"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Ntros.Ant.)

domingo, 17 de enero de 2010

MITOLOGIA -MERCURIO ROBA EL GANADO REAL-

MITOLOGIA
Mercurio roba el ganado real


Mercurio roba el ganado real – Parte I-

El Robo
Apenas su madre se adormece, Hermes abre los ojos. No es ya un frágil bebé el que despierta, sino un ser dotado de extraordinaria precocidad.
Permanece acostado algunos momentos todavía, hasta asegurarse de que Maya está sumida en profundo sueño. Entonces se libera rápidamente de las telas que envuelven su cuerpecito e imposibilitan sus movimientos. Libre de todo obstáculo, se levanta silenciosamente de la cuna improvisada. Pasa ante su madre y se dirige a la puerta.
Ahora se encuentra por primera vez en medio de la noche. Mira el cielo estrellado y no puede contener una sonrisa maliciosa: solamente la quieta naturaleza será testigo del plan que ha elaborado. Después de todo, ¿Quién podría desconfiar de un recién nacido?.
Se zambulle en la oscuridad de la noche. El destino es Tesalia. En esa región, en la ciudad de Feras, su hermano Apolo es el encargado de guardar los rebaños del rey Admeto.
Corriendo por los caminos polvorientos, superando ágilmente todas las dificultades, sigue su camino sin detenerse ante pretexto alguno, orientado solo por el brillo de la luna y las estrellas.
Y así llega a un basto campo, donde descansa el ganado real. Sin hacer ruido, observa el lugar.
Por suerte Apolo ha descuidado el cumplimiento de sus funciones y pasea lejos de allí amado Himeneo.
Con pasos cortos y precisos se aproxima al ganado y separa cincuenta cabezas. Nuevamente mira al cielo y sonríe. Todavía encubierto por la noche, emprende el viaje de vuelta, conduciendo el producto de su hurto.

Mercurio roba el ganado real – Parte II-

Bato, el delator castigado
Lejos, muy lejos, pérdida en el tiempo y el espacio. Maya soñaba. Sueño y sueños eran ahora grata compensación para la mujer liberada de los dolores y sacrificios que le impusiera la maternidad.
Su corazón tranquilo y feliz no le ha dado aviso alguno de que su hijo anda tan lejos de sus cuidados.
Allá afuera, sólo la discreta naturaleza asistía a la acción del niño. Malicioso y travieso, Hermes caminaba satisfecho de su artimaña. Las vacas - ningún mugido, ningún ruido delator – seguían como si estuviesen encantadas al bebé, que sonriente, las llevaba hacia un destino lejano.
Los pensamientos tomaban forma y vigor en la cabecita del niño. Necesitaba precaverse para que no lo descubrieran.
La primera providencia que debía tomar sería la de borrar las huellas de los animales robados. Se le ocurrieron tres ideas: hacer que las vacas caminaran de espaldas, atarles ramas en las colas y calzarles las patas.
Luego había que borrar sus propias huellas. Con rapidez e inteligencia, se hizo enormes sandalias, empleando para ello ramas de tamarindo. Y continuó su camino. Atravesó la Tesalia y la Beocia y, adentrándose en el Peloponeso, llegó a Pilos, cerca del río Alfeo. Faltaba poco para que se concretara el plan del dios niño.
Pero surgió un problema en mitad del camino. Bato, un viejo que venía en sentido contrario, se extraño de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
Notando la curiosidad del hombre y temiendo verse denunciado, Hermes resolvió sobornarlo. Le ofreció un becerro, pidiéndole en cambio el silencio.
La rapidez con que Bato aceptó el trato despertó la desconfianza del astuto dios. Le pareció más seguro poner a prueba la honestidad del anciano. Fue así como le pidió que esperase algunos instantes, y llevó al ganado a una caverna de las proximidades.
Enseguida asumió el aspecto de un pastor y volvió junto a Bato. Simulando intensa desesperación, le contó que estaba buscando los animales robados de su rebaño, y le prometió recompensarlo si le proporcionaba cualquier pista sobre el ladrón.
Sin reconocer a Hermes, el viejo aceptó el nuevo soborno y denunció el robo. Inmediatamente el dios castigó a Bato (en griego Battos, el repetidor, el charlatán), convirtiéndolo en una roca.
Después volvió a la caverna, separó las dos vacas más gordas, dividió las restantes en doce partes iguales de cuatro vas cada una, y ofreció las dos primeras en sacrificio a los dioses. Rápidamente escondió el rebaño de cuarenta y ocho vacas en distintos lugares e inició el viaje de regreso a la ciudad de Cilene.
Llegando a la puerta de su casa, vio una tortuga. Se quedó encantado con el animalito y, tomándolo en los brazos dijo: “¡Qué suerte inesperada! Nada le falta. Es linda de ver, buena para hacer bailar, y sirve de alimento. Todo en ella es amable. ¿De dónde me llega un juguete tan bonito? ¿Y este caparazón pintado de todos colores? ¿No frecuentas las montañas? Te voy a llevar a casa. Es bueno quedarse en casa y dejar pasar la noche. Me has de servir con honor, viva a pesar de la mala suerte, y si mueres será sólo para cantar mejor”.
Habiendo así hablado, penetró en su casa. Con un estilete hirió a la tortuga y le vació el caparazón, en el que prendió horizontalmente trozos de cañas de diferentes tamaños. Después distendió ente las cañas siete cuerdas hechas con las tripas de los dos animales sacrificados. Acababa de crear un nuevo instrumento musical, la lira.
Tranquilamente, se dirigió a su cuna y se fajó de la misma manera que lo había hecho su madre. Y, enseguida, fingió dormir.

Mercurio roba el ganado real – Parte III-

Apolo descubre el robo del ganado…
Aurora (Heos) la rododáktylos (la de los dedos de rosa) despierta a la Tesalia. Apolo se levanta, se despide de Himeneo, y va a inspeccionar el ganado del rey Admeto que está bajo su custodia. Cuenta y recuenta el rebaño, y siempre le faltan cincuenta cabezas.
Lleno de aflicción y sintiéndose culpable por su irresponsabilidad, sale a buscar las reces que faltan. Su única esperanza era la de que se hubiesen extraviado durante la noche, pero la búsqueda es infructuosa.
Gracias a sus dones divinos, acaba descubriendo que fue Hermes quien le ha robado. Pero de furia, se dirige hacia Cilene.
Maya no puede creer lo que Apolo le dice. Enojada ordena al dios seguirla al lugar donde Hermes finge dormir inocentemente.
En un primer momento. Apolo llega a pensar que su acusación es injusta. Pero no deja de interrogar al pequeño Hermes sobre las vacas robada. “Hijo de Leto (Letona) – responde el niño - ¿Cómo se te ocurre venir aquí a buscar las vacas de tu rebaño, cundo yo nunca las vi ni conocí, ni sé de ellas? ¿Cómo habría de decirte quien las robó, aun ofreciéndome una recompensa? ¿Tengo acaso el aspecto de un ladrón bueyes, o la fuerza para serlo? No, no es este mi caso. A mi me toca dormir y mamar de mi madre, ser bañado en agua tibia y acostado con pañales. Créeme, y que esto quede entre nosotros. Porque nadie podrá imaginar que un recién nacido se escapa de la casa de su madre para robar las vacas de una dehesa. No le harás creer eso ni a uno solo de los dioses. Yo naci ayer, mis pies son frágiles, la tierra es dura. Si quieres, te lo juro por la cabeza de mi padre Zeus: tan cierto es como que estoy aquí, que no he visto al ladrón de tus vacas ni de nada que se les parezca. Es de ti de quien recibí la noticia.”

Mercurio roba el ganado real – Parte IV-

…y consagra a Mercurio rey de los ladrones
Desorientado por las firmes palabras de Mercurio, Apolo se retiró y fue a pedir ayuda a Zeus.
Detalladamente relató al padre Zeus lo que le había acontecido. El señor del Olimpo, que todo lo sabía ya, hizo lo posible por contener la risa que le provocan las artimañas del pequeño Hermes.
Finalmente, resolvió intervenir en la cuestión. Habló con el hijo de Maya y le mandó devolver el ganado robado a Apolo. Hermes intentó todavía negar la hazaña. Pero su padre tenía bastante más experiencia y ya había descubierto toda la verdad.
Hermes no tuvo otro recurso que admitir todo ante el poderoso Zeus. Pero cuando este se retiró al Olimpo, de nuevo el pequeño se deshizo en protestas de inocencia anta Apolo.
Hermes hace muecas, quiña los ojos y demuestra visible cansancio y desagrado por la situación. Por fin, irritado, termina por robar a Apolo, ante sus narices, la aljaba en que guardaba sus flechas, mientras continúa con sus protestas de inocencia. El dios de la luz. Entonces, se ríe de la ocurrencia y le dice: “Astuto malhechor, ¡bravo! Con ese lenguaje ya t veo en primera línea en cuanto a ocurrencia. Si, ése será tu alentó por las noches, no hacer ruido, forzar las puerta de las casas para vaciarlas y dejar solo las paredes o, rondando los montes y valles, sorprender ¡oh flagelo de los pastos! Los bueyes y carneros de los que se hila la lana, cuando tengas ganas de comerlos. ¡Levántate si no quieres dormir aquí tu último sueño! ¡Vamos compañero de la noche! Entre los dioses hay una recompensa que te espera constantemente: el titulo de rey de los ladrones, que será tuyo para siempre”.
Silenciosamente, Hermes toma su lira y empieza a tañerla acompañando la bellísima con cantos improvisados en honor de sus padres y de la vida.
Apolo oye la música y queda encantado con el instrumento. Se le ocurre una idea: cambiarle el ganado robado por ese instrumento musical. Hermes reflexiona sobre la propuesta, pero no la encuentra buen negocio. Apolo le ofrece también el caduceo, la apreciada varita mágica que guarda consigo desde niño. Con ella acostumbraba apacentar los rebaños en el Parnaso.
Hermes no lo piensa mucho: esta vez acepta el trueque. Y así ambos se reconcilian para siempre. De allí en adelante Hermes y Apolo formarían un par de hermanos íntimamente unidos y protegidos por Zeus.-

3 comentarios:

  1. Que fea pagina ensima no tiene lo que yo pedi es una caca esto no sirve ni para leer

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  2. No es bueno tu vocabulario, no debiste expresarte asi, lamentable.
    Se de la laboriosidad de sergio, Un amigo me enseño esto " El que salva a un hombre, es como si salvara a toda la humanidad " Y otro le contesto a un angel, que lo tuyo es facil, lo mas dificil es ser hombre. Chau bon apetit

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  3. jajajajajajjajaj amor y paz chamacos de mi corazon !!!

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