"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Ntros.Ant.)

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miércoles, 12 de febrero de 2014

EPICURO -EPISTOLA A HERODOTO-

EPICURO

EPÍSTOLA A HERÓDOTO

Por Sebastián Caro y Trinidad Silva

La Epístola a Heródoto, escrita por Epicuro (s. IV a. C.) y rescatada por Diógenes Laercio (s. III d. C.)

EPÍSTOLA PRIMERA A HERÓDOTO
Epicuro saluda a Heródoto.
A quienes no puedan, Heródoto, precisar1 cada una de las cuestiones descritas por nosotros acerca de la naturaleza ni examinar con atención los libros mayores de los que [hemos] compilado les preparé un epítome de [mi] obra toda para que retengan de modo suficiente el recuerdo de las opiniones más generales, a fin de que puedan ayudarse a cada preciso momento en las cuestiones más decisivas en la medida que se apliquen a la especulación acerca de la naturaleza.
Además, a quienes han progresado de modo suficiente en la revisión de las cuestiones todas les es preciso recordar un esbozo elemental de [mi] obra toda, pues precisamos más a menudo de una aprehensión de conjunto, mas no igualmente [de una] detallada. Así pues, hay que dirigirse continuamente hacia tales cuestiones producir en el recuerdo aquello a partir de lo cual tal aprehensión tendrá más autoridad sobre los hechos, además de [poder] alcanzar todo conocimiento exacto en detalle una vez bien comprendidos y recordados los esbozos más generales. Puesto que para el perfectamente iniciado [en este estudio] el poder servirse rápidamente de aprehensiones, una vez reducidas cada una de las cuestiones a simples principios elementales y fórmulas, constituye lo más decisivo de todo conocimiento exacto, pues la concentración de un repaso continuo de las materias todas no puede generar conocimiento si no puede abarcar en sí misma, mediante breves fórmulas, todo lo que [anteriormente] se hubiera precisado en  detalle. Es por esto que, al ser ciertamente útil un método tal a todos los familiarizados con el estudio de la naturaleza, [yo], que recomiendo el ejercicio continuo en este estudio y que disfruto en grado sumo de una vida tal, produje para ti este epítome y exposición elemental de las opiniones todas.
Primero, por cierto, es preciso, Heródoto, haber ya captado lo que subyace a las palabras para que refiriéndonos a ello podamos juzgar las cuestiones que son objeto de opinión, las relativas a la investigación o a cuanto se mantiene en duda, a fin de que todas las cuestiones no , para nosotros que demostramos, indeterminadas al infinito ni tengamos palabras vacías, pues es de necesidad observar la primera noción de cada palabra y no precisar de ninguna demostración adicional si efectivamente vamos a tener algo a lo que referir las cuestiones relativas a la investigación, lo que se mantiene en duda o las cuestiones que son objeto de opinión. Y es preciso además preservar totalmente tanto las sensaciones como simplemente las presentes proyecciones aprehensivas, ya de la reflexión, ya de cualquiera otro de los criterios, e igualmente las pasiones que [actualmente] se hallan presentes [en nosotros], a fin de que tengamos [algo] mediante lo cual inferir por indicios tanto lo que espera [confirmación] como lo no evidente.
Y habiendo distinguido estas cosas, reparar ahora en lo no evidente. Primero, que nada deviene a partir de lo no ente, pues todo devendría de todo, sin precisar además [en] nada de semillas.
Y si lo que desaparece se corrompiese hacia lo no ente, todas las cosas [reales] se habrían ya destruido, al no existir algo en lo cual disolverse. Y en verdad, además, el universo fue siempre tal como es ahora y siempre será tal, pues no existe nada hacia lo cual [pueda] cambiar. Pues no existe nada además del universo que, habiendo ingresado a éste, pudiera producir cambio.
Y es que además el universo es . Que los cuerpos, por una parte, existen, lo testimonia la sensación misma en todas las cosas, mediante la cual es necesario comprobar  a través del raciocinio lo no evidente, tal como dije anteriormente. si no existiese, por otra parte, lo que denominamos vacío, espacio y naturaleza intangible, no tendrían los cuerpos dónde estar ni a través de qué moverse, tal como evidentemente se mueven. Y nada puede inteligirse [como existente] al margen de estas cosas, ni de un modo comprensible ni de un modo análogo a lo comprensible, [siempre que] se las comprenda como naturalezas integrales y no como [existencias] que se dicen accidentes o propiedades de ellas.
Y en verdad, además, de entre los cuerpos, unos son compuestos y otros aquellos a partir de los cuales se han producido los compuestos. Y éstos son indivisibles e inmutables, si es que en verdad no se van a corromper todas las cosas hacia lo no ente, sino que, fuertes [como] son [tales cuerpos indivisibles], [van a] permanecer [incorruptos] tras las disoluciones de los compuestos, al ser llenos en su naturaleza y no tener por dónde o cómo disolverse. De modo que a los principios indivisibles les es necesario ser naturalezas de los cuerpos.
Y es que además el universo es infinito, pues lo finito tiene extremo, y a un extremo se lo observa desde algún otro [extremo]. De modo que, no teniendo extremo, no tiene límite, y no teniendo límite será infinito y no finito.
Y en verdad, además, el universo es infinito tanto por la multitud de los cuerpos  como por la magnitud del vacío. Pues si el vacío fuese infinito pero los cuerpos finitos, los cuerpos no permanecerían en parte alguna, sino que serían arrastrados [y] diseminados a través del infinito vacío, al no tener algo que los sustente y rechace mediante choques. Y si el vacío fuese finito, los infinitos cuerpos no tendrían en dónde estar.
Y además de esto, de entre los cuerpos, los indivisibles y plenos, a partir de los cuales se generan los compuestos y en los cuales se disuelven, son incomprensibles en cuanto a las diferencias de sus figuras, pues no es posible que se generen tantas diferencias [en los compuestos] a partir de las mismas [cuantitativamente reducidas] figuras ya comprendidas [en los átomos constituyentes]. Y en virtud de cada configuración, los [átomos] similares son simplemente infinitos [en número], mas por sus diferencias no son simplemente infinitos sino sólo [cuantitativamente] incomprensibles, siempre que alguien no pretenda simplemente proyectarlos al infinito también por sus magnitudes.
Y los átomosse mueven continuamente durante la eternidad,pero mientras unos se distancian largamente de otros, otros conservan su vibración, siempre que resultan fortuitamente encerrados por el enlace [atómico] o cubiertos por los [átomos] enlazados.
Pues mientras la naturaleza del vacío, la cual delimita a cada uno [de los átomos], suministra esto sin ser capaz de producir un sustento, la solidez presente en ellos produce un rebote en virtud de su mutua colisión, en razón de cuánto [sea] el restablecimiento que el enlace [atómico] otorgue a partir de la colisión mutua. Mas no existe principio de estas cosas, al ser perpetuos los átomos y el vacío.
Tal fórmula fundamenta, una vez recordadas todas estas cosas, un esbozo suficiente en intelecciones de la naturaleza de los entes.
Y es que además los mundos son infinitos [en número], [de los cuales] algunos son tanto similares a éste46 como disímiles. Y siendo infinitos los átomos, como recién se ha demostrado, son llevados [por tal razón] incluso muy lejanamente. Pues tales átomos, a partir de los cuales podría generarse un mundo o por los cuales se podría haber en cuantos [son] tales como estos ni en cuantos [son] diferentes. De modo que no existe nada que impida la infinitud de los mundos.
Y en verdad, además, existen esbozos de figuras similares a los sólidos, que se apartan por mucho de los fenómenos en cuanto a su sutileza. Pues no es imposible que se generen tales constituciones [atómicas] en el entorno49 ni [que se generen] adaptaciones en las elaboraciones de las cavidades y sutilezas [de los sólidos] ni efluvios que preserven sucesivamente la posición y la secuencia que precisamente tenían en los sólidos. Y a tales esbozos llamamos simulacros. Y en verdad, además, el desplazamiento [de los simulacros] a través del vacío que ocurre sin oposición alguna de algo que pudiera oponerle resistencia recorre toda extensión comprensible en un tiempo inconcebible[mente corto], pues la resistencia y la no resistencia se asemejan a la lentitud y la rapidez. Ni tampoco un mismo cuerpo que se desplace según los tiempos observados por la razón llega simultáneamente a muchos lugares (pues es inconcebible), [si bien el que] llegue completamente en un tiempo sensible desde cualquier dirección del infinito no habrá partido desde el lugar [de origen] que comprendamos el desplazamiento, pues [este hecho] será similar al [efecto de] la resistencia, aun cuando dejemos que la rapidez del desplazamiento permanezca [en su trayecto] hasta un punto cualquiera56 sin que algo le oponga resistencia. Útil [es] sin duda retener también este principio elemental. Y que los simulacros se han servido de sutilezas insuperables, ninguno de los fenómenos lo contradice. Y tienen también una rapidez insuperable por [el hecho de] tener todos un paso que se ajusta [a su tamaño] para que ninguno de ellos [otros] infinitos [simulacros], si bien alguno [puede] oponer resistencia al punto frente a los muchos infinitos [átomos]. Además de esto, [ninguno de los fenómenos contradice] que la generación de los simulacros ocurre esencialmente junto con el pensamiento. Pues la fluxión continua desde la superficie de los cuerpos, que no se hace manifiesta por mengua alguna gracias al rellenado [de los simulacros], conserva por mucho tiempo la posición y el orden que en el sólido [tenían] los átomos, si bien algunas veces [la fluxión] puede resultar confusa; también [se forman] rápidas constituciones [atómicas] en el entorno a causa de que no es preciso que su llenado ocurra en profundidad. Y existen además otros modos generadores de tales naturalezas, pues cualquiera observaría que ninguna de estas cosas, [como] de qué modo las percepciones claras y distintas y las simpatías puedan hacer referencia desde cosas externas a nosotros, es contradicha por las sensaciones.
Y es preciso además considerar que, al irrumpir [en nosotros] cosas externas, vemos y y reflexionamos sus formas, pues las cosas externas no podrían impresionar su [propia] naturaleza tanto del color como de la forma a través del aire [que se encuentra] entre nosotros y aquellas, ni a través de rayos o de flujos cualesquiera que puedan presentarse desde nosotros [en dirección] hacia aquellas, como [efectivamente impresionan] cuando irrumpen en nosotros ciertos esbozos de similares color y forma desde las cosas [reales] en una magnitud que se ajusta a la visión o la reflexión, [esbozos] que se sirven velozmente de sus desplazamientos, y que por tal causa entregan en definitiva la imagen de [algo] uno y continuo, y que conservan una simpatía con el objeto en razón del ajustado impulso recíproco [de los esbozos que provienen] desde allí [y que se origina] a partir de la vibración [del cuerpo] según la profundidad de los átomos en el sólido. Y [ya sea] que aprehendamos tal imagen de la forma [del sólido] o de sus propiedades en forma de proyección aprehensiva mediante la reflexión o los órganos de los sentidos, la forma que se genera por una sucesiva concentración de simulacros o [por] un vestigio residual [de estos] es aquella del sólido. Mas la falsedad y el error están siempre en lo que se adiciona a la opinión. Pues las imágenes mentales que se aprehenden como en una representación y que se generan por sueños o por algunas otras proyecciones aprehensivas ya de la reflexión ya de los restantes criterios, no se asemejarían nunca a cosas llamadas existentes y verdaderas si no existieran efectivamente tales [realidades] hacia las que nos proyectamos. Pero no ocurriría el error si no aprehendiéramos adicionalmente algún movimiento [intelectual] en nosotros mismos, asociado ciertamente , [movimiento] que sin embargo tiene una distinción [respecto de ella]. Mas si a partir de este [movimiento] [la proyección aprehensiva de la imaginación] no es confirmada o es contradicha se genera la falsedad; pero  si es confirmada o no contradicha, la verdad. También es preciso, en efecto, retener firmemente esta opinión, a fin de no eliminar los criterios [que están] de acuerdo con las percepciones claras y distintas ni que un error validado como [una verdad] perturbe todo.
Y es que además el oír se genera [a partir] de un flujo que viene desde lo que emite voz, resuena, produce ruido o lo que de cualquier modo suministra una pasión auditiva. Y este flujo se disemina en partículas de partes similares, que conservan al mismo tiempo una simpatía entre sí, además de una unidad particular, [simpatía] que se los casos], la percepción [auditiva]. Pero si no [la produce], suministra la sola evidencia [de algo] exterior [a nosotros], pues sin una simpatía venida desde allí no podría generarse tal percepción. En efecto, es preciso considerar que el aire mismo no es modelado por la voz pronunciada o incluso por algo de similar género (pues [el aire] está muy lejos de padecer esto bajo [la acción de] ésta), sino que [es preciso considerar] que el impacto que se genera en nosotros cuando liberamos la voz produce al punto la expresión de ciertas partículas que consuman un flujo similar a un soplo, [expresión] que nos suministra la pasión auditiva.
Y en verdad, además, hay que considerar que la olfacción, tal como la audición, no obraría nunca pasión alguna si no existieran ciertas partículas venidas desde una cosa [real] y convenientes para poner en movimiento este órgano del sentido, haciéndolo algunas de un modo perturbador y ajeno, y otras de un modo no perturbador y familiar.
Y en verdad, además, hay que considerar que los átomos no exhiben ninguna [de las] cualidad[es] de los fenómenos, excepto la figura, el peso, la magnitud y [todo] cuanto por necesidad es connatural a la figura. Pues toda cualidad cambia pero los átomos en nada cambian, puesto que en verdad es preciso que algo sólido e indisoluble permanezca tras las disoluciones de los compuestos, lo cual no producirá cambios hacia lo no ente ni a partir de ello, sino [sólo cambios] por cambios de posición en la mayoría [de los cuerpos] ya sea por adiciones como por sustracciones de algunos [átomos]. De donde [es] necesario que las cosas que no cambian de posición sean incorruptibles y no tengan la naturaleza de lo que cambia, pero [sí es necesario que tengan] partículas y configuraciones  propias: tales cosas, pues, [es] necesario que permanezcan. Pues se observa que la figura continúa presente incluso en las cosas que, en lo que a nosotros concierne, han cambiado de figura por la remoción [de átomos], si bien las [restantes] cualidades no continúan presentes en esto que ha cambiado como [efectivamente] permanece la [figura], sino que son destruidas [con la destrucción] del cuerpo todo. Suficientes [son], en efecto, estas cosas que permanecen tras [los cambios] para producir las diferencias de los compuestos, ya que en verdad [es] necesario que algunas permanezcan y se corrompan hacia lo no ente.
Y es que tampoco es preciso considerar que toda magnitud se halla presente en los átomos a fin de que los fenómenos no contradigan [tal consideración], si bien hay que considerar que existen ciertas variaciones de las magnitudes. Pues al haberse agregado este [último antecedente] se dará mejor [cuenta] de lo que ocurre en virtud de las pasiones y las sensaciones. Mas tampoco es útil, en relación a las diferencias de las propiedades [de los cuerpos], [considerar] que toda magnitud se halla presente [en los átomos], pues, en tal caso, sería preciso que los átomos hubieran llegado [a ser] visibles para nosotros, lo cual no se observa haya ocurrido, ni [es posible] inteligir de qué modo un átomo pudiera devenir visible. Y además de esto, no es preciso considerar que en un cuerpo limitado existen infinitas partículas ni de cualquier tamaño. De modo que no sólo hay que eliminar la división de menos en menos al infinito para que no hagamos débiles todas las cosas ni [ocurra que] en las composiciones de congregados forcemos a los entes, al comprimirlos, a consumirse hacia lo no ente, sino que sólo no hay que considerar que la progresión en los [cuerpos] limitados ocurra al infinito ni de menos  en menos. Pues si alguien dijera alguna vez que en algún [cuerpo] resultan [haber] partículas infinitas o de cualquier tamaño, no [habría] modo de pensar [que eso fuera posible], pues ¿cómo podría ser finita tal magnitud [corpórea]? Pues [es] evidente que las infinitas partículas son de un cierto tamaño, pero [fueran] del tamaño que fueran, su magnitud será también infinita. Pero teniendo lo finito un extremo distinguible, incluso si no se lo puede observar en sí mismo, no es [posible] no pensar en otro [extremo] que suceda a aquel ni que incluso avanzando desde éste que sucede [al primero] hasta el siguiente [sea posible] que [la división] resulte al  infinito ni que se pueda llegar a tal [punto] a través del pensamiento.
Y es preciso entender que lo mínimo en la sensación no es [similar] a aquello que tiene progresiones [de un punto a otro] ni total y absolutamente disimilar, sino que [efectivamente] tiene un cierto carácter común con lo que [permite] progresiones pero sin tener distinción de partes. Sin embargo, cuando en razón de la semejanza de tal carácter común creyésemos distinguir algo de tal [mínimo], una [parte] aquí, otra [parte] allá, es preciso que nos encontremos con lo mismo. Y observamos estos [mínimos] en forma sucesiva comenzando desde el primero, pero no en el mismo [mínimo] y sin que sus partes entren en contacto con [otras] partes, si bien [observamos] que [tales mínimos] miden las magnitudes en [virtud de] su propio carácter particular: más [de ellos si la magnitud que miden es] mayor, menos [si es] menor. Hay que considerar además que lo mínimo en el átomo se ha servido de una cierta analogía [con lo sensible], pues [si bien es] evidente que aquello96 difiere por [su] pequeñez de lo observado mediante la sensación, [igualmente] se ha servido de la misma analogía.
Puesto que también [el hecho de] que el átomo tenga magnitud [lo] hemos declarado a partir de esta analogía, sólo que proyectando más lejos la pequeñez. Y aún es preciso considerar que los mínimos y sin partes [son] límites de las extensiones [y] que suministran, a partir de ellos mismos [como unidades] primeras, la medida tanto para las [extensiones] mayores como las menores mediante la observación a través de la razón de las cosas invisibles. Pues el carácter común presente entre los [mínimos] y las cosas inmutables [es] suficiente [para] completar lo [que se ha afirmado] hasta este punto, si bien no es posible que llegue a haber una reunión a partir de estas cosas [aunque] tuvieran movimiento.
Y en verdad, además, es preciso no declarar al arriba y al abajo del infinito como [un punto] más arriba o más abajo [de éste].
Ciertamente, hacia lo [que va] sobre [nuestra] cabeza, desde donde sea que nos encontremos, nunca nos [podrá] aparecer […] siendo […] [algo] que lleve al infinito, o que lo [que va] bajo el percipiente al infinito [pueda] estar simultáneamente arriba y abajo respecto de lo mismo […], pues es imposible reflexionar esto. De modo que es posible observar un desplazamiento pensado hacia arriba al infinito y otro hacia abajo, incluso si lo que es llevado desde nosotros hacia los lugares sobre nuestra cabeza llega incontables veces hacia los pies de los [que están] sobre [nosotros] o [si] lo que es llevado desde nosotros hacia abajo [llega] sobre la cabeza de los [que están] abajo.
Pues [cada] desplazamiento integral se piensa [como uno] no menos contrapuesto a otro al infinito se desplacen a través del vacío sin que nada les oponga resistencia, sean de igual rapidez. Pues ni los pesados se desplazarán más rápidamente, siempre que ciertamente nada se les oponga, que los pequeños y leves, ni los pequeños [más rápidamente] que los grandes, al tener todos un paso ajustado [a su tamaño], y siempre que nada les oponga resistencia. Ni [tampoco será más rápido] el desplazamiento hacia arriba ni el oblicuo por causa de las colisiones, ni el hacia abajo por causa de sus propios pesos, pues según cuánto retenga [cada átomo] a cada uno [de los movimientos], tanto será el desplazamiento [que ocurre] simultáneamente con el pensamiento [al menos] hasta que muestre resistencia, ya sea [por algo venido] desde fuera, ya por su propio peso, por  la potencia de lo que lo haya impactado. Y es que además en relación a los compuestos, uno se dirá más rápido que otro, aun siendo los átomos de igual rapidez, porque en los organismos [atómicos] los átomos se desplazan hacia un solo lugar en un mínimo tiempo continuo, si bien no a un solo lugar según los tiempos observados por la razón, aun cuando a menudo [los compuestos] se ven resistidos hasta generar en la sensación un desplazamiento continuo.
Pues lo que se adiciona a la opinión acerca de lo invisible, como que los tiempos observables a través de la razón [puedan llegar a] exhibir un desplazamiento continuo, no es verdadero sobre tales cosas, puesto que ciertamente todo lo que se observa o aprehende por una proyección aprehensiva a través de la reflexión es verdadero.
Y después de estas cosas, es preciso reparar, refiriéndose a las sensaciones y pasiones –pues así la convicción será más certera– en que el alma es un cuerpo sutilmente particulado, diseminado por todo el organismo y muy semejante a un soplo que tiene una mezcla de calor, en parte semejante a este [calor], en parte semejante a aquel [soplo], si bien hay una parte que ha alcanzado gran variación [respecto] de tales [primeras partes] en razón de su sutil particulación y [que es] más simpática con el restante organismo. Y todo esto lo evidencian las facultades del alma, sus pasiones, movilidades, reflexiones y [cuantas cosas] privados de las cuales fenecemos. Y en verdad, además, es preciso retener [en la memoria] que el alma tiene la mayor causa de  la sensación, aunque no la habría conseguido si no estuviera de algún modo cubierta por el restante organismo. Mas tal restante organismo, que le ha suministrado [al alma] la causa [de la sensación], ha tomado parte incluso él mismo de tal accidente a partir de ella, si bien no de todos los que aquella posee: por lo cual, removida el alma, [el organismo ya] no tiene sensación, pues este no poseía esta facultad en sí mismo, sino que se la suministró otro que se generó simultáneamente con él [y] que a través de una facultad que [aquel tenía] en sí mismo [y] que hubo alcanzado su perfección en virtud del movimiento, le entregó [la sensación] al consumar de inmediato para sí un accidente sensitivo, en razón de su colindancia y simpatía, tal como dije. Por lo cual, ciertamente, estando presente el alma [en el cuerpo] nunca falta la sensación, aun cuando se haya removido alguna parte [de él]. Mas si [partes] de ella son totalmente destruidas al disolverse la cubierta, ya toda esta, ya alguna parte, pero permanece [sin ser destruida] por completo [aún] conservará la sensación. Pero el restante organismo que [no obstante] permanece [sin ser destruido], ya sea todo él, ya sea en parte, no tendrá sensación [una vez] se ha removido aquella [parte] que, [sea cual sea] su multitud de átomos [componentes], contribuye a [constituir] la naturaleza del alma.
Y en verdad, además, disuelto el organismo todo, el alma se disemina y ya no tiene tales  facultades ni se mueve, de modo que [ya] no posee sensación. Pues no es posible pensar que este [organismo] sienta si no [se encuentra] en tal constitución ni se sirve de esos movimientos, cuando las cubiertas y entornos, estando en los cuales [el alma] tiene ya tales movimientos, no son tales. Y es que también es preciso en verdad entender  adicionalmente esto, que llamamos incorpóreo, en virtud del mayor acuerdo [que existe en cuanto a tal] nombre, a aquello que [puede] pensarse en sí mismo, aun cuando no es posible pensar algo incorpóreo en sí mismo excepto el vacío: pero el vacío no puede hacer ni padecer [nada], sino sólo proporcionar el movimiento a los cuerpos a través de sí. De modo que devanean los que dicen que el alma es incorpórea, pues nada podría hacer ni padecer si fuera tal [como dicen]: pero ya hemos distinguido clara y distintamente que ambos accidentes [se dan] en el alma. En efecto, [si] alguien refiriera, una vez recordado lo dicho al comienzo, todos estos argumentos acerca del alma a las pasiones y sensaciones, vislumbrará que [tales asuntos han sido] abarcados por los esbozos de modo suficiente [como] para [poder] precisar en detalle a partir de ellos [y] con seguridad.
Y es que además no hay que tener la opinión de que las figuras, los colores, las magnitudes, los pesos y cuantas cosas se atribuyen del cuerpo como sus propiedades, ya de todos, ya de los visibles y conocibles ellos mismos por la sensación, son naturalezas por sí mismas –pues no es posible inteligir esto– ni [tampoco] que no existen en absoluto, ni [hay que tener la opinión de que son] como cosas incorpóreas que ocurren adicionalmente al [cuerpo] ni como partes de él, sino que [hay que suponer que] el cuerpo todo completo tiene su naturaleza sempiterna a partir de todas estas cosas, pero no que [tal cuerpo] es algo que se ha reunido [a partir de ellas], –como cuando a partir de las partículas se compone un organismo mayor, ya sea de [componentes] primeros, ya sea de magnitudes menores que el todo– sino sólo, como digo, que tiene su naturaleza sempiterna a partir de todas esas cosas. Además, todas estas cosas existen teniendo proyecciones aprehensivas y distinciones particulares, acompañándolas [siempre] el congregado y sin abstenerse nunca [de él], si bien han adquirido la atribución de cuerpo en razón del pensamiento congregado [que de él tenemos].
Y en verdad, además, [otras cualidades] muchas veces acompañan accidentalmente a los cuerpos pero no les son sempiternamente concomitantes ni [se cuentan] entre los [entes] invisibles ni [son] incorpóreas. De modo que, sirviéndonos ya del nombre en mayor uso, hacemos evidente que los accidentes ni tienen la naturaleza del todo que una vez reunido [mentalmente] como un congregado llamamos cuerpo ni la de cuantas cosas les son sempiternamente concomitantes, sin las cuales no [es] posible pensar al cuerpo. Mas de acuerdo a ciertas proyecciones aprehensivas cada [cualidad],  si el congregado es concomitante, podría ser llamada [propiedad] siempre y cuando se observe que tales [cualidades lo] acompañan esencialmente, al no ser sempiternamente concomitantes los accidentes. Mas no hay que separar de lo ente esta percepción clara y distinta [acerca de los accidentes] porque [estos] no tengan la naturaleza del todo al cual acompañan y que llamamos cuerpo ni la de cuántas cosas son sempiternamente concomitantes, ni tampoco hay que considerarlas [como existentes] en sí mismas –pues no se puede reflexionar esto ni acerca de estos [accidentes] ni acerca de las propiedades sempiternas– sino que hay que considerarlos a todos, tal como aparecen, accidentes que no son sempiternamente concomitantes ni que tienen tampoco el rango de naturaleza en sí mismos, sino que [hay que] observarlos del modo por el cual la sensación misma produce su carácter particular.
Y en verdad, además, es preciso entender adicionalmente [y] con firmeza que no hay que investigar al tiempo tal como a las restantes cosas que investigamos, refiriéndonos a preconcepciones observadas en nosotros mismos, en algo subyacente, sino que hay que analogar aquella percepción clara y distinta según la cual declaramos mucho o poco tiempo, vinculándola de modo congénere [con la duración]. Ni tampoco hay que tomar parte de modos de expresión como [si fueran] mejores, sino que hay que servirse de los ya existentes acerca de él, ni [tampoco hay que] atribuirle alguna otra cosa como [si esta] tuviera la misma entidad [que el tiempo] en virtud del carácter particular [que pudieran tener en común] –pues esto hacen algunos–, sino que más bien hay que sólo hacer un razonamiento de aquel [carácter particular común] con el cual combinamos [la noción de tiempo] y con el que [lo] medimos. Pues lo [siguiente] tampoco precisa adicionalmente de una demostración sino de un razonamiento: el que combinemos [la noción de tiempo] con los días y las noches y sus partes, así como también con las pasiones y las ausencias de pasión, y con los movimientos y detenciones, [ocurre] porque tenemos la noción de un accidente particular [común] entre tales cosas [y el tiempo], [accidente] en virtud del cual lo llamamos [precisamente] tiempo.
Y luego de lo ya dicho, es preciso considerar que tanto los mundos como todo compuesto finito que tiene un aspecto similar a las cosas que a menudo se observan se han generado a partir del infinito luego de haberse separado todos ellos, mayores y menores, de reuniones [atómicas] particulares. Y que, inversamente, todos se disuelven, unos más rápido, otros más lento, padeciendo unos bajo [la acción] de unas cosas, otros bajo [la acción] de  otras. Y todavía es preciso juzgar que los mundos no tienen por necesidad una [sola] configuración.  pues nadie podría demostrar que en un [mundo] tal no [sea posible] abarcar tales semillas a partir de las cuales se forman los animales, las plantas y todas las restantes cosas que se observan, y que en otro [mundo tales semillas ni siquiera] puedan [existir].
Y es que hay que suponer que la naturaleza fue instruida y forzada en muchos y diversos modos por los hechos, y que luego el raciocinio desarrolló en detalle cuanto le fue transmitido por ella y que descubrió adicionalmente [nuevas cosas], en algunos [lugares] más rápido, en otros más lento, y en ciertos períodos y tiempos con mayores avances y en otros con menores. De lo cual [resulta que] al comienzo los nombres no se generaron por convención, sino que las naturalezas de los hombres, padeciendo pasiones particulares y aprehendiendo imágenes particulares según cada [uno de los] pueblos, emitieron de forma particular el aire dispuesto por cada una de las pasiones e imágenes, a fin de que llegara a existir la diferencia [de lenguas] según los lugares [de asiento] de los pueblos. Y luego las particularidades [de cada lengua] fueron establecidas en común según cada pueblo a fin de que las indicaciones resultaran menos ambiguas para [los hablantes] entre sí y se indicaran de modo más conciso. Pero al introducir ciertos hechos en los cuales [previamente] no se había reparado, quienes repararon en ellos transmitieron palabras que se vieron forzados a exclamar, mientras otros que [las] eligieron mediante el raciocinio las expresaron del modo [en que lo hicieron] en atención a una causa mayor.
Y en verdad no es preciso considerar que, en los [fenómenos] celestes, el desplazamiento, la revolución, el eclipse, el orto, el ocaso y las cosas correspondientes a éstas se generaron bajo el mandato de alguien que [lo] ordene o [lo] haya ordenado y que tenga al mismo tiempo toda la dicha junto con la  incorruptibilidad –pues las problemáticas, las preocupaciones, las irritaciones y las alegrías no están en consonancia con la dicha, sino que [al contrario] tales cosas se generan en la debilidad, el miedo y la necesidad adicional de prójimos– ni tampoco [es preciso considerar que tales objetos celestes], que no [son sino] fuego concentrado, puedan al mismo tiempo poseer la dicha [y] controlar tales movimientos a voluntad, sino que [es preciso] preservar toda majestad en cada uno de los nombres que se refirieren a los pensamientos [acerca de los dioses], si no se quiere suponer nada contrario a tal majestad a partir de tales [nombres].
Mas de no [ser así], tal contrariedad [en los supuestos] provocará la mayor turbación en las almas. De lo cual, efectivamente, [resulta que] es preciso suponer que la necesidad y el ciclo regular [de los cuerpos celestes] se han llevado a cabo desde el comienzo [del universo] en virtud de las intercepciones de tales concentraciones [ígneas concentradas ya] en el origen del mundo.
Y en verdad, además, es preciso considerar que es tarea de la fisiología precisar la causa de las cosas más decisivas, y que la dicha en el conocimiento acerca de los [fenómenos] celestes yace en [esto que] aquí [se ha afirmado sobre tales cosas], en [el hecho de conocer] qué [clase de] naturalezas se observan en tales [fenómenos] celestes y [en] cuántas cosas contribuyen a la exactitud [del conocimiento] relativo
a la [dicha]. Pero tampoco existe una multiplicidad [de causas] en tales cosas ni [es] posible que se den de alguna otra manera, sino simplemente que en la naturaleza incorruptible y dichosa no existe ninguna de las cosas que sugieren escisión o turbación. Y [es posible] comprender cabalmente mediante la reflexión que esto es simplemente [así como] es. Mas lo que yace bajo el examen del ocaso, del orto, de la revolución, del eclipse y [de] cuanto [es] congénere con tales cosas no contribuye [en nada] a la dicha [que pudiera generar] su conocimiento, sino, por el contrario, quienes han advertido tales cosas pero desconocen cuáles [son] sus naturalezas y causas más decisivas, pueden tener tantos miedos como si nunca [antes] las hubieran visto, e incluso [pueden tener] más [miedos] cuando el estupor [causado por] el entendimiento adicional de tales cosas no permite dar una solución [a tales miedos] gracias al manejo de los asuntos más decisivos. Por lo cual, incluso si encontramos muchas causas de las revoluciones, de los ocasos, de los ortos, de los eclipses y de cuantas cosas son de tal modo, así como también en las cosas que ocurren en detalle, no es preciso considerar que el tratamiento acerca de tales cosas no ha recibido la exactitud que contribuye a nuestra imperturbabilidad y dicha. De modo que tomando en cuenta, en lo que a nosotros concierne, de cuántas maneras [puede] generarse lo mismo, hay que investigar las causas tanto de los [fenómenos] celestes como de todo lo no evidente, despreciando a quienes no reconocen, al pasar por alto [el hecho de que] la imagen [de tales cosas proviene] de distancias, lo que se da o genera de una sola manera ni lo que esencialmente ocurre de muchas maneras, y que incluso desconocen en qué [casos] no es [posible] permanecer imperturbable . En efecto, si creemos que es posible que algo se genere de un cierto modo y en qué [casos es posible] permanecer al mismo tiempo imperturbable, reconociendo [sin embargo] que aquello se genera de múltiples modos, permaneceremos impertubables, como si supiéramos que se genera de un cierto modo. Y además de todas estas cosas, es preciso entender en forma integral que la turbación más decisiva para las almas humanas se genera en [el hecho de] tener la opinión de que tales [fenómenos celestes] dichosos e incorruptibles y que tienen al mismo tiempo voliciones, acciones y causas contrarias a ellos, en [el hecho de] que se espere o sospeche, de acuerdo a los mitos, un eterno terror [en la muerte] [por parte de quienes] temen que la insensibilidad que [acaece] al fenecer [efectivamente] exista para ellos, y en [el hecho de] padecer tales cosas no por opiniones sino por una exaltación irracional. De lo cual [resulta que], si no limitamos tal terror, obtenemos una turbación igual o  [más] intensa que quien [sólo] ha obtenido por opinión estas cosas. Pero la imperturbabilidad [es] liberarse de todas estas cosas y tener el recuerdo continuo de las cosas todas y más decisivas. De lo cual [resulta que] hay que atender a las presentes pasiones y a las sensaciones, a las comunes en virtud de lo común [a todos] y a las propias en virtud de lo propio [para cada uno], además de [atender] a cada percepción clara y distinta según cada uno de los criterios. Pues si atendemos a ellas podremos investigar completa y rectamente las causas del origen de la turbación y el miedo, y nos liberaremos, al investigar las causas de los [fenómenos] celestes y de las restantes cosas que siempre acontecen incidentalmente, de cuantas cosas temen en forma extrema los restantes [hombres].
Estas son, Heródoto, las cosas más capitales resumidas para ti sobre la naturaleza de las cosas todas, de manera que si este poderoso discurso razonado llega a ser retenido con exactitud, creo que cualquiera alcanzará una fortaleza incomparable respecto de los restantes hombres, incluso si no se dirige hacia todos los conocimientos exactos en detalle. Pues también podrá hacer claras por sí mismo muchas de cuantas cosas hemos precisado en detalle en [nuestra] obra toda, además de que esas mismas cosas, asentadas en el recuerdo, [le] ayudarán continuamente. Pues estas cosas son de tal clase, que quienes ya han precisado en detalle [toda la obra] en forma suficiente o perfecta [pueden] realizar los mayores de los repasos sobre la naturaleza toda, una vez han reducido [su conocimiento] a tales aprehensiones, y quienes no son [del grupo de los] completamente consumados [en el estudio] pueden hacer, a partir de tales cosas y de un modo no oral, un repaso simultáneo al pensamiento de los asuntos más decisivos en relación al disfrute.

martes, 11 de febrero de 2014

EPICURO -CARTA A MENECEO-

EPICURO
CARTA A MENECEO

Traducción  de Pablo Oyarzún R.


NOTICIA
La Carta a Meneceo es el documento fundamental de la ética epicúreaque ha llegado hasta nosotros. Representa, ciertamente, una pequeña muestra de las ocupaciones de Epicuro con la filosofía práctica, si se considera la pérdida de numerosas y probablemente extensas obras de un autor tan excepcionalmente prolífico: Del fin, De las elecciones y los rechazos, Del amor, De [los géneros de] vidas (cuatro libros), De la justicia y demás virtudes, De las obras justas, Opiniones acerca de las pasiones, sin contar otros tratados y varias Epístolas, según el catálogo que transmite Diógenes Laercio. Es a éste a quien debemos la conservación del texto íntegro de la Carta, así como de otras dos, a Heródoto y a Pitocles, y de las Máximas Capitales, que, junto a las Sentencias Vaticanas y a otros fragmentos, forman el corpus epicureum.
Pero, a pesar de lo exiguo del legado, la Carta a Meneceo tiene un valor precioso, porque en ella ofrece Epicuro un resumen de su concepción ética, el cual, aunque está aliviado de las copiosas argumentaciones que seguramente poblaban los tratados, permite hacerse una idea casi completa de aquélla. Sólo las relaciones humanas y sociales, cuya consideración está presidida por los respectivos conceptos de amistad y de justicia, no reciben tratamiento expreso aquí; las Máximas Capitales y las Sentencias Vaticanas aportan el indispensable complemento sobre esas materias.

CARTA A MENECEO
Epicuro a Meneceo, salud.
Que nadie, por joven, tarde en filosofar, ni, por viejo, de filosofar se canse. Pues para nadie es demasiado pronto ni demasiado tarde en lo que atañe a la salud del alma. El que dice que aún no ha llegado la hora de filosofar o que ya pasó es semejante al que dice que la hora de la felicidad no viene o que ya no está presente. De modo que han de filosofar tanto el joven como el viejo; uno, para que, envejeciendo, se rejuvenezca en bienes por la gratitud de los acontecidos, el otro, para que, joven, sea al mismo tiempo anciano por la ausencia de temor ante lo venidero. Es preciso, pues, meditar en las cosas que producen la felicidad, puesto que, presente ésta, lo tenemos todo, y, ausente, todo lo hacemos para tenerla.
Lo que te he aconsejado continuamente, esas cosas, practícalas y medítalas, admitiendo que ellas son los elementos del buen vivir.6 Primeramente, estimando al dios como un viviente incorruptible y dichoso, como lo ha inscrito [en nosotros] la noción común de dios, no le atribuyas nada diferente a su incorruptibilidad o a la dicha; sino que todo lo que es poderoso a preservar la dicha unida a la incorruptibilidad, opínalo a su propósito. Pues, ciertamente, los dioses existen: en efecto, el conocimiento acerca de ellos es evidente. Pero no son como los estima vulgo; porque éste no preserva tal cual lo que de ellos sabe. Y no es impío el que rechaza los dioses del vulgo, sino el que imputa a los dioses las opiniones del vulgo. Pues las afirmaciones del vulgo sobre los dioses no son prenociones, sino suposiciones falsas. De acuerdo a ellas, de los dioses vienen los más grandes daños  y beneficios. Pues habituados a sus propias virtudes en todo momento, acogen a sus semejantes, considerando como extraño todo lo que no es de su índole.
Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación.  De aquí [se sigue] que el recto conocimiento de que la muerte no es nada en relación a nosotros hace gozosa la condición mortal de la vida, no añadiéndole un tiempo ilimitado, sino apartándole el anhelo de inmortalidad.
Pues no hay nada temible en el vivir para aquel que ha comprendido rectamente que no hay nada temible en el no vivir. Necio es, entonces, el que dice temer la muerte, no porque sufrirá cuando esté presente, sino porque sufre de que tenga que venir. Pues aquello cuya presencia no nos atribula, al esperarlo nos hace sufrir en vano.
Así, el más terrorífico de los males, la muerte, no es nada en relación a nosotros, porque, cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros no somos más. Ella no está, pues, en relación ni con los vivos ni con los muertos, porque para unos no es, y los otros ya no son. Pero el vulgo unas veces huye de la muerte como el mayor de los males, otras la como el término de los del vivir. no teme el no vivir: pues ni le pesa el vivir ni estima que sea algún mal el no vivir. Y así como no elige en absoluto el alimento más abundante, sino el más agradable, así también no es el tiempo más largo, sino el más placentero el que disfruta. El que recomienda al joven vivir bien, y al viejo bien morir, es necio, no sólo por lo agradable de la vida, sino también porque es el mismo el cuidado de vivir bien y de morir bien.20 Pero mucho peor es el que dice que bueno es no haber nacido, o, habiendo nacido, franquear cuanto antes las puertas del Hades.
Pues si está convencido de lo que dice, ¿cómo es que no abandona la vida? Porque eso está a su diposición, si es que lo ha querido firmemente; pero si bromea, es frívolo en cosas que no lo admiten.
Ha de recordarse que el futuro ni completamente no nuestro, a fin de que no lo esperemos con total certeza como si tuviera que ser, ni desesperemos de él como si no tuviera que ser en absoluto.
Consideremos, además, que, de los deseos, unos son naturales, otros vanos, y de los naturales, unos son necesarios, otros sólo naturales; de los necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para la ausencia de malestar del cuerpo, otros para el vivir mismo.
Pues una consideración no descaminada de éstos sabe referir toda elección y rechazo a la salud del cuerpo y a la imperturbabilidad
, puesto que esto es el fin de la vida venturosa. En efecto, es en virtud de esto que hacemos todo, para no padecer dolor ni turbación. Y una vez ha surgido esto en nosotros, se apacigua toda tempestad del alma, no teniendo el viviente que ir más allá como hacia algo que le hace falta, ni buscar otra cosa con la cual completar el bien del alma y del cuerpo. Porque nos ha menester el placer cuando, por no estar presente, padecemos dolor; no nos es preciso el placer.
Y por esto que decimos que el placer es principio y fin del vivir venturoso.  Pues a éste lo hemos reconocido como el bien primero y congénito, y desde él iniciamos toda elección y rechazo, y en él rematamos al juzgar todo bien con arreglo a la afección como criterio. Y como es el bien primero y connatural, por eso no elegimos todo placer, sino que a veces omitimos muchos placeres, cuando de éstos se desprende para nosotros una molestia mayor; y consideramos muchos dolores preferibles a placeres, cuando se sigue para nosotros un placer mayor después de haber estado sometidos largo tiempo a tales dolores. Todo placer, pues, por tener una naturaleza apropiada [a la nuestra], es un bien; aunque no todo placer ha de ser elegido; así también todo dolor es un mal, pero no todo [dolor] ha de ser por naturaleza evitado siempre. Debido a ello, es por el cálculo y la consideración tanto de los provechos como de las desventajas que conviene juzgar todo esto.
Pues en algunas circunstancias nos servimos de algo bueno como un mal, y, a la inversa, del mal como un bien.
Y estimamos la autosuficiencia como un gran bien, no para que en todo momento nos sirvamos de poco, sino para que, si no tenemos mucho, con poco nos sirvamos, enteramente persuadidos de que gozan más dulcemente de la abundancia los que menos requieren de ella, y que todo lo natural es fácil de lograr, pero que lo vano es difícil de obtener. Los alimentos simples conllevan un placer igual al de un régimen lujoso, una vez que se ha suprimido el dolor [que provoca] la carencia; y el pan y el agua proporcionan un placer supremo cuando se los ingiere necesitándolos. Por lo tanto, el hábito de regímenes simples y no lujosos es adecuado para satisfacer la salud, hace al hombre diligente en las ocupaciones necesarias de la vida, nos pone en mejor disposición cuando a intervalos accedemos a los alimentos lujosos, y nos prepara libres de temor ante la suerte.
Entonces, cuando decimos que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni a los que residen en el goce regalado, como creen algunos que ignoran o no están de acuerdo o que interpretan mal la doctrina, sino de no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni las bebidas ni los banquetes continuos, ni el goce de muchachos y mujeres, ni de los pescados y todas las otras cosas que trae una mesa suntuosa, engendran la vida grata, sino el sobrio razonamiento que indaga las causas de toda elección y rechazo, y expulsa las opiniones por las cuales se posesiona de las almas la agitación más grande.
El principio de todo esto y el mayor bien es la prudencia. Por eso, más preciada incluso que la filosofía resulta ser la prudencia, de la cual nacen todas las demás virtudes, pues ella nos enseña que no es posible vivir placenteramente sin [vivir] juiciosa, honesta y justamente, sin [vivir] placenteramente. En efecto, las virtudes son connaturales con el vivir placentero y el vivir placentero es inseparable de ellas.
Pues ¿a quién estimas superior: a aquel que sobre los dioses tiene opiniones piadosas, que, acerca de la muerte, está en todo momento sin temor, que ha tomado en consideración el fin de la naturaleza, haciéndose cargo, por una parte, de que el límite de los bienes es fácil de satisfacer y de lograr, y, por otra parte, que el de los males, o es breve en tiempo o en sufrimiento? Que se de aquello que algunos introducen como déspota de todo, , otras del azar, y otras de nosotros mismos, pues ve que la necesidad es irresponsable, que el azar es inestable, mientras que lo que de nosotros depende no tiene otro amo, y que naturalmente le acompaña la censura o su contrario44 (pues mejor sería hacer caso a [lo que dice] el mito sobre los dioses que hacerse esclavos del destino de los físicos: en efecto, con uno se esboza la esperanza de obtener el favor de los dioses honrándolos, mientras que el otro trae una necesidad inexorable), que no toma el azar ni por un dios, como estima el vulgo (pues nada obra un dios desordenadamente), ni por una causa endeble (pues 46 cree que el bien y el mal se les den a los hombres a partir de aquél con vistas al vivir venturoso, aunque dé lugar a los principios de grandes bienes y males), que considera preferible ser desafortunado razonando bien que afortunado razonando mal, si bien lo mejor es que en las acciones lo bien juzgado prospere con su ayuda.
Estas cosas, pues, y las que les son afines, medítalas noche y día dentro de ti con quien sea semejante a ti, y nunca, ni en vigilia ni en sueño, padecerás turbación, sino que vivirás como un dios entre los hombres.50 Pues en nada se parece a un viviente mortal el hombre que vive entre bienes inmortales.