"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Ntros.Ant.)

sábado, 23 de noviembre de 2013

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE V DE XII -TIBERIO CLAUDIO DRUSO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE V DE XII
TIBERIO CLAUDIO DRUSO


I. Livia, que estaba ya encinta cuando se casó con Augusto, dio a luz tres meses después a Druso; llevó al principio el nombre de Nerón, y fue padre de César Claudio; pasó por ser fruto de adulterio de Livia y Augusto, lo cual dio ocasión a que circulase este verso griego: A los hombres dichosos nacen hijos de tres meses.
Durante su cuestura y su pretura tuvo un mando en la guerra de Recia y en la de Germania, siendo el primer general romano que navegó por el océano septentrional. Hizo abrir al otro lado del Rin canales de nueva forma y gran extensión, que aún hoy se llaman Drusinas. Infligió frecuentes derrotas al enemigo, rechazándole hasta sus bosques, y dejó sólo de perseguirle el día en que se le presentó una mujer de aquella nación de estatura más que humana, la cual, hablándole en latín, le prohibió que llevase más adelante sus victorias. Sus hazañas obtuvieron por recompensa la ovación y ornamentos triunfales. Al salir de la pretura fue nombrado cónsul, y habiendo reanudado sus expediciones, falleció de enfermedad en sus cuarteles de verano, llamados desde entonces Scelerata. Los principales ciudadanos de los municipios y las colonias llevaron su cadáver a Roma; las decurias de los secretarios del Imperio salieron a recibirle, enterrándole después en el campo de Marte. El ejército erigió en su honor un cenotafio, alrededor del cual debían ejercitarse anualmente los soldados en la carrera y hacer sacrificios solemnes los diputados de las ciudades de la Galia. El Senado, entre otros honores, le decretó un arco de triunfo en mármol, con trofeos, en la vía Apia, y el nombre de Germánico para él y sus descendientes. Dícese que era tan apasionado por la gloria como por la libertad; así, deseando siempre juntar a sus victorias el honor de despojos óptimos, perseguía a los jefes germánicos en el combate, sin reparar en los peligros, y nunca ocultó su anhelo de restablecer en cuanto pudiese la antigua República. Esta, es, a mi parecer, la causa que ha movido a algunos autores a decir que se hizo sospechoso a Augusto; que éste le llamó de su gobierno, pero viéndole vacilar en acudir, se libró de él por medio del veneno. Me refiero a ello por no omitir ningún detalle, pero sin creer que sea verdadero ni verosímil. Augusto quiso tanto a Druso mientras vivió, que le instituyó heredero, a la par de sus hijos, en todos sus testamentos, como declaró un día en el Senado. En el elogio público que hizo de él después de su muerte, suplicó a los dioses que le diesen césares que se pareciesen a Druso y le concedieran a él mismo tan hermoso fin como a aquél. Compuso, además, un epitafio en verso, que se grabó en su tumba; y escribió en prosa la historia de su vida. Druso había tenido muchos hijos de Antonia la menor, pero sólo dejó tres: Germánico, Livila y Claudio.
II. Claudio nació en Lyón, en las calendas de agosto, bajo el consulado de Julio Antonio y de Fabio Africano, el mismo día en que se dedicaba el altar consagrado a Augusto. Llamóse primeramente Tiberio Claudio Druso, y más adelante, cuando su hermano mayor pasó por adopción a la familia Julia, tomó el nombre de Germánico. Estaba todavía en la cuna cuando murió su padre, viéndose obligado durante casi todo el tiempo de su infancia y su juventud a luchar con diferentes y obstinadas enfermedades; quedó con ellas tan débil de cuerpo y de espíritu que ni siquiera en edad más avanzada se le consideró apto para cualquier cargo público, ni tampoco para ningún negocio particular. Mucho después de haber terminado su minoría le dejaron bajo la autoridad de otros, sometido a la férula de un pedagogo; él mismo se lamenta en un escrito de que hayan colocado a su lado un bárbaro palafrenero en otro tiempo, para hacerle soportar, bajo todo género de pretextos, infinidad de malos tratos. En esta misma debilidad de su salud y de su razón estuvo también la causa de que, contra la costumbre establecida, presidiese con la cabeza cubierta el espectáculo de gladiadores (106) que dio en unión de su hermano en memoria de su padre: y cuando vistió la toga viril, le condujeron en litera al Capitolio, a medianoche y sin ceremonia alguna.
III. No dejó, a pesar de todo, de dedicarse durante su juventud al estudio de las letras griegas y latinas, y hasta se expresó muchas veces en público en ambas lenguas. A pesar de estas pruebas de saber, no pudo, sin embargo, conquistar ninguna consideración, ni infundir mejores esperanzas. Su madre Antonia le llamaba sombra de nombre, infame aborto de la Naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es más estúpido que mi hijo Claudio. Su abuela Livia sintió siempre hacia él un profundo desprecio; le dirigía la palabra muy raras veces, y si tenía algo que advertirle, lo hacía por medio de una carta lacónica y dura o de tercera persona. Su hermana Livila, habiendo oído decir que Claudio reinaría algún día, compadeció en alta voz al pueblo romano por estarle reservado tan infausto destino. En cuanto a lo que pensaba de él Augusto, nada mejor puedo hacer que citar los siguientes pasajes de sus cartas:
IV. He hablado con Tiberio, según tu deseo, querida Lisia, sobre lo que habrá que hacer con tu nieto Tiberio en las fiestas de Marte. Los dos creemos que debemos decidir de una vez sobre lo que atañe y no separarnos del acuerdo. Porque si tiene las cualidades requeridas y, por decirlo así, universales, no hay que vacilar en hacerle pasar gradualmente por los mismos honores que a su hermano. Si, por el contrario, le encontramos incapaz, si no goza de salud de cuerpo ni de espíritu no hemos de exponernos al ridículo, ni exponerle a él ante los satíricos que todo lo toman a burla. Seria muy de lamentar, en el caso de que no hubiéramos decidido nada de antemano, tener que deliberar en cada período de su vida si puede o no desempeñar los empleos públicos. Sea de esto lo que quiera, en la ocasión presente no me opongo a que se siente a la mesa de los Pontificios, en las fiestas de Marte, con tal que tenga junto a él a su pariente, el hijo de Silano, que le impida cometer inconveniencias o ponerse en ridículo. Me parece oportuno que asista a los juegos del Circo en lecho de ceremonia: se haría demasiado visible y se daría como un espectáculo él mismo. Tampoco creo que deba ir a sacrificar en el monte Albano, ni permanecer en Roma durante las fiestas Latinas, pues, a fin de cuentas, ¿por qué no se le había de encargar de algunas funciones en la ciudad, si compartiese las de su hermano en el monte?. Ahora ya estás enterada de todas mis decisiones, querida Livia; añadiré aún que es preciso determinar para siempre nuestra conducta con relación a él, a fin de no vacilar continuamente entre la esperanza y el temor. Si lo consideras conveniente, puedes dar a leer a Antonia esta parte de mi carta. En otra decía: Durante tu ausencia, invitaré todos los días a mi mesa al joven Tiberio, a fin de que no coma solo con su Sulpicio y su Atenodoro. Quisiera que eligiese con más cuidado y menos negligencia un amigo cuya actitud, acción y compostura sirvan de ejemplo a ese pobre insensato. “No serán su ocupación los negocios del Estado”, aunque cuando no está extraviado su espíritu, algunas veces hace recordar su nacimiento. Y por último, en otra carta, dice todavía: He oído declarar a tu nieto Tiberio, y no salgo de mi asombro. ¿Cómo puede hablar con tanta claridad en público, cuando de ordinario tiene la lengua tan entorpecida? No puede dudarse de la determinación que tomó en seguida Augusto en relación a él. No le confirió ninguna dignidad, a no ser la del sacerdocio de los augurios; le asignó sólo la sexta parte de su herencia y no le nombró más que en la tercera categoría de los herederos, casi entre los extraños; los legados que le hizo no pasaban de ochocientos mil sestercios.
V. Su tío Tiberio le concedió, a Petición suya, los ornamentos consulares, pero como instaba para obtener en seguida el consulado, le escribió por toda contestación: Te mando cuarenta piezas de oro para las Saturnales y Sigilarias (107). Renunció, en consecuencia, a la esperanza de las dignidades, y tomó el partido de retirarse, viviendo unas veces en sus jardines o en su casa de campo inmediata a Roma, y otras en lo más apartado de la Campania, en compañía de los hombres más abyectos, añadiendo a su propia reputación de imbécil la vergonzosa fama de jugador y borracho.
VI. Pese a esta conducta, le dispensaron todavía algunas atenciones, y hasta le otorgaron muestras públicas de respecto. Dos veces le encargaron los caballeros que llevase por ellos la voz al frente de una diputación de su orden: la primera, cuando solicitaron de los cónsules el favor de trasladar en hombros hasta Roma el cuerpo de Augusto; la segunda, cuando fueron a felicitar a aquellos mismos magistrados por haber hecho justicia a Seyano; a su entrada en el teatro, todos se levantaban y se quitaban el manto. También el Senado quiso agregarle extraordinariamente a los sacerdotes de Augusto, que eran designados por suerte; quiso, además, hacer reconstruir a costa del Estado su casa destruida por un incendio y conferirle el derecho de emitir su opinión en el rango de los consulares.
Tiberio hizo, sin embargo, revocar este decreto, alegando la incapacidad de Claudio, y prometiendo indemnizarle él mismo de sus pérdidas. Al morir, le inscribió en la tercera categoría de sus herederos por la tercera parte de la herencia; le hizo, además, un legado de dos millones de sestercios, y le recomendó expresamente a los ejércitos, al Senado y al pueblo romano entre lo que más quería.
VII. Bajo su sobrino Cayo, que al principio de su reinado procuraba por todos los medios franquearse reputación, llegó finalmente Claudio a los honores siendo colega de aquél en el consulado durante dos meses. La primera vez que se presentó en el Foro con las fasces vióse un águila que se vino a posar en su hombro derecho.
La suerte le asignó otro consulado para cuatro años después. Presidió algunas veces los espectáculos en substitución de Cayo, y el pueblo le saludaba entonces exclamando: ¡Prosperidad al tío del emperador; prosperidad al hermano de Germánico!.
VIII. Pero no por esto dejó de ser juguete de la corte. Si llegaba, en efecto, algo tarde a la cena, se le recibía con disgusto y se le dejaba que diese vueltas alrededor de la mesa buscando puesto; si se dormía después de la comida, cosa que le ocurría a menudo, disparábanle huesos de aceitunas y de dátiles, o bien se divertían los bufones en despertarle como a los esclavos, con una palmeta o un látigo. Solían también ponerle en las manos sandalias cuando roncaba, para que al despertar bruscamente, se frotase la cara con ellas.
IX. En esta época pasó también por disgustos más graves. Durante su consulado, estuvo a punto de verse destituido por su negligencia en hacer colocar en Roma las estatuas de Nerón y de Druso, hermanos del cesar. Por otra parte, era constantemente objeto de delaciones por parte de su servidumbre y hasta de extraños. Fue enviado a Germania con los legados encargados de felicitar a Calígula por el descubrimiento de la conspiración de Lépido y de Gentílico, corriendo allí riesgo su vida, pues el emperador se sintió indignado de que hubiesen elegido a su tío como si se tratase de dar lecciones a un chiquillo. A causa de esto han pretendido algunos autores que a su llegada le precipitaron vestido y todo al Rin. A partir de entonces, fue siempre el último de los consulares para dar su perecer en el Senado, no preguntándoselo, para mortificarle, sino después de haberlo hecho a todos los demás. Esta Asamblea recibió, además, la acusación de falso testimonio de uno que él había firmado. Habiéndole, en fin, costado ocho millones de sestercios su ingreso en un sacerdocio nuevamente establecido (108), se encontró tan necesitado de dinero, que no pudiendo satisfacer sus débitos al Tesoro, pusiéronse sus bienes en venta conforme a las leyes de las hipotecas y según tasación de los prefectos del fisco.
X. Así pasó Claudio la mayor parte de su vida hasta la edad de cincuenta años, en que por uno de los más raros caprichos de la fortuna, se vio elevado al mando supremo. Cuando los asesinos de Calígula separaron a todos, con el pretexto de que el emperador quería estar solo, Claudio, alejado como los demás, se retiró a un pequeño comedor, llamado Hermeum; sobrecogido de miedo al primer rumor del asesinato, arrastrase desde allí hasta una galería inmediata, donde permaneció oculto detrás del tapiz que cubría la puerta. Un soldado, que por casualidad llegó hasta allí, le vio los pies; quiso saber quién era, y reconociéndole le sacó de aquel sitio. Claudio se arrojó a sus pies suplicándole que no le matara; el soldado le saludó como emperador, le llevó a sus compañeros todavía indecisos y estremecidos de cólera, los cuales le colocaron en una litera, y como habían huido los esclavos, le llevaron en hombros al campamento. Claudio estaba afligido y tembloroso, y los transeúntes le compadecían como a víctima inocente que llevaban al suplicio. Fue recibido en la parte fortificada del campamento, y pasó la noche rodeado de centinelas, más tranquilo en cuanto al presente que para el futuro. Los cónsules y el Senado ocupaban, en efecto, el Foro y el Capitolio con los cohortes urbanas, queriendo absolutamente restablecer las libertades públicas. El mismo Claudio, citado por los tribunos del pueblo para que fuese al Senado a dar su opinión en aquellas circunstancias, contestó que estaba retenido por la fuerza. Pero a la mañana siguiente, el Senado, presa de divisiones y cansado de su papel, ya menos firme en la ejecución de sus designios; viendo que el pueblo que le rodeaba pedía a gritos un jefe único, decidió nombrar a Claudio, recibiendo éste, delante del pueblo reunido, los juramentos del ejército; prometió a cada soldado quince mil sestercios, siendo el primero de los césares que compró a precio de oro la fidelidad de las legiones.
XI. Ya establecido en el mando, fue su primer cuidado olvidar lo ocurrido en aquellos dos días en que se trató de cambiar la faz del Estado. Como primera medida, otorgó una amnistía general y completa, que observó religiosamente, exceptuando a algunos tribunos y centuriones complicados en la muerte de Cayo, a los cuales hizo ejecutar, tanto para escarmiento como porque se enteró que habían pedido también su muerte. Ocupóse después en los honores que deseaba tributar a los suyos; adopto como el juramento más sagrado el que invocaba el nombre de Augusto; hizo decretar a su abuela Livia los honores divinos y en las pompas del Circo un carro arrastrado por elefantes, como el de Augusto. A sus padres les hizo decretar ceremonias fúnebres, y por su padre agregó juegos anuales en el Circo, el día del aniversario de su nacimiento; para su madre un carro, en el que debía pasearse su imagen en el Circo, y el dictado de Augusta, que se negó a aceptar en vida. Quiso honrar la memoria de su hermano, haciendo representar en Nápoles, en honor suyo y después de un concurso, una comedia griega premiada por él como la mejor, según dictamen de los jueces. Tributó pruebas también de gratitud y respeto a la memoria de Marco Antonio, declarando cierto día en un edicto que deseaba tanto más ver célebre el nacimiento de su padre Druso, cuanto que en igual día había nacido su abuelo Antonio. Terminó el arco de triunfo en mármol otorgado en otro tiempo a Tiberio por el Senado, situado cerca del teatro de Pompeyo, que estaba abandonado, y si bien es cierto que anuló todos los actos de Cayo, prohibió se contase en el número de los días festivos el de su muerte, aunque fue el primero de su mando.
XII. Sobrio en la elección de honores y en el ejercicio del poder, se abstuvo de usar el título de emperador y rehusó todas las distinciones que salieran de lo corriente. Celebró en su mansión los esponsales de su hija y el nacimiento de su nieta sin ostentación alguna y como simple ceremonia doméstica. No levantó ningún destierro sino por consejo de los senadores. Pidió como favor que le permitiesen acompañarle al Senado al prefecto del Pretorio y los tribunos militares, y que se ratificasen allí las sentencias pronunciadas por sus delegados en los asuntos judiciales. Solicitó de los cónsules el derecho de establecer mercados en sus dominios privados. Asistió a menudo como simple consejero a los juicios que celebraban los magistrados; y cuando éstos daban espectáculos, se levantaba, como todos, al verlos entrar y los saludaba con la voz y con la mano. Habiéndose presentado los tribunos del pueblo ante su tribunal, se disculpó con ellos por verse obligado, falto de espacio, a dejarlos hablar en pie. Semejante conducta le granjeó en poco tiempo el aprecio y cariño de los romanos hasta tal punto, que habiendo corrido el rumor de que en uno de sus viajes a Ostia había sido asesinado, el pueblo, consternado, abrumó de imprecaciones a los soldados como traidores y a los senadores como parricidas: estas acusaciones no cesaron hasta que los magistrados presentaron en la tribuna de las arengas a un ciudadano, y después otro, y otro, que aseguraron que Claudio vivía y que estaba por llegar a Roma.
XIII. A pesar de todo, no se vio durante su mando libre de asechanzas, amenazada su vida por conatos particulares, sediciones y últimamente por la guerra civil. Una noche se encontró a un hombre del pueblo con un puñal cerca de su lecho. Se sabe de dos caballeros romanos, armados con cuchillos de caza y estiletes, que le esperaron para matarle, el uno a la salida del teatro, y el otro durante un sacrificio en el templo de Marte. Asinio Galo y Stalilio Corvino, nietos de los oradores Polión y Mesalas intentaron una revuelta haciendo participar en ella a gran número de libertos y esclavos de Claudio. Furio Camilo Scriboniano, legado en Dalmacia, consiguió promover una guerra civil, pero fue derrotado en menos de cinco días, a causa de la defección de las legiones que habían violado, su juramento y que se arrepintieron casi en el acto por escrúpulo religioso. En efecto, fuese casualidad, fuese voluntad de los dioses, cuando recibieron orden de ponerse en marcha para reunirse al nuevo emperador, no pudieron preparar las águilas ni arrancar las insignias.
XIV. Además de su antiguo consulado, Claudio fue investido cuatro veces con esta dignidad: las dos primeras sin interrupción, y las siguientes en cuatro años de intervalo. Conservó el último consulado seis meses, y dos solamente los otros. En el tercero substituyó a un cónsul muerto, ejemplo nunca visto en un emperador. Pero fuese o no cónsul, administraba justicia con mucha asiduidad, hasta en los días consagrados, en su casa o en su familia, a alguna solemnidad, y algunas veces lo hizo incluso durante las fiestas establecidas por la religión desde remota antigüedad. No siempre se atenía a los términos de la ley, haciéndola más suave o más severa, según la justicia del caso o siguiendo sus impulsos; así estableció en su derecho de demandantes a los que lo habían perdido legalmente ante los jueces ordinarios por haber pedido demasiado, y acrecentando el rigor de las leyes, condenó a las fieras a los que quedaron convictos de fraudes muy graves.
XV. En sus informes y sentencias mostraba un carácter variable en gran manera: circunspecto y sagaz unas veces, inconsiderado en otras, y hasta extravagante. Cierto día, en virtud de su autoridad, para el servicio de los tribunales, revistaba las decurias, y un ciudadano, a quien el número de hijos concedía el privilegio de no actuar (109), contestó al llamamiento, sin aducir la exención, Claudio le despidió como sospechoso de la manía de juzgar. A otro, interpelado delante de él por sus adversarios en asuntos que le atañía personalmente y que se excusaba pretendiendo que no incumbía al emperador sino a los jueces ordinarios, le intimó que se defendiese en el acto, para obligarle a mostrar en su propia causa la equidad con que juzgaría las otras. Una mujer se negaba a reconocer un hijo suyo; como por una y otra parte fuesen dudosas las pruebas, Claudio le mandó que se casase con el presunto hijo, obligándola de esta manera a confesarse madre suya. Ordinariamente daba razón a las partes presentes contra las ausentes, sin escuchar las excusas, legítimas o no que podían presentar éstas para justificar su ausencia. Como uno pidiera insistentemente que cortasen las manos a cierto falsificador (110), Claudio hizo venir al punto al verdugo con una cuchilla y el banquillo del suplicio. Disputábase la cuestión, a fin de saber si aquel hombre debía defender su causa con toga romana o con manto griego: el emperador, creyendo en este caso dar pruebas de completa imparcialidad, le ordenó tomar alternativamente los dos trajes, uno mientras se celebraba la acusación y el otro durante la defensa, Se cree que en otro asunto dio por escrito esta sentencia: Opino como aquellos que tienen razón. Se vio por estas decisiones tan rebajado, que algunas veces recibió hasta en público muestras de desprecio. Un ciudadano, para excusar la ausencia de un testigo citado por el mismo Claudio en una provincia del Imperio, limitase a exponer que le era imposible comparecer, manteniendo oculta por mucho tiempo la razón; tras haber dejado que el emperador le interrogase repetidamente acerca de ella, concluyó por contestar; Ha muerto, y creo que esto le estaba permitido. Dándole otro gracias porque permitía a un acusado defenderse, añadió: Y sin embargo, así se acostumbra. He oído decir a los ancianos que los abogados abusaban de su paciencia hasta el punto de llamarle cuando se retiraba del tribunal, de retenerle por la toga y algunas veces hasta por un pie; no debe tenerse por increíble, puesto que un litigante se atrevió, en el calor de la discusión, a decirle: Y tú también eres viejo e imbécil. Conocido es, además, el rasgo del caballero romano que, injustamente acusado por implacables enemigos de cometer con las mujeres monstruosas obscenidades y viendo que le oponían y confrontaban con prostitutas de profesión, censuró a Claudio su estupidez y crueldad lanzándole a la cara el estilo y las tablillas que tenía en la mano, con las que le causó en la mejilla una herida bastante profunda.
XVI. Claudio practicó también la censura, lo que no se había hecho desde Plauso y Paulo, pero también en estas funciones mostró la misma desigualdad de carácter y de conducta. En la revista de los caballeros expulsó, Sin tacharle de infamia, a un joven lleno de oprobio, pero a quien su padre declaraba intachable.
Tiene, dijo, su censor. A otro muy conocido por sus desórdenes y adulterios, advirtió que se entregase a los placeres propios de su edad, o al menos con más cautela, y añadió: ¿Qué necesidad hay de que conozca yo el nombre de tu amante? Cierto día, y a ruegos de sus amigos, borró la nota de infamia unida al nombre de un ciudadano. Quiero, sin embargo, dijo, que subsista la tacha. Hizo suprimir del cuadro de jueces a uno de los principales habitantes de la provincia de Grecia que no sabía latín, y no contento con esto, le hizo degradar además a la clase de extranjero. Exigió también que todo ciudadano que tuviese que dar cuenta de su conducta lo hiciese por sí mismo, según sus medios y sin abogado. Tachó a muchos ciudadanos que estaban muy lejos de esperarlo y por causas bastante insignificantes: a uno por haber salido de Italia sin conocimiento del emperador y sin su permiso; a otro, por haber acompañado a un rey a sus Estados. Con este motivo citó el ejemplo de Rebirio Póstumo, acusado en otro tiempo del delito de alta traición porque había seguido a Alejandría al rey Ptolomeo, su deudor. Era su deseo tachar aun a mayor número, pero la negligencia de los comisarios instructores le impuso la afrenta de no encontrar en gran parte más que inocentes donde creía hallar culpables; pues aquellos a quienes censuraba el celibato, la falta de hijos o de caudal, justificaban en el acto su matrimonio, paternidad o riquezas. Hubo incluso quién, acusado de haberse herido con una espada para quitarse la vida, mostró, despojándose de sus ropas, que no tenía ninguna herida. Se advirtió también, entre otras singularidades de su censura, que hizo comprar y romper públicamente un carro de plata de maravilloso trabajo que habían puesto en venta cerca de las Sigilarias (111), y que en un solo día publicó veinte edictos, entre los cuales había uno que disponía embrear bien toneles atendiendo a que habría mucho vino aquel año; y otros que aconsejaba el jugo del tejo como eficaz remedio contra la mordedura de víbora.
XVII. Hizo sólo una expedición militar, y aun ésta sin importancia. El Senado le había decretado los ornamentos triunfales, pero no pareciéndole aquello bastante para la majestad de su jerarquía y aspirando a los honores de merecido triunfo, eligió para teatro de sus proezas la Bretaña, que no había sido atacada por nadie desde Julio César, y en la que reinaba entonces cierta efervescencia a causa de los desertores que no habían sido devueltos. Marchó, pues, a embarcarse en Ostia, pero estuvo a punto de naufragar dos veces a consecuencia de un viento impetuoso que le sorprendió en la costa de la Liguria, próxima a las islas Stechadas. Por esta causa desde Marsella fue por tierra a Gesoriacum donde pasó el mar. En pocos días, sin combatir, sin efusión de sangre, recibió la sumisión de parte de la isla; volvió a Roma seis meses después de su marcha y desplegó en su triunfo un deslumbrador aparato. Permitió a los gobernadores de las provincias y hasta a algunos desterrados, que se trasladasen a Roma para presenciar el espectáculo, y colocó en la parte superior del palacio de los césares, entre los despojos del enemigo y junto a la corona cívica, una corona naval, como monumento de su paso y victoria sobre el océano; su esposa Mesalina seguía en un carro al vencedor, y los que habían merecido en esta guerra los ornamentos triunfales, le seguían a pie, revestidos con la pretexta. Sólo Craso Oruga montaba un caballo enjaezado y llevaba traje con palmas, por ser la segunda vez que obtenía recompensas militares.
XVIII. Se ocupó siempre con gran solicitud en el abastecimiento y seguridad de Roma. Durante el incendio del barrio Emiliano, como no podían contenerse los progresos del fuego, pasó dos noches en el Diribitorio. Viendo que soldados y esclavos estaban extenuados de fatiga, Claudio, por medio de los magistrados, hizo llamar al pueblo de todos los barrios. Mandó llevar entonces canastos llenos de dinero y exhortó a todos al trabajo, prometiendo a cada cual recompensas según sus servicios.
XIX. Habiéndose encarecido bastante el precio de los víveres a consecuencia de su prolongada escasez, la multitud le detuvo un día en el Foro abrumándole de injurias y lanzándole pelladas de barro. Le costó mucho trabajo escapar. Y tuvo que entrar en su palacio por una puerta excusada; no hubo después medio que no imaginase para asegurar la llegada de convoyes hasta en invierno, y para garantir a los abastecedores beneficios ciertos, tomando a su cargo las pérdidas que ocasionase el mal tiempo y concediendo algunas ventajas a los que equipasen naves para el comercio de granos proporcionadas a su posición en el Estado; otorgó a los ciudadanos las dispensas establecidas por la ley Papia Popea, a los latinos los derechos de ciudadanos romanos. a las mujeres las prerrogativas de madres de cuatro hijos, subsistiendo aún en nuestros días tales reglamentos.
XX. Inició grandes trabajos, pero se preocupó más del número que de la utilidad: son los principales el acueducto comenzado por Cayo, un canal de espurgo para el lago Fucino y el puerto de Ostia. Sabía, no obstante, que Augusto había rehusado siempre una de estas obras a las apremiantes solicitudes de los marsos y que Julio César había tenido que renunciar al fin a la otra, a causa de las dificultades de la ejecución. Hizo llegar a Roma el agua Claudina, suministrada por manantiales frescos y abundantes, llamados el uno fuente Verde, y el otro fuente Curtiana o Albudina. Por un magnífico acueducto trajo las del nuevo Anio, que quedaron distribuidas en numerosos y magníficos depósitos. Por lo que toca a los trabajos del lago Fucino, vio tanto provecho como gloria en emprenderlos, porque muchos particulares habían propuesto encargarse de los gastos, a condición de que se les cediese el terreno que quedase en seco. A fuerza de grandes trabajos quedó terminado este canal, habiendo tenido que abrirlo en una longitud de tres mil pasos a través de una montaña, de la que hubo que cortar una parte y arrasar la otra. La obra duró once años, habiendo trabajado en ella sin reposo treinta mil hombres.
Construyó el puesto de Ostia, rodeándole de dos brazos a derecha e izquierda y elevando un dique a la entrada, sobre suelo ya levantado. A fin de asegurar mejor este dique empezaron por sumergir la nave con que se había traído de Egipto el gran obelisco; sobre fuertes pilares construyeron después hasta prodigiosa altura una torre, parecida el faro de Alejandría, para alumbrar por la noche la marcha de los buques.
XXI. Repartió muchas veces congiarios al pueblo; dio juegos magníficos y con frecuencia sin atenerse a las representaciones ordinarias, en los sitios acostumbrados; imaginó otros espectáculos y reprodujo los antiguos designándoles nuevos parajes. Cuando reconstruyó el teatro incendiado de Pompeyo (112), dio la señal de los juegos de la dedicación desde lo alto de una tribuna colocada en la orquesta, habiendo antes sacrificado a los dioses en la parte superior del edificio; desde allí había bajado a ocupar su puesto, atravesando el recinto en presencia de toda la asamblea sentada y silenciosa. Celebró asimismo los juegos seculares, cuya época había adelantado Augusto, según se decía entonces, aunque dice él mismo en sus memorias que este emperador, después de larga interrupción, los ordenó en su debido tiempo, habiendo calculado exactamente los años transcurridos. A causa de esto se burlaron mucho del anuncio del pregonero invitando al pueblo con la fórmula solemne u juegos que nadie había visto ni volvería a ver, pues existían todavía muchos ciudadanos que ya los habían visto, y algunos actores que se habían presentado en la escena en los últimos juegos, aparecieron también en éstos. Dio con frecuencia juegos de Circo sobre el Vaticano, y algunas veces, después de cinco carreras de carros, celebrábanse cacerías de fieras. Adornó el Circo Máximo con barreras de mármol y metas doradas, en substitución de las antiguas, que eran de madera o piedra tosca. Señaló asientos para los senadores, que, hasta entonces, no los tenían fijos (113) Además de las luchas de las cuadrigas, dio espectáculos de juegos troyanos y cacerías africanas, ejecutados por un escuadrón de jinetes pretorianos, que iban con sus tribunos al frente y entre ellos y el mismo prefecto. Presentó, asimismo, a los jinetes tesalianos que persiguen en el Circo toros salvajes, les saltan sobre el lomo, tras haberlos cansado a la carrera y los derriban asiéndolos por los cuernos. Aumentó los espectáculos de gladiadores, dándolos de muchas clases: uno anual en el campamento de los pretorianos, pero sin aparato ni lucha de fieras; otro en el campo de Marte, de la forma y duración acostumbradas; dio aún otro en el mismo lugar, pero éste completamente nuevo, de escasa duración y al que llamó la sportula, porque al anunciarlo por primera vez, dijo que invitaba al pueblo como a una cena improvisada y sin aparato. Eran estos dos espectáculos en que se mostraba más afable y alegre; veíasele, como al pueblo, contar por los dedos de la mano izquierda y en voz alta las monedas de oro ofrecidas a los vencedores; invitaba él mismo e incitaba a todos los espectadores a la alegría, llamándoles de vez en cuando señores; a sus palabras mezclaba también en ocasiones bromas de pésimo gusto; así el día en que, reclamado por el público el gladiador Palumbus (114), contestó que lo presentaría si se le pudiese coger. El rasgo siguiente tenía cuando menos el mérito de ser un sabio consejo dado con oportunidad: Concedida por él la varilla de licencia a un essedario (114 bis) a petición de cuatro hijos del mismo, y viendo que el público aplaudía, hizo al punto circular las tablillas en las que mostraba al pueblo la gran conveniencia de tener hijos, puesto que eran fuente de favor y fuerza incluso para un gladiador. Hizo representar en el campo de Marte, como simulacro de guerra, la toma y saque de una ciudad y la sumisión de los reyes de la Bretaña, presidiendo él mismo vestido de general. Antes de desecar el lago Fucino se propuso dar en él una naumaquia, pero como quiera que al saludo de los combatientes al pasar delante de él. ¡Salve, emperador, los que van a morir te saludan! Hubiese contestado Claudio: ¡Salud a vosotros!, se negaron a combatir, alegando que aquella respuesta significaba un indulto. Durante algún tiempo deliberó si los haría morir a todos por el hierro o por el fuego; bajó, finalmente, de su asiento, corrió aquí y allá alrededor del lago con paso vacilante y actitud ridícula, amenazando a éstos, rogando a aquellos, y concluyó por decidirlos al combate. En este espectáculo se vio abordarse una flota siciliana y otra de Rodas de doce trirremes cada una; y la señal había sido dada con la trompeta de un Tritón de plata, hecho surgir en medio del lago por medio de un oculto mecanismo.
XXII. En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.
XXIII. Hizo continuo el despacho de los negocios (115), que había estado hasta él dividido entre los meses de invierno y los de verano. La jurisdicción de los fideicomisos, delegada antes a los magistrados de Roma como comisión anual, les quedó adjudicada a perpetuidad, dándola también a los magistrados de las provincias. Derogó el artículo añadido a la ley Capia Popea (116) por el emperador Tiberio y que suponía a los sexagenarios incapaces de engendrar. Dispuso que los cónsules podrían dar, por excepción, tutores a los pupilos y que a aquellos a quienes los magistrados hubiesen prohibido el acceso a las provincias se les prohibiría también la estancia en Roma y en Italia. Imaginó una nueva manera de destierro, prohibiendo a muchos ciudadanos alejarse de Roma más allá de tres millas. Cuando tenía que tratar en el Senado algún asunto importante, ocupaba una silla de tribuno, entre los dos cónsules. Hizo suya la atribución de los salvoconductos, que ordinariamente eran pedidos al Senado.
XXIV. Las insignias consulares fueron otorgadas por él hasta a los delegados imperiales llamados ducenarios; despojo de la categoría de caballeros a los que rehusaban la de senadores. A pesar de que al principio de su mando se había comprometido formalmente a no crear ningún senador que no fuese al menos tataranieto de un ciudadano romano, concedió la lacticlavia al hijo de un liberto, a condición de que antes había de hacerse adoptar por un caballero. A fin de adelantarse a la censura que temía, recordó el ejemplo del censor Apio Ceco, fundador de su raza, que había hecho ingresar en el Senado hijos de libertos; ignoraba, sin embargo, que en tiempos de Apio y hasta después de él, llamaban libertos no a los que habían conseguido la manumisión, sino a los hombres libres nacidos de aquellos. Encargó al Colegio de los cuestores la organización de los juegos de gladiadores, en lugar de la reparación de los caminos públicos, que tenía antes a su cargo. Le quitó asimismo el gobierno de la Galia y de Ostia, y le restituyó la guarda del tesoro de Saturno (117), confiado desde tiempo de Augusto a pretores encargados, o a pretores antiguos, como se hace en nuestros días. Concedió los ornamentos triunfales a Silano, prometido de su hija, antes de haber entrado en la pubertad, aunque, en general, los concedió con tanta profusión y facilidad, que las legiones llegaron a dirigirle en común una solicitud en la que le pedían que los legados consulares obtuviesen los ornamentos del triunfo a la vez que el mando de un ejército, para que no buscasen continuamente pretextos de guerra. Concedió a A.Plautio los honores de la ovación, y cuando éste entró en Roma, salió Claudio a recibirle, llevándole a su lado al subir al Capitolio y al descender. A Gabino Segundo, por haber vencido a los chaucos, nación de la Germania, le autorizó para tomar el dictado de Chaucico.
XXV. Dispuso el ascenso militar de los caballeros, dando después de la cohorte, el escuadrón, y después del escuadrón, el tribunal de legión. Creó asimismo una especie de servicio ficticio, retribuido por los ausentes, que solo tenían títulos sin cargos, dándoles el nombre de supernumerarios. Hizo prohibir a los soldados, por medio de un senadoconsulto, la entrada en las casas de los senadores para saludarlos. Confiscó los bienes a los libertos que se hacían pasar por caballeros romanos. Redujo de nuevo a esclavitud a todos los convictos de ingratitud, o que daban a sus dueños motivos de queja, amenazando a sus abogados con no hacerles justicia a ellos mismos, en iguales circunstancias, contra sus libertos. Como algunos dueños abandonasen en la isla de Esculapio a sus esclavos enfermos, para librarse del cargo de cuidarlos, el emperador declaro que todos los así abandonados quedaban libres, y que en caso de curación no pertenecerían más a sus antiguos dueños; añadía aún que al que diere muerte a su esclavo por no abandonarle, se le perseguiría como homicida. Por un edicto expreso, prohibió a los viajeros atravesar las ciudades de Italia de otra manera que a pie, en silla de manos o en litera. Estableció en Puzzola y en Ostia una cohorte para los casos de incendio. Prohibió a los extranjeros que tomasen nombres de familias romanas, e hizo ejecutar con hacha en el campo Esquilino a los que habían usurpado el título de ciudadano romano. Hizo devolver al Senado las provincias de Ocaya y Macedonia, que Tiberio había tomado bajo su administración. Despojó a los licios de la libertad en castigo de sus querellas intestinas, devolviéndola, en cambio, a los de Rodas, como recompensa a su arrepentimiento por sus faltas pasadas.
Declaró a los troyanos exentos a perpetuidad de todo tributo, como fundadores de la raza romana, con este motivo, leyó una antigua misiva griega del Senado y del pueblo al rey Seleuco, en la cual los romanos le prometían alianzas y amistad a condición de que eximiría de todo impuesto a sus hermanos los troyanos. Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto (118), provocaban turbulencias. Autorizó a los diputados de los germanos a sentarse en la orquesta, placiéndole mucho la sencillez y confianza con que aquellos extranjeros, a quienes había colocado en medio del pueblo, fueron espontáneamente a sentarse junto a los embajadores de los partos y armenios, sentados entre los senadores, diciendo que no les eran inferiores en calidad ni en valor. Suprimió completamente en las Galias la cruel y atroz religión de los druidas que Augusto se había limitado a prohibir a los ciudadanos. En cambio, intentó hacer pasar del Atica a Roma los misterios de Eleusis y propuso reconstruir en Sicilia, por cuenta del Tesoro público, el templo de Venus Ericina, que se había derrumbado de viejo. Contrajo alianza con los reyes en el Foro, inmolando una cerda y haciendo leer por los feriales la antigua fórmula de los juramentos. No debe olvidarse, sin embargo, que estos actos, como en general todos los de su gobierno, expresaban más bien la voluntad de sus mujeres y libertos que la suya, y no tenían otra regla que el interés o el capricho de éstos.
XXVI. Siendo todavía muy joven tuvo dos esposas: Emilia Lépida, bisnieta de Augusto, y Livia Medulina, perteneciente a la antigua familia del dictador Camilo, y que había conservado el nombre de Camila. Repudió a la primera, virgen aún, porque sus padres habían caído en desgracia ante Augusto; la otra falleció de enfermedad el mismo día en que iba a celebrarse la boda. Casó más adelante con Plaucia Urgulanila, de familia triunfal, y luego con Elisa Petina, hija de un consular.
De estas dos esposas se separó por divorcio; de Petina, por faltas ligeras; de Urgulanila se separó por sus innobles desórdenes, a los que se añadían aún sospechas de homicidio. Contrajo después matrimonio con Valeria Mesalina, hija de su primo Barbato Masala; pero cuando supo que, además de sus excesos y crímenes, se había atrevido a casarse con C. Silio y a consignar una dote en manos de los augures mandó darle muerte, jurando ante los pretorianos reunidos permanecer célibe, puesto que el matrimonio le resultaba tan mal, y dejarse matar por ellos si violaba su juramento. A pesar de ello, trató en breve de nueva unión con la misma Petina a quien había repudiado, y con Solia Paulina, que había estado casada con C. Cesar. Pero las seducciones de su sobrina Agripina hija de Germánico, ayudadas por el derecho de abrazarle y el frecuente trato, le inspiraron más profundo amor; sobornó entonces a los senadores, que en la primera reunión propusieron obligarle a casarse con ella, con el pretexto de que aquella unión era de importancia esencial para el Estado, y de dar así facultades a los demás ciudadanos para contraer iguales matrimonios, considerados hasta entonces incestuosos. Se casó con ella a la mañana siguiente, pero no encontró a nadie que quisiere seguir su ejemplo, exceptuando un liberto y un centurión primipilario, a cuyas bodas asistió Agripina.
XXVII. Tuvo hijos de tres esposas: de Urgulanila, a Druso y Claudia; de Petina, a Antonia; de Mesalina, a Octavia y un hijo, al que primeramente dio el nombre de Germánico y de Británico después. Druso murió en Pompeya, siendo todavía niño, ahogado por una pera que lanzaba al aire y recibía en la boca. Pocos días antes de su muerte le habían desposado con una hija de Seyano, razón por la cual me asombra que se haya escrito que fue Seyano autor de su muerte. Claudio hizo echar y exponer desnuda a Claudia en la puerta de la casa de su madre, como fruto de comercio criminal con su liberto Boter, aunque ella había nacido cinco meses después del divorcio del emperador y había comenzado éste a cuidar de ella.
Casó a Antonia primero con Cn. Pompeyo, llamado el Grande, y luego con Fausto Sila, jóvenes nobilísimos. Dio Octavio a su yerno Nerón, a pesar de haberla desposado con Silano. Por lo que toca a Británico, que nació el día veintinueve de su reinado, durante su segundo consulado, no cesaba de recomendarle públicamente a los soldados, enseñábale muy niño aún en sus manos al pueblo, le tenía sobre sus rodillas o delante de él en el teatro y hacía tiernos votos por aquel niño, uniéndolos a las aclamaciones de la multitud. Adoptó a su yerno Nerón, y no contento con repudiar a los otros dos, Silano y Pompeyo, hizo darles muerte.
XXVIII. A los que más afecto mostró entre sus libertos, fueron el eunuco Posides, al que se atrevió a honrar con una lanza sin hierro (119) en presencia de soldados valerosos, en su triunfo sobre la Bretaña: Félix, a quien dio cohortes, escuadrones y el gobierno de la Judea, y que fue esposo de tres reinas; Arpocras, al que concedió el derecho de hacerse llevar en litera por la ciudad y de dar espectáculos al pueblo; y más aún que a éstos, a Polibio, su lector, a quien con frecuencia se le veía marchar entre los dos cónsules. A los que más quiso fue, sin embargo, a su secretario Narciso y a Palas, su intendente, a quienes el Senado, con beneplácito del emperador, otorgó magnificas recompensas y hasta los ornamentos de la cuestura y pretura; las exacciones y rapiñas de éstos fueron tales, que quejándose Claudio un día de no tener nada en su tesoro, le contestaron sarcásticamente que sus cajas desbordarían si sus dos libertos quisiesen asociarse con él.
XXIX, Gobernado, como he dicho ya, por sus libertos y esposas, antes vivió como esclavo que como emperador. Dignidades, mandos, impunidad, suplicios, todo lo prodigó según el interés de estos afectos y caprichos, y las más veces ignorándolo.
No quiero entrar ahora en minuciosidades y no detallaré sus liberalidades revocadas, sus sentencias anuladas, sus nombramientos para los cargos, o ignominiosamente supuestos o públicamente cambiados; citaré hechos más graves.
Hizo morir a Apio Silano, padre de su yerno, y a las dos Julias, la hija de Druso y la de Germánico, por vaga acusación y sin querer escucharlas. Trató de igual manera a Cn. Pompeyo, casado con su hija mayor, y a L. Silano, esposado con la menor.
Pompeyo fue degollado en los brazos de un joven a quien amaba; Silano recibió orden de despojarse de la pretura, cuatro días antes de las calendas de enero, y suicidóse al empezar el año, el mismo día en que se celebraban las bodas de Claudio y Agripina. Firmó también la sentencia de muerte de treinta y cinco senadores y de mas de trescientos caballeros romanos; hizo esto con tanta ligereza, que a un centurión, encargado de matar a un consular, que se le había presentado para decir que estaban cumplidas sus órdenes, le contestó que no había dado ninguna. Sin embargo, no dejó de aprobar aquellas muertes, asegurado por sus libertos de que los soldados habían cumplido su deber, tomando a su cargo el cuidado de vengar al emperador. Pero lo que mas cuesta creer es que le hicieron firmar el contrato de matrimonio de Mesalina y Silio, su amante, haciéndole creer que era una farsa, para echar sobre otro un peligro con el cual le amenazaban ciertos prodigios.
XXX. Ostentaba Claudio en su persona cierto aspecto de grandeza y dignidad, ora estuviese en pie, ora sentado, pero principalmente en actitud de reposo. Era alto y esbelto, su rostro era bello y hermosos sus blancos cabellos, y tenía el cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas se doblaban frecuentemente; en sus juegos, así como en los actos más graves de su vida, mostraba varios defectos naturales: risa completamente estúpida; cólera más innoble aún, que le hacía echar espumarajos; boca abierta y narices húmedas; insoportable balbuceo y continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificantes que fuese.
XXXI. Tan débil como fue su salud hasta su advenimiento al Imperio, así tornase buena después, exceptuando, sin embargo, algunos dolores de estómago, tan agudos, que más de una vez pensó, a lo que se dice, en darse muerte.
XXXII. Con frecuencia organizó espléndidos festines en parajes inmensos, y de ordinario tenía hasta seiscientos convidados. Cierto día hizo servir, junto al canal de desagüe del lago Fucino, uno de estos festines, viéndose en peligro de perecer bajo las aguas, que habían irrumpido inesperadamente. Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes en ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos. Recayendo sospechas en un convidado de haber robado una copa de oro, Claudio le invitó otra vez al día siguiente y le hizo servir en un vaso de barro. Se afirma que ideaba un edicto para permitir eructar y ventosear en su mesa (latum crepitumque ventris inconvivio emittendi), porque supo que un convidado estuvo a punto de morir por haberse contenido en su presencia.
XXXIII. Estaba siempre dispuesto a comer y beber a cualquier hora y en cualquier lugar que fuese. Cierto día que estaba juzgando en el Foro de Augusto, llegó hasta él el olor de un festín que cerca del lugar estaban preparando para los sacerdotes Salianos en el templo de Marte. Claudio abandonó en el acto el tribunal, marchó a casa de los sacerdotes y sentase a la mesa con ellos. Nunca abandonó la mesa sino henchido de manjares y bebidas; en seguida se acostaba de espaldas con la boca abierta, y mientras dormía, le introducían una pluma para aligerarle el estómago. Dormía tan poco tiempo —despertaba casi siempre antes de medianoche—, que a menudo se dormía de día y hasta en el tribunal, costando trabajo a los abogados despertarle aun alzando mucho la voz. Amó con pasión a las mujeres, pero no tuvo nunca comercio con los hombres. Fue muy aficionado al juego, escribiendo incluso un libro sobre este arte; jugaba hasta en viaje, pues había hecho construir los carruajes y mesas de manera que el movimiento no pudiese interrumpir el juego.
XXXIV. Dio pruebas de carácter feroz y sanguinario, así en las cosas pequeñas como en las grandes. Hacia aplicar el tormento y ejecutar sin dilación a los parricidas, presenciando siempre las ejecuciones (120). En Tibur deseaba ver un suplicio a la manera antigua y ya estaban atados al poste los culpables, pero encontrándose ausente el verdugo, Claudio tuvo la paciencia de esperar hasta la tarde a que llegase de Roma. En los espectáculos de gladiadores dados por él a por otros, hacía degollar a todos los que caían, aunque fuese casualmente, y en especial, a los reciarios, cuya semblante moribundo le gustaba contemplar.
Habiéndose atravesado simultáneamente dos combatientes, se hizo construir en seguida pequeños cuchillos con sus espadas. Gozaba tanto viendo a los gladiadores llamados bestiarios y a los meridianos (121), que iba a sentarse en el anfiteatro al amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, obligaba a bajar a la arena con el pretexto más ligero e imprevisto a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí. Un día llegó incluso a obligar a uno de sus nomenclatores a combatir como se encontraba, es decir, vestido con la toga.
XXXV. Pero el rasgo más saliente de su carácter era la desconfianza y el miedo. En los primeros días de su reinado, aunque fingía, como dijimos, mucha afabilidad, no se atrevía a sentarse a ninguna mesa de festín sin tener a su lado una guardia armada con lanzas, y en vez de esclavos, soldados para servirle. No iba a ver a ningún enfermo sin haber hecho reconocer antes la habitación, registrar los colchones y sacudir las colchas. En su palacio tuvo siempre junto a él criados encargados de registrar a los que iban a saludarle; nadie se escapaba a esta medida, que se practicaba con el mayor rigor. Sólo hacia el fin de su reinado, y no sin disgusto, dispensó de él a las mujeres, los niños y las jóvenes, y cesó de hacer quitar a los esclavos y escribientes la caja de estilos que llevaban detrás de sus dueños. Durante una sedición, persuadido Camilo de que era muy fácil asustar a Claudio sin recurrir a actos de hostilidad, le escribió una carta llena de amenazas e injurias, en la que le mandaba que renunciase el Imperio y se entregase a la vida ociosa del particular. Claudio deliberó en presencia de los principales ciudadanos si obedecería.
XXXVI. Tanto fue su terror por algunas conjuraciones que le denunciaron sin fundamento, que resolvió renunciar al mando. Habiendo cogido cerca de él, como dije ya, a un hombre armado con un puñal, Claudio convocó en el acto al Senado por medio de los pregoneros, lloró, lanzó gritos, lamentóse de su mala suerte que le exponía a continuos peligros y durante mucho tiempo no quiso presentarse en  público. Su amor a Mesalina, por ardiente que fuese, no cedió tanto al resentimiento de sus ultrajes como al temor de sus maquinaciones, pues le atribuía el designio de hacer pasar el Imperio al adúltero Silio. Fue por este tiempo cuando, dominado por un terror vergonzoso, huyó al campamento de los pretorianos preguntando a cuantos encontraba en su camino si era todavía emperador.
XXXVII. No había sospecha, por ligera que fuese, ni denuncia, por falsa, antes las cuales el temor no le indujese a precauciones excesivas y a la venganza. Un litigante que había ido a saludarle, le dijo secretamente que había visto en sueños asesinarle un desconocido; pocos momentos después, viendo entrar a su adversario con un escrito, fingió reconocer en él al asesino que había visto en su sueño y lo mostró al emperador. Claudio mandó en el acto que le llevaran al suplicio como a un criminal. Se dice que también obraron así para perder a Apio Silano; Mesalina y Narciso, que habían urdido la trama, se repartieron los papeles. Narciso entró antes de amanecer, con aspecto agitado, en la cámara del emperador y le dijo que acababa de ver en sueños a Apio atentar contra su vida; Mesalina. Fingiéndose sorprendida, dijo que también por su parte hacía muchas noches soñaba lo mismo.
Un momento después llegaba Apio, que la víspera había recibido orden terminante de presentarse a aquella hora, y Claudio, persuadido de que iba a realizar el ensueño, hízole prender y darle muerte en el acto. A la mañana siguiente hizo al Senado una relación de todo lo ocurrido y dio gracias a su liberto porque, hasta durmiendo, velaba por su vida.
XXXVIII. Viéndose sujeto a la ira y al rencor, publicó un edicto, excusándose y distinguiendo entre estos dos defectos, decía: que la primera sería breve e inofensiva, y el segundo jamás sería injusto. Habíase encolerizado contra los habitantes de Ostia, porque no acudieron en barcas a recibirle cierto día en que remontaba el Tíber; habíalos censurado con acritud porque le trataban como a un hombre cualquiera; pero arrepentido en seguida, se excusó en cierto modo y los disculpó. Se le vio rechazar a veces con la mano a muchos ciudadanos que intempestivamente se le acercaron en público. Desterró a pesar de su inocencia y sin querer escucharlos al secretario de un cuestor y a un senador que había sido honrado con la pretura; al uno por haber litigado contra él con excesivo ardor cuando no era aún emperador; al otro por haber impuesto una multa, siendo edil, a algunos arrendatarios suyos que vendían viandas cocidas, a pesar de los reglamentos, y además por haber hecho azotar a su intendente que intervino en la causa. Por el mismo motivo quitó también a los ediles la vigilancia de las tabernas.
En cuanto a su estupidez, era tanta, que llegó incluso a querer hablar de ella, asegurando en algunos discursos lamentables que había sido una astucia imaginada por él en tiempos de Calígula para librarse de aquél y conseguir sus fines. Pero no logró convencer a nadie y poco después apareció un libro en griego, titulado La curación de los imbéciles, en el que se demostraba que nadie era capaz de fingir la imbecilidad.
XXXIX. Asombraba sobre todo por sus inconsecuencias y distracciones, o diciéndolo como los griegos, por sus olvidos y equivocaciones. Poco tiempo después de la ejecución de Mesalina, preguntó, al sentarse a la mesa, por qué no venía la emperatriz. Ordenaba a menudo convidar a comer o a jugar a los dados con él a ciudadanos que había mandado matar el día anterior, y cansado de esperar, enviaba mensajeros a reprenderlos por su tardanza. Iba a contraer con Agripina un matrimonio reprobado por las leyes, y no dejaba de llamarle en todos sus discursos su hija, su pupila, nacida en sus brazos, criada sobre sus rodillas. Se disponía a adoptar el hijo de su esposa cuando el suyo era ya un adulto.
XL. Era a menudo tan inconsiderado en sus palabras y acciones que mostraba no saber quién era, con quién estaba, ni en qué tiempo, ni en qué lugar.
Cierto día, en el Senado, mientras se trataba de carniceros y taberneros, exclamó: ¿Quién de nosotros, decidme, puede vivir sin sopa? y se deshizo en alabanzas de la abundancia que reinaba en otro tiempo en las tabernas, a las que acudía él mismo en busca de vino. Concedió su voto a un candidato para la cuestura, entre otras razones, porque su padre le había dado muñe oportunamente agua fresca en cierta enfermedad. Llamada una mujer como testigo ante el Senado: Esta mujer —dijo—, ha sido liberta y peinadora de mi madre, pero siempre me ha considerado como un sueño. En su mismo tribunal se enfureció contra los habitantes de Ostia, que le dirigían un ruego, empezando a gritar con toda su fuerza que no tenia ningún motivo para favorecerlos y que era tan libre como cualquier otro. Todos los días, a cualquier hora y en cualquier momento repetía: ¿Me tomáis acaso por el atleta Teogonio?, y añadía en griego, hablad, pero no me toquéis. Decía, en fin, otras mil cosas, que habrían parecido inconveniencias hasta en un simple particular, cuanto más en un príncipe que no carecía de cultura ni de saber y que mostraba gran afición al estudio.
XLI. Trató en su juventud de escribir la historia, exhortándole Tito Livio y ayudándole Sulpicio Flavo; comenzó ante aun nutrido auditorio la lectura de su trabajo, pero él mismo hizo perder el interés, y fue del siguiente modo. Cuando empezó a recitar, un espectador muy grueso rompió el banco en que se sentaba, estallando en risas toda la asamblea. Se procuró en vano restablecer el silencio; pero ni el propio Claudio podía contener la risa, que le asaltaba a cada instante por el recuerdo, y de esta manera se generalizaba la hilaridad. Escribió mucho durante su reinado, e hizo siempre que sus obras las recitasen en público sus lectores. Su historia principia después de la muerte del dictador César; pero en seguida pasó a época más reciente, es decir, al término de las guerras civiles, pues las continuas quejas de su madre y abuela le impidieron escribir libremente y con verdad acerca de los tiempos anteriores. Dejó dos libros de la primera de estas historias y cuarenta y uno de la segunda; compuso asimismo ocho libros de memoria sobre su vida, en los que se advierte menos ingenio que elegancia. Escribió además una apología bastante erudita de Cicerón, para contestar a los libros de Asinio Galo.
Inventó tres letras que creía de gran necesidad y las cuales quiso añadir al alfabeto.
Ya antes de ser emperador había publicado un libro sobre este asunto; cuando lo fue, no tropezó con grandes dificultades para que se adoptase el uso de tales letras que se encuentran en la mayor parte de los libros, actas públicas e inscripciones de aquella época.
XLII. Tuvo también gran afición a los estudios griegos, y en todas las oportunidades mostró la importancia que daba a este hermoso idioma. A un bárbaro, que hablaba delante de él en griego y en latín: Veo con satisfacción —le dijo—, que posees nuestras dos lenguas. Recomendando la Acaya a los senadores, les dijo: Estoy unido a esta provincia por los lazos de los mismos estudios. En el Senado respondió casi siempre en griego a los discursos de los embajadores; y en su tribunal citaba muchas veces versos de Homero. Cuando se deshacía de un enemigo o de un conjurado y el tribuno de guardia le pedía la contraseña, le decía ésta: Vengarme en el acto del primero que me ofenda (122).
Escribió, en fin, en esta lengua veinte libros de la historia de los tirrenianos y ocho de la de los cartagineses. Con motivo de estas obras, al antiguo museo de Alejandría se añadió otro con el nombre mismo del emperador, acordándose que todos los años, en determinados días, los miembros de los dos museos darían por turno lectura pública, en el uno de la historia de los cartagineses, y en el otro de la de los tirrenianos.
XLIII. Hacia el fin de su vida dio Claudio evidentes muestras de arrepentimiento por haberse casado con Agripina y por haber adoptado a Nerón. Un día en que sus libertos celebraban en presencia suya la equidad de una sentencia pronunciada por él, la víspera, contra una mujer adúltera, les dijo que la suerte le había dado también esposas impúdicas, pero que también ellas habían sido castigadas, y un momento después, encontrando a Británico, lo abrazó tiernamente y le dijo: Acaba de crecer y te daré cuenta de todos mis actos, y añadió en griego: El que ha hecho la herida la curará, y aunque Británico era muy joven aún, quería adelantar la edad, ya que su estatura lo permitía y hacerle vestir antes de tiempo la toga viril, exclamando que el pueblo romana tendría al fin un verdadero cesar.
XLIV. Poco tiempo después redactó su testamento que firmaron todos los magistrados. No hay duda que hubiese realizado todos sus proyectos, pero Agripina, que atormentaba su conciencia y a la que muchos delatores comenzaban a acusar, se le adelantó. Convienen todos en que murió envenenado, pero no se sabe con certeza dónde ni por quién. Algunos dicen que fue en el Capitolio, en un festín con los pontífices y por el eunuco Holato, su gustador; afirman otros que fue en una comida familiar y por la misma Agripina, que con este objeto había envenenado una seta, uno de sus manjares predilectos. Tampoco se está de acuerdo en cuanto a lo que sucedió después. Según la mayoría, perdió en el acto la voz y murió al amanecer, después de haber padecido horriblemente toda la noche; según otros, tras haberse aletargado algunos momentos, vomitó todo lo que había comido y entonces le hicieron tomar otra dosis de veneno, ya sea en una sopa como para devolver fuerzas a su estomago extenuado, o bien en una enema como para aliviarle, por medio de evacuaciones, una digestión difícil.
XLV. Mantuvieron secreta su muerte hasta que todo estuvo dispuesto para asegurar el Imperio a su sucesor. Continuóse, con este fin, haciendo votos por su curación y se llamaron incluso a palacio algunos cómicos, pedidos por él, según decían, para distraerse. Murió el 3 de los idus de octubre (123), bajo el consulado de Asinio Marcelo y de Acilio Aviola, a los sesenta y cuatro años de edad y catorce de reinado. Sus funerales fueron celebrados con toda la solemnidad que a su jerarquía convenía y le colocaron en el número de los dioses. Este honor, del que a poco le privó la envidia de Nerón, le fue restituido por Vespasiano.
XLVI. Los principales presagios con que se anunció su muerte fueron: la aparición en el cielo de una de esas estrellas con cabellera que se llaman cometas, el haber caído un rayo en la tumba de su padre Druso y la muerte de casi todos los magistrados de aquel año. Dícese que él mismo previó su próximo fin y no lo ocultó; teniendo, en efecto, que designar cónsules, no designó ninguno para esta época más avanzada del mes en que murió; la última vez que fue al Senado, se le oyó repetidas veces exhortar a sus hijos a la concordia y recomendar con voz suplicante su juventud a los senadores, y, por último, en la postrera audiencia que dio como juez, dijo que había llegado al fin de su vida, e insistió en ello, a pesar de que los presentes rechazaron aquel presagio.

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NOTAS

(106) Según Quintiliano, sólo una enfermedad podía excusar el uso de cubrirse la cabeza, las piernas o las orejas.
(107) A las fiestas de las Saturnales, que duraban muchos días, y en las cuales se hacían recíprocos regalos, se añadieron otras dos, que llamaron sigillaria (a sigilis), del nombre de unas figuritas en relieve que se regalaban a los niños. La contestación de Tiberio a Claudio es, por lo tanto, mucho más ofensiva.
(108) Por Calígula para su propia divinidad.
 (109) El objeto de la ley Papia Popea, al eximir de los deberes judiciales a los que tenían cierto numero de hijos, era alentar a los caballeros al matrimonio.
(110) La ley Cornelia, De falsis, privaba de fuego y agua a los falsificadores.
Los emperadores añadieron a éstas nuevas penas.
(111) Se llamaba así un barrio de Roma, en el que habitaban los comerciantes de sigilla, sellos, figuritas que se regalaban en las fiestas de las Sigilarias. En este barrio habitaban también muchos libreros.
(112) Construido en 699 bajo el consulado de Pompeyo fue varias veces pasto de las llamas especialmente bajo Tiberio que empezó a reedificarlo; Calígula lo terminó y Claudio lo consagró en 794.
(113) Debe tenerse presente aquí que se trata aquí únicamente de los espectáculos dados en el Circo; en el teatro y en los juegos escénicos los senadores tenían en efecto, desde muy antiguo sitios especiales, lo mismo que los caballeros, sitios que venían designados por las leyes Roscia y Julia. Nerón hizo por los caballeros lo que Claudio por los senadores.
(114) Significa palomo volador.
(114 bis) Gladiador que combatía en un carro.
(115) Las vacaciones de primavera y otoño interrumpían el curso de los negocios. Claudio no las suprimió: limitóse sólo a dar mas continuidad al trabajo, estableciendo una sola vacación en vez de varias.
(116) Este articulo de la ley Papia prohibió en efecto, el matrimonio a los sexagenarios. Claudio, ya de bastante edad, se indigno viéndose legalmente proclamado incapaz de tener hijos; derogó esta disposición, haciéndolo al parecer antes de su matrimonio con Agripina, matrimonio que sin ello no hubiese podido contraer.
(117) Esta custodia les había sido quitada por Augusto.
(118) Antiguamente se aplicaban fácilmente al Cristo las palabras impulsore Chresto. Aquí se trata, sin embargo, de un griego que se había hecho judío y excitaba disturbios en Roma; ya que los romanos ignoraron durante mucho tiempo la diferencia que existía entre Judíos y cristianos.
(119) Recompensa militar.
(120) Séneca en su tratado “De la clemencia” dice a Nerón: “Tu padre en cinco años hizo coser en el saco a mas parricidas que se habían cosido en todos los siglos precedentes.”
(121) Llamábanse bestiarios los que combatían con las fieras en los espectáculos matutinos y meridianos los que combatían después de los anteriores.
(122) Odisea, XVI, 72.
(123) 13 de octubre.

domingo, 3 de noviembre de 2013

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE IV DE XII -CAYO CALIGULA-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE IV DE XII
CAYO CALÍGULA


I. Germánico, padre de C. Cesar e hijo de Druso y de Antonia la menor, fue adoptado por Tiberio, su tío paterno; ejerció la cuestura cinco años antes de los que ordenaban las leyes, e inmediatamente después el consulado. Enviado a Germania para tomar el mando del ejército, contuvo con tanta energía como fidelidad a todas las legiones que, a la noticia de la  muerte de Augusto se negaban obstinadamente a reconocer a Tiberio por emperador, ofreciéndole a él mismo el mando supremo del Estado; venció poco después al enemigo, y regresó a Roma para recibir en ella los honores triunfales. Se le designó cónsul por segunda vez, pero antes de entrar en funciones fue, por decirlo así, expulsado de la ciudad por Tiberio, que lo envió a pacificar el Oriente. Después de haber vencido al rey de Armenia, redujo la Capadocia a provincia romana; murió en Antioquia, a la edad de treinta y cuatro años, de una enfermedad de consunción que dio lugar a sospechas de envenenamiento. En efecto, además de las manchas lívidas que le cubrían todo el cuerpo y la espuma que le salía de la boca, se advirtió, cuando le quemaron, que el corazón estaba intacto, lo que dio más veracidad a las sospechas, por creerse comúnmente que el corazón impregnado de veneno resiste al fuego.
II. Creyóse que murió víctima del odio de Tiberio, y merced a la activa complicidad de Cn. Pisón. Este Pisón. que estaba por aquella época investido del gobierno de la Siria, se creía obligado, según decía, por imperiosa necesidad, a ser enemigo del padre o del hijo, y no dejó ni un momento de inferir a Germánico, hasta durante su enfermedad, todo género de ultrajes con su conducta y sus palabras.
Por esta causa, al regresar a Roma, estuvo a punto de que le despedazase el pueblo, viéndose luego condenado a muerte por el Senado. 
III. Sabido es que Germánico poseía todas las mejores cualidades de cuerpo y espíritu, y en grado que nadie alcanzó jamás; poseía valor y belleza singulares; gran superioridad de elocuencia y saber en las lenguas griegas y latina; admirable bondad de alma, gran deseo de agradar y de que le amasen, y un maravilloso talento para conseguirlo. El único defecto que contrastaba con su belleza, era tener algo débiles las piernas; pero lo corrigió con la costumbre de montar a caballo después de las comidas. Luchó cuerpo a cuerpo con muchos enemigos, y a muchos mató por su mano. Defendió ante los jueces gran número de causas hasta después de conseguidos los honores del triunfo, y, como muestras de su cultura, nos ha dejado algunas comedias griegas. Mostrábase igualmente afable eh la vida pública y en la privada; entraba sin lictores en las ciudades libres y aliadas de Roma y dondequiera que veía la tumba de un grande hombre ofrecía sacrificios a sus manes. Quiso reunir en un solo sepulcro los huesos desde mucho tiempo dispersos, de los soldados degollados en la derrota de Varo, para lo cual los recogió por su mano y los llevó él mismo. Sólo oponía a sus detractores, fuera la que fuese la causa de su enemistad, dulzura y moderación. Pisón había hecho pedazos sus decretos y maltratado a sus clientes, y no le mostró resentimiento hasta que vio emplear contra él los maleficios y prácticas odiosas de religión; aun entonces limitase a renunciar públicamente a su amistad, según la costumbre antigua, y a confiar a los suyos su venganza si le ocurría alguna desgracia.
IV. Hermoso fruto recogió de tantas virtudes, e inspiró tal aprecio y amor a sus parientes, que Augusto (sin hablar de los demás) dudó por mucho tiempo si lo elegiría sucesor, e hizo que le adoptase Tiberio. Gozaba también hasta tal punto del favor popular, que, según el testimonio de la mayor parte de los autores, la inmensa multitud que, a su llegada o salida, se precipitaba a recibirle o despedirle, le hizo correr más de una vez peligro de muerte. Cuando regresó a Germania, después de haber apaciguado en ella las sediciones, salieron a recibirle todas las cohortes pretorianas, a pesar de que sólo se había dado orden de hacerlo a dos de ellas, y los habitantes de todo sexo, edad y condición llenaron el camino hasta veinte millas de Roma.
V. Más grandes y vivos testimonios de cariño brotaron, sin embargo, a la noticia de su muerte, y aun mucho después. El día en que murió fueron apedreados los templos y echadas abajo las estatuas de los dioses; algunos ciudadanos arrojaron a la calle sus dioses lares o expusieron sus hijos recién nacidos. Se dice incluso que los bárbaros, en guerra entonces unos contra unos, consintieron una tregua, como signo de luto universal; que algunos príncipes, en señal de profundo dolor, se cortaron la barba e hicieron afeitar la cabeza a sus mujeres; se dice, en fin, que el rey de reyes (82) se abstuvo aquel día de la caza y no admitió a su mesa a los grandes, lo que equivalía entre los partos a suspender la administración de justicia.
VI. Afligida, consternada, la población de Roma a la primera noticia de su enfermedad esperaba ansiosamente nuevas noticias. De súbito, en un anochecer, se difundió, sin saber cómo, la nueva de que Germánico se encontraba restablecido, y en seguida corrieron al Capitolio con antorchas y víctimas, haciéndolo con tal impaciencia para ofrecer a los dioses acciones de gracia que casi derribaron las puertas del templo. Tiberio, dormido, despertó a los alegres gritos del exterior y a las voces que cantaban: ¡Roma salvada, salvada la patria! ¡Germánico se ha salvado!
Pero cuando se supo con certeza su muerte, ningún consuelo, ningún edicto pudo poner limites al dolor público, que duró hasta en las fiestas del mes de diciembre.
Las abominaciones de los tiempos que siguieron aumentaron más todavía la gloria de aquel príncipe y el sentimiento de su pérdidas pues todo estaban persuadidos. Y con razón, de que el respeto y temor que inspiraba a Tiberio servían de freno a la crueldad de éste, crueldad que, en efecto, no tardó en desbordarse.
VII. Germánico habíase casado con Agripina, hija de M. Agripa y de Julia, y tuvo nueve hijos; dos de ellos murieron de pocos meses, y otro al salir de la infancia. Éste poseía ya muchos atractivos: Livia consagró su estatua en traje de Cupido en el templo de Venus, en el Capitolio; Augusto tenía su retrato en su cámara, y cada vez que entraba lo besaba. Los demás sobrevivieron a su padre; a saber: tres hilas, Agripina, Drusila y Livila, nacidas en el espacio de tres años consecutivos, y tres varones, Nerón, Druso y C. César. El Senado declaró enemigos públicos a Nerón y Druso por acusación de Tiberio.
VIII. C. César nació la víspera de las calendas de septiembre, bajo el consulado de su padre y de C. Fonteyo Capito. Hay gran diversidad de opiniones en cuanto al lugar donde nació. Cn. Léntulo Getúlico pretende que en Tibur; Plinio, en Tréveris, en una aldea del cantón ambiancino, más allá de Coblenza, y aun añade como prueba que allí se muestra un altar con esta inscripción: Ob Agrippinae puerperium (al parto de Agripina). Según unos versos publicados al principio de su reinado habría nacido entre las legiones en los cuarteles de invierno: In castris natus, patriis nutritus in armis Jam designati principis omen erat (83).
Por mi parte encuentro en los archivos que vio la luz en Anzio. Plinio reprochó a Gentílico que por adulación dijese una mentira que debía lisonjear la vanidad de un joven y glorioso emperador, dándole por cuna una ciudad consagrada a Hércules.
Pretende que le animó para esta impudente falsedad el hecho de que un año antes del nacimiento de Calígula había venido al mundo en Tibur otro hijo de Germánico llamado C. César, aquel de quien hemos recordado la graciosa infancia y prematura muerte. Las fechas se oponen, sin embargo, a Plinio, porque los que han escrito la historia de Augusto se hallan acordes en decir que no fue enviado Germánico a laGalia hasta después de su consulado, cuando había nacido ya Cayo. La inscripcióna que Plinio se refiere no prueba nada tampoco en favor de su sentir, puesto que Agripina dio a luz dos hijas en el país donde se ven estos altares; la palabra puerperium se aplica, por otro lado, a todos los partos sin distinción del sexo del nacido, habiendo llamado frecuentemente nuestros mayores a las hijas pueras y a los hijos pueblos. Se conserva también una carta de Augusto, escrita pocos mesesantes de su muerte a su nieta Agripina, que ha de referirse forzosamente a este Cayo, pues no existía entonces otro niño de este nombre: Ayer convine con Talario y Asedio, que partirán, si place a los dioses, el 15 de las calendas Junio, para llevarse al niño Cayo. Envío también con un médico de mi casa, y escribo a Germánico para que le conserve a su lado si le place. Que sigas bien, mi querido Agripina, procura llegar con buena salud al lado de tu Germánico. Esta misiva indica suficientemente, a lo que creo, que Cayo no nació en el ejército, puesto que tenía cerca de dos años cuando le mandaron desde Roma. Es ésta también una razón para no dar fe a los versos que he citado, tanto más cuanto que se desconoce al autor. Es necesario por ello atenerse a la autoridad de los anales públicos, que entre tantas incertidumbres es lo único en que se puede fiar. Además, se sabe que Cayo prefirió Anzio a todos sus otros retiros, y que siempre lo quiso como se quiere el lugar del nacimiento; se dice incluso que, disgustado de Roma, tuvo el proyecto de trasladar allí la sede del Imperio.
IX. El sobrenombre de Calígula era mote militar y le fue aplicado a causa de un calzado de soldado que había usado en su infancia en los campamentos (84). Los soldados, que le habían visto crecer y educarse entre ellos, le profesaban increíble cariño, y fue prueba elocuente de él, el que, a la muerte de Augusto, bastó su presencia para calmar el furor de las tropas sublevadas. Y en efecto, no se apaciguaron hasta que se convencieron de que querían alejarle del peligroso teatro de la sedición y llevarle al territorio de otro pueblo. Arrepentidos de su intento, se precipitaron delante de su carruaje, lo detuvieron, y suplicaron entonces encarecidamente que no les impusiese aquella afrenta.
X. Acompañó a su padre en la expedición de Siria. A su vuelta, permaneció primeramente en la casa de su madre, y cuando desterraron a ésta, en la de su bisabuela Livia Augusta, cuyo elogio fúnebre fue pronunciado por él en la tribuna de las arengas, llevando todavía la toga pretexta; pasó luego a vivir con su abuela Antonia. A los veintiún años lo llamó Tiberio a Capri y en un solo día le hizo vestir la toga y cortar la barba, sin otorgarle, sin embargo, ninguna de las distinciones con que señaló la entrada de sus hermanos en la vida pública. Objeto de mil asechanzas y de pérfidas instigaciones por parte de aquellos que querían arrancarle quejas, no dio pretexto alguno a la malignidad, pareciendo como si ignorase la desgraciada suerte de todos los suyos. Con increíble disimulo devoraba sus propias afrentas y mostraba a Tiberio y a cuantos le rodeaban tanta cortesía, que con razón pudo decirse de él que nunca existió mejor esclavo ni peor amo.
XI. Ya en aquel mismo tiempo, a pesar de todo, no ocultaba sus bajas y crueles inclinaciones, constituyendo uno de sus placeres más gratos presenciar las torturas y el último suplicio de los condenados. Por la noche acudía a los lugares de perdición y a los adulterios, envuelto en amplio manto y oculto la cabeza bajo una peluca. Tenía pasión especial por el baile teatral y por el canto. Tiberio no contrariaba tales gustos, pues creía que con ellos podía dulcificarse su condición feroz, habiendo comprendido tan bien el clarividente anciano su carácter, que decía con frecuencia: Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la de todos, o bien: Crío una serpiente para el pueblo y otro Faetón para el Universo.
XII. Poco tiempo después casó Cayo con Junia Claudila, hija de M. Silano, varón nobilísimo. Fue en seguida designado augur en el puesto de su hermano Druso, y antes de entrar en funciones pasó, por extraordinaria favor, al pontificado.
Tiberio, que no veía en la casa imperial, desierta y devastada, otro apoyo que Cayo,y en Seyano un ministro sospechoso, un enemigo del que no tardó en deshacerse, ponía a prueba de este modo el carácter y adhesión de su nieto, a quien acercaba poco a poco a la sucesión. Para estar más seguro de conseguirla, Cayo, que acababa de perder a Junia, muerta a consecuencia del parto, solicitó los favores de Ennia Nevia esposa de Macrón (85), jefe de las cohortes pretorianas, a la que prometió casarse con ella cuando alcanzase el mando supremo, obligándose a ello por juramento y por escrito. Cuando, por mediación de ella, ganó a Macrón, no titubeó,según pretenden algunos autores, en envenenar a Tiberio. Todavía respiraba éste cuando Cayo le quitó el anillo, y como el moribundo mostraba querer conservarlo hasta el fin, mandó arrojarle encima un colchón, o quizá le estranguló con sus manos. Un liberto, a quien esta crueldad arrancó un grito, fue crucificado al momento. Éste relato parece tan más verosímil cuanto que, según algunoshistoriadores, el mismo Calígula se alabó más adelante, si no de haber cometidoeste parricidio, al menos de haberlo meditado. En efecto, cuando exageraba su cariño a su familia, se le oía vanagloriarse con frecuencia de haber entrado con unpuñal en la mano en la cámara de Tiberio dormido, para vengar la muerte de sushermanos; pero añadía que la piedad le había contenido, había arrojado el arma yretirándose, sin que Tiberio, que le había visto, se atreviese a acusarlo o a castigarlo.
XIII. De este modo llegó al Imperio, al que le llamaban los votos del pueblo romano, y hasta puede decirse del mundo entero: querido por las provincias y por los ejércitos, que le habían visto de niño, y querido por los habitantes de Roma, que amaban en él la memoria de su padre Germánico y el último vástago de una familia desgraciada. A causa de ello, desde que salió de Misena, aunque seguía en traje deduelo el cortejo fúnebre de Tiberio, continuó su marcha entre altares adornados con flores, con víctimas ya preparadas, antorchas encendidas y acompañándole lasalegres aclamaciones de una inmensa multitud, que había salido a su encuentro y le nombraba con los más tiernos apelativos, llamándole estrella, hijo, niño, discípulo.
XIV. Apenas entrado en Roma, por unánime sentir del Senado y del pueblo, que había invadido la Asamblea, se le reconoció como único árbitro y dueño del Estado, con desprecio del testamento de Tiberio, que le daba por coheredero a su otro nieto, todavía niño (86). Fue tal el alborozo público, que en menos de tres meses se degollaron, según dicen, más de ciento setenta mil víctimas. De tal modo se aprovechaba cualquier coyuntura para demostrarle el tierno interés que sentían por su conservación, que habiendo ido, Cayo pocos días después a visitar las islas de la Campania, se hicieron ya votos públicos por su regreso. Por aquel tiempo cayó enfermo (87), y el pueblo en masa pasó la noche alrededor de su palacio, y hubo romanos que, por su restablecimiento, hicieron voto de combatir en la arena y de inmolarse a los dioses como víctimas expiatorias. A tan grande cariño de los ciudadanos se unía el notable amor de los mismos extranjeros. Artabán, rey de los partos, que nunca había disimulado su odio y desprecio a Tiberio, solicitó la amistad de Cayo; celebró a este efecto una entrevista con un legado consular, y, atravesando el Éufrates, rindió culto a las águilas romanas y a las imágenes de los césares.
XV. Excitaba Cayo al cariño público por todos los medios que granjean esa popularidad. Después de haber pronunciado en la tribuna, vertiendo abundantes lágrimas, el elogio fúnebre de Tiberio y de haberle hecho magníficos funerales, marchó en seguida a las islas Pandataria y Poncia, para recoger las cenizas de su madre y de su hermano, en medio de horrísona tempestad para que resaltara mejor su piadosa diligencia. Acercóse a aquellas cenizas con grandes muestras de veneración, las colocó por sí mismo en dos urnas, y las acompañó luego hasta Ostia, con las mismas manifestaciones de dolor, en un birreme que llevaba un gran estandarte en la popa. Desde allí llevólas por el Tíber hasta Roma, donde las recibieron los principales personajes del orden ecuestre, que, colocándolas sobreuna angarillas, las depositaron en pleno día en el Mausoleo. Estableció en honor suyo ceremonias fúnebres anuales, y por su madre, juegos en el Circo, en los que habían de pasear solemnemente su imagen en un carro, como las de los dioses. En memoria de su padre llamó germánico al mes de septiembre. Hizo luego conceder a su abuela Antonia, por un solo senadoconsulto, todos los honores que se habían otorgado en diferentes tiempos a Livia, esposa de Augusto. Tomó por colega en el consulado a Claudio (88) su tío paterno, que era todavía simple caballero romano.
Adoptó a su primo Tiberio el día en que éste vistió la toga viril, y le dio el titulo de príncipe de la juventud. Por lo que toca a sus hermanas, quiso que se añadiese esta fórmula a todos los juramentos: Ni a mí mismo ni a mis hijos amaré tanto como a Cayo y a sus hermanas: y en las comunicaciones de los cónsules: Por la felicidad y prosperidad de C. César y de sus hermanas. En su insaciable anhelo de popularidad, rehabilitó a los condenados y desterrados y suspendió todas las persecuciones anteriores a su advenimiento. Hizo llevar al Foro todos los documentos relativos al proceso formado a su madre y hermanos, y después de jurar públicamente por los dioses que no había leído ni siquiera tocado ninguno de aquellos documentos, los quemo todos para que no quedase causa de temor a ningún delator o testigo. Cierto día negóse a recibir un escrito que le presentaban como de gran interés para su vida, contestando que nada había hecho que pudiese atraerle el odio de nadie, y aseguró que no tenia oídos para los delatores.
XVI. Desterró de Roma a los inventores de orgías monstruosas y costó incluso gran trabajo impedir que los mandara ahogar en el mar (89). Hizo buscar las obras de Tito Labiano, de Corto Cremucio y de Casio Severo, prohibidas por el Senado, y permitió que fueran copiadas y leídas, diciendo que estaba personalmente interesado en que se escribiese con fidelidad la historia. Publicó las cuentas del Imperio, costumbre que introdujo Augusto y que desdeñó Tiberio. Dio a los magistrados jurisdicción libre, independiente de toda apelación a su persona.
Revistó a los caballeros romanos con gran cuidado y severidad, aunque también con moderación, y quitó públicamente el caballo a aquellos a quienes se probó alguna bajeza o ignominia, contentándose con omitir en la lista los nombres de los que habían cometido algunas faltas. Con el fin de aliviar a los jueces de sus trabajos, añadió la quinta decuria a las cuatro existentes; intentó también restablecer el uso de los comicios y devolver al pueblo el derecho de sufragio. Pagó fielmente y sin retrasos los legados que hizo Tiberio en su testamento, a pesar de haberlo anulado.
Entregó a los pueblos de Italia los dos por ciento de las rentas (90). Indemnizó muchos daños causados por incendios; y cuando restituyó los reinos a sus poseedores, añadió el producto íntegro de las rentas e impuestos cobrados durante el tiempo de la ocupación, así como devolvió también a Antíoco Comageno una confiscación de diez millones de sestercios. A fin de fomentar el amor a la virtud, regaló ochenta mil sestercios a un liberto a quien las más crueles torturas no habían podido arrancar una sola palabra acerca de un crimen que se imputaba a su dueño. Por esa conducta mereció que se le concediera, entre otras distinciones, un escudo de oro, que todos los años, en determinado día, los Colegios de sacerdotes debían llevar al Capitolio, seguidos del Senado y de jóvenes nobles de ambos sexos, cantando versos en alabanza suya. Decretase igualmente que el día de su advenimiento al Imperio se llamaría Palilia (91), como si fuese fecha de nueva fundación de Roma.
XVII. Ejerció cuatro veces el consulado: la primera, desde las calendas de julio, durante dos meses; la segunda, desde las calendas de enero, durante treinta días; la tercera, hasta los idus de enero; la cuarta, hasta siete días de los idus del mismo mes. Los dos últimos consulados fueron consecutivos; el tercero lo empezó en Lyón y sin colega, no por orgullo o indiferencia, como se ha dicho, sino porque, ausente de Roma, ignoraba que su colega había muerto hacia el día de las calendas.
Concedió dos veces al pueblo congiarios de trescientos sestercios por ciudadano, y a los senadores como a los caballeros una comida suntuosa, a la que fueron también invitados sus esposas e hijos. En el último de estos festines, hizo distribuir a los hombres trajes para el Foro y cintas de púrpura a los niños y a las mujeres. Para aumentar perpetuamente el regocijo público en las fiestas saturnales, les añadió un día que llamó Juvenalem (fiesta de la juventud).
XVIII. Dio con frecuencia combates de gladiadores, unos en el anfiteatro Tauro, otros en el campo de Marte, y presentó en ellos grupos de luchadores de Africa y de Campania elegidos entre los más famosos. Cuando no presidia personalmente tales espectáculos, encargaba hacerlo a los magistrados o a sus amigos. Dio también juegos escénicos, numerosos y variados, algunas veces durante la noche y a la luz de una inmensa cantidad de antorchas. Distribuía entre los espectadores regalos de todas clases y hasta cestos llenos de pan y carne. En una de estas distribuciones, viendo enfrente de él a un caballero romano que comía su parte con mucho apetito y alegría, hizo llevarle la suya; observando más lejos a un senador, digno emulo del caballero, le envió el nombramiento de pretor extraordinario. Los juegos que dio en el Circo duraron algunas veces desde la mañana a la noche, teniendo por intermedios ya una cacería de animales africanos, o bien una carrera troyana. Algunos espectáculos de éstos fueron notables, especialmente por estar sembrada la arena de bermellón y polvo de oro, y porque los carros eran guiados sólo por senadores. Otros, en fin, se dieron repentinamente, como el día en que, examinando desde el palacio Gelotino los preparativos comenzados en el Circo, accedió a la petición que le dirigieron algunos desde lo alto de las casas menianas.
XIX. Ideó además un género de espectáculos superior a cuanto se había visto hasta entonces. Hizo construir en el mar, entre Baias y Puzzola, en un espacio de cerca de tres mil seiscientos pasos, un puente formado por doble fila de navíos de transporte traídos de todos los mares, sujetos con anclas y cubiertos en parte con pavimentos cuya forma recordaba la vía Apia.
Durante dos días no hizo más que pasar y volver a pasar por aquel puente; el primero, en caballo magníficamente enjaezado, llevando una corona de encina en la cabeza, el escudo en una mano y la espada en la otra, y vistiendo una clámide bordada de oro; a la mañana siguiente, con traje de auriga, en un carro arrastrado por dos famosos caballos. En esta ocasión le precedía el joven Darío, que pertenecía a los rehenes de los partos y le seguían su guardia pretoriana y sus amigos en carretas. Han considerado algunos que imaginó aquel puente con objeto de emular a Jerjes, tan admirado por haber tendido uno en el estrecho de Helesponto, mucho más corto que el de Baias: otros, que quiso impresionar con la fama de aquella gigantesca empresa a la Germania y Bretaña, a las que amenazaba con la guerra; no ignoro todo esto; pero siendo yo todavía niño, oí decir a mi abuelo que la única razón de aquella obra, revelada por los criados íntimos de palacio, fue que el matemático Trasilo, viendo que Tiberio vacilaba en la elección de sucesor y se inclinaba a su nieto natural, había afirmado que Capo no sería emperador mientras no atravesara a caballo al golfo de Baias.
XX. Dio también espectáculos fuera de Italia, principalmente juegos iselásticos en Sicilia, en Siracusa y juegos de toda clase en Lyón, en la Galia.
Estableció también allí concursos de elocuencia griega y latina, en que los vencidos estaban obligados, a lo que dicen, a coronar por sí mismos a los vencedores y a cantar sus alabanzas; en cuanto a aquellos cuyas composiciones se juzgaban malas, deberían borralas con una esponja y hasta con la lengua, si no preferían que se los azotase o se los arrojase en el río más próximo.
XXI. Terminó los monumentos que Tiberio había dejado inacabados: el templo de Augusto y el teatro de Pompeyo. Empezó un acueducto cerca de Tibur y un anfiteatro cerca del campo de Marte, obras de las que su sucesor Claudio terminó la primera, abandonando la segunda. Por orden suya, se reconstruyeron en Siracusa las murallas de la ciudad y los templos de los dioses que estaban en ruinas.
Proyectó también reconstruir el palacio de Polícrates en Samos, terminar en Mileto el templo de Apolo, fundar una ciudad en la cumbre de los Alpes; pero ante todo abrir el istmo de Acaia (92), para lo cual había ya enviado un centurión primipilario a que lo midiese con exactitud.
XXII. Hasta aquí he hablado de un príncipe; ahora hablaré de un monstruo.
Se había rehecho llamar Piadoso hijo de los campamentos, padre de los ejércitos, César óptimo y máximo. Varios reyes, que habían ido a Roma a saludarle, disputaban entre sí a su mesa acerca de la nobleza de su origen; oyólos él y exclamó en griego: no hay más que un dueño, no hay que más que un rey; y poco faltó para que en el acto tomase la diadema, y en vez de las insignias de su autoridad, todos los signos de la realeza. Pero le dijeron que era superior a todos los príncipes y reyes de la tierra, y a partir de entonces empezó a atribuirse la majestad divina. Hizo traer de Grecia las estatuas de dioses más famosas por la excelencia del trabajo y el respeto de los pueblos, entre ellas la de Júpiter Olímpico (93), y a la cual quitó la cabeza y la substituyo con la suya. Hizo prolongar hasta el Foro un ala de su palacio y transformar el templo de Cástor y Pólux en un vestíbulo, en el que se sentaba a menudo entre los dos hermanos, ofreciéndose a las adoraciones de la multitud. Algunos le saludaron con el título de Júpiter latirlo; tuvo también para su divinidad templo especial, sacerdotes, y las víctimas más raras. En este templo se contemplaba su estatua de oro, de un gran parecido, y a la que todos los días vestían como él. Los ciudadanos más ricos se disputaban con tenacidad las funciones de este sacerdocio, objeto de toda su ambición. Las víctimas que se inmolaban a este dios eran flamencos, pavos reales, codornices, gallinas de Numidia, pintadas, faisanes, y cada día una especie diferente. Por la noche, cuando la luna estaba en su pleno y en todo su esplendor, la invitaba a venir a recibir sus abrazos y a compartir su lecho. Por el día celebraba conversaciones secretas con Júpiter Capitolino, hablándole algunas veces al oído y presentándole después el suyo, y otras en alta voz y hasta con tono arrogante. En cierta ocasión se le oyó decirle en tono de amenaza.
“Pruébame tu poder o teme el mío.”
Pero habiéndose dejado ablandar, según decía, e instado por Júpiter a que viviese próximo a él, hizo construir una puerta por encima del templo de Augusto, entre el monte Palatino y el Capitolio. Algún tiempo después, con objeto de estar más cerca, hizo edificar en la plaza misma del Capitolio los cimientos del nuevo palacio.
XXIII. No quería que se le creyese ni se le llamase nieto de Agripa, cuyo nacimiento le parecía demasiado bajo, y le irritaba que en discursos o versos le pusieran en el rango de los césares. Proclamaba que su madre había nacido de un incesto de Augusto con su hija Julia, y no contento con difamar a Augusto de este modo, prohibió celebrar las mestas solemnes de las victorias de Accio y de Sicilia, como funestas y desastrosas para el pueblo romano. Llamaba a su bisabuela Livia Ulises con faldas, y en una carta al Senado se atrevió a rebajar su nacimiento, diciendo que su abuelo materno no era más que un decurión de Fondi, cuando está probado por los anales públicos que desempeñó en Roma altos cargos. Un día negó una conversación particular a su abuela Antonia, y quiso que estuviese presente el prefecto Macrón. Con tales disgustos e indignidades la hizo morir, si no es que la envenenara, como algunos pretenden. Después de su muerte, no le tributó ningún honor y contempló tranquilamente desde su mesa las llamas de la pira. Mandó a un tribuno militar para que diese muerte a su primo Tiberio y obligó a su suegro Sileno a degollarse. Pretendía que el segundo se había negado a seguirlo por mar durante una tempestad, esperando apoderarse de Roma si él perecía, y que el otro había tomado un antídoto para prevenirse de sus tentativas de envenenamiento; Silano no había querido, sin embargo, otra cosa, que evitarse las molestias de la navegación y náuseas del mareo de que sufría mucho, y lo de Tiberio se redujo a usar un remedio conocido contra su pertinaz e inveterada tos. En cuanto a su tío Claudio, sólo lo perdonó para hacerle juguete de sus caprichos.
XXIV. Tuvo comercio incestuoso y continuo con todas sus hermanas (94), y las hacía sentar consigo a la mesa en el mismo lecho, mientras su esposa ocupaba otro. Se dice que llevaba aún la pretexta cuando arrebató la virginidad a Drusila, y un día le sorprendió en sus brazos su abuela Antonia, en cuya casa se educaban los dos. Casáronla en seguida con el consular Lucio Casio Longino, pero Cayo se la quitó y la trató públicamente como a su esposa legítima. En cierta enfermedad que padeció la instituyo heredera de sus bienes y del Imperio. Cuando murió ella, hizo suspender todos los negocios, y durante algún tiempo fue delito capital haber reído, haberse bañado, haber comido con los parientes o con la esposa y los hijos. Como enloquecido por el dolor, se fugó una noche de Roma, atravesó sin detenerse la Campania y llegó a Siracusa, de donde volvió tan bruscamente como fue, con la barba y los cabellos desmesuradamente crecidos. A partir de entonces, no juró mas que por la divinidad de Drusila, hasta en las circunstancias más solemnes y hablando al pueblo y a los soldados. No profesó a sus otras hermanas igual pasión ni les guardó las mismas consideraciones; y hasta las prostituyó a sus compañeros de disipación; en el proceso de Emilio Lépido, no vaciló en hacerlas condenar como adúlteras y cómplices de aquel conspirador. No sólo mostró cartas de su mano, que por fraude y medios infames le había entregado, sino que incluso consagró a Marte vengador, con una inscripción, tres espadas preparadas para matarle.
XXV. Se mostró tan infame en sus matrimonios como en sus divorcios. Habiendo asistido a las bodas de C. Pisón y de Livia Orestila, dispuso que la llevasen en el acto a su casa, la repudió poco después, y pasados dos años la desterró, con el pretexto de que en este tiempo había vuelto a ver a su primer marido. Otros dicen que estando sentado en el festín de boda enfrente de Pisón, le dijo: No estreches tanto a mi esposa: terminada la comida, se la llevó, y a la mañana siguiente, publicó un edicto declarando que se había casado como Rómulo y como Augusto (95). Había oído decir cierto día que la abuela de Lolia Paulina, esposa del consular C. Memmio, que mandaba los ejércitos, había sido la mujer más hermosa de la época; hizo traerla en seguida de la provincia en que mandaba su marido, obligando a éste a que se la cediera; la tomó por esposa y la repudió poco después, prohibiéndole que jamás tuviese comercio con ningún hombre. Con más constancia y pasión amó a Cesonia, que no era bella ni joven, pues había tenido ya tres hijos con otro, pero que era un monstruo de lujuria y lascivia. Frecuentemente la mostró a los soldados cabalgando a su lado, revestida con la clámide y armada con casco y escudo, y a sus amigos la enseñó desnuda. Cuando fue madre, quiso honrarla con el nombre de esposa, y el mismo día se declaró marido suyo y padre de la hija que había dado a luz. Dio a ésta el nombre de Julia Drusila, la llevó a los templos de todas las diosas y la depositó en el seno de Minerva, encargándole que la criase y educase. La mejor prueba para él de que era de su misma sangre, la tenía en su crueldad, que era ya tan grande, que rasgaba con las uñas el rostro a los niños que jugaban con ella.
XXVI. Tras todo esto, no podía extrañar la manera como trató a sus parientes y amigos: en primer lugar, a Ptolomeo, hijo del rey Juba y primo suyo —era nieto de Antonia por su hija Selena—, y sobre todo a Macrón y Ennia, que lo habían elevado al Imperio; a pesar del parentesco y del recuerdo de los beneficios recibidos, los hizo perecer a todos con muerte sangrienta. Tampoco con los miembros del Senado mostró más respeto ni bondad. Consintió que muchos de ellos, honrados con las primeras dignidades corriesen a pie y con la toga junto a su carro por espacio de muchas millas y que durante sus comidas permaneciesen en pie detrás de su lecho o a sus pies con una servilleta debajo del brazo. Hizo matar a algunos secretamente y no dejaba de llamarlos a palacio, como si viviesen todavía hasta pasado algún tiempo, en que decía, con odiosa mentira, que se habían dado voluntariamente la muerte. Destituyó cónsules por haber olvidado dar su edicto acerca del aniversario de su nacimiento, y la República estuvo durante tres días sin primeros magistrados.
Habiendo sonado, en una conjuración, el nombre de su cuestor, lo mandó azotar, quitándole él mismo sus vestiduras, que extendió a los pies de los soldados para que descargasen sus golpes con mayor firmeza. Trató a todos los órdenes con igual desprecio y crueldad. Molestándole el ruido de la multitud, que iba a medianoche a ocupar los puestos gratuitos del Circo, la hizo arrojar a latigazos. Más de veinte caballeros romanos murieron aplastados en el tumulto, con otras tantas madres de familia, sin contar gran número de individuos del pueblo. Los días de espectáculo se complacía en sembrar la discordia entre plebeyos y caballeros, haciendo empezar las distribuciones antes de la hora acostumbrada, de modo que éstos encontrasen sus puestos ocupados por las gentes de más baja estofa. Durante los juegos, cuando el sol era más ardiente, mandaba descorrer de pronto el toldo que preservaba a los espectadores y prohibía que saliese nadie del anfiteatro. En vez de los combates ordinarios, oponía a veces a fieras extenuadas lo más abyecto y viejo que había entre los combatientes, gladiadores de farsa, respetables padres de familia, pero conocidos por alguna deformidad corporal. Más de una vez llegó incluso a cerrar los graneros públicos y a amenazar al pueblo con el hambre.
XXVII. Expondré ahora los principales rasgos de su barbarie. Como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras destinadas a los espectáculos, las alimentaba con la carne de los criminales, echándoselos vivos para que los devorasen; cierto día en que visitaba las prisiones, ordenó, permaneciendo en el rastrillo y sin consultar siquiera el registro en que constaba cada pena, que en presencia suya echasen indistintamente a todos los prisioneros a las fieras. A un ciudadano, que había hecho voto de combatir en la arena por la salud del emperador, le obligó a que cumpliese su promesa; asistió al combate y no le dejó ir sino vencedor y esto después de reiteradas súplicas. A otro, que había jurado morir por él si era necesario, le aceptó el voto, y viéndole vacilar, le hizo coronar como víctima, con verbena y cintas; lo entregó después a un grupo de niños que habían recibido la orden de perseguirlo por las calles recordándole su voto, hasta precipitarle desde la roca Tarpeya. Condenó a las minas, a los trabajos de los caminos y a las fieras a gran número de ciudadanos distinguidos, después de haberlos señalado con el estigma. Encerrábalos también en jaulas, en las cuales tenían que mantenerse en postura de cuadrúpedo, o bien los mandaba aserrar por la mitad del cuerpo. No siempre disponía esto por causas graves; a unos, porque no habían quedado contentos en un espectáculo; a otros, porque nunca habían jurado por su numen. Obligaba a los padres a que presenciasen el suplicio de sus hijos; y habiéndose uno excusado por enfermo, mandóle en litera; a otro le llevaron, después de tan espantoso espectáculo, a la mesa del emperador, que le excitó por toda clase de medios a reír y regocijarse. Hizo azotar, en su presencia con cadenas y durante muchos días seguidos, al que tenía el cuidado de los juegos y cacerías del Circo y no mandó matarle hasta que no pudo sufrir el olor de su cerebro en putrefacción. El autor de una poesía fue quemado de orden suya en el anfiteatro por un verso equívoco. A un caballero romano, al que habían echado a las fieras y que gritó que era inocente, le hizo sacar, le cortó la lengua y volvió a enviarle al suplicio.
XXVIII. Preguntó cierto día a un ciudadano llamado después de largo destierro, qué acostumbraba hacer en él y le contestó por adularle: Diariamentepedía a los dioses que pereciese Tiberio y reinaras tú, y los dioses me han escuchado. Persuadido entonces que aquellos desterrados pedían a los dioses su muerte, mandó soldados a las islas en que estaban detenidos, para que los matasen a todos. Queriendo que el pueblo despedazase a un senador, apostó hombres que le llamasen enemigo público en el momento en que entrase en el Senado, los cuales debían herirle al mismo tiempo con los estilos y entregarlo al populacho para que le hiciese pedazos; no quedó complacido hasta que vio sus miembros y sus entrañas arrastradas por las calles y depositadas a sus pies.
XXIX. La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones. Nada encontraba tan laudable y hermoso en su carácter que lo que llamaba en griego su insensibilidad. Reconvenido por su abuela Antonia, no se limitó a no atenderla, sino que le dijo: Recuerda que todo me está permitido y contra todos. Cuando dio la orden para matar a su primo, de quien suponía se había prevenido contra el veneno, exclamó: ¡Un antídoto contra César!. Cuando desterró a sus hermanas, les dijo en tono amenazador que no tenía solamente islas, sino también espadas, A un anciano pretor, retirado a Anticira (96), por motivos de salud y que le pidió prórroga de licencia, ordenó matarle, diciendo que necesitaba una sangría, va que no le bastaba el eléboro por tanto tiempo usado. Cada diez días formaba la lista de los prisioneros que quería hacer ejecutar, y a esto llamaba ajustar sus cuentas. Habiendo intercalado un día en la misma lista galos y griegos, dijo con regocijo que acababa de subyugar la Galogrecia.
XXX. Hacía herir siempre a las victimas a golpes leves y repetidos, y jamás dejaba de recomendar a los verdugos, que le conocían bien, que hiriesen de modo que se sintieran morir. Habiendo mandado al suplicio un hombre por otro, a causa de un error de nombre, dijo: gaste lo ha merecido también. Incesantemente tenía en la boca estas palabras de una tragedia: Que me odien con tal que me teman. Injurió con frecuencia a todos los senadores a la vez, llamándoles o bien hechuras de Seyano, o bien delatores de su madre y de sus hermanos, y mostrando los documentos que había fingido arrojar al fuego, justificaba la crueldad de Tiberio, porque aquellas acusaciones decía, la hicieron necesaria. Hablaba mal continuamente del orden ecuestre, a causa de su pasaron por los juegos y espectáculos. Enfurecido, viendo a la multitud favorecer en el Circo a un partido al que era él contrario, exclamó: ¡Lástima que no tenga el pueblo romano una sola cabeza!. En ocasión en que reclamaban para la arena a un criminal llamado Tetrinio, dijo: que los que lo pedían eran también Tetrinios. Cinco reciarios, de los que visten túnica y combaten en grupo, habían sido derribados sin oponer resistencia por otros tantos gladiadores completamente armados; cuando se pronunciaba ya la sentencia de su muerte, uno de los vencidos, empuñando de nuevo el tridente, mató a todos los vencedores. Calígula deploró en un edicto aquella inesperada y espantosa matanza y execró a los que habían consentido en presenciarla.
XXXI. Se le oyó lamentar en más de una ocasión de que no hubiese ocurrido en su reinado ninguna calamidad pública, mientras que el de Agusto se distinguía por la derrota de Varo y el de Tiberio por la caída del anfiteatro de Fidena. Al suyo, decía, le amenazaba e; olvido por demasiado feliz, y deseaba a menudo sangrientas derrotas, hambres, pestes, vastos incendios y terremotos.
XXXII. Su ferocidad se manifestaba incluso en medio de sus placeres, juegos y festines. Muchas veces daban tormento en presencia suya mientras comía o se entregaba a orgías con sus amigos; un soldado experto en cortar cabezas ejercía delante de él su habilidad con todos los prisioneros que le presentaban. Cuando dedicó el puente de Puzzola, del que ya hemos hablado, invitó a los que estaban en la orilla a reunirse con él, e inesperadamente mandó arrojarlos a todos abajo.
Algunos se agarraron a los barcos y los hizo echar al mar a golpes de garfios y remos. Durante una comida pública, en Roma, un esclavo arrancó de un lecho una hoja de plata; Calígula mandó en el acto al verdugo que le cortase las manos, se las colgase al cuello y lo pasease así por todas las mesas con un cartel que explicase la causa del castigo. En ocasión en que se ejercitaba en la esgrima con un gladiador mirmillón armado como él con una varilla, éste cayó al suelo involuntariamente; Calígula le atravesó de una puñalada y corrió por todas partes con una palma en la mano, como los vencedores del anfiteatro. Durante un sacrificio y en el momento en que iba a ser inmolada la víctima, se ciñó como los sacrificadores, y cogiendo el mazo, dio muerte al que presentaba el cuchillo sagrado. En medio de un espléndido festín comenzó de pronto a reír a carcajadas; dos cónsules sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de qué reía: ales que pienso, contestó, que puedo con una señal haceros estrangular a los dos.
XXXIII. Cierto día se colocó por burla al lado de la estatua de Júpiter y preguntó al trágico Apeles cuál de los dos le parecía más grande, y como vacilase en contestar, le hizo azotar acto seguido, haciéndole notar entonces que tenía la voz agradable y hermosa en las súplicas y hasta en los gemidos. Cuantas veces besaba el cuello de su esposa o de su amante, decía: Esta hermosa cabeza caerá en cuanto yo quiera; y muchas veces repetía que mandaría dar tormento a su querida Cesonia, a fin de saber de ella misma por qué la amaba tanto.
XXXIV. Su envidiosa malignidad, su crueldad y su orgullo se extendían a todo el género humano y a todos los siglos. Derribó las estatuas de los grandes hombres, que Augusto había trasladado del Capitolio, donde había poco espacio, al vasto recinto del campo de Marte: y dispersó de tal manera los restos, que cuando quisieron restaurarlas no pudieron encontrarse completas las inscripciones con que estaban adornadas. Prohibió que en adelante se pudiese labrar sin orden o autorización suya la estatua de ningún hombre vivo. Quiso asimismo destruir los poemas de Homero, y preguntaba: ¿Por qué no había de poder hacer yo lo que hizo Platón; que lo desterró de su República? Poco faltó para que hiciese desaparecer de todas las bibliotecas las obras y efigies de Virgilio y Tito Livio, diciendo, que el uno carecía de ingenio y de saber, y el otro era historiador locuaz e inexacto. Más de una vez vanaglorióse, en fin, de convertir muy pronto en inútil y despreciable toda la ciencia de los jurisconsultos, constituyéndose en único árbitro y juez.
XXXV. Prohibió a los romanos más nobles las antiguas distinciones de sus familias: a Torcuato, el collar; a Cincinato, el pelo rizado; a Cn. Pompeyo, que pertenecía a esta antigua familia, el nombre de Grande. Había llamado a Roma al rey Ptolomeo, de quien antes hablé, y lo recibió con mucho agasajo; pero un día en que daba juegos le hizo matar de improviso, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, por el brillante color de púrpura de su manto. Si encontraba un hombre cuya hermosa cabellera realzaba su apostura, enel acto mandaba afeitarle la parte posterior del cráneo. Había un tal Esio Próculo, hijo de un centurión primipilario, que por su belleza y estatura había recibido el nombre de Colosseros (Amor coloso); viole un día Calígula en un banco del anfiteatro y le hizo bajar en el acto a la arena, oponiéndole en primer lugar un tracio y después un gladiador completamente armado; Próculo venció a los dos, pero el emperador mandó inmediatamente agarrotarle y cubrirle de harapos; mandó luego que le paseasen así por las calles mostrándolo a las mujeres, y por último degollarlo. No había condición tan baja ni fortuna tan modesta que pudiese ponerse a cubierto de su envidioso odio. Hacía muchos años que estaba el mismo sacerdote en posesión del sacerdocio de Diana de Aricia, y Calígula le suscitó un competidor mucho más robusto que él (97). A un gladiador llamado Prío, que después de brillante victoria manumitió en el Circo a un esclavo suyo, el pueblo le aplaudió con entusiasmo; disgustado Calígula, salió tan apresuradamente del espectáculo que, pisándose la toga, cayó desde lo alto de las gradas, y exclamó con indignación que el pueblo-rey honraba más a un gladiador por un fútil motivo que la sagrada memoria de los césares, en la misma presencia del emperador.
XXXVI. Nunca cuidó de su pudor ni del ajeno; y se cree que amó con amor infame a M. Lépido, al payaso Mnester y a algunos rehenes. Valerio Catulo, hijo de un consular, censuróle públicamente haber abusado de su juventud hasta lastimarle los costados. Aparte de sus incestos con sus hermanas y de su conocida pasión por la cortesana Pirralis, no respetó a ninguna mujer distinguida. Lo más frecuente era que las invitase a comer con sus esposos, las hacía pasar y volver a pasar delante de él, las examinaba con la minuciosa atención de un mercader de esclavas y si alguna bajaba la cabeza por pudor, se la levantaba él con la mano.
Llevaba luego a la que le gustaba más a una habitación inmediata y volviendo después a la sala del festín con las recientes señales del deleite elogiaba o criticaba en voz alta sus bellezas o sus defectos, y hacía público hasta el número de actos.
Repudio alguna en nombre de sus maridos ausentes e hizo inscribir estos divorcios en los anales públicos.
XXXVII. En sus despilfarros superó la extravagancia de los más pródigos. Ideó una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos; se lavaba con esencias unas veces calientes y otras frías, tragaba perlas de crecido precio disueltas en vinagre; hacía servir a sus convidados panes y manjares condimentados con oro, diciendo que era necesario ser económico o cesar.
Durante muchos días arrojó al pueblo desde lo alto de la basílica Julia enorme cantidad de moneda pequeña. Hizo construir naves liburnesas de diez filas de remos, con velas de diferentes colores y con la popa guarnecida con piedras preciosas. Encerraban estas naves, baños, galerías y comedores, gran variedad de vides y árboles frutales. En ellas costeaba la Campania, muellemente acostado en pleno día, en medio de danzas y música. Para la edificación de sus palacios y casas de campo, no tenía en cuenta ninguna de las reglas, y nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable; construía diques en mar profundo y agitado; hacía dividir las rocas más duras; elevaba llanuras a la altura de las montañas y rebajaba los montes a nivel de los llanos; hacía todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud con pena de muerte. Para decirlo de una vez, en menos de un año disipó los inmensos tesoros de Tiberio César, que ascendían a dos mil setecientos millones de sestercios (98).
XXXVIII. Cuando hubo agotado los tesoros y se vio reducido a la pobreza, recurrió a la rapiña, mostrándose fecundo y sutil en los medios que empleó: como el fraude, las ventas públicas y los impuestos. Pretendía que aquellos cuyos antepasados habían obtenido para ellos y sus descendientes el derecho de ciudadanía romana, lo disfrutaban ilegalmente si no lo habían recibido de sus padres, pues la palabra descendientes no podía alcanzar, según él más allá de la primera generación; cuando le presentaban diplomas firmados por Julio César o Augusto, los anulaba como títulos viejos y sin valor. Persiguió por declaración falsa a aquellos cuyo caudal había aumentado de cualquier manera, y por poco que fuese, después de la época en que habían dado la relación. Rescindió, por causa de ingratitud, los testamentos de todos los primipilarios que desde el principio del reinado de Tiberio no habían dejado su herencia ni el emperador ni a él. Anulaba también los de los demás ciudadanos, cuando declaraba cualquiera que el testador había manifestado al morir deseos de que fuese el cesar su heredero. Dada de este modo la alarma, personas desconocidas le llamaron abiertamente a la sucesión con sus amigos, padres con sus hijos. Entonces decía que era ridículo vivir después de haberle nombrado heredero, y enviaba a la mayor parte de ellos pasteles envenenados. No subía como juez a su tribunal sino después de haber fijado la cantidad que quería recoger, y en cuanto la recaudaba hacía levantar la sesión.
Impaciente siempre por irse, condenó una vez en una sola sentencia a más de cuarenta ciudadanos acusados de diferentes delitos, y despertando a Cesonia, se alabó de haber ganado su jornal mientras ella dormía la siesta.
XXXIX. Hizo reunir un día lo sobrante del material de todos los espectáculos, y lo hizo exponer y anunciar su venta en subasta; fijó él mismo los precios, y tanto los hizo subir, que algunos ciudadanos obligados a comprar, viéndose arruinados, se abrieron las venas. Es cosa sabido que viendo a Aponio Saturnino que dormitaba en un barco, dijo al pregonero que aquel antiguo pretor le hacía señas con la cabeza de que continuaba pujando, y no cesó de subir el precio hasta que le hizo adjudicar sin saberlo él trece gladiadores en nueve millones de sestercios. Vendía en la Galia las alhajas, muebles, esclavos y hasta los libertos de los aliados sobre los que había recaído sentencia condenatoria, obteniendo con ello cantidades inmensas. Seducido por el cebo de la ganancia, mandó llevar de Roma todo el mobiliario de la antigua corte y requisó para el transporte de aquellos objetos todos los carruajes de alquiler y todos los caballos de los molineros, de manera que con frecuencia faltó el pan en Roma; la mayor parte de los litigantes, que no pudieron asistir a la asignación, incurrieron, por ausencia, en la pérdida de la acción. No hubo fraude ni artificio que no emplease en la venta de aquellos muebles, censurando a algunos compradores su avaricia, preguntando a otros si no se avergonzaban de ser mas ricos que él, y fingiendo a veces prodigar de aquella manera a particulares lo que había pertenecido a príncipes. Supo que un rico habitante de una provincia había dado doscientos sestercios a los nomenclatores de su cámara para ser admitido a la mesa sin estar oficialmente convidado. No sintió que se hubiese pagado a tan alto precio el honor de comer con él, y a la mañana siguiente, viendo el mismo individuo sentado en la sala de ventas, de adjudicó por doscientos mil sestercios no sé que bagatela, haciendo decirle que cenaría con el César por invitación oficial.
XL. Hizo satisfacer impuestos nuevos, desconocidos hasta entonces; los cobraban primero los recaudadores públicos; luego, siendo inmensa la ganancia, hacíanlo los centuriones de las tribus de la guardia pretoriana; no hubo persona ni cosa a que no se impusiesen gravamen. Estableció un impuesto fijo sobre todos los comestibles que se vendían en Roma; exigió de los litigantes, dondequiera que se juzgase un pleito, la cuadragésima parte de la cantidad en litigio, y estableció penas contra aquellos a quienes se comprobara que habían transigido o desistido de sus pretensiones; a los mozos de carga se los gravó con el octavo de su ganancia diaria, a las prostitutas con el precio de uno de sus actos, añadiendo a este artículo de la ley, que igual cantidad se exigiría de todos aquellos hombres y mujeres que vivían de la prostitución; hasta al matrimonio le señaló impuesto.
XLI. Habíanse proclamado estos impuestos, pero no publicado, y como por ignorancia se cometían muchas contravenciones se decidió al fin, por instancias del pueblo, a fijar en público su ley, pero la hizo escribir en letra tan menuda y la expuso en sitio tan estrecho, que no pudieron sacarse copias. Para obtener dinero de todo, estableció un lupanar en su propio palacio; construyéronse gabinetes y los amueblaron según la dignidad del sitio; y los ocupaban constantemente mujeres casadas e hijas de familia, y los nomenclatores iban a las plazas públicas y a los alrededores de los templos, invitando al placer a los jóvenes y a los ancianos. A su entrada les prestaban a un exorbitante interés cierta cantidad, y se tomaban ostensiblemente sus nombres como para honrarlos por contribuir al aumento de las rentas del César. No desdeñaba tampoco los provechos del juego, pero sus beneficios más cuantiosos procedían del fraude y del perjurio. Un día encargó al que tenía a su lado que jugase por él, y yendo a colocarse en la puerta de su palacio, hizo apoderarse inmediatamente de dos ricos caballeros romanos que pasaban, les confiscó los bienes y entró alegremente, vanagloriándose de no haber sido nunca tan afortunado.
XLII. Cuando nació su hija, quejóse de ser pobre y de sucumbir a la vez bajo el peso del Imperio y de la paternidad, con lo cual quería indicar que habían de contribuir para criar y dotar aquella niña. Anunció por un edicto que admitiría regalos al principio del año, y el día de las calendas de enero se colocó en la entrada de su palacio, recibiendo personalmente el dinero que gran número de personas de toda condición arrojaron delante de él a manos llenas. En los últimos tiempos, su pasión por la riqueza había degenerado en verdadero frenesí hasta el punto de pasearse descalzo sobre inmensos montones de oro, colocados en un vasto salón, revolcándose otras veces sobre ellos.
XLIII. No soportó más que una vez las fatigas militares y aun ésta sin desearlo. Había ido, en efecto, a ver el río Clitumno y el bosque inmediato, y avanzó desde allí hasta Mesania; le aconsejaron en aquel lugar que completara la guardia bátava que entonces le rodeaba, y en seguida emprendió la expedición de Germania.
Sin perder momento, mandó venir de todos lados legiones y tropas auxiliares; hizo levas rigurosísimas; ordenó todo género de bastimentos en cantidades nunca vistas y se puso en marcha caminando unas veces con tal rapidez que, para seguirle, las cohortes pretorianas se veían obligadas a cargar las enseñas en bagajes, en contra de la costumbre; hacíalo en otras con tanta flojedad y molicie que se hacía llevar por ocho esclavos en una litera, y los habitantes de los pueblos vecinos recibían orden de barrer los caminos y regarlos para que no se levantase polvo.
XLIV. Cuando llegó al campamento quiso mostrarse como un general rígido y severo; despidió ignominiosamente a los legados que habían acudido tarde con las tropas que debían llegar; revistió al ejército, y con el pretexto de que estaban viejos y extenuados, licenció a la mayor parte de los centuriones primipilarios que se encontraban en edad madura, cuando faltaban a algunos muy pocos días para cumplir su tiempo. Acusó a otros de avaricia, y redujo a seis mil sestercios el premio de los veteranos (99). Todas sus hazañas se redujeron a fin de cuentas a recibir la sumisión de Adminio, hijo de Cimbelino, rey de los bretones, el cual, expulsado por su padre, vino a refugiarse a su lado acompañado de un reducido séquito.
Entonces, como si hubiese subyugado, toda Bretaña, escribió a Roma pomposas cartas y mandó a los correos que fuesen en carro al Foro y al Senado, entregándolas sólo en manos de los cónsules y en el templo de Marte, en presencia de todos los senadores.
XLV. Poco después, no teniendo a quién combatir, hizo pasar al otro lado del Rin a algunos germanos de su guardia con orden de ocultarse y de venir después a anunciarles atropelladamente, después de comer, que se acercaba el enemigo. Así lo hicieron; y lanzándose al bosque inmediato con sus amigos y una parte de los jinetes pretorianos, hizo cortar árboles, adornólos con trofeos, y regresó a su campamento a la luz de las antorchas, censurando de tímidos y cobardes a los que no le habían seguido. Por el contrario, los que habían contribuido a su victoria recibieron de su mano una nueva especie de corona, a la que dio el nombre de exploratoria, y en la que estaban representados el sol, la luna y las estrellas. En otra ocasión hizo sacar de una escuela a algunos jóvenes rehenes, les mandó marchar secretamente y abandonando de pronto una reunión numerosa de convidados, los persiguió con la caballería como fugitivos, los alcanzó y los trajo cargados de cadenas, porque también en esta repugnante comedia había de violar las leyes de la humanidad. Volvió en seguida a ocupar su sitio en el festín, y habiendo llegado soldados a anunciarle que la tropa estaba reunida, hízolos sentar a la mesa, armados como estaban y los exhortó, citando un verso célebre de Virgilio, a vivir y conservarse para tiempos mejores. Desde el campamento reconvino a los senadores en un severo edicto, porque solamente pensaba en la mesa, Circo, teatro y en agradables partidas de campo, mientras el cesar estaba peleando.
XLVI. Por último, se adelantó hacia las orillas del océano a la cabeza del ejército, con gran provisión de balistas y máquinas de guerra y cual si proyectase alguna grandes empresa; nadie conocía ni sospechaba su designio, hasta que de improviso mandó a los soldados recoger conchas y llenar con ellas sus cascos y ropas, llamándolas despojos del océano debidos al Capitolio y al palacio de los césares. Como testimonio de su victoria construyó una altísima torre en la que por las noches, y a manera de faros, encendieron luces para alumbrar la marcha de las naves. Prometió a los soldados una gratificación de cien duleros por cada uno, y como si su gesto fuese el colmo de la generosidad, les dijo: Marchad contentos y ricos.
XLVII. Ocupóse tras esto en los preparativos de su triunfo; eligió y reservó para esta ceremonia, además de los prisioneros y fugitivos bárbaros, a todos los galos que encontraba más altos y robustos, y como decía él mismo en griego los más triunfales, y entre ellos algunos de sus jefes. Los obligó a dejarse crecer el cabello, a teñírselo como el de los germanos, a vestir su traje y hasta aprender su idioma.
Mandó también que llevasen a Roma, por tierra, las galeras trirremes con que entró en el océano, y escribió a sus mayordomos que le preparaseis el triunfo mas esplendente que jamás se hubiese visto, y el menos costoso para él, atendiendo a que tenia derecho sobre los bienes de todos.
XLVIII. Antes de partir de la provincia de las Galias, concibió el abominable proyecto de aniquilar las legiones que se habían sublevado tras la muerte de Augusto, y que tuvieron sitiados a su padre Germánico y a él mismo, niño a la sazón. Costó mucho disuadirle de proyecto tan odioso, pero nada pudo impedirle que diezmase a tales soldados. Les mando entonces reunirse sin armas y hasta sin espadas con el pretexto de arengarlos e hízolos rodear por la caballería. Pero viendo que la mayor parte de ellos, sospechando su designio, huían por todos lados para recoger sus armas y prepararse a la resistencia, suspendió el discurso y tomó al punto el camino de Roma, proyectando toda su cólera contra el Senado, al que amenazó abiertamente con el fin de distraer la atención pública del vergonzosa espectáculo de su conducta. Se quejaba, entre otras cosas, de que no hubiesen decretado el triunfo de que era merecedor, cuando él mismo, poco tiempo antes, había prohibido bajo pena de muerte que jamás se tratase de tributarle honores.
XLIX. Cuando los emisarios del Senado fueron a suplicarle que apresurara su regreso: Iré, si, iré, y ésta conmigo, dijo golpeando la empuñadura de la espada que llevaba ceñida. Añadió aún que sólo volvía para los que lo deseaban, para los caballeros y para el pueblo, pero que los senadores no encontrarían en él ni ciudadano ni príncipe. Prohibió además que ninguno de ellos saliese a recibirle, y rechazando el triunfo o aplazándolo, hizo su entrada en Roma, sólo con los honores de la ovación el día del aniversario de su nacimiento. Cuatro meses después perecía, meditando todavía mayores atrocidades que cuantas había cometido hasta allí.
Quiso primero retirarse a Anzio y hasta a Alejandría, después de hacer matar a los ciudadanos más dignos de los dos primeros órdenes. No es posible poner esto en duda, ya que se encontraron entre sus escritos dos con los títulos: La Espada el uno, y El Puñal el otro, y que eran relaciones con notas de los que destinaba a la muerte. También se encontró en su palacio un cofre grande que contenía gran cantidad de diferentes venenos: Claudio mandó arrojarlos al mar, que quedó, según dicen, de tal manera emponzoñado, que el flujo arrojó a la playa gran cantidad de peces muertos.
L. Era Calígula de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar, con cualquier pretexto que fuese, la palabra cabra. Su rostro era naturalmente horrible y repugnante, pero él procuraba hacerle aun más espantoso, estudiando delante de un espejo los gestos con que podría provocar más terror. No estaba sano de cuerpo ni de espíritu: atacado de epilepsia desde sus primeros años, no dejó por ello de mostrar ardor en el trabajo desde la adolescencia, aunque padeciendo síncopes repentinos que le privaban de fuerza para moverse y estar en pie, y de los que se recuperaba con dificultad. Conocía su enfermedad y había pensado más de una vez en curarse buscando para ello un oculto retiro. Se cree que Cesonia le dio un filtro para que la amara, que no produjo otro efecto que el de volverle furioso. Le excitaba especialmente el insomnio, porque nunca conseguía dormir más de tres horas y ni siquiera éstas con tranquilidad, pues turbábanle extraños sueños en uno de los cuales creía que le hablaba al mar. Así la mayoría de las noches, cansado de velar en su lecho, se sentaba a la mesa o paseaba por vastas galerías esperando e invocando la luz.
LI. A tales extravíos del espíritu ha de atribuirse sin duda la reunión en este emperador de dos defectos muy opuestos; confianza excesiva y excesiva cobardía.
Este mismo hombre que tanto despreciaba a los dioses, cerraba los ojos y se envolvía la cabeza al más leve relámpago y al trueno más insignificante, y cuando aumentaba el estruendo se escondía debajo de su lecho. En cierto viaje a Sicilia, después de hacer burla de muchos milagros que se celebraban, huyó temblando de Mesina una noche que el Etna echaba humo y dejaba oír sordos murmullos.
Continuamente profería amenazas terribles contra los bárbaros, pero un día se encontraba en un estrecho camino al otro lado del Rin, en medio de sus tropas agrupadas en torno de su carro; dijo uno en aquel momento que no sería pequeña la agarena si de improviso se presentase el enemigo. Calígula montó, en el acto, a caballo y huyó hacia el río a galope tendido; encontró allí el puente obstruido por los bagajes y criados del ejército, y en su impaciencia, decidió hacerse transportar a brazo, pasándoselo uno a otro por encima de la cabeza. Poco tiempo después, hablándose de cierta sublevación de la Germania, no pensó más que en huir, e hizo equipar naves, no teniendo otro consuelo, según decía, que la esperanza de conservar al menos las provincias de ultramar, si los vencedores se apoderaban de los Alpes, lo que, a mi parecer, sugirió sin duda a sus asesinos la idea de decir a los soldados que comenzaban a amotinarse que Calígula se había suicidado al conocer la noticia de una derrota.
LII. Su ropa, su calzado y en general todo su traje no era de romano, de ciudadano, ni siquiera de hombre. A menudo se le vio en público con brazalete y manto corto (100) guarnecido de franjas y cubierto de bordados y piedras preciosas; se le vio otras veces con sedas y túnica con mangas (101). Por calzado usaba unas veces sandalias o coturno, y otras bota militar; algunas veces calzaba zueco de mujer. Se presentaba con frecuencia con harba de oro, blandiendo en la mano un rayo, un tridente o un caduceo, insignias de los dioses, y algunas veces se vestía también de Venus. Hasta el momento de su expedición a Germania llevó asiduamente los ornamentos triunfales, y no era raro verle con la coraza de Alejandro Magno, que había mandado sacar del sepulcro de este príncipe.
LIII. En cuanto a los estudios liberales, se aplicó muy poco a la erudición y bastante a la elocuencia. Era de palabra abundante y fácil, sobre todo cuando peroraba contra alguna. La cólera le inspiraba abundantemente ideas y palabras, y el tono de su voz y la pronunciación respondían entonces a la pasión; no podía permanecer quieto, y su palabra llegaba hasta a los oyentes más lejanos. Cuando tenía que hablar en público, decía con acento amenazador que iba a lanzar los dardos de sus vigilias. Despreciaba hasta tal punto la elegancia y adornos de estilo, que llamaba a las obras de Séneca, el escritor en boga entonces, puras amplificaciones de escuela y arena sin cimiento. Ordinariamente contestaba por escrito a los oradores cuyos discursos habían alcanzado más éxito. Cuando habían de ser juzgados en el Senado acusados ilustres, meditaba oraciones en pro y en contra, y según el efecto que esperaba de ellas, los condenaba o los salvaba, pronunciando una u otra. Este día invitaba por edicto a todo el orden ecuestre a acudir a oirle.
LIV. Practicó con increíble ardor otras artes muy diferentes. Fue sucesivamente gladiador, auriga, cantor y bailarín; esgrimió en la arena con armas de combate y guió carros en un circo en el que habían reunido obstáculos de todas clases, era tan apasionado por el canto y el baile, que en el espectáculo no podía dominarse y cantaba delante de todos con el actor trágico que estaba en escena, imitando todos los gestos del histrión como para aplaudirle o reprenderle. Se supone que no tuvo otro motivo, el día en que le mataron, para indicar una velada general, que el deseo de presentarse en la escena con más seguridad a favor de la obscuridad. También era ésta la hora que elegía para bailar. Cierta vez hizo llamar a palacio a medianoche a tres consulares, que llegaron sobrecogidos de terror; los hizo colocarse en su teatro, y de pronto entre un gran estrépito, al son de flautas y de sandalias sonoras, con el manto flotante y la túnica de los actores, apareció él en escena; en seguida bailó y se retiró. Este hombre que había aprendido tantas cosas, no sabía nadar.
LV. Su pasión por los que le agradaban llegaba casi a la locura. Al payaso Mnester lo besaba en pleno teatro, y si mientras bailaba este histrión, alguien hacía el más leve ruido, ordenaba llevar a su presencia al perturbador y lo azotaba por su mano. Cierto día mandó a un centuria que dijese a un caballero romano que hacía ruido, que partiese en el acto para Ostia y llevase de su parte una carta al rey Ptolomeo, en Mauritania. En la carta decía sólo: No hagas bien ni mal al que te envío. Favoreció a los gladiadores llamados tracios y puso incluso a algunos al frente de su guardia germánica; pero persiguió a los mirmilones hasta quitarles la armadura (102). Uno de éstos, llamado Columbo, salió vencedor en un combate, aunque ligeramente herido; Calígula introdujo en la herida un veneno al que después llamó Columbiano en memoria de este hecho. Por lo menos con este nombre escrito de su mano se le encontró entre los otros. Era tan adicto al partido de los Verdes (103) que comía con frecuencia con ellos en su caballeriza y dormía allí. Un día al auriga Eutyco, como regalo de mesa después de una orgía, le dio un millón de sestercios. Quería tanto a un caballo que tenía llamado Incitatus, que la víspera de las carreras del circo mandaba soldados a imponer silencio en la vecindad, para que nadie turbase el descanso de aquel animal. Hizo construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de perlas; le dio casa completa, con esclavos, muebles, y todo lo necesario, para que aquellos a quienes en su nombre invitaba a comer con él, recibiesen magnífico trato, y hasta se dice que le destinaba el consulado.
LVI. Estas extravagancias y horrores llevaron a algunos ciudadanos a concebir el proyecto de quitarle la vida; se descubrieron dos conjuraciones, y mientras otros conspiradores vacilaban por falta de oportunidad, dos romanos se comunicaron su designio, y puestos de acuerdo, lo llevaron a ejecución.
Favoreciéndolos ocultamente sus libertos más poderosos y los prefectos del Pretorio, que nombrados ya, aunque injustamente, como cómplices de una conspiración, sabían que eran ya sospechosos y que se los odiaba. Calígula los había reconvenido, en efecto, en particular con suma acritud, y desenvainando la espada, les había dicho que estaba pronto a darse la muerte si creían que la merecía; y desde entonces no había cesado de acusarlos y de excitar contra ellos el odio y las sospechas. Se acordó atacarle al mediodía, a la salida del espectáculo de los juegos palatinos. Casio Querea, tribuno de una cohorte pretoriana, quiso ser el que descargarse el primer golpe, pues Calígula insultaba sin cesar su vejez y nunca le dirigía más que palabras ultrajantes, tratándole de cobarde y afeminado. Si se presentaba a pedirle la consigna, le contestaba Príapo o Venus; si el tribuno se adelantaba a darle gracias por algo, él le presentaba la mano a besar en forma y con movimientos obscenos.
LVII. Muchos prodigios anunciaron su muerte. En Olimpia, la estatua de Júpiter, que había mandado quitar y trasladar a Roma, lanzó tal carcajada cuando la tocaron, que cayeron las máquinas, huyendo espantados los obreros; se presentó después un tal Casio, quien dijo haber recibido en sueños orden de sacrificar un toro a Júpiter. El día de los idus de marzo cayó un rayo sobre el Capitolio de Capua y otro en el templo de Apolo Palatino en Roma; dedújose de ello, en primer lugar, que a un grande le amenazaba gran peligro por parte de sus guardias, y también que iba a realizarse un asesinato ruidoso como el que se había cometido en otro tiempo en igual día (104). El astrólogo Sila, consultado por Calígula acerca de su horóscopo, le anunció como próxima e inevitable una muerte violenta. Los oráculos de Anzio le advirtieron que se guardase de Casio; por causa de este aviso mandó matar a Casio Longino, procónsul entonces de Asia, olvidando que Querea se llamaba también Casio. La víspera de su muerte soñó que había estado en el cielo al lado del trono de Júpiter y que el dios, empujándole con el dedo grueso del pie derecho, lo había despedido a la tierra. También fueron considerados como prodigios muchas cosas que la casualidad produjo aquel mismo día. Durante un sacrificios fue rociado con la sangre de un flamenco; el histrión Mnester representó una tragedia que el actor Neoptolemo había representado en otro tiempo el día en que mataron a Filipo en Macedonia; en la pantomima titulada Laureolo, en la que el actor vomita sangre al salir de entre las ruinas de un edificio, muchos de los que desempeñaban las segundas partes, queriendo demostrar su habilidad, la vomitaron también, quedando inundado el escenario; la noche que siguió a su muerte, se había, en fin, preparado un espectáculo en el que egipcios y etíopes debían representar asuntos de los infiernos.
LVIII. El 9 de las calendas de febrero, cerca de la hora séptima (104 bis), mientras dudaba si se levantaría para comer, porque tenía el estómago cargado aún de la comida de la víspera, le decidieron a hacerlo sus amigos y salió. Tenía que pasar por una bóveda, donde se ensayaban entonces algunos niños pertenecientes a las primeras familias del Asia y que él había hecho acudir para desempeñar algunos papeles en los teatros de Roma. Detúvose a contemplarlos y exhortarlos a hacerlo bien, y si su jefe no le hubiese dicho que perecería de frío, ya retrocedía para disponer que comenzase el espectáculo. No están de acuerdo todos acerca de lo que sucedió después: según unos, mientras hablaba con los niños. Querea, colocado a su espalda, le hirió violentamente en el cuello con la espada, gritando: ¡Haced lo mismo! y en el acto el tribuno Cornelio Sabino, otro conjurado, le atravesó el pecho.
Pretenden otros que Sabino, después de separar a todos por medio de centuriones que pertenecían a la conjuración, había, según costumbre, preguntado a Calígula la consigna, y que habiéndole dicho este Júpiter, exclamo Querea: Recibe una prueba de su cólera; y le descargó un golpe en la mandíbula en el momento en que volvía la cabeza hacia él. Derribado al suelo y replegado sobre sí mismo, gritó que vivía aún, pero los demás conjurados le dieron treinta puñaladas. La consigna de estos era ¡Repite!, y hasta hubo uno que le hundió el hierro en los órganos genitales. Al primer ruido acudieron a auxiliarle sus porteros con los bastones, así como también los soldados de la guardia germánica, que dieron muerte a varios de los asesinos, yhasta a dos senadores inocentes del crimen.
LIX. Vivió Calígula veintinueve años y reinó tres años, diez meses y ocho días. Su cadáver fue llevado en secreto a los jardines Lamianos, lo chamuscaron en una pira improvisada, y lo enterraron luego cubriéndole con un poco de césped. Más adelante sus hermanas, vueltas del destierro, lo hicieron exhumar, lo quemaron ydieron sepultura a sus cenizas. Se asegura que hasta esta época aparecieron fantasmas a los guardias de aquellos jardines, y por la noche, en la casa donde le asesinaron resonaban espantosos ruidos. Su esposa Cesonia murió al mismo tiempo que él (105), asesinada por un centurión; a su hija la estrellaron contra una pared.
LX. Para dar una idea de aquellos tiempos, diremos sólo que al principio todos rehusaron prestar crédito a la noticia de su muerte, suponiendo que Cayo había hecho correr el rumor para reconocer, mediante este artificio, los sentimientos que inspiraba. Los conjurados no destinaron el Imperio a nadie, y el Senado quería tan unánimemente restablecer la libertad, que los cónsules no lo convocaron al principio en la sala ordinaria porque se denominaba Julia, sino en el Capitolio. Hubo quien opinó por la abolición de la memoria dé los césares y la destrucción de sus templos.
Se ha observado que todos los césares que habían llevado el nombre de Cayo, empezando por el que fue asesinado en tiempo de Cinna, perecieron por medio del hierro.

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NOTAS
(82) El rey de los partos.
(83) Nacido en los campamentos, crecido en las armas patrias, venia ya designado para el mando supremo.
(84) Calígula llamaban a un calzado guarnecido de clavos usado por los simples soldados.
(85) Nevio Sertorio Macrón ayudo a Tiberio a derribar a Seyano, y sucedió a este en el mando de las tropas pretorianas.
(86) Tiberio había dispuesto, en efecto, que su nieto Tiberio compartiese su herencia con Calígula.
(87) Filón atribuye a su intemperancia esta enfermedad que padeció a los ocho meses de su mando.
(88) En 790
(89) Este castigo imponían los romanos a los llamados andróginos o hermafroditas, por considerar como de mal agüero su nacimiento. Se los ahogaba sea porque consideraban el agua, principalmente la del mar, como fuente de toda purificación, sea porque los poetas habían hecho del océano la mansión de los monstruos o bien, para que en la tierra habitada no quedase recuerdo de estos seres cuyo nacimiento se tenía por calamidad publica. Sin duda por esto quería Calígula hacer perecer así a los “inventores de placeres monstruosos” (spintrias).
(90) Después de las guerras civiles estableció Augusto este impuesto para el Tesoro militar. Tiberio cediendo a las reclamaciones del pueblo, redujo primero a la tasa a la mitad, en 770; pero restableció la antigua después de la muerte de Seyano.
(91) Estaba consagrada esta fiesta a la diosa patrona de los pastores y se celebraba el 21 de abril, día considerado como el de la fundación de Roma.
(92) Istmo de Corinto.
(93) Era obra de Fidias. Se encargo a Memio Régulo que la llevase a Roma, y si hemos de creer a Josefo, se lo impidieron terribles presagios, no siendo posible levantar la estatua. Claudio hizo devolver todas estas estatuas a los templos de donde las había sacado.
(94) Eran tres: Agripina, Drusila y Livila. Según Eutropio, reconoció (agnovit) una hija, nacida de una de ellas. Algunos manuscritos dicen cognovit, lo que significará que cometió también incesto con ella.
(95) Rómulo y Augusto se casaron, en efecto, con mujeres que estaban ya casadas, Hersilia y Livio.
(96) Famosa por su eléboro, planta que los antiguos creían a propósito para curar la demencia.
(97) Este sacerdocio se concedía como premio a la fuerza y habilidad en matar, pues para obtenerlo era preciso haber dado muerte en lucha al adversario.
(98) Unos trescientos treinta millones de pesetas.
(99) Augusto había fijado esta recompensa, después de veinte años de servicio, en doce mil sestercios. Calígula la redujo a la mitad.
(100) Ni los emperadores ni los ciudadanos usaban nunca estos mantos en la ciudad, excepto en días muy fríos o lluviosos. El traje romano era la toga.
(101) Se consideraba de hombre afeminado el usar las túnicas con mangas.
(102) No se contento con quitar a los mirmilones su elegante traje, sino que hizo ademas menos temibles sus armaduras, a fin de que los gladiadores tracios, a quienes favorecía, pudiesen vencerlos con más facilidad.
(103) Era el partido de los aurigas verdes. Existían otros tres: los azules, los blancos y los rojos, a los cuales Domiciano añadió dos: los dorados y los purpúreos.
(104) El de Julio Cesar.
(104 bis) El 24 de enero hacia la una de la tarde.
(105) Según Josefo, el centurión Julio Lupo fue quien la mato por orden de Querea.