpo.
ELECTRA.- Dámela, por los dioses, si ella lo contiene; déjame, déjame tomarla en mis manos; déjame derramar sobre esas cenizas mis lágrimas y mis lamentos por mi ruina y la de nuestra familia.
ORESTES.- Acercadla, no sé quién es, y dádsela; no puede ser enemiga la que asi lo pide; amiga es o pariente.

(ELECTRA toma la urna).

ELECTRA.- (Con la urna en las manos). ¡Oh única reliquia del ser más querido de mi corazón, de Orestes! ¡Oh esperanzas que te reciben tan distintas de las que un dia te sacaron! ¡Ahora te tengo en mis manos vuelto polvo, tú, que estabas tan hermoso cuando yo te envié, niño mio! ¡Oh!, hubiérame yo muerto antes que enviarte a aquella tierra extraña, después de librarte con estas mismas manos y arrancarte de las de la muerte; siquiera asi, muriendo, yacieras hoy con tu padre y compartieras con él la sepultura. ¡Ahora, prófugo, lejos de casa, en tierra desconocida, mueres desastradamente y apartado de tu pobre hermana! ¡Y yo, desventurada, ni pude con mano cariñosa lavarte ni componerte, ni después recogerte, ¡triste carga!, de entre las llamas de la pira!; sino que, por manos extrañas atendido, en ellas vienes, pobrecito, pequeño contenido de pequeña urna! ¡Ay triste de mi, y cómo han sido inútiles los desvelos que con tan dulce afán incesantemente te prodigué! Pues ni a tu misma madre eras tú tan querido como a mi, ni hubo para ti en casa otra ama sino yo, ni me dabas tú otro nombre que el de la hermana.
Ahora ya todo se ha acabado en este día, pues te me has muerto tú. Todo lo has arrollado tú, como una tempestad, en tu partida. El padre se fue, yo para ti estaba ya muerta, a ti mismo te me ha arrebatado la muerte; los enemigos se han insolentado; mientras tanto, frenética de júbilo anda esa madre sin corazón de madre; y tú tantas veces me enviabas secretos avisos de que quien iba a venir a vengarla eras tú mismo; pero todo esto lo ha deshecho tu mala ventura y la mia, que me trae esto, no tu cuerpo real y amadisimo, sino, a cambio de él vano polvo y sombra sin provecho.
¡Ay de mi! ¡Ay de mi!
¡Oh cuerpo desdichado! ¡Ay, ay! ¡Oh viaje este tuyo, misera de mi, tan lleno de misterios! ¡Y cómo me has muerto!; muerta me has dejado, si, hermano de mi alma, Asi que ya admiteme en esta tu misma morada; junta mi nada con tu nada; quiero en adelante morar contigo allá abajo! Que también cuando aún vivías compartia yo tu suerte por igual; quíero, al morir, participar de esa misma tumba que tú. Son solo los muertos los que no sufren.
CORIFEO.- Reflexiona, Electra, que naciste de padre mortal; mortal era Orestes; no te aflijas, pues, en demasía, que todos hemos de pasar por eso.
ORESTES.- ¡Ay, ay! ¿Qué diré yo?, ¿a qué palabras recurriré en mi desconcierto? Ya no puedo tener la lengua.
ELECTRA.- ¿Qué te aflige? ¿Por qué dices eso?
ORESTES.- Qué, ¿es la que estoy viendo la ilustre Electra?
ELECTRA.- Esta es aquella; bien desdichada por cierto.
ORESTES.- Si así es, ¡cuán lamentable es esta desventura!
ELECTRA.- No será por mi por quien así te dueles.
ORESTES.- ¡Oh cuerpo ignominiosa e impíamente ajado!
ELECTRA.- A mi se refieren esas lástimas y a nadie más, ¿no?
ORESTES.- ¡Ay! ¡Qué vida!, sin bodas ..., sin felicidad ...
ELECTRA.- Pero ¿a qué me miras tanto y qué es lo que tanto lamentas?
ORESTES.- Veo que hasta ahora no entendía yo nada de mis propios males.
ELECTRA.- ¿Y he dicho algo que te los haya revelado?
ORESTES.- Sí, pues te veo sumida en tan grandes calamidades.
ELECTRA.- Pues aún no has visto sino muy poco de mis infortunios.
ORESTES.- ¿Qué? ¿Se pueden ver cosas peores?
ELECTRA.- Mira, obligada a vivir con los asesinos.
ORESTES.- ¿De quién?, ¿de quién es ese crimen que me descubres?
ELECTRA.- Asesinos de mi padre y forzada a servirles como esclava.
ORESTES.- ¿Y quién te sujeta a esa esclavitud?
ELECTRA.- Madre se llama pero nada tiene de madre.
ORESTES.- ¿Cómo te atormenta?, ¿con malos tratamientos?, ¿con privaciones?
ELECTRA.- Sí, con las manos, con privaciones, con todo género de tormentos.
ORESTES.- ¿Y nadie hay que te socorra, nadie que lo impida?
ELECTRA.- No, por cierto; el único que me quedaba, tú me lo has cambiado por un poco de polvo.
ORESTES.- ¡Oh desventurada! Hace tiempo que estoy enternecido con tu vista.
ELECTRA.- Pues sábete que eres el único mortal que de mí se ha compadecido.
ORESTES.- Como que soy el único que sufre con males tuyos.
ELECTRA.- No irás a resultar por algún lado pariente nuestro ahora.
ORESTES.- Yo lo dirla, si fueran de fiar estas. (Por el Coro).
ELECTRA.- Sí que lo son; hablas a gente muy fiel.

(Pausa).

 CUARTA PARTE
ORESTES.- Deja de momento la urna, y lo sabrás todo.
ELECTRA.- Eso no, por los dioses, no me obligues a tal cosa, extranjero.
ORESTES.- Obedece a mis palabras, que no te pesará.
ELECTRA.- No, yo te conjuro, no me arranques lo que más quiero.
ORESTES.- No, no te lo permito.
ELECTRA.- ¡Oh triste de mí, Orestes, si no he de poder darte sepultura!
ORESTES.- Mira lo que dices; no hay razón para esos tus lamentos.
ELECTRA.- ¿Que no tengo razón para llorar a mi hermano, muerto?
ORESTES.- No le llames así.
ELECTRA.- Pero ¿tanto se avergüenza de mí mi difunto hermano?
ORESTES.- Avergonzarse, no; pero esto no tiene que ver contigo.
ELECTRA.- ¿Cómo? Si esto que llevo es el cadáver de Orestes ...
ORESTES.- De Orestes, no; solo de mentirillas.

(Le toma ORESTES la urna y la deja en el suelo).

ELECTRA.- Pues ¿dónde está la sepultura de aquel pobre?
ORESTES.- En ninguna parte. Los vivos no suelen tener sepultura.
ELECTRA.- ¿Qué dices, hijo?
ORESTES.- Purisima verdad es cuanto te digo.
ELECTRA.- Pero ¿está vivo el muchacho?
ORESTES.- Si no estoy muerto yo ...
ELECTRA.- ¿Qué? ¿Tú eres Orestes?
ORESTES.- Fíjate en este sello de mi padre y mira si digo verdad.
ELECTRA.- ¡Oh día este venturoso!
ORESTES.- Venturoso por demás, es cierto.
ELECTRA.- ¡Oh dulce voz!, ¿has llegado acá?
ORESTES.- Por ti misma puedes verlo.
ELECTRA.- Que te tengo entre mis brazos ..., a ti ...
ORESTES.- Así me tengas para siempre.
ELECTRA.- ¡Oh queridas!, ¡oh ciudadanas de Micenas!, mirad a nuestro Orestes; con una trampa me lo mataron, con otra me lo han resucitado.
CORIFEO.- Lo estamos viendo, hija, y ante tal desenlace ruedan de mis ojos gruesas lágrimas de alborozo.
ELECTRA.- ¡Ay, hijo!, hijo de aquel que más quiero, al fin has venido; apareciste ya, has llegado, has visto a quien tanto deseabas.
ORESTES.- Ya estamos aquí; pero aguarda en silencio.
ELECTRA.- ¿Pues qué?
ORESTES.- Más vale callar, no nos oiga alguien de dentro.
ELECTRA.- No, por Artemis, la siempre inviolada, que ya no voy a temer más a mujeres, trastos de casa, inútil peso ...
ORESTES.- Por de pronto, mira que también para mujeres hay ardores bélicos; y alguna experiencia tienes, quizá, que te lo ha enseñado.
ELECTRA.- ¡Ah!, ¡ah furor! Ante los ojos me pones mi infortunio, que no admite velos, ni limites, ni ningún olvido.
ORESTES.- También esto lo sé; pero cuando está la cosa presente, entonces se trata de estos hechos.
ELECTRA.- Todo tiempo, todo tiempo, si estuviera en mi mano, me pareciera poco a mi para hablar de esto con justicia. Harto me ha costado alcanzar para mi lengua la libertad.
ORESTES.- Muy bien, conforme; retenla pues, tú ...
ELECTRA.- ¿Cómo lo he de hacer?
ORESTES.- No quieras hablar demasiado, donde la ocasión no lo consiente.
ELECTRA.- Pero ¿quién va a tener al silencio por mejor que las palabras, habiendo aparecido tú? Eso de que te vuelva a ver tan contra toda previsión, tan contra toda esperanza ...
ORESTES.- Me has visto, si, pero es cuando los dioses me han impelido a venir a ...

(Falta un verso. Nota de Chantal López y Omar Cortés).

ELECTRA.- Esto que me dices es aún don mayor que todos los anteriores, si es que en realidad un dios es el que te trae a nuestros lares; providencia grande veo yo en todo esto.
ORESTES.- Por una parte siento el reprimirte en tu alegría, pero por otra me hace recelar ese tu gozo desbordado.
ELECTRA.- ¡Ay!, ya que al cabo de tanto tiempo has querido aparecer con rumbo tan placentero; ahora que me ves tan trabajada, no me ...
ORESTES.- ¿Qué?, ¿qué es lo que no ...?
ELECTRA.- No me niegues el gozo de hallarme en tu compañía ...
ORESTES.- Vaya, como que me enojaría verte en otras cosas distraída.
ELECTRA.- ¿Lo apruebas, entonces?
ORESTES.- ¿Cómo no?
ELECTRA.- ¡Oh queridas! He escuchado una voz que jamás hubiera esperado. Cuando me oía llamar desdichada, sofocaba mi indignación en el silencio. Pero ahora te tengo ya a ti; te me has presentado con esos tus ojos puestos donde, ni con ríesgo de mi vída, quisiera yo faltar.
ORESTES.- Déjate de charlas excesivas, y no me vengas a contar ahora que si la madre es mala, que sí Egisto derrocha la hacienda de nuestro padre y que si parte la tiene desbaratada, parte la está despilfarrando; las palabras pudieran robarnos la oportunidad.
Dime más bien lo que en las presentes circunstancias me conviene hacer, y dónde tengo que ocultarme o presentarme para acabar hoy de esta fecha con la insolencia de nuestros enemigos. Pero sea de modo que tu madre no lo descubra por la alegria de tu semblante si entramos los dos a palacio; sigue gimiendo como si no fuera falsa la nueva de mi desgracia; que cuando hayamos triunfado, entonces podremos regocijamos y reír a nuestro sabor.
ELECTRA.- Bien, hermano, lo que a ti te agrada, eso me agrada a mi también; que la dicha que gozo no es mía, sino tuya; que tú me la has traldo, y ni por el mayor provecho mío consintiera yo en darte la más ligera molestia, pues no sería eso coadyuvar a la fortuna presente.
Ya sabes cómo están las cosas, ¿no es así?; ya has oído cómo Egisto no está en palacio: la madre sí está en casa; pero pierde cuidado, que no descubrirá en mi cara ni asomo de alegría, porque llevo ya fundido en la sangre este odio inveterado, y mis ojos, que han logrado verte, seguirán brotando lágrimas ¡de alegría! Pues ¿cómo había yo de dejar de derramarlas si en este mismo lance te he visto muerto y te veo resucitado? Tales prodigios te he visto obrar, que ya, si nuestro padre mismo se me apareciera vivo, no lo tendría por quimera, sino que daria fe a mis ojos.
Así que, pues has venido a nosotros con semejante propósito, da las órdenes que juzgues convenientes; yo sola no lograría sino una de dos: o salvarme con gloria, o morir con gloria.
ORESTES.- ¡Silencio!, que oigo pasos de alguien ahí dentro, que va a salir.

(Entreábrese la puerta).

ELECTRA.- (Fingiendo serenidad, a Orestes y Pílades). Entrad, huéspedes, sobre todo llevando como lleváis cosas que nadie en casa puede rechazar ..., y nadie se ha de gozar en recibir.

(Sale de palacio el PEDAGOGO).

PEDAGOGO.- ¡Oh necios y faltos de todo juicio! ¿Es que no os importa ya la vida, o no tenéis dos dedos de frente, que no os dais cuenta de que os halláis, no al borde, sino en medio de los mayores peligros? Si no llego a estar yo en acecho desde hace rato en este zaguán, antes entrara en palacio la noticia de vuestros planes que vuestros mismos cuerpos. Gracias que yo lo he precavido. Conque ahora, dejándoos de más explicaciones, y cortando esa charla irrestañable por la alegría, entrad adentro; que en estos casos las dilaciones son perjuicios; ya es tiempo de dar el golpe.
ORESTES.- ¿Qué tal se presenta lo de ahí adentro para mi entrada?
PEDAGOGO.- Excelente. Está seguro de que nadie te ha de reconocer.
ORESTES.- Claro está, les habrás anunciado mi muerte.
PEDAGOGO.- Todos te tienen ahí por uno de los moradores del Hades.
ORESTES.- ¿Se alegran, o qué es lo que dicen?
PEDAGOGO.- Cuando hayamos acabado, te lo diré; por ahora, todo lo de ellos va bien, aun lo que no va tan bien.

(ELECTRA, fijándose en el PEDAGOGO).

ELECTRA.- ¿Quién es este, hermano mio? Dimelo, por los dioses.
ORESTES.- Qué, ¿no le conoces?
ELECTRA.- No puedo ni conjeturarlo.
ORESTES.- ¿No te acuerdas de aquel en cuyas manos me depositaste?
ELECTRA.- ¿Quién? ¿Qué dices?
ORESTES.- Aquel en cuyas manos me llevó a la Fócida tu solicitud.
ELECTRA.- ¿Este es aquel, el único que entre tantos hallé fiel cuando el asesinato del padre?
ORESTES.- El mismo; pero no me hagas a mí ya las preguntas.

(ELECTRA le toma las manos y luego abraza al PEDAGOGO).

ELECTRA.- ¡Oh dulcísima luz de mis ojos! ¡Oh único salvador de la casa de Agamenón! ¿Cómo has venido? ¿Tú eres aquel que a este y a mi nos sacó de tantos peligros? ¡Oh manos queridisimas! ¡Oh pies que tan buena obra me hicieron! ¿Cómo asi te me has recatado y ocultado tanto rato, estando ya aquí, y me has afligido con tus palabras, cuando en las obras me hacias el más dulce de los favores? ¡Salud, oh padre!, porque un padre creo yo ver en ti. ¡Salud! Sabe que en un mismo dia te he aborrecido yo y te he amado como al que más de los hombres.
PEDAGOGO.- Bueno, ya basta; pues lo sucedido en el intermedio, muchas noches pasarán, y dias otros tantos, en que te lo iremos diciendo por menudo.
Vosotros, los dos que estáis aqui, mirad, no hay tiempo que perder: ahora Clitemnestra está sola, y no hay ningún varón en casa; y si dais largas, tened entendido que os las habréis de ver con gente más diestra y más numerosa.
ORESTES.- Pilades, para esta empresa no son ya menester palabras, sino entrar cuanto antes adentro, después de venerar las aras de los dioses lares que moran en el atrio.

(Entran en palacio los tres. Queda solamente ELECTRA con el CORO).

ELECTRA.- ¡Dominador Apolo!, óyelos propicio, y con ellos también a mi, que tantas veces me presenté a ti con cuantos dones podia mi devota mano ofrecer. También ahora, Licio Apolo, por cuanto yo tengo, te ruego, postrada te lo pido, te suplico presta tu benéfica protección a estos planes, y muestra a los hombres qué paga dan los dioses a la impiedad.

(Entra también ELECTRA en el palacio).

CORO.- Mirad cómo ya entra respirando sangre y venganza Ares, al que nadie puede resistir. Ahora, ahora están bajo el techo del palacio las Vengadoras de crímenes tenebrosos, las Furias, canes de quien nadie escapa. Ya no pueden tenerme largo tiempo en suspenso las visiones de mi alma.
Con cauteloso paso entra ya el adalid de los esplritus infernales en el palacio, morada un tiempo opulenta de su padre, y lleva en sus manos el hacha sangrienta recién acerada; y Hermes, el hijo de Maya, velando con tinieblas sus planes, les va guiando adelante hasta el término, y ya no espera más.

(Sale de nuevo ELECTRA).

ELECTRA.- ¡Ea!, queridas amigas, antes de un momento los hombres harán su hecho; pero atended en silencio ...
CORO.- ¿Cómo? Ahora, ¿qué es lo que hacen?
ELECTRA.- Ella está arreglando la urna para el sepulcro, y los dos se han apostado cerca.
CORO.- Y tú, ¿para qué sales fuera?
ELECTRA.- Para cuidar no entre Egisto sin que nos demos cuenta.
CLlTEMNESTRA.- (Dentro). ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh, casa desierta de amigos y llena de criminales!
ELECTRA.- Alguien grita allí dentro ¿Lo oís, amigas?
CORIFEO.- He oído, triste de mi, cosas inauditas, que me espeluznan.
CLITEMNESTRA.- (Dentro). ¡Ay de mi, desventurada! ¡Egisto!, ¿dónde estás?
ELECTRA.- Mirad, otra vez alborota alguien.
CLlTEMNESTRA.- (Dentro). Hijo mío, apiádate de la que te dio el ser.
ELECTRA.- No te apiadaste tú mucho, ni de este ni del padre que le engendró.
CORO.- ¡Oh ciudad, oh estirpe desventurada!, ahora, consuma tu ruina el hado de tu vida.
CLlTEMNESTRA.- (Dentro). ¡Ay, que me hieren!
ELECTRA.- Dale, si puedes otra vez.
CLITEMNESTRA.- (Dentro). ¡Ay! ¡Mil veces ay!
ELECTRA.- Ojalá tocara lo mismo a Egisto.
CORO.- Las maldiciones van obrando. Reviven los que yacían bajo tierra; los muertos tiempos atrás se vengan bebiendo la sangre a los asesinos de antaño.

(Salen de palacio ORESTES y PILADES con las armas ensangrentadas).

CORIFEO.- Ya están estos aquí. La mano enrojecida gotea el sacrificio de Ares, y no tengo qué reprochar.
ELECTRA.- Orestes, ¿cómo va eso?
ORESTES.- Lo de casa, muy bien, si es que está bien lo que mandó Apolo.
ELECTRA.- ¿Murió ya la malvada?
ORESTES.- No temas ya que la desvergüenza de la madre te vuelva a humillar.
CORIFEO.- Teneos, que está Egisto aquí, a la vista.
ORESTES.- ...
ELECTRA.- Muchachos, a retiraros.
ORESTES.- ¿Dónde veis al hombre?
ELECTRA.- Del arrabal viene hacia nosotras muy orondo.
CORO.- Meteos inmediatamente en el vestíbulo y ya que lo primero lo habéis acabado bien, poned ya cima a la obra.
ORESTES.- No hay miedo; nosotros lo haremos.
ELECTRA.- Métete de prisa allá adonde vas.
ORESTES.- Bueno, ya estoy.
ELECTRA.- Lo de aquí, por mi cuenta corre.

(Vanse ORESTES y PILADES).

CORO.- Puede que convenga decir pasito al hombre algo al oído, a fin de que se meta en la trampa que le ha armado la justicia.

(Llega, venido del campo, EGISTO).

EGISTO.- ¿Quién de vosotros sabe dónde están los extranjeros de la Fócida que, según se dice, anuncian haber muerto Orestes en un naufragio caballar?
A ti, a ti te lo pregunto, sí; a ti, que has andado hasta ahora tan insolente. Tú eres, a no dudarlo, la más interesada, y podrás mejor que nadie contar lo que sabes.
ELECTRA.- Lo sé ¿cómo no?; ¿había de estar ajena a la suerte de mis seres más queridos?
EGISTO.- ¿Dónde están esos forasteros? Dímelo.
ELECTRA.- Dentro. Les ha placido el hospedaje recibido.
EGISTO.- Y nos le anuncian como muerto, ¿verdad?
ELECTRA.- ¡Anunciarlo ... palabras!, nos muestran el cadáver.
EGISTO.- ¿De modo que está en casa y se le puede ver?
ELECTRA.- En casa sí, y se puede ver ... un espectáculo ...
EGISTO.- A fe que, contra toda tu costumbre, me das nuevas de alegría.
ELECTRA.- Pues alégrate, si en cosas como estas hallas tú alegría.
EGISTO.- Silencio he dicho, y que se abran las puertas y lo vean todos los de Micenas y Argos, a fin de que si alguien anduvo insolente, puestas en este hombre sus vanas esperanzas, ahora, viéndose cadáver, tasque el freno que le pongo, y no aguarde para asesar a que yo ponga sobre él mi mano.
ELECTRA.- Por lo que a mi toca, ya está todo hecho; el tiempo me ha enseñado a entendenne con los más fuertes que yo.

(Salen ORESTES y PILADES. Traen un cadáver, cubierto, en unas parihuelas).

EGISTO.- ¡Oh Zeus! He aquí un espectáculo en que ha andado la mano envidiosa de los dioses; aunque si se trata de un castigo ... no he dicho nada. Quítad todo velo a ese rostro: quiero que también a mi me arranque lágrimas un deudo.
ORESTES.- Quítaselo tú mismo, que no me toca a mi, sino a ti, el contemplar y decir ternezas a este cadáver.
EGISTO.- Buena razón es esa; voy a seguida. Y tú (A Electra), si está Clitemnestra por casa, llámala.
ORESTES.- Está muy cerca de ti, no andes mirando a otra parte.

(Descubre ORESTES el cadáver; es el de CLITEMNESTRA).

EGISTO.- ¡Horror! ¿Qué veo?
ORESTES.- Qué, ¿te turbas? ¿No lo reconoces?
EGISTO.- ¿Qué gente? ¿En qué lazos estoy envuelto? ¡Infeliz de mi!
ORESTES.- ¿No te haces cargo que estás hablando hace rato como a muerta a gente que está muy viva?
EGISTO.- ¡Oh! ¡Descifrado el enigma! No puede ser otro que Orestes el que asi me está hablando.
ORESTES.- Pues para ser adivino, mucho tiempo has tardado en adivinarlo.
EGlSTO.- ¡Estoy perdido, desventurado! Pero déjame siquiera hablar una palabra.
ELECTRA.- No le dejes hablar más, por los dioses, hermano, ni que alargue la conversación. (Pues al enzarzado en crimenes que va ya a morir, ¿qué le aprovecha momento más o momento menos?) No, mátale cuanto antes, y echa su cadáver a los (perros y aves) enterradores que él se merece, bien lejos de nosotros; solo así pueden repararse males tan antiguos como los míos.
ORESTES.- Entra, y aprisa; no son palabras, sino la vida la que aquí se juega.
EGISTO.- ¿Por qué te metes en casa? Si lo que haces es justo, ¿por qué buscas la sombra, y no te aprestas a matarme?
ORESTES.- No mandes nada. Vas a ir a donde mataste a mi padre, y vas a morir alli mismo.
EGISTO.- ¡Está condenada esta casa a ser teatro de todas ms desventuras, pasadas y por venir, de la familia de Pélope!
ORESTES.- Al menos, de las tuyas, sí. Yo te garantizo la certeza de esta profecía.
EGISTO.- No es herencia de tu padre esa habilidad de que te glorías.
ORESTES.- Muy respondón andas, y la cosa se va difiriendo. ¡Ea, camina!
EGISTO.- ¡Guíame tú!
ORESTES.- ¡Tú has de ir delante!
EGISTO.- ¿Temes que me escape?
ORESTES.- Que no has de morir como tú quieras, y de hacerte amargo el trance yo me encargo. Para todo el mundo debiera aplicarse inmediatamente esta justicia. A todo el que ose quebrantar las leyes, la muerte. No serian tantos los criminales.

(Vanse EGISTO, ORESTES, PILADES y ELECTRA).

CORO.- ¡Oh estirpe de Atreo! ¡Cuántos trabajos por tu libertad! ¡Por fin, merced al golpe de hoy, la has recobrado perfecta