miércoles, 29 de julio de 2009

EL EVANGELIO DE PEDRO - (apócrifo)

EVANGELIO DE PEDRO
(Fragm. de Akhmîm)
(apócrifo)

por Aurelio de Santos Otero

Fue descubierto durante el invierno de 1886-87 en el sepul­cro de un monje cristiano de Akhmîm, antigua Panópolis (Alto Egipto). U. Bouriant publicó su editio princeps el año 1892. Ac­tualmente se encuentra en el museo de Gizeh.
Está contenido en un libro pergamináceo (siglos VIII-IX) que comprende 33 folios, de los que nuestro fragmento ocupa ocho páginas (2-10). El espacio restante está dedicado a una descrip­ción fragmentaria del cielo y el infierno (Apocalipsis de Pedro) y a algunos trozos del Libro de Henoc.
Aunque está desprovisto de título, pues falta el principio y el fin de la narración, es cierto que el presente fragmento forma parte del antiguo Evangelio de Pedro, al que hacen referencia los testimonios aducidos más arriba. En el v. 60, en efecto, se presen­ta a sí mismo el autor diciendo: «Yo, Simón Pedro, y Andrés, mi hermano...» Ya en el v. 26 había dicho: «Yo, juntamente con mis compañeros...» Por otra parte, los rasgos fundamen­tales con que describe Serapión el Evangelio de Pedro al presen­társelo a los fieles de Rhossos (Euseb., Hist. Eccl. VI 12, 2-6) coinciden perfectamente con los que caracterizan nuestro frag­mento: sentido ortodoxo en general con ligeros resabios de docetismo (v. 10 y 19).

CONTENIDO.—Describe las últimas escenas de la pasión y la resurrección de Cristo con las primeras apariciones. Su contacto con la narración canónica es evidente. Las semejanzas que ofrece, sobre todo con los evangelios sinópticos, son nume­rosas y significativas. Unas veces se refieren solamente al pen­samiento, otras veces también a la expresión. Frecuentemente se extienden a toda una perícopa, implicando identidad en las ideas y aun en la sucesión de los acontecimientos. No raramente llega a establecerse contacto textual. Todo esto arguye una de­pendencia clara de las fuentes canónicas ().
Por otra parte, se dan trazos completamente nuevos. El autor usa con gran libertad los materiales recogidos; añade, corta, transforma personajes e incidentes... Su amor hacia Pilato le obliga echar sobre Herodes todo el peso de la responsabilidad sobre la muerte de Jesús. Ensalza la figura de Pedro, dejando en la penumbra la de Juan.
Estos datos han suscitado diversas opiniones entre los críti­cos. Y así, mientras Harnack y su escuela piensan que nuestro autor bebió «en la corriente de la tradición, que aún discurría libremente», la mayor parte de los sabios se inclina a creer que el autor no hizo otra cosa que reelaborar el contenido canónico según ciertas tendencias particulares. Esta es la opinión de Robinson, Zahn, Schubert..., etc. La fuente de tal compilación no debió ser una armonía de los evangelios, como la de Taciano, sino más bien la historia evangélica popular ().
Ofrecen interés especial los v. 26-27, que nos dan un paralelo con el final del Evangelio de San Marcos (16,10), y el v. 60, que probablemente es una alusión al último capítulo de San Juan.

CARÁCTER.—Las tendencias manifestadas son predomi­nantemente apologéticas. Su entusiasmo por engrandecer la figu­ra de Jesús a los ojos de los paganos en el momento mismo de su pasión, le inspira expresiones comprometedoras, en las que no es fácil distinguir hasta dónde llega la buena voluntad y dónde empieza el influjo docético. Esto ha dado pie para que algunos interpretaran en este sentido algunos pasajes: v.gr., auvto,j toj de. evsiw,pa w`j mhde,n po,non e;cwn (v. 10): «Callaba como sino tuviera dolor alguno». Lo mismo ocurre con el v. 19, en que, después de poner en boca de Jesús las palabras «Fuerza mía, fuerza mía, ¡tú me has abandonado!», se dice que avnelh,fqh, literalmente: «fue asumido».
Estas tendencias apologéticas atañen también a la persona de Pilato, a quien quiere librar de toda responsabilidad en la condenación de Jesús, cargándola sobre Herodes y los judíos. Con tal de conseguir esto, no duda en hacer del procurador romano un simple mandatario del tetrarca judío. Su aversión al pueblo hebreo le impulsa a reemplazar los soldados romanos por esbirros judíos en la faena de la crucifixión, haciendo in­tervenir a aquéllos únicamente en el momento de la resurrec­ción. Se manifiesta también clara su devoción por el Príncipe de los Apóstoles, cuyas negaciones omite y a quien siempre presenta como jefe de los demás discípulos (v. 26 y 60).

COMPOSICIÓN.— Algunos críticos han querido encontrar rastros de nuestro apócrifo en los escritos extracanónicos más antiguos de la era cristiana, con lo que han pretendido fijar su composición en las primeras décadas del siglo II.
Se citan como lugares paralelos: San Ignacio, Ad Smyrn. 3,2 y Ev. P. v. 60; Ps. Bernabé, 5,9 y Ev. P. v. 59-60; Ps. Bernabé, 5,11 y Ev. P. v. 17; San Policarpo, ad Philipp. 7,1 y Ev. P. v. 41-42. Todas estas supuestas analogías ofrecen puntos de contacto tan débiles, que no dan derecho sino a conclusiones puramente conjeturables.
El caso de San Justino merece mayor atención y ha sido más discutido. Se cita el Dial. 106,3. Alude este lugar a los avpomnhmoneu,mata auvtou/ (de Pedro), en los que se narra cómo el Señor cambió de nombre a los apóstoles. Pero, con toda probabilidad, estas Memorias de Pedro no designan a nuestro Evangelio de Pedro, sino al Evangelio de San Marcos, ya que este evangelista fue con­siderado por la tradición cristiana como discípulo e intérprete de Pedro (). El paralelismo entre Apol. I 35,6 y Ev. P. v. 6-7, si bien es sorprendente, no exige una dependencia necesaria del primero respecto del segundo, ya que está de por medio el texto de Jn. 19,13, en el que cabe una interpretación inexacta. Cf. infra, nota al v. 7.
No es, pues, fácil por este camino obtener datos seguros so­bre la data de nuestro apócrifo.
Sin embargo, la composición de los evangelios canónicos (finales s. I), de los que arguye dependencia manifiesta, y el tes­timonio de Serapión, obispo de Antioquía (190-211) (), son dos buenos jalones entre los que hay que situar necesariamente la composición. Estos términos deben aproximarse teniendo en cuenta que, por una parte, el Evangelio de San Juan necesitó algún tiempo para poder llegar a conocimiento de nuestro autor, y por otra parte, Serapión, al referirse al Evangelio de Pedro, deja entre­ver que ya circulaba desde algún tiempo este apócrifo en la pe­queña comunidad de Rhossos.
Puede, pues, fijarse su fecha de composición hacia el 150 después de Cristo.
El lugar de origen debe encontrarse con mayor probabili­dad en Siria que en Egipto. Eso parece desprenderse del testi­monio de Serapión, si se tiene en cuenta que, fuera de la Didascalia siríaca, no poseemos escrito alguno de la antigüedad que acuse influjo de nuestro apócrifo; lo cual hace pensar que no salió de las fronteras de su patria. Por otra parte, la devoción a San Pedro, el desconocimiento de Palestina y la aversión a los judíos dice bien con un cristiano helenista de los alrededores de Antioquía.
Algunos críticos han querido recomponer la parte perdida de nuestro apócrifo con diversos escritos de la literatura cris­tiana: v.gr., Agrapha, fragms. evangélicos de Fayum y de Oxyrhynchus, Protoevangelio de Santiago, Ascensión de Isaías, Didascalia, Apocalipsis de Pedro, Evangelio de la Infancia publicado por M. R. James, etc. Pero todas estas tentativas no han venido a ser sino hipótesis lanzadas al aire ().

Fragmento I (Fragmento de Akhmîm)
EL EVANGELIO SEGÚN PEDRO

I
1. Pero de entre los judíos nadie se lavó las manos: ni Herodes ni ninguno de sus jueces. Y, al no quererse ellos lavar, Pilato se levantó.
2. Entonces el rey Herodes manda que se hagan cargo del Señor, diciéndoles: «Ejecutad cuanto os acabo de mandar que hagáis con él».

II
3. Se encontraba allí a la sazón José, el amigo de Pilato y del Señor. Y, sabiendo que iban a crucificarle, se llegó a Pilato en demanda del cuerpo del Señor para su sepultura.
4.Pilato a su vez mandó recado a Herodes y le pidió el cuerpo (de Jesús).
5.Y Herodes dijo: «Hermano Pilato: aun dado caso que nadie lo hubiera reclamado, nosotros mismos le hubiéramos dado sepultura, pues está echándose el sábado encima y está escrito en la ley que el sol no debe ponerse sobre un ajusticiado». Y con esto, se lo entregó al pueblo (de los judíos) el día antes de los Ázimos, su fiesta.

III
6. Y ellos, tomando al Señor, le daban empellones corriendo, y decían: «Arrastremos al Hijo de Dios, pues ha venido a caer en nuestras manos».
7.Después le revistieron de púrpura y le hicieron sentar sobre el tribunal, diciendo: «Juzga con equidad, rey de Israel».
8. Y uno de ellos trajo una corona de espinas y la colocó sobre la cabeza del Señor.
9. Algunos de los circunstantes le escupían en el rostro, (mientras que) otros le daban bofetadas en las mejillas y otros le herían con una caña. Y había quienes le golpeaban diciendo: «Este es el homenaje que rendimos al Hijo de Dios».

IV
10. Después llevaron dos ladrones y crucificaron al Señor en medio de ellos. Mas él callaba como si no sintiera dolor alguno.
11. Y, cuando hubieron enderezado la cruz, escribieron encima: «Este es el rey de Israel».
12. Y, depositadas las vestiduras ante él, las dividieron en lotes y echaron a suerte entre ellos.
13. Mas uno de aquellos malhechores les increpó diciendo: «Nosotros sufrimos así por las iniquidades que hemos hecho; pero éste, que ha venido a ser el Salvador de los hombres, ¿en qué os ha perjudicado?»
14.E indignados contra él, mandaron que no se le quebraran las piernas para que muriera entre tormentos.

V
15. Era a la sazón mediodía, y la oscuridad se posesionó de toda la Judea. Ellos fueron presa de la agitación, temiendo no se les pusiera el sol –pues (Jesús) estaba aún vivo–, ya que les está prescrito que «el sol no debe ponerse sobre un ajusticiado».
16. Uno de ellos dijo entonces: «Dadle a beber hiel con vinagre». Y, haciendo la mezcla, le dieron el brebaje.
17. Y cumplieron todo, colmando la medida de las iniquidades acumuladas sobre su cabeza.
18. Y muchos discurrían (por allí) sirviéndose de linternas, pues pensaban que era de noche, y venían a dar en tierra.
19. Y el Señor elevó su voz, diciendo: «¡Fuerza mía, fuerza (mía), tú me has abandonado!» Y, en diciendo esto, fue sublimado (al cielo).
20. En aquel momento se rasgó el velo del templo de Jerusalén en dos partes.

VI
21.Entonces sacaron los clavos de las manos del Señor y le tendieron en el suelo. Y la tierra entera se conmovió y sobrevino un pánico enorme.
22. Luego brilló el sol, y se comprobó que era la hora de nona.
23. Se alegraron, pues, los judíos y entregaron su cuerpo a José para que le diera sepultura, puesto que (éste) había sido testigo de todo el bien que (Jesús) había hecho.
24. Y, tomando el cuerpo del Señor, lo lavó, lo envolvió en una sábana y lo introdujo en su misma sepultura, llamada Jardín de José.

VII
25. Entonces los judíos, los ancianos y los sacerdotes se dieron cuenta del mal que se habían acarreado a sí mismos y empezaron a golpear sus pechos, diciendo: «¡Malditas nuestras iniquidades! He aquí que se echa encima el juicio y el fin de Jerusalén».
26. Yo, por mi parte, estaba sumido en la aflicción juntamente con mis amigos, y, heridos en lo más profundo del alma, nos manteníamos ocultos. Pues éramos hechos objeto de sus pesquisas como malhechores y como (sujetos) que pretendían incendiar el templo.
27. Por todas estas cosas, nosotros ayunábamos y estábamos sentados, lamentándonos y llorando noche y día hasta el sábado.

VIII
28. Entretanto, reunidos entre sí los escribas, los fariseos y los ancianos, al oír que el pueblo murmuraba y se golpeaba el pecho diciendo: «Cuando a su muerte han sobrevenido señales tan portentosas, ved si debería ser justo»,
29. los ancianos, pues, cogieron miedo y vinieron a presencia de Pilato en plan de súplica, diciendo:
30. «Danos soldados para que custodien su sepulcro durante tres días, no sea que vayan a venir sus discípulos, le substraigan y el pueblo nos haga a nosotros algún mal, creyendo que ha resucitado de entre los muertos».
31. Pilato, pues, les entregó a Petronio y a un centurión con soldados para que custodiaran el sepulcro. Y con ellos vinieron también a la tumba ancianos y escribas.
32. Y, rodando una gran piedra, todos los que allí se encontraban presentes, juntamente con el centurión y los soldados, la pusieron a la puerta del sepulcro.
33. Grabaron además siete sellos y, después de plantar una tienda, se pusieron a hacer guardia.

IX
34. Y muy de mañana, al amanecer el sábado, vino una gran multitud de Jerusalén y de sus cercanías para ver el sepulcro sellado.
35. Mas durante la noche que precedía al domingo, mientras estaban los soldados de dos en dos haciendo la guardia, se produjo una gran voz en el cielo.
36. Y vieron los cielos abiertos y dos varones que bajaban de allí teniendo un gran resplandor y acercándose al sepulcro.
37. Y la piedra aquella que habían echado sobre la puerta, rodando por su propio impulso, se retiró a un lado, con lo que el sepulcro quedó abierto y ambos jóvenes entraron.

X
38. Al verlo, pues, aquellos soldados, despertaron al centurión y a los ancianos, pues también éstos se encontraban allí haciendo la guardia.
39. Y, estando ellos explicando lo que acababan de ver, advierten de nuevo tres hombres saliendo del sepulcro, dos de los cuales servían de apoyo a un tercero, y una cruz que iba en pos de ellos.
40. Y la cabeza de los dos (primeros) llegaba hasta el cielo, mientras que la del que era conducido por ellos sobrepasaba los cielos.
41. Y oyeron una voz proveniente de los cielos que decía: «¿Has predicado a los que duermen?»
42. Y se dejó oír desde la cruz una respuesta: «Sí».

XI
43. Ellos entonces andaban tratando entre sí de marchar y de manifestar esto a Pilato.
44. Y, mientras se encontraban aún cavilando sobre ello, aparecen de nuevo los cielos abiertos y un hombre que baja y entra en el sepulcro.
45. Viendo esto los que estaban junto al centurión, se apresuraron a ir a Pilato de noche, abandonando el sepulcro que custodiaban. Y, llenos de agitación, contaron cuanto habían visto, diciendo: «Verdaderamente era Hijo de Dios».
46. Pilato respondió de esta manera: «Yo estoy limpio de la sangre del Hijo de Dios; fuisteis vosotros los que quisisteis así».
47. Después se acercaron todos y le rogaron encarecidamente que ordenara al centurión y a los soldados guardar secreto sobre lo que habían visto.
48.«Pues es preferible –decían– ser reos del mayor crimen en la presencia de Dios que caer en manos del pueblo judío y ser apedreados».
49. Ordenó, pues, Pilato al centurión y a los soldados que no dijeran nada.

XII
50. A la mañana del domingo, María la de Magdala, discípula del Señor –atemorizada a causa de los judíos, pues estaban rabiosos de ira, no había hecho en el sepulcro del Señor lo que solían hacer las mujeres por sus muertos queridos–,
51. tomó a sus amigas consigo y vino al sepulcro en que había sido depositado.
52. Mas temían no fueran a ser vistas por los judíos y decían: «Ya que no nos fue posible llorar y lamentarnos el día aquel en que fue crucificado, hagámoslo ahora por lo menos (junto a) su sepulcro.
53. Pero, ¿quién nos removerá la piedra echada a la puerta del sepulcro, de manera que, pudiendo entrar, nos sentemos junto a él y hagamos lo que es debido?
54. Pues la piedra era muy grande y tenemos miedo no nos vaya a ver alguien. Y si (esto) no nos es posible, echemos al menos en la puerta lo que llevamos en memoria suya; lloremos y golpeémonos el pecho hasta que volvamos a nuestra casa».

XIII
55.Fueron, pues, y encontraron abierto el sepulcro. Y en esto ven allí un joven sentado en medio de la tumba, hermoso y cubierto de una vestidura blanquísima, el cual les dijo:
56. «¿A qué habéis venido? ¿A quién buscáis? ¿Por ventura a aquel que fue crucificado? Resucitó ya y se marchó. Y si no lo queréis creer, asomaos y ved el lugar donde yacía. No está, pues ha resucitado y ha marchado al lugar aquel de donde fue enviado».
57. Entonces las mujeres, aterrorizadas, huyeron.

XIV
58. Era a la sazón el último día de los Ázimos y muchos partían de vuelta para sus casas una vez terminada la fiesta.
59. Y nosotros, los doce discípulos del Señor, llorábamos y estábamos sumidos en la aflicción. Y cada cual, apesadumbrado por lo sucedido, retornó a su casa.
60. Yo, Simón Pedro, por mi parte, y Andrés, mi hermano, tomamos nuestras redes y nos dirigimos al mar, yendo en nuestra compañía Leví el de Alfeo, a quien el Señor …

Citas en la literatura cristiana primitiva

Serapión (Obispo de Antioquía 190-211)
1. Nosotros, en efecto, hermanos, recibimos tanto a Pedro como a los demás apóstoles cual si se tratara de Cristo mismo, pero rechazamos con conocimiento de causa las obras falsificadas con sus nombres, sabiendo que semejantes escritos no los hemos recibido por tradición. Yo, cuando me encontraba en medio de vosotros, suponía que todos estabais adheridos a la verdadera fe, y por no hojear el evangelio atribuido a Pedro, que ellos mismos me presentaban, dije que, si era aquello lo único que les acongojaba, podían leerlo. Mas ahora, al enterarme de que su verdadero sentir estaba enmarañado en cierta herejía, a juzgar por lo que se me ha dicho, me apresuré a personarme de nuevo entre vosotros. Así, pues, hermanos, esperadme en breve. Por nuestra parte, hermanos, después de darnos perfecta cuenta de la herejía a que estaba adherido Marciano, quien llegaba a contradecirse a sí mismo, no entendiendo lo que decía (cosa que podréis saber por mi carta), nos ha sido, pues, posible por medio de los que manejaron este mismo evangelio; es decir, por los sucesores de los que le entronizaron (a los que llamaremos docetas, pues la mayor parte de sus doctrinas están impregnadas en las enseñanzas de estos herejes), hemos podido, digo, por medio de éstos manejar el libro en cuestión, hojearlo y comprobar que la mayor parte del contenido está conforme con la recta doctrina del Salvador, si bien se encuentran algunas recomendaciones nuevas que hemos sometido a vuestra consideración. Y esto es lo que escribía Serapión. (citado por Eusebio, Hist. Eccl. VI 12,2-6.)

Orígenes (+ 253-254)
2. Algunos, haciendo caso a la tradición contenida en el evangelio titulado según Pedro o en el libro de Santiago, dicen que los hermanos de Jesús son hijos de José, habidos de una primera mujer que convivió con éste antes que María. (Comm. in Mt. 10,17.)

Eusebio de Cesarea (+ 339)
3. Y por lo que se refiere a los llamados Hechos suyos [de Pedro], al Evangelio que lleva su nombre y a lo que llaman su Predicación y su Apocalipsis, sabemos que no han sido en manera alguna incluidos por la tradición entre los católicos [libros canónicos], pues ningún escritor eclesiástico antiguo o contemporáneo se sirvió de testimonios procedentes de tales obras. (Hist. Eccl. III 3,2.)
4. Por otra parte, el estilo desdice de las maneras apostólicas; además, las sentencias y principios del contenido, en total desacuerdo con la verdadera ortodoxia, demuestran claramente que se trata, en efecto, de teorías inventadas por herejes. Por que tales obras no deben ser catalogadas siquiera entre las apócrifas, sino rechazadas por absurdas e irreverentes. (Hist. Eccl. III 25,6-7.)

Teodoreto Cirense (+ h. 460)
5. Los nazarenos son judíos que veneran a Cristo como hombre justo y que se sirven del evangelio llamado según Pedro. (Haeret. fabularum. comp. II 2.)

4 comentarios:

  1. Esta perfectamente clara y concisa toda la exposición del Evangelio de Pedro. La traducción muy actualizada

    ResponderEliminar
  2. estoy leyendo todos eatos llibros que estan apareciendo en estos tiempo tales como ; el libro de adan y eva, el libro de enoc, el libro de jaser, y ahora el evangelio de pedro,y me doy cuenta que la biblia es real y efectivamente la palabra de DIOS ,Es el resumen de lo acontecidos en la creacion del unverso y lo que falta por suceder...gloria a DIOS por la biblia,gloria a DIOS POR TODOS ESOS LIBROS HISTORICOS...

    ResponderEliminar
  3. Se es muy interesante todo esto, yo soy un estudioso del jesus historico, pero aunq carentes de historicidad los evangelios apocrifos son facinantes

    ResponderEliminar
  4. La verdad ha de resplandecer en las tinieblas, los llamados libros apocrifos, contienen verdades que complementan a la misma Biblia, pues por ejemplo es en el libro de Enos donde se hace mencion de Azazel el que perviritio a la humanidad, el mismo que es representado en uno d elos dos machos cabriso qe el dia d ela Expiacion eran presentados uno por Jehova y el otro por Azazel, este azazel no es Lucifer, dando a entrender que hubo dso rebeliones angelicas la primera ocurrio en el mismo cielo y fue liderada por Lucifer cuyas razones era de orden si puede llamarse politioc-espiritual (Ezequiel 28_12-18) y la de Azazel la cual ocurrio aquie en la tierra (Genesis 6: 1-5), la cual fue puramente carnal, lasciva, por ello Judas dice y Pedro lo testifica que estos angeles que no guradaron su dignidad fueron enecerrados en prisiones eternas hasta el dia del juicio, diferente a lso que se rebelaron con Lucifer que stan libres y sueltos entrensotros.

    ResponderEliminar