"No hay decisiones buenas y malas, solo hay decisiones y somos esclavos de ellas." (Ntros.Ant.)

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lunes, 13 de enero de 2014

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE XII DE XII -TITO FLAVIO DOMICIANO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO 
LOS DOCE CESARES 

PARTE XII DE XII 
TITO FLAVIO DOMICIANO


I. Nació Domiciano el 9 de las calendas de noviembre (191); su padre había sido designado cónsul y había de entrar en funciones al mes siguiente. El nacimiento acaeció en la sexta región de Roma, cerca del punto llamado la Granada, en una casa convertida más adelante por él en templo de la familia Flavia. Se afirma que pasó su infancia y su primera juventud en la indigencia y en la infamia; no tenía siquiera un vaso de plata y es sabido que el prestamista Clodio Polión, contra el que tenemos un poema de Nerón, intitulado El Tuerto, había conservado y exhibía muchas veces una carta de Domiciano en la que éste le ofrecía una noche. Afirmase también que tuvo el mismo comercio obsceno con Nerva, su inmediato sucesor.
Durante la guerra de Vitelio se había encerrado en el Capitolio con su tío Sabino y una parte de las tropas, pero habiéndose apoderado el enemigo del templo y habiéndole puesto fuego, refugiase él en casa de un guardián, donde pasó la noche; por la mañana, disfrazado con el traje de los sacerdotes de Isis, consiguió escapar, mezclándose con los ministros subalternos de esta vana religión. Se retiró al otro lado del Tíber, acompañado de una sola persona, a casa de la madre de un condiscípulo suyo, hallando en ella tan excelente refugio, que los emisarios que seguían sus huellas no pudieron encontrarle. Salió finalmente después de la victoria, siendo saludado cesar; se le honró incluso con la dignidad de pretor de Roma con autoridad consular, pero sólo conservó el título y transmitió la autoridad al primero de sus colegas, mostrando, por el abuso que hizo del poder, lo que había de ser algún día. Fuera largo enumerar todas sus bajezas. Sedujo, en primer lugar, a las esposas de gran número de ciudadanos, robó y tomó en matrimonio a Domicia Longina, que estaba casada con Elio Lamia; distribuyó en un solo día más de veinte oficios para la ciudad y para las provincias, diciendo Vespasiano con este motivo, que se extrañaba de que su hijo no le nombrase también sucesor.
II. Emprendió sin necesidad una expedición a la Galia y la Germania, desoyendo los consejos de los amigos de su padre, con el único objeto de emular las hazañas y la consideración de su hermano. Vespasiano le reprendió con dureza, y a fin de que no olvidara en adelante su edad y condición, le obligó a vivir con él.
Siempre que el emperador se presentaba en público con Tito, Domiciano seguía en litera la silla curul, y el día en que se celebró su triunfo sobre la Judea los acompañó montado en un caballo blanco. De sus seis consulados únicamente uno fue regular, y su hermano fue quien se lo cedió y solicitó para él. Domiciano supo fingir entonces gran moderación, y sobre todo viva afición a la poesía, de la que no había hecho nunca el menor caso y por la que mostró más adelante profundo desprecio; entonces llegó, sin embargo, incluso a leer versos compuestos por él.
Cuando Vologesio, rey de los partos, pidió un refuerzo mandado por un hijo de Vespasiano, para luchar contra los alanos, Domiciano hizo cuanto pudo para ser elegido, y habiendo resultado vanos sus esfuerzos, trató de incitar con dones y promesas a los otros reyes de Oriente para que hiciesen igual petición. Tras la muerte de su padre vaciló algún tiempo sobre si ofrecería a los soldados donativo doble del ordinario, con el fin de sublevarlos, y no dudó hacer correr que Vespasiano le había dejado una parte del Imperio, pero que habían falsificado su testamento. A partir de entonces, no cesó de conspirar en secreto y hasta abiertamente contra su hermano. Cuando le vio gravemente enfermo ordenó sin esperar a que expirase, que le abandonaran como si estuviese muerto (192). Tributó sólo a su memoria los honores de la apoteosis y hasta algunas veces le censuró indirectamente en sus edictos y discursos.
III. Al comienzo de su reinado se encerraba solo todos los días durante horas enteras para cazar moscas. a las que enristraba con un punzón muy agudo.
Semejante costumbre dio motivo a un chiste de Vibio Crispo, el cual, preguntado un día si había alguien con el emperador: No, contestó, ni siquiera una mosca. Repudió Domiciano a su esposa Domicia, que le había dado un hijo durante su segundo consulado, y que al año siguiente había recibido de él el título de Augusta, pero que estaba locamente enamorada del histrión Paris. No pudo, sin embargo, soportar esta separación, y poco después volvió a llamarla, como cediendo a las instancias del pueblo. Su conducta en el gobierno del Imperio fue al comienzo muy desigual y mezclada de mal y de bien, pero poco a poco hasta sus virtudes degeneraron en vicios; puede conjeturarse que las circunstancias ayudaron también a desarrollar sus malas inclinaciones: la pobreza le hizo codicioso, y el miedo, cruel.
IV. Dio a menudo en el Anfiteatro y en el Circo espectáculos tan dispendiosos como magníficos. En el Circo, además de las carreras acostumbradas de bigas y cuadrigas (193), dio un doble combate de caballería e infantería, y en el Anfiteatro una batalla naval. Las cacerías de fieras y los combates de gladiadores se verificaban de noche, a la luz de las antorchas, viéndose luchar en la arena, no sólo a hombres, sino también a mujeres. Los cuestores habían dejado caer en desuso desde hacía ya mucho la costumbre de dar combates de gladiadores a su entrada en el cargo; Domiciano la restableció, asistió siempre a tales espectáculos y permitió cada vez al pueblo pedir dos parejas de sus propios gladiadores, que presentaba los últimos y vestidos con trajes dignos del dueño del Imperio. Mientras duraban los juegos tenía constantemente a sus pies un enano vestido de escarlata, cuya cabeza era de una prodigiosa pequeñez; Domiciano hablaba continuamente con él, y algunas veces de cosas serias; un día se le oyó, por ejemplo, preguntarle si sabia por que había dado en la última promoción el gobierno del Egipto a Mecio Rufo. En un lago abierto cerca del Tíber y rodeado de gradas, hizo representar batallas navales, en las que combatieron flotas, por decirlo así, completas; y ni siquiera una fuerte lluvia sobrevenida durante uno de estos espectáculos le impidió presenciarlo hasta el fin (194). Celebró asimismo los juegos seculares, tomando por fecha los últimos del reinado de Augusto, y no los de Claudio. El día de los dioses en el Circo, decidió reducir a cinco las siete vueltas, a fin de facilitar la terminación de las cien carreras de carros. Fundó en honor de Júpiter Capitolino un certamen quinquenal de música, de carreras de caballos y de ejercicios gimnásticos, en los que se distribuían más coronas que en nuestros días (195). Se disputaba, asimismo, en ellos el premio de la prosa griega y latina; había, además, premio para canto y arpa, otro para los coros de arpa y de canto, y otro, por último, para arpa sola; y se vio, incluso, a doncellas disputarse en el estadio el premio de la carrera. Domiciano presidió personalmente tales juegos, con calzado militar, toga de púrpura a la griega y en la cabeza una corona de oro en la que estaban grabadas las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva, a su lado tenía al gran pontífice de Júpiter y del colegio de los sacerdotes flavianos (196), vestidos todos como él, pero llevando en sus coronas, además de las imágenes citadas, el retrato del emperador. Celebraba todos los años en el monte Albano las fiestas de Minerva, divinidad para la cual había establecido un colegio de sacerdotes. Entre éstos, designaba la suerte al pontífice, estando obligados a dar magníficos combates de fieras, juegos escénicos y premios de elocuencia y poesía. Distribuyó tres veces al pueblo congiarios de trescientos sestercios por individuo; y durante las cestas de su cuestura le hizo servir un festín de los más espléndidos. En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.
V. Restauró gran número de hermosos edificios que habían sido destruidos por las llamas; entre otros, el Capitolio, que se había incendiado otra vez, pero siempre inscribiendo su nombre, y sin hacer mención del antiguo fundador.
Construyó sobre el Capitolio un templo nuevo, dedicado a Júpiter Custodio. Se le debe también el Foro que lleva hoy el nombre de Nerva, el templo de la familia Flavia, un estadio, un teatro lírico, y, por último, una naumaquia, cuyas piedras sirvieron más adelante para la restauración del Circo Máximo, del que se habían consumido dos costados.
VI. En cuanto a sus expediciones militares, unas las emprendió espontáneamente, como la que decidió contra los catos; otras por necesidad, como la de los sármatas, que habían degollado a toda una legión con su jefe. Así fueron también sus dos campañas contra los dacios: la primera para vengar la derrota del consular Opio Sabino; la segunda para vengar la de Cornelio Fusco, prefecto de las cohortes pretorianas, a quien había investido del mando en jefe. Después de varios combates, ni favorables ni adversos, contra los catos y los dacios, festejó un doble triunfo; pero tras su victoria sobre los sármatas contentase con ofrendar una corona de laurel a Júpiter Capitolino. Dio fin, sin salir de Roma y con singular fortuna, a la guerra civil suscitada por L. Antonio, gobernador de la Alta Germania; en efecto, en el momento mismo del combate, los témpanos del Rin, arrastrados por el deshielo, impidieron a las tropas de los bárbaros que se uniesen a las de Antonio. Los presagios de esta victoria precedieron en Roma a la noticia, pues el mismo día de la batalla un águila gigantesca rodeó con sus alas la estatua del emperador, lanzando alegres chillidos, y pocos instantes después tomó tal consistencia el rumor de la muerte de Antonio, que muchos aseguraban incluso haber visto pasear su cabeza.
VII. Introdujo muchos cambios en las costumbres establecidas; suprimió la de las sportulas públicas y restableció la de las comidas regulares. Añadió dos partidos a los cuatro del Circo, y los distinguió con trajes de púrpura y oro. Prohibió la escena a los histriones y sólo les permitió representar en casas particulares.
Prohibió castrar a los hombres y disminuyó el precio de los eunucos que estaban aún en venta en las casas de los mercaderes. Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas vinas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas (197); pero abandonó la ejecución de esté edicto. Hizo comunes a los hijos de los libertos y a los caballeros romanos algunos de las cargos más importantes del Estado. Prohibió la reunión en un mismo campamento de muchas legiones y recibir en la caja de depósitos militares más de mil sestercios por soldado, por creer que L. Antonio, que había aprovechado para sublevarse contra él la reunión de dos legiones en los magno cuarteles de invierno, tuvo también en cuenta la importancia de este depósito. Concedió, finalmente a los soldados un cuarto término de paga de tres áureos (198).
VIII. Desplegó en la administración de la justicia gran celo y diligencia, y algunas veces hasta concedió en su tribunal del Foro audiencias extraordinarias.
Dejó sin efecto las sentencias de los centunviros dictadas por favor. Exhortó, a menudo a los jueces recuperadores a no acceder a liberaciones reclamadas sin graves motivos (199). Tachó de infamia a los jueces corrompidos, así como a sus consejeros (200). Supo también contener a los magistrados de Roma y a los gobernadores de las provincias, que nunca fueron más desinteresados ni más justos, pues que vemos a la mayor parte de ellos acusados después de él de los peores delitos. Encargado de las funciones de la censura, abolió el uso abusivo de sentarse indistintamente en el teatro en los bancos de los caballeros; destruyó los libelos repartidos al público contra los ciudadanos principales; expulsó del Senado a un antiguo cuestor que mostraba excesiva pasión por el arte de la pantomima y del baile; prohibió a las mujeres deshonradas el uso de litera y el derecho a recibir legados o herencias; eliminó de la lista de jueces a un caballero romano que, después de repudiar a su esposa y llevarla ante los tribunos como adúltera, la había recibido de nuevo; condenó, en virtud te la ley Scantinia (201) a muchos ciudadanos de las dos órdenes; estableció castigos diferentes, pero siempre severos, contra los incestos de las vestales, ante los que su padre y su hermano habían cerrado los ojos. Estos castigos fueron primera la muerte, y más adelante el suplicio ordenado por las leyes antiguas (202). Permitió, sin embargo, a las hermanas Ocelata, y después de éstas a Varronila, que eligieran el género de muerte, y limitóse a desterrar a sus seductores; pero a la gran vestal Cornelia, que había sido absuelta en otra ocasión, acusada de nuevo y convicta, la hizo enterrar viva y azotar a sus cómplices con varas hasta hacerlos morir, en el Comicio, excepto a un antiguo pretor, contra el que no existía otra prueba que una declaración incierta arrancada por la tortura, por lo que fue sólo desterrado. Vigiló con especial cuidado que no se violase impunemente el respeto debido a los dioses; hizo que los soldados destruyesen una tumba que un liberto suyo había elevado a su hijo con piedras destinadas al templo de Júpiter Capitolino y mandó arrojar al mar las cenizas y huesos que había en ella.
IX. En sus primeros años experimentaba tal horror por la sangre, que recordando cierto día, en ausencia de su padre, este verso de Virgilio: Impia guam coesis gens est epulata juvencis (203). quiso prohibir que se inmolaran bueyes. Ni antes de llegar al Imperio ni en los primeros tiempos de su reinado, hizo sospechar en él ninguna inclinación a la avaricia y avidez; antes, por el contrario, dio muchas pruebas de desinterés y hasta de liberalidad. Colmaba de presentes a las personas de su comitiva y nada les recomendaba con tanta insistencia como la aversión a la avaricia. No aceptaba las herencias de los que tenían hijos, e incluso anuló un legado del testamento de Rusco Cepión, consistente en cierta cantidad que el heredero debía dar todos los años a cada senador a su entrada en el Senado. Declaró libres de toda persecución judicial a los deudores cuyos nombres estaban inscritos en el Tesoro desde más de cinco años, no permitiendo contra ellos la renovación sino dentro del mismo año y aun esto con la condición que impuso al acusador de pena de destierro en caso de perder la causa. Perdonó, por lo pasado, a los escribientes de los cuestores que traficaban según su costumbre y contra la ley Clodia. Dejó a los antiguos poseedores, como por derecho de prescripción, los terrenos que no habían sido destinados tras el reparto efectuado a los veteranos. Reprimió la furia de las persecuciones fiscales, señalando severas penas para los acusadores, y se cita esta frase suya: El príncipe que no castiga a los delatores, los alienta.
X. No perseveró, sin embargo, en su clemencia ni en su desinterés, antes por el contrario, se inclinó rápidamente a la avaricia y a la crueldad. Hizo matar a un discípulo del histrión Paris, que era muy joven aún y estaba entonces enfermo, por la única razón de que se parecía a su maestro en la figura y el talento. Hizo también perecer a Hermógenes Tarsense por algunas alusiones contenidas en su historia, y los copistas que lo habían escrito fueron crucificados. A un padre de familia, porque gritó en el espectáculo que un tracio podía luchar contra un mirmilón, pero no contra el odio del que daba los juegos, ordenó que le arrancasen de su sitio, que le arrastrasen a la arena, y le obligó a luchar en ella contra dos perros, con un cartel que decía: Defensor de los tracios, impío en sus palabras. Muchos senadores, alguno de los cuales habían sido cónsules, como Civico Cerialis, procónsul en Asia, Salvidieno Orfito y Acilo Glabrión, desterrados a la sazón, fueron condenados a muerte como conspiradores. Otros muchos fueron muertos por leves pretextos; entre ellos Elio Lamia, por antiguas bromas que, a pesar de ser perfectamente inocentes, le habían hecho sospechoso; por haberle dicho, por ejemplo, después del rapto de su esposa, a algunos que le alababan la belleza de su voz: Es el premio de mi continencia; por haber contestado a Tito, que le exhortaba a tomar otra esposa: ¿Acaso quieres casarte tú también?; dio también muerte a Salvio Coceyano por haber celebrado el nacimiento del emperador Otón, tío suyo; a Mecio Pomposiano, por haber nacido bajo una constelación que al decir de algunos, auguraba el Imperio, porque llevaba a todas partes con él un mapa del mundo y los discursos de reyes y grandes capitanes, extractados de Tito Livio, porque había, en fin, dado a esclavos los nombres de Magón y Aníbal; a Salustio Lúculo, legado en la Bretaña, por haber permitido que llamasen luculenas unas lanzas de forma nueva; a Junio Rústico, por haber escrito el elogio de Peto Traseas y de Helvidio Prisco y haberles llamado los más virtuosos de los hombres, delito que fue causa de que Domiciano expulsase de Roma y de Italia a todos los filósofos. Hizo también perecer a Helvidio hijo, con el pretexto de que en una representación intitulada Paris y Oenone había censurado el divorcio del príncipe, y a Flavio, primo suyo, porque el día de los comicios consulares el pregonero, después de elegido Sabino, le proclamó, en vez de cónsul, emperador. Fue, sin embargo, mucho más cruel después de su victoria sobre Antonio. Para descubrir, en efecto, los cómplices secretos de su adversario, sometió a la mayor parte de los otros a un nuevo género de tortura, consistente en hacerles quemar los órganos sexuales y cortar las manos. Sólo a dos perdonó entre los más conocidos: a un tribuno del orden de los senadores y a un centurión, los cuales alegaron, como prueba de su inocencia, la infamia de sus costumbres, que había debido desposeerles de toda influencia sobre el espíritu de su jefe y de los soldados.
XI. La crueldad no le bastaba, y gustaba aún de astucias y golpes repentinos.
Cierto día hizo acudir a su alcoba a un recaudador, obligóle a sentarse a su lado en el mismo almohadón, lo despidió luego alegremente y sin inspirarle el menor recelo, enviándole a su casa platos de su mesa, y a la mañana siguiente mandó crucificarle. Había decidido la muerte del cónsul Arretino Clemente, familiar y agente suyo, a pesar de lo cual, continuó tratándole tan bien o mejor que de ordinario, hasta que un día, paseando con él en litera y viendo a su delator, le dijo: ¿Quieres que oigamos mañana a ese mal esclavo? Jugaba cruelmente con los sufrimientos de los hombres, y nunca pronunciaba una sentencia de muerte sin un preámbulo en el que ensalzaba su clemencia, de suerte que el indicio más seguro de trágico fin era la indulgencia del príncipe. Había hecho conducir ante el Senado a algunos ciudadanos acusados del delito de lesa majestad, diciendo que en aquella ocasión experimentaría el celo de la asamblea por su persona, en vista de lo cual fueron condenados al suplicio que determinaban las leyes antiguas. Asustado él mismo por la atrocidad del castigo, quiso prevenir su mal efecto e intercedió por ellos en estos términos, pues no es indiferente repetirlos: Permitid, padres conscriptos, que reclame de vuestro afecto una cosa que bien sé ha de concedérseme difícilmente y es que los condenados puedan elegir su género de muerte os liberaréis así de presenciar un espantoso espectáculo, y todo el mundo comprenderá que asistía yo al Senado
XII. Arruinado por los enormes gastos de las construcciones que realizaba, por los espectáculos y por el aumento de estipendio a los soldados, ideó entonces para aliviar el Tesoro militar disminuir el número de éstos; vio que esta medida le exponía a las invasiones de los bárbaros y entonces, sin aligerar las otras cargas, no buscó ya mas que ocasiones de rapiña. Por todas partes se confiscaban los bienes de vivos y muertos, cualquiera que fuese el delator, cualquiera que fuese la acusación; bastaba ser acusado de la menor acción, de la palabra más insignificante contra la majestad del príncipe. Confiscaba para él las herencias que más extrañas le eran, con tal de que una persona, una sola asegurase haber oído decir en vida al difunto que el cesar era su heredero. El impuesto que con más rigor se perseguía era aquel de que se componía el Tesoro judaico; por todas partes se denunciaban al Fisco a aquellos que, sin haber hecho profesión, vivían en la religión judía, o que, ocultando su origen, no hacía efectivo el tributo impuesto a su nación.
Recuerdo haber visto en mi juventud a un recaudador reconocer ante un crecido número de testigos a un anciano de noventa años, a fin, de saber si estaba circuncidado. Domiciano mostró en su juventud gran presunción, orgullo y mucha falta de moderación en su conducta y sus palabras. A Cenis, la concubina de su padre, que a su regreso de Istria le ofreció el beso de costumbre, él le tendió simplemente la mano. Parecíale muy mal que el yerno de su hermano tuviese también criados vestidos de blanco, por lo cual exclamó en griego: No es bueno que haya muchos amos.
XIII. Ascendido al trono, osó jactarse ante el Senado de haber dado el Imperio a su padre y a su hermano, que no habían hecho otra cosa que devolvérselo. Cuando después del divorcio recibió a su esposa, se sirvió, para decir que compartía su lecho, de la expresión consagrada para la unión de los dioses. Cierto día en que daba un festín al pueblo se mostró en gran manera complacido al oír que gritaban en el Anfiteatro: Felicidades a nuestro señor y a nuestra señora. En los juegos Capitolinos le fue solicitada por todo el concurso la rehabilitación de Palfurio Sura (204), expulsado en otro tiempo del Senado y que acababa de obtener el premio de la elocuencia; él ni siquiera se dignó contestar y mandó que callasen por medio del heraldo. Llevó su arrogancia al extremo de dictar para el servicio de sus intendentes una fórmula epistolar concebida en estos términos: Nuestro amor y nuestro dios lo quiere y lo ordena. A partir de entonces fue regla general no llamarle de otra manera cuando tuviesen que escribirle o hablarle. No permitió que se elevasen en el Capitolio más que estatuas de oro o plata de determinado peso. Hizo levantar en todos los barrios de Roma un número tal de puertas monumentales y arcos de triunfo, con carros y trofeos militares, que alguien escribió en griego en uno de aquellos monumentos: Basta. Fue cónsul diecisiete veces, cosa hasta entonces sin ejemplo, y especialmente siete veces seguidas, aunque casi siempre lo fue sólo de nombre. De todos sus consulados no conservó ninguno más allá de las calendas de mayo, y muchos sólo hasta los idus de enero. Después de sus dos triunfos, tomó el dictado de Germánico y llamó con sus dos nombres, Germánico y Domiciano, los meses de septiembre y octubre: el primero porque era la época de su ascensión al trono, el segundo por ser el mes en que había nacido.
XIV. Odiado y temido por todos, sucumbió al fin bajo una conspiración de sus amigos, de sus libertos íntimos y hasta de su esposa. Mucho tiempo antes le habían asaltado presentimientos acerca del año y del día en que había de morir y hasta sobre la hora y la clase de muerte. Desde su juventud le habían predicho los caldeos todas las circunstancias; viéndole un día su padre rechazar en la mesa un plato de setas, se burló de él en voz alta, diciéndole que más bien debía temer al hierro, si conocía su destino. Inquieto y temeroso a todas horas, por la menor sospecha experimentaba espantosos terrores, y el principal motivo que le impidió hacer cumplir el edicto mandando talar las viñas, se afirma que fue la lectura de cierto escrito difundido por Roma, en el que se leían estos dos versos griegos: Aunque cortes todas las vides, no podrás impedir que haya bastante vino para celebrar tu muerte. Al mismo temor se debió que rehusara un honor extraordinario imaginado por el Senado, que le sabía ávido de este género de distinciones; consistía este honor, según el decreto, en que cuantas veces fuese cónsul, caballeros romanos designados por suerte le precederían, revestido con la trabea y la lanza militar en la mano, entre los lictores y batidores.
A medida que se acercaba el momento del peligro, sentía Domiciano redoblar su espanto. Hizo guarnecer la galería en que paseaba de esas piedras transparentes llamadas phengitas, cuya superficie pulimentada, reflejando los objetos, le permitía ver todo lo que pasaba a su espalda. Ordinariamente interrogaba a los prisioneros solo y en secreto y hasta teniendo en las manos el extremo de sus cadenas. Con objeto de demostrar a los que le servían que nunca debe atentarse contra la vida del señor, ni siquiera con intención laudable, condenó a muerte a su secretario Epafrodito, del que se decía haber ayudado a Nerón a darse la muerte, cuando estaba el emperador abandonado ya de todo el mundo.
XV. En fin, apenas esperó que Flavio Clemente, su primo hermano saliese del consulado, para hacerle perecer por la más fútil sospecha, a pesar de ser hombre de notoria incapacidad, y a pesar de que había adoptado para sucesores a sus hijos, todavía niños, obligándolos a dejar sus nombres con este propósito, dando al uno el de Vespasiano y al otro el de Domiciano. Semejante crueldad contribuyó en gran manera a acelerar su fin. Durante ocho meses consecutivos tronó con tanta asiduidad en todos los puntos del Imperio, que, oyendo el fragor del rayo, acabó por exclamar: ¡Pues bien, que hiera a quien desee! Cayeron rayos sobre el Capitolio, sobre el templo de la familia Flavia; también sobre el palacio del emperador, y hasta en su dormitorio. La tormenta arrancó, asimismo, la inscripción de su estatua triunfal, arrojándola sobre una tumba próxima. El árbol, que derribado por el viento, se alzó de nuevo al acercarse Vespasiano antes de su advenimiento al trono, volvió a derrumbarse de pronto con estrépito. La Fortuna de Prenesto a la que durante su reinado se recomendó al principio de cada año y que siempre le había dado respuestas favorables, se las dio para el último aterradoras y hasta habló de sangre. Soñó que Minerva, diosa a la que había hecho objeto siempre de un culto especial, salia de su santuario, diciéndole que no podía ya protegerle, porque Júpiter le había quitado las armas de las manos. Nada le causó, sin embargo, tan profunda impresión como la respuesta y la suerte del astrólogo Ascletarión, que había predicho la muerte del emperador. Llamóle él, y no negando Ascletarión haber divulgado lo que su arte le manifestaba, Domiciano le preguntó cuál sería el fin del mismo astrólogo, a lo que contestó éste, que muy pronto le destrozarían los perros.
Domiciano mandó degollarle en el acto y para demostrar mejor cuán vanas eran sus predicciones, ordenó que se le sepultara con el mayor cuidado. Cuando estaban ejecutándolo sobrevino una tempestad que desbarató los preparativos fúnebres, y unos perros aparecidos entonces destrozaron el cadáver medio quemado; el mismo Latino, a quien la casualidad hizo testigo del suceso, lo refirió durante la cena a Domiciano, entre las otras noticias del día.
XVI. La víspera de su muerte le sirvieron trufas y las mandó guardar para el día siguiente, diciendo: si aún existo; luego, dirigiéndose a los que le rodeaban, añadió, que al día siguiente la luna quedaría ensangrentada en el signo de Acuario y que ocurriría un acontecimiento del que hablaría toda la tierra. A medianoche le sobrecogió tal espanto, que saltó del lecho. A la mañana siguiente oyó y condenó a muerte a un arúspice que le habían enviado de Germania, por haber predicho,
sobre la fe de un relámpago, una revolución en el Imperio. Ál rascarse con demasiada fuerza una verruga que tenía en la frente, brotó sangre, y él exclamó al verla: ¡Pluguiese al cielo que ésta fuese bastante!. Preguntó entonces la hora, y en vez de la quinta, que temía, cuidaron de decirle la sexta, por lo que mostró gran alegría, como si hubiese pasado el peligro; iba ya a entrar en el baño cuando Partenio, dedicado al servicio de su cámara, se lo impidió, diciéndole que un hombre, que tenía que revelarle cosas importantes, solicitaba verle en el acto. El emperador ordenó que se retiraran todos, entró en su cámara y allí fue muerto.
XVII. He aquí lo que se supo después acerca de esta conjuración y del modo cómo murió Domiciano. No sabían los conjurados dónde ni cómo le atacarían, si en la mesa o en el baño, cuando Esteban, intendente de Domitila, acusado entonces de malversación, les brindó sus consejos y su brazo. Para alejar sospechas fingió éste tener una herida en el brazo izquierdo, llevándolo durante muchos días envuelto en lana y en vendajes. Llegado el momento, ocultó en él un puñal e hizo pedir una audiencia al emperador, diciendo que quería denunciarle una conspiración. Fue introducido en su cámara, y mientras Domiciano leía aterrado el escrito que acababa de entregarle, le hundió el puñal en el bajo vientre. El emperador, sintiéndose herido, trató de defenderse, cuando Clodiano, legionario distinguido (205), Máximo, liberto de Partenio, Saturio, decurión de los cubicularios, y algunos gladiadores, cayeron sobre él y le dieron siete puñaladas. El joven esclavo encargado del cuidado del altar de los dioses lares en la cámara imperial, que se encontraba allí en el momento del asesinato, refirió que Domiciano, al recibir la primera herida, le gritó que le trajese un puñal que tenía oculto bajo su almohada y que llamase a los guardias, pero que llegado allí había encontrado en la cabecera del lecho el mango de un puñal, y puertas cerradas por todas partes; que entretanto Domiciano, que había cogido y derribado a Esteban, sostenía con él una lucha encarnizada, esforzándose, a pesar de tener los dedos cortados, ya en arrancarle el arma, ya en saltarle los ojos. Le asesinaron el 14 de las calendas de octubre (206), a los cuarenta y cinco años de edad, y en el decimoquinto de su reinado. Los mercenarios que llevan por la noche los cadáveres de los pobres, llevaron en pobre féretro el del emperador. Su nodriza Filis le tributó, sin embargo, los últimos honores en su casa de campo de la vía Latina; condujo en secreto sus restos al templo de la familia Flavia y los juntó con las cenizas de Julia, hija de Tito a la qué también había criado ella.
XVIII. Era Domiciano de elevada estatura, modesto el semblante, piel sonrosada y ojos grandes, aunque débiles; era hermoso y apuesto, sobre todo en la juventud, aunque tenía los dedos de los pies muy cortos. A este defecto, se unieron más adelante otros; se volvió, efectivamente, calvo; se le hizo el vientre enorme y las piernas extraordinariamente delgadas, más debilitadas todavía por una larga enfermedad que palideció. Estaba tan convencido de la ventaja que podía obtener del aspecto de modestia impreso en su semblante, que un día dijo en el Senado: Hoy mi rostro y mi carácter han debido sin duda agradaros. Le disgustaba tanto estar calvo, que tomaba por ofensa personal las bromas o criticas que dirigían en presencia suya a los calvos en general. Sin embargo, en un breve tratado sobre El cuidado del cabello, que publicó con una dedicatoria un amigo suyo; en el que procuraba consolarle con él, le decía después de citar este verso griego: ¿No ves cuán alto y hermoso soy en la estatura? (207).
Pero la misma suerte está reservada a mis cabellos, y los veo con resignada tristeza envejecer antes que yo; convéncete de que no hay nada tan agradable, y tan fugaz a la vez, como la belleza.
XIX. No podía soportar la menor fatiga, por lo cual no iba nunca a pie en Roma; por el mismo motivo, en la guerra y en las marchas no iba casi nunca a caballo, sino en litera. Sin ninguna acción por el manejo de las armas, la tenía, sin embargo, muy grande por el ejercicio del arco, y con frecuencia se le vio en las inmediaciones de Albano matar con sus flechas centenares de animales y hasta clavar con mano segura en la cabeza de algunos de ellos flechas que asemejaban cuernos. También algunas veces hacía colocar un niño a gran distancia, con la mano derecha extendida a guisa de blanco, y con maravillosa destreza hacía pasar las flechas entre los dedos sin tocarle.
XX. Descuidó en el trono los estudios liberales, aunque reparó con grandes desembolsos bibliotecas incendiadas, hizo buscar por todas partes nuevos ejemplares de las obras perdidas y envió gente a Alejandría a fin de obtener copias esmeradas. Nunca leyó un libro de historia o de poesía, ni cuidó su estilo, ni siquiera en ocasiones de importancia. Fuera de las Memorias y las actas del emperador Tiberio (208), no leía nada, y encargaba a otro la redacción de sus cartas, discursos y edictos. Su lenguaje no estaba, a pesar de todo, desprovisto de elegancia, ni su conversación de frases notables. Quisiera, dijo un día, ser tan hermoso como cree serlo Mecio. En otra ocasión, de uno cuyos rojos cabellos encanecían, dijo: Eso es vino dulce sobre nieve. Y a menudo exclamaba: ¡Qué miserable condición la de los príncipes! No se les da crédito sobre las conspiraciones de sus enemigos hasta que son asesinados.
XXI. En sus horas de ocio jugaba a los dados, haciéndolo también los días de fiesta y desde la mañana. Se bañaba al amanecer, y comía abundantemente en su primera comida; de suerte que por la de la tarde no tomaba, ordinariamente, más que una manzana macia y bebía una botella de vino añejo. Daba banquetes con frecuencia, y eran esplendidos, pero breves; nunca los prolongaba más allá de la puesta del sol, y en vez de hacer luego la colación de la noche, paseaba solo, hasta que llegaba la hora de su segundo sueño, en retirado paraje.
XXII. Era extraordinariamente inclinado a los placeres lascivos, llamándolos clinopalen, y contándolos en el número de los ejercicios corporales. Se entretenía, según se afirma, en depilar por sí mismo a sus concubinas, y se bañaba con las prostitutas más viles. Casado con Domicia, rechazó obstinadamente desposarse con la hija, todavía virgen, de su hermano, pero la sedujo en cuanto fue la esposa de otro, viviendo todavía Tito. Al perder ella a su padre y a su esposo le mostró él encendida pasión y hasta fue causa de su muerte obligándola a que abortase.
XXIII. La muerte de Domiciano, de la que el pueblo se enteró con indiferencia, llenó de ira a los soldados, que en el acto quisieron hacerle proclamar divino, y sólo les faltaron, para vengarle en seguida, jefes que quisieran conducirlos (209). Se cerraron, sin embargo, obstinadamente, en exigir el suplicio de los asesinos, y no tardaron en conseguirlo. Los senadores, por el contrario, se regocijaron en extremo; acudieron todos a la sala de sesiones y cada cual le prodigó, entre aclamaciones de los demás, las peores injurias. Haciendo llevar luego escalas, arrancaron sus bustos y los escudos de sus triunfos, haciéndolos pedazos contra el suelo y decretaron, por último, que en todas partes fueran borrados sus títulos honoríficos y abolida su memoria. Poco antes de su muerte, una corneja posada sobre el Capitolio había dicho en griego: Todo irá bien; prodigio que hizo escribir luego los versos siguientes: Nuper Tarpecio quoe sedit culmine cornie, Est bene, non potuit diceroe dixit, Erit (210).
Se asegura que el propio Domiciano soñó que le aplicaban detrás del cuello una joroba de oro; dedujo que el Imperio había de ser después de él un Estado feliz y floreciente, lo que no tardó en realizarse, merced a la generosidad y moderación de los príncipes que le sucedieron.

***

NOTAS
(191) 23 de octubre.
(192) Si ha de creerse a las historias griegas, Tito todavía respiraba cuando, llegado de Roma Domiciano, se hizo dueño de todo, tomó el titulo de emperador y se hizo cargo del poder supremo. Aseguran que hizo arrojar a su hermano moribundo en un lugar lleno de nieve, con el pretexto de que el ario le aliviarla; según éstos, Tito habría perecido allí.
(193) Carros de dos y cuatro caballos.
(194) Según Chifilino, muchas personas enfermaron por haber permanecido expuestas a aquella lluvia, y no pocas murieron. Domiciano había prohibido abandonar el espectáculo y guardianes, colocados alrededor del edificio impedían que saliese nadie. En cuanto a él, cambió repetidas veces de vestidos.
(195) En estos concursos, los poetas y oradores, pronunciaban las alabanzas del príncipe. Según Casorio, estos juegos se establecieron durante el décimo consulado de Domiciano, teniendo éste por colega a Serv. Cornelio Dolabela, esto es, en 837. Stacio, que recitó en ellos su Tebaida, fue vencido.
(196) Este colegio de sacerdotes fue establecido por Domiciano después de la construcción del templo a su familia.
(197) Filostrato le atribuye otro motivo; según este historiador, Domiciano habría temido que la abundancia del vino hiciese más frecuentes las sediciones.
(198) Desde el tiempo de Cesar, los soldados habían recibido por paga anual nueve piezas de oro que les eran pagadas en tres veces; Domiciano elevo esta paga a doce piezas, verificándose el pago en cuatro plazos.
(199) Se llamaba así a estos Jueces, porque reintegraban a cada cual en su propiedad. Primeramente este nombre fue aplicado a los comisarios que juzgaban entre el pueblo romano y los Estados vecinos las deferencias relativas a la restitución de ciertas propiedades particulares; luego, a los jueces establecidos por el pretor para dilucidar asuntos de análoga naturaleza, pero mas adelante dictaron sentencias sobre otros negocios.
(200) Un juez, principalmente si actuaba solo, podía invitar a algunos jurisconsultos a que le ayudasen con sus consejos y a estos en los tribunales, se les llamaba consejeros (consiliarii).
(201) Creese que esta ley, Scantinia, fue dada en el año 626 de Roma. Se refería al vicio contra la naturaleza (de nefanda venere). Primeramente el castigo consistió en una crecida multa; luego se impuso a los culpables la pena capital.
(202) Las culpables eran enterradas vivas.
(203) “Los tranquilos rebaños no eran aun degollados para festines impíos.” Georg., II.
(204) Era hijo de un consular; en tiempo de Nerón lucho en los juegos con una doncella lacedemonia. Vespasiano le borré de la lista de los senadores, haciendose entonces estoico, llegando a adquirir en esta escuela gran fama de elocuencia. No obstante después del suceso de que aquí se habla, parece que gozó del completo favor de Domiciano, envileciendose hasta el extremo de pasar por uno de los delatores más famosos de la época.
(205) Había obtenido la recompensa militar llamada cornicula, la cual consistía en un adorno hueco en forma de cuerno que se adaptaba al casco y en el que los soldados colocaban plumas o una cola de caballo.
(206) 18 de septiembre.
(207) Ilíada, XXI, 108.
(208) Se trata de las Memorias abreviadas escritas por Tiberio durante su vida, y de las que Suetonio hace mención en la vida de este emperador.
(209) Según Aurelio Victor los soldados, arrebatados por el furor, dieron muerte al prefecto Petronio de un solo golpe, y cortaron los órganos genitales a Partenio, metiéndoselos en la boca y ahogándole. Casperio se rescato por dinero.
(210) El ave que se posó sobre el monte Tarpeyo No ha dicho todo va bien, sino todo irá bien.

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE XI DE XII -TITO FLAVIO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO 
LOS DOCE CESARES 

PARTE XI DE XII 
TITO FLAVIO 



I. Tito llevaba el mismo nombre que su padre, y por sus cualidades, destreza y fortuna, que le granjearon el afecto universal, fue llamado amor y delicias del género humano. Lo más asombroso de este príncipe fue que adorado en el trono, antes de subir a él fue objeto de la censura pública y hasta de odio durante el reinado de su padre. Nació el 3 de las calendas de enero (184) del año 794, célebre por la muerte de Calígula, en una habitación tan estrecha como obscura, que se enseña todavía en nuestros días tal como era y que formaba parte de un edificio de aspecto triste, cerca del Septizonio (185).
II. Se crió en la corte con Británico, recibiendo la misma educación y de los mismos maestros que él. Un adivino hecho llamar por Narciso, liberto de Claudio, para que le revelase los destinos de Británico, afirmó que aquel príncipe imperial no subiría nunca al trono, pero que Tito (estaba él presente) llegaría con seguridad a él.
Vivían los dos príncipes en tanta intimidad, que se cree que Tito probó el veneno de que murió Británico, pues estaba en aquel instante sentado a su lado en la mesa y padeció luego larga y peligrosa enfermedad. En memoria de aquella íntima amistad mandó erigirle más adelante una estatua de oro en su palacio, y le ofrendó como a un dios una ecuestre de marfil, que todavía hoy es paseada en las solemnidades del Circo.
III. Así en lo físico como en lo espiritual, las mejores cualidades le adornaron desde su infancia; cualidades que se desarrollaron más y más con la edad. Tenía, en efecto, hermoso exterior, que revelaba tanta gracia como dignidad, aunque no era muy alto y tenía el vientre algo grueso; poesía una fuerza extraordinaria, admirable memoria, singular aptitud para todos los trabajos de la guerra y de la paz, rara destreza en el manejo de las armas, siendo, a la vez, un consumado jinete;
poesía, además, facilidad prodigiosa, que llegaba hasta la improvisación, para componer en griego y en latín discursos y poemas, y bastantes conocimientos músicos para cantar con gusto y acompañarse con habilidad. He sabido también, por algunos, que se había acostumbrado a escribir con rapidez, hasta el punto de competirse algunas veces en velocidad con los mas hábiles secretarios. Sabía, asimismo, imitar todas las firmas, por cuya razón decía que podía haber sido excelente falsificador.
IV. Sirvió como tribuno militar en la Germania y la Bretaña, con tanta modestia como distinción, atestiguando suficientemente sus hazañas el inmenso número de estatuas de todos los tamaños que le erigieron estas provincias y las inscripciones que figuran en ellas. Terminadas sus campañas se dedicó al Foro, en el cual brilló más por su rectitud que por su asiduidad. Contrajo matrimonio con Arricidia Tertula, hija de un caballero romano que había sido prefecto de las cohortes pretorianas (186); fallecida ésta, casó con Marcia Furnila, que pertenecía a una ilustre familia, y de la cual se divorció después de tener de ella una hija.
Colocado después de su pretura al frente de una legión, se apoderó de Tariquea y de Gamala, las dos plazas más fuertes de la Judea; en una de las batallas en que tomó parte le mataron el caballo, montando en el acto el de un soldado que acababa de caer muerto luchando a su lado, y continuó combatiendo.
V. Cuando Galba ascendió al Imperio, Tito fue invitado para felicitarle y por todas partes por donde pasó se le prodigaron grandes muestras de afecto, siendo la opinión general que el emperador le llamaba a Roma para adoptarle. Pero enterado de que de nuevo se complicaban los asuntos, volvió atrás, consultó sobre el éxito de su navegación al oráculo de Venus en Pafos, el cual le prometió un mando, promesa que no tardó en realizarse, pues poco después le dejaron en la Judea para acabar de someterla. En el sitio de Jerusalén mató de doce flechazos a doce defensores de la ciudad; se apoderó de la misma el día en que celebraba el aniversario del nacimiento de su hija; el júbilo de los soldados fue indescriptible, y tan favorable para él sus disposiciones, que en los vítores le llamaron todos a una imperator. Más adelante, cuando tuvo que dejar aquella provincia, intentaron retenerle con toda suerte de súplicas y hasta con amenazas, conjurándole a permanecer con ellos o a que los llevase a todos con él. Tales demostraciones dieron sospechas de que quería abandonar la causa de su padre y crearse un Imperio en Oriente, sospechas que él mismo fortaleció, presentándose con una diadema en la cabeza durante la consagración del buey Apis, en Memfis, por donde pasaba dirigiéndose a Alejandría.
Es cierto que aquel uso pertenecía a los ritos de la antigua religión, pero no por eso dejaron de interpretar en este sentido su conducta. Apresuróse, pues, a regresar a Italia, abordó a Regio y a Puzzola en una nave mercante y marchó sin dilación a Roma, adelantándose a su comitiva; al ver a su padre profundamente sorprendido de su llegada, le dijo, como para desmentir los rumores que se habían difundido acerca de él: Heme aquí padre, heme aquí.
VI. A partir de entonces compartió el poder supremo y fue como el tutor del Imperio. Celebró el triunfo con su padre y con él ejerció la censura. Fue también colega suyo en el poder tribunicio y en siete consulados. Quedó encargado del cuidado de casi todos los negocios y dictaba las cartas a nombre de su padre, redactando los edictos y leyendo los discursos del emperador al Senado en vez de hacerlo el cuestor, siendo, asimismo, prefecto del Pretorio, funciones todas que hasta entonces sólo se había encargado a caballeros romanos. Se mostró duro y violento; haciendo perecer sin vacilar a cuantos le eran sospechosos, apostando en el teatro y en los campos gentes que, como a nombre de todos, pedían en voz alta su castigo. Citaré entre todos al consular A. Cecina, a quien había invitado a cenar, y al cual, apenas salido del comedor, se le dio muerte por orden suya. Verdad es que Tito había cogido, escrita de su puño, una proclama dirigida a los soldados y que el peligro era inminente. No obstante, semejante conducta, asegurándole el porvenir, le hizo odioso en el presente; de suerte que pocos príncipes han llegado al trono con tan pésima reputación y tan señalada hostilidad por parte del pueblo.
VII. Además de cruel, se le acusaba de intemperante, porque alargaba hasta medianoche sus desordenes de mesa con sus familiares más viciosos. Se temía, incluso, su afición a los deleites en vista de la muchedumbre de eunucos y de disolutos que le rodeaba y de su célebre pasión por la reina Berenice, a la que se decía que había prometido hacer su esposa. Acusábanle, en fin, de rapacidad, porque se sabía que en las causas llevadas ante el tribunal de su padre vendió más de una vez la justicia. En una palabra, se pensaba y se decía por todas partes que sería otro Nerón. Pero esta fama se volvió al fin en su favor, siendo ocasión de grandes elogios, cuando se le vio renunciar a todos sus vicios y abrazar todas las virtudes. Hizo entonces famosas sus comidas, más por el recreo que por la profusión; eligió por amigos hombres de quienes se rodearon después los príncipes sucesores suyos y fueron empleados por aquellos como los mejores sostenes de su poder y del Estado; despidió de Roma en el acto a Berenice, con gran pesar de los dos, y dejó de tratar tan liberalmente como lo había hecho y hasta de ver en público a aquellos de su comitiva que no se distinguían más que por sus habilidades frívolas, a pesar de haberlos entre ellos a quienes quería profundamente y que danzaban con una perfección que fue aprovechada al punto por el teatro. No hizo daño a nadie; respetó siempre los bienes ajenos y ni siquiera quiso recibir los regalos de costumbre. Sin embargo, no cedió en magnificencia a ninguno de sus predecesores; así, después de la dedicación del Anfiteatro y de la rápida construcción de los baños próximos a este edificio, dio un espectáculo de los más prolongados y más hermosos, en el cual hizo representar entre otras cosas, una batalla naval en la antigua naumaquia; dio también un combate de gladiadores y presentó en un solo día cinco mil floras de toda especie.
VIII. Inclinado, naturalmente, a la benevolencia, fue el primero que prescindió de la costumbre, seguida desde Tiberio por todos los césares, de considerar nulas las gracias y concesiones otorgadas antes de ellos, si ellos mismos no las ratificaban expresamente; en un solo edicto declaró, en efecto, que eran todas válidas y no permitió que se solicitase aprobación para ninguna. En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas.
Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe.
Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día. En todas ocasiones mostró gran deferencia por el pueblo; así, habiendo anunciado un combate de gladiadores, declaró, que todo se haría según la voluntad del público y no de la suya; llegada la hora, lejos de negar lo que pedían los espectadores, él mismo los exhortó a que pidiesen lo que quisieran. No ocultó su preferencia por los gladiadores tracios, y con frecuencia bromeó con el pueblo excitándolos con la voz y el ademán, pero sin comprometer nunca su dignidad ni excederse de lo justo. Para hacerse aún más popular, permitió muchas veces al público la entrada en las termas donde se bañaba. Tristes e imprevistos acontecimientos perturbaron su reinado: la erupción del Vesubio (187), en la Campania; un incendio en Roma, que duró tres días y tres noches, y una peste, en fin, cuyos estragos fueron espantosos (188). En estas calamidades demostró la vigilancia de un príncipe y el afecto de un padre, consolando a los pueblos con sus edictos y socorriéndolos con sus dádivas. Varones consulares, designados por suerte, quedaron encargados de reparar los desastres de la Campania; se emplearon en la reconstrucción de los pueblos destruidos los bienes de los que habían perecido en la erupción del Vesubio sin dejar herederos.
Después del incendio de Roma, Tito hizo saber que tomaba a su cargo todas las pérdidas públicas, y en consecuencia de ello dedicó las riquezas de sus palacios a reconstruir y adornar los templos; con objeto de dar más impulso a los trabajos, hizo que gran número de caballeros romanos vigilasen la ejecución. Prodigó a los apestados toda suerte de socorros divinos y humanos, recurriendo, a fin de curar a los enfermos y aplacar a los dioses, a toda suerte de remedios y sacrificios. Entre las calamidades de aquella época, contábanse los delatores y sobornadores de testigos, restos de la antigua tiranía. Tito los hizo azotar con varas y palos en pleno Foro, y en los últimos tiempos de su reinado hizo que los bajasen a la arena del Anfiteatro, donde unos fueron vendidos en subasta, como los esclavos, y otros condenados a la deportación a las islas más insalubres. Con objeto de refrenar para siempre la audacia de aquellas gentes, estableció, entre otras reglas, que nunca podría perseguirse el mismo delito en virtud de diferentes leyes, ni turbar la memoria de los muertos pasado cierto número de años (189).
IX. Aceptó el pontificado máximo con el único objeto, según dijo, de conservar puras sus manos, y así lo cumplió, porque a partir de entonces no fue ya autor ni cómplice de la muerte de nadie; no le faltaban, en verdad, motivos de venganza, pero decía que prefería morir él mismo a hacer perecer a nadie. A dos patricios convictos de aspirar al Imperio, limitase con aconsejarles que renunciasen a sus pretensiones, añadiendo, que el trono lo daba el destino, y les prometió concederles, por otra parte, lo que anhelaban. Envió incluso correos a la madre de uno de ellos, que vivía lejos de Roma, para tranquilizarla acerca de la suerte de su hijo y comunicarle que vivía. No sólo invitó a los dos conjurados a cenar con él, sino que al día siguiente, en un espectáculo de gladiadores, los hizo colocar expresamente a su lado y cuando le presentaron las armas de los combatientes, se las pasó, tranquilamente, para que las examinasen. Se añade que habiendo hecho estudiar su horóscopo, les advirtió que los amenazaba a los dos un peligro cierto, aunque lejos aún, y que no vendría de él, lo que confirmaron los acontecimientos. En cuanto a su hermano, que no cejaba en prepararle asechanzas, que minaba casi abiertamente la fidelidad de los ejércitos y que quiso, en fin, huir, no pudo decidirse ni hacerle perecer, ni a separarse de él, ni siquiera a tratarle con menos consideración que antes. Continuó proclamándole su colega y sucesor en el Imperio, como en el primer día de su reinado; y algunas veces incluso le rogó en secreto, con lágrimas en los ojos, que viviese en fin con él como un hermano.
X. En medio de sus cuidados le sorprendió la muerte, para desdicha del mundo más todavía que para la suya. Al terminar un espectáculo, en el que había llorado abundantemente en presencia de todo el concurso, partió para el país de los sabinos; iba algo entristecido, pues había visto escapar la víctima de un sacrificio y había oído retumbar el trueno con cielo sin nubes. En el primer descanso le acometió la fiebre; prosiguió el viaje en litera y se quejo de morir sin haberlo merecido, puesto que en toda su vida sólo había realizado una acción de que tuviese que arrepentirse. No dijo a qué acción quiso referirse, y no es fácil adivinarla; se ha creído que era su trato íntimo con Domicia, la esposa de su hermano, pero ésta juró por todos los dioses que nada había habido entre ellos, y no era mujer para negar aquel comercio si hubiese existido, y hasta es seguro que se habría vanagloriado de él como de todas sus infamias.
XI. Murió el emperador en la misma casa de campo que su padre, en los idus de septiembre (190), a los cuarenta y un años de edad, tras un reinado de dos años, dos meses y veinte días. Al difundirse la noticia de su muerte, hubiérase dicho, viendo el dolor público, que cada cual lloraba por uno de su propia familia. Los senadores acudieron, antes de ser convocados, a la sala de sus sesiones, cuyas puertas estaban cerradas aún; abiertas prestamente, colmaron al príncipe muerto de tantas alabanzas y honores como jamás le habían prodigado vivo y presente.

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NOTAS
(184) 30 de diciembre.
(185) No debe confundirse este monumento con el que hizo construir Septimio Severo. No se sabe con certeza cuáles eran sus formas y destino.
(186) Era ésta la dignidad más alta a que podía llegar un Caballero romano.
(187) En esta erupción pereció Plinio y fue la que destruyo a Herculano y Pompeya. Sucedió en 882 de Roma o 79 de nuestra era.
(188) Chifilino atribuye esta calamidad a la ceniza arrojada por el Vesubio, Eusebio la menciona como ocurrida en el reinado de Vespasiano, y dice que se contaron hasta diez mil muertos por día.
(189) El término fue fijado en cinco años. Estos actos tenían por objeto disputar la condición de herederos, y rechazar la de parientes. Nerva reprodujo, al parecer, esta disposición.
(190) 13 de septiembre.

domingo, 22 de diciembre de 2013

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE X DE XII -TITO FLAVIO VESPASIANO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE X DE XII
TITO FLAVIO VESPASIANO


I. El poder imperial, que estaba entonces como perdido en manos de tres príncipes cuyas rebeliones y violento fin lo habían quebrantado durante largo tiempo, se fijó finalmente y se fortaleció en las de la estirpe Flavia. Esta era una familia obscura y sin ninguna distinción, pero no por esto menos querida de los romanos, aunque produjo a Domiciano, cuya avaricia y crueldad recibieron justo castigo. Un individuo llamado Tito Flavio Petrón, del municipio de Reata, sirvió bajo Pompeyo como centurión o soldado distinguido, durante la guerra civil. En la batalla de Farsalia huyó, retirándose a su patria, donde, después de obtener el perdón, fue inspector de subastas. Su hijo, denominado Sabino, no sirvió en el ejército, a pesar de que afirman algunos autores que fue centurión primipilario, y otros que, estando aún en posesión de este grado, se le dispensó del servicio militar por su falta de salud. Fue éste recaudador del cuadragésimo en Asia, y por muchos años existieron las estatuas que muchas ciudades de aquella provincia le erigieron con esta inscripción en griego: Al recaudador integro. Tuvo luego banca en Helvecia, y falleció dejando dos hijos de su mujer Vespasia Pola; el mayor, llamado Sabino, llegó a ser prefecto en Roma, y el segundo, Vespasiano, emperador. Pola descendía de una honrada familia de Nursia; su padre, Vespasiano Polión, había sido tres veces tribuno militar y prefecto de los campamentos, y tenía un hermano senador que había regentado la pretura. Aún existe hoy en la cumbre de una montaña, en la milla sexta o el camino que va de Nursia a Egipto, un paraje que lleva el nombre de Vespasia, y en el que se ven gran numero de monumentos de los Vespasios, que atestiguan la distinción y antigüedad de esta familia. Es cierto que se ha pretendido que el padre de Petrón, nacido al otro lado, del Po, era capataz de esos trabajadores que pasan todos los años de la Umbría al país de los sabinos para el trabajo de las tierras, que se estableció en la ciudad de Reata y allí contrajo matrimonio. Pero a pesar de las minuciosas investigaciones que he llevado a cabo no he podido encontrar vestigio de este hecho.
II. Vespasiano nació en el país de los sabinos, al otro lado de Reata, en una aldea llamada Falacrina, el 15 de las calendas de diciembre (171), hacia el atardecer, bajo el consulado de Q. Sulpicio Camerino y de C. Popeo Sabino, cinco años antes de la muerte de Augusto. Educase en casa de su abuela paterna Tertula, en sus posesiones de Cosa, motivo por el cual, aun siendo emperador, visitó a menudo aquellos parajes donde pasó su infancia y dejó la casa, tal como estaba, no queriendo cambiar nada en la disposición de los objetos que sus ojos tenían costumbre de ver allí. Tan cara le era la memoria de aquella abuela, que toda su vida, hasta en los días solemnes, continuó bebiendo en una copita de plata que le había pertenecido. Revestido de la toga viril. Vespasiano experimentó durante mucho tiempo aversión a la lacticlavia, aunque su hermano la había recibido ya; sólo su madre consiguió decidirle a solicitar tal distinción; pero fue una victoria tardía, que no debía tanto a sus ruegos o a su autoridad como a las burlas y humillantes reconvenciones que no cesaba de dirigirle, llamándole batidor de su hermano. Sirvió en Tracia como tribuno militar. Siendo cuestor recibió por suerte la provincia de Creta y de Cirene. Candidato para la edilidad y luego para la pretura, sólo con grandes esfuerzos consiguió la primera, después de muchos fracasos y en sexto lugar, mientras que llegó rápidamente a la segunda, figurando entre los primeros. Durante su pretura procuró por todos los medios atraerse la simpatía de Calígula, que estaba entonces irritado contra el Senado; solicitó juegos extraordinarios para celebrar la victoria conseguida por este emperador sobre los germanos; propuso añadir al suplicio de los ciudadanos condenados por conjuración la ignominia de que se les privase de sepultura, y le dio gracias en pleno Senado por el honor que le había dispensado invitándole a su mesa.
III. Por este tiempo contrajo matrimonio con Flavia Domitila, en otro tiempo amante de Statilio Capela, caballero romano, de la ciudad de Sabrata, en Africa. No poseía ésta los derechos de ciudadanía latina, pero una sentencia de reintegración le devolvió sin tardar la libertad completa, y el derecho de ciudadanía romana por reclamación de su padre Flavio Liberal, de Ferenta, que era un simple escribiente de su cuestor. Tuvo tres hijos, Tito, Domiciano y Domitila. Sobrevivió a su esposa y a su hija, a los que perdió antes de llegar al Imperio Muerta su esposa recibió otra vez en su casa a su antigua amante Cenis, liberta de Antonia, a la que servía de secretaria; y hasta siendo emperador recibió siempre a su lado las consideraciones de una esposa legitima.
IV. Durante el reinado de Claudio y por el favor de Narciso le destinaron a Germania, como legado de legión. Pasó de allí a la Bretaña, donde tomó parte en muchos combates contra el enemigo. Redujo a la obediencia a dos pueblos de los más belicosos, se apoderó de más de veinte ciudades y sometió la de Vecta, cercana a la Bretaña, luchando unas veces a las órdenes de Aulo Plaucio, legado consular, y otras a las del mismo Claudio. Por estas hazañas recibió en poco tiempo los ornamentos triunfales, doble sacerdocio, y nombrándosele además cónsul por los dos últimos meses del año. A partir de esta época hasta su proconsulado vivió retirado y en sosiego, temiendo a Agripina, que conservaba todavía gran dominio sobre su hijo, y que, aún después de la muerte de Narciso, perseguía implacablemente a los que habían sido amigos suyos. Asignóle la suerte el gobierno de Africa y administró esta provincia con gran integridad (172), granjeándose el respeto de los pueblos, lo cual no fue obstáculo para que en una sedición en Adrumeta le arrojasen nabos. No regresó más rico que se fue y hasta se vio obligado poco tiempo después, agotado ya su crédito a hipotecar todas sus tierras a su hermano (173); para mantener su rango tuvo entonces que descender al oficio de chalán, por lo que le llamaron muletero. Se dice que se le probó, además, el haber estafado a un joven doscientos mil sestercios por hacerle obtener la lacticlavia contra la voluntad de su padre, excepción que le valió severa censura. Acompañó a Nerón en su viaje a Acaya, pero habiéndole ocurrido muchas veces, estando en el teatro, el quedarse dormido mientras cantaba el emperador, cayó en desgracia irremediable y no sólo le excluyó de su trato íntimo, sino que le condenó a no presentarse jamás ante él. Se recluyó entonces en un pueblecilllo casi ignorado, y en aquel retiro, en el momento en que más temía por su vida, llegaron hasta él para ofrecerle el mando de un ejército. Era una antigua y arraigada creencia extendida por todo el Oriente, que el imperio del mundo pertenecería por aquel tiempo a un hombre salido de la Judea. Este oráculo, que como demostraron los sucesos, se refería a un general romano, se lo aplicaron a sí mismo los judíos, sublevánronse, y después de matar a su gobernador, hicieron retroceder al legado consular de Siria, que acudía a socorrerle, y le arrebataron un águila. Para reprimir este movimiento se necesitaba un ejército bastante nutrido y un general decidido y a quien pudiera encargarse sin desconfianza empresa tan importante. Nerón designó entre todos a Vespasiano, que gozando de cualidades de las que podía esperarse todo, era, a su parecer por su origen y nombre, uno de los hombres de quien nada podía temerse.
Fue reforzado, pues, el ejército con dos legiones, ocho alas de caballería y diez cohortes, y Vespasiano partió llevando consigo entre sus legados a su hijo mayor.
Desde su llegada supo captarse la estimación de su provincia así como la de las provincias vecinas; restableció la disciplina militar, combatió por todas partes a la cabeza de sus tropas, y con tanto ardor que en el asedio de un fuertecillo fue herido en una rodilla de una pedrada, recibiendo numerosas Pechas en el escudo.
V. Después de Nerón y de Galba, mientras Otón y Vitelio se disputaban el Imperio, concibió Vespasiano la esperanza de alcanzarlo él mismo, esperanza que alimentaba desde antiguo y que fundaba en los siguientes prodigios: en una finca de campo perteneciente a los Flavios, situada cerca de Roma, existía una encina vieja consagrada a Marte; cada vez que Vespasia dio a luz allí, la encina produjo un retoño, indicio cierto de los destinos del niño que había nacido; el primero fue débil y se secó rápidamente; así la niña nacida no pasó del año; el segundo, robusto y grande, prometía gran prosperidad; el tercero fue tan fuerte como un árbol. Sabino, padre de Vespasiano, fue, a lo que dicen, bajo la fe de un arúspice, a anunciar a su madre que le había nacido un nieto que llegaría a emperador; de lo que rió la mujer, asombrada —contestó— de que su hijo chochease ya cuando ella conservaba su razón. Más adelante, cuando Vespasiano fue edil, furioso C. César porque no había mandado barrer las calles, hizo arrojarle fango, lo que ejecutaron los soldados, una parte del fango le cayó por dentro de la toga hasta el pecho, y testigos del caso, interpretaron el hecho diciendo que algún día, hollada la República, desgarrada por la guerra civil, se refugiaría bajo su protección y como en su seno. En otra ocasión, mientras estaba comiendo, un perro vagabundo entró hasta allí, trayendo de la calle una mano humana, que dejó bajo la mesa. Cierta noche, mientras cenaba, habiendo roto el yugo un buey de labor, se precipitó en el comedor, ahuyento a todos los esclavos, y dejándose caer de repente como vencido por el cansancio, a los pies de Vespasiano, bajó la cabeza ante él. En el campo de su abuelo, un ciprés que fuese arrancado de raíz y echado al suelo, sin que ocurriese esto por violencia de tempestad, a la mañana siguiente apareció plantado en el mismo sitio y más verde y robusto. En Acaya soñó Vespasiano que empezaría para él y los suyos una era de prosperidad el día en que extrajesen una muela a Nerón; a la mañana siguiente, cuando entró en la cámara de este príncipe, el médico le mostró una muela que acababa de extraerle. Mientras cerca de la Judea, consultaba el oráculo del dios del Carmelo (174), las suertes le contestaron que, por más grande que fuera la empresa que meditase, podía estar seguro del éxito. Josefo (175), uno de los prisioneros judíos más distinguidos, no cesó de afirmar mientras le cargaban de cadenas queno tardaría en devolverle la libertad el mismo Vespasiano. Vespasiano emperador.
También de Roma le anunciaban presagios favorables; le decían, por ejemplo, que Nerón, en sus últimos días, había sido advertido en sueños para que sacase del santuario la estatua de Júpiter Optimo Máximo, que la trasladase a casa deVespasiano y desde allí al Circo; que poco tiempo después, cuando Galba reunía los comicios para su segundo consulado la estatua de Julio César había dado la vuelta por sí misma hacia oriente; y, por último, que antes de la batalla de Betriácum, dos águilas habían peleado en presencia de los dos ejércitos y que después de haber vencido una de ellas, otra llegada de la parte de Oriente ahuyentó a la vencedora.
VI. No obstante y a pesar del ardor y de las instancias de sus partidarios, se necesitó para decidirle que el azar hiciera que se declarasen por él tropas lejanas y que ni siquiera le conocían. Dos mil hombres extraídos de las legiones del ejército de Misia y enviados en socorro de Otón, se enteraron por el camino de la derrota y muerte de este príncipe; sin embargo, no dejaron de avanzar hasta Aquileya, como si no hubiesen creído la noticia. Allí se entregaron por holganza a toda clase de excesos y rapiñas, y temiendo que al regreso se los obligase a dar cuenta de su conducta y se los castigase, adoptaron el partido de elegir un nuevo emperador; pues ¿eran ellos menos que las legiones de España que habían elegido a Galba? ¿Que los pretorianos que hablan proclamado a Otón? ¿Que el ejército de Germania que habla coronado a Vitelio? Pasaron, por lo tanto, revista a los nombres de todos los legados consulares, a cualquier ejército que perteneciesen entonces, y ya los habían rechazado por una u otra razón, cuando soldados de la tercera legión, que había pasado de la Siria a la Misia por el tiempo de la muerte de Nerón, nombraron a Vespasiano, haciendo de él grandes elogios. Aplaudieron todos, y el nombre de Vespasiano quedó grabado en sus enseñas. Esta elección no tuvo, sin embargo, consecuencias, porque aquellas cohortes volvieron a poco a la disciplina. Pero habiendo circulado la noticia, Tiberio Alejandro, prefecto de Egipto, fue el primero que hizo prestar a sus legiones juramento a Vespasiano; ocurrió el hecho en las calendas de julio, día que a partir de entonces se festejó religiosamente como el de su advenimiento. El ejército de Judea le juró fidelidad el 5 de los idus de julio (176).
Muchas circunstancias favorecieron a la vez su empresa: la copia, repartida con profusión, de una carta verdadera o supuesta de Otón a Vespasiano, en la que le encargaba al morir el cuidado de vengarle, manifestando a la vez su deseo de que acudiese en socorro de la República; el rumor que se difundió de que Vitelio, vencedor de Otón, proyectaba un cambio en los cuarteles de invierno de las legiones (177), haciendo pasar a Oriente las de Germania a fin de proporcionarle servicio más cómodo y reposado; el auxilio que encontró, en fin, en un gobernador de provincia, llamado Lucinio Muciano, y en Vologeso, rey de los partos. El primero de éstos, en efecto, adjurando la antigua y ruidosa enemistad que la envidia había hecho nacer entre ellos, le prometió entonces el ejército de Siria, mientras el otro le ofreció cuarenta mil arqueros.
VII. Se decidió, pues, Vespasiano, a empezar la guerra civil, y habiendo enviado sus legados a Italia con tropas, marchó él a Alejandría a fin de apoderarse de las fronteras del Egipto. Quiso allí consultar los oráculos sobre la duración de su reinado, y entró solo en el campo de Serapis, haciendo salir antes a todos. Después de hacerse propicio el dios volviese y creyó ver al liberto Basílides que le presentaba, según la costumbre del templo, tallos de verbena, coronas y pastelillos. Nadie, sin embargo, había introducido a Basílides, a quien una enfermedad nerviosa impedía andar hacía ya mucho tiempo, y a quien sabían todos muy lejos de allí. Recibió luego cartas anunciándole que las tropas de Vitelio habían sido vencidas enCremona y este príncipe muerto en Roma. Una circunstancia particular vino aimprimir a la persona de Vespasiano el sello de grandeza y majestad que faltaba aeste príncipe, nuevo aún, y en cierta manera improvisado. En efecto, dos hombres del pueblo, ciego el uno y cojo el otro, se presentaron juntos ante su tribunal,suplicándole los curase, pues decían que, estando dormidos, les había asegurado Serapis, al uno que recobraría la vista si el emperador le escupía en los ojos; al otro que caminaría recto si se dignaba tocarle con el pie. No podía creer en el éxito de aquel remedio, y ni siquiera se atrevía a intentarlo, pero al fin, vencido Vespasiano por las instancias de sus amigos, probó a hacer lo que le pedían delante de la asamblea, y los dos hombres fueron sanados. Por el mismo tiempo ordenaron los adivinos hacer excavaciones en Tegeo, en Arcadia, encontrándose enterrados en paraje sagrado vasos antiguos en los que estaba grabada una figura que se parecía a Vespasiano.
VIII. Con todo, la reputación de Vespasiano, cuando volvió a Roma y celebró su triunfo sobre los judíos, era ya muy grande. Añadió ocho consulados al primero que obtuvo y ejercitó también la censura. Durante su reinado, fue su principal empeño afirmar la República quebrantada y vacilante y asegurar luego su prosperidad. Los soldados, unos por el ardor de la victoria, otros por el despecho de la derrota, habían llegado al colmo de la licencia y de la audacia; en provincias reinaba un gran desorden, así como también en las ciudades libres y en algunos reinos. Vespasiano licenció gran parte de los soldados de Vitelio y reprimió a losotros. En cuanto a los que habían venido bajo su mando, estuvo tan lejos de concederles ninguna merced extraordinaria, que hasta les hizo esperar largo tiempo las recompensas que se les debían. No perdía ocasión para reformar las costumbres. Así, habiéndose presentado muy cargado de perfumes un joven a darle gracias por la concesión de una prefectura, volviese disgustado y le dijo con severidad: Preferiría que olieses a ajos, y revocó el nombramiento. Los marineros que, por turno, venían a pie desde Ostia y Puzzola a Roma (178), pedían que se les concediese en adelante una indemnización para calzado, Vespasiano no consideró bastante que se los despidiera sin respuesta y dispuso que en adelante recorrieran el camino descalzos, y así lo hacen todavía. Privó de la libertad a la Acaya, la Licia, Rodas, Bizancio y Samos, que redujo a provincias romanas, así como también la Tracia, la Cilicia y la Comagena, gobernadas hasta allí por reyes. Aumentó el número de las legiones de Capadocia, a causa de las continuas incursiones de los bárbaros, y envió, en vez de un caballero romano, un gobernador consular. Las ruinas e incendios antiguos daban a Roma un desagradable aspecto; Vespasianoprometió los terrenos abandonados a quien quisiera ocuparlos, y edificar en ellos si los propietarios descuidaban hacerlo. Emprendió por sí mismo la reconstrucción del Capitolio; puso la primera mano a la obra de descombro y acarreo piezas de bronce destruidas en el incendio del Capitolio, en las cuales estaban grabados, desde la fundación de Roma, los senadoconsultos y los plebiscitos sobre las alianzas, los tratados y privilegios concedidos a cada pueblo. Hizo, en fin, buscar por todas partes copias y reconstruyó así el monumento más hermoso y más antiguo del Imperio.
IX. Emprendió asimismo nuevas construcciones, entre ellas el templo de la Paz, cerca del Foro; el del emperador Claudio, sobre el monte Celio, que había sido empezado por Agripina, pero casi completamente destruido por Nerón, y mandó levantar un anfiteatro en medio de Roma, según los planos que había dejado Augusto. Matanzas sin cuento habían agotado los primeros órdenes del Estado y antiguos abusos habían empañado su esplendor. Vespasiano depuró y completó estos diferentes órdenes, estableciendo el censo de los senadores y de los caballeros; expulsó a los más indignos y admitió a los ciudadanos de Italia y de las provincias que gozaban de mejor reputación. Queriendo, en fin, que se comprendiese que la diferencia entre estos dos órdenes consistía menos en la libertad que en la dignidad, en una querella entre un senador y un caballero sentenció que no estaba permitido dirigir injurias a los senadores, pero que era justo y legal reprenderlos.
X. Había crecido por todas partes y en manera espantosa el número de procesos; los pleitos antiguos estaban suspendidos por motivo de la interrupción de la justicia y la perturbación de los tiempos había producido sin cesar otros nuevos.
Vespasiano estableció, en vista de ello, una comisión de jueces, elegidos por sorteo, con encargo de hacer restituir lo que se había arrancado por fuerza durante las guerras civiles, de tramitar rápidamente y reducir todo lo posible el número de los pleitos llevados ante los centunviros, que eran, en efecto, tan numerosos que parecía que había apenas de bastar para ellos la vida de los litigantes.
XI. No encontrando represión en parte alguna, el lujo y el desorden habían hecho rápidos progresos. Vespasiano hizo decretar al Senado que toda mujer que se casase con esclavo de otro sería considerada esclava, y que los usureros que prestasen a hijos de familia, no podrían en ningún caso exigir, el pago de sus créditos (179) ni siquiera después de la muerte de los padres.
XII. Mostró en todo lo demás gran moderación y bondad desde el principio hasta el fin de su reinado. Jamás ocultó lo humilde de su origen; y aun a veces se vanagloria de ello; ridiculizó a algunos aduladores que querían hacer remontar el origen de la casa Flavia a los fundadores de Reata, y hasta a un compañero de Hércules del que se ve todavía un monumento en la vía Salaria. Era tan poco inclinado a cuanto se refiere a la pompa exterior, que el día de su triunfo, fatigado por la lentitud de la marcha y cansado de la ceremonia, no pudo menos de decir que era un justo castigo por haber deseado neciamente, a su edad, el triunfo, como si aquel honor correspondiese a su nacimiento, o como si hubiese podido esperarlo alguna vez. Sólo mucho más adelante consintió en aceptar el poder tribunicio y el título de Padre de la Patria. En cuanto a la costumbre de registrar a los que iban a ver al emperador, la había suprimido desde el tiempo mismo de la guerra civil.
XIII. Soportaba con gran paciencia la franqueza de sus amigos, los atrevidos apóstrofes de los abogados y los denuestos de los filósofos. Licinio Muciano, cuyas costumbres infames eran harto conocidas, pero a quien habían enorgullecido sus servicios, le mostraba muy poco respeto; no obstante, el emperador nunca le reprendió más que en privado, y cuando hablaba de Liciano con alguno de sus amigos comunes, se contentaba con decir: Yo, cuando menos, soy hombre. Felicitó a Salvio Liberal por haberse atrevido a exclamar en la defensa de un rico cliente: ¿Qué importa a César que Hiparco tenga cien millones de sestercios? Cierto día halló sentado a su paso al cínico Demetrio, al que acababan de condenar los jueces; éste, en vez de levantarse a su presencia o de saludarle, empezó a ladrar injurias contra él; Vespasiano se contentó con llamarle perro.
XIV. No tenía memoria ni resentimiento para las ofensas y enemistades. Casó espléndidamente a la hija de Vitelio, enemigo suyo, la dotó y le hizo magníficos presentes. En tiempos de Nerón, en los días en que le estaba prohibida la entrada en la corte, un servidor de palacio, a quien preguntaba temblando qué haría o adónde iría en adelante, le replicó, poniéndole en la puerta: Vete a Morbonia.
Habiéndosele presentado después este hombre a pedirle perdón, Vespasiano le dio, sobre poco más o menos, la misma respuesta, y se creyó con ello bastante vengado.
Incapaz de sacrificar a nadie a sus temores o sospechas, hizo cónsul a Mecio Pomposiano, de quien sus amigos le habían aconsejado desconfiar porque, según decía, su horóscopo le llamaba al Imperio; si es así, decía el emperador, recordará los beneficios que le he dispensado.
XV. Difícilmente podría citarse un inocente castigado bajo su mando, a no ser en ausencia suya o sin saberlo él, y siempre contra su voluntad o porque le engañaron. Cuando regresó de Siria, Helvidio Prisco fue el único que saludó, llamándole sólo Vespasiano, y luego, durante su pretura, afectó no rendirle ningún homenaje ni nombrarle jamás en sus edictos. Vespasiano no se irritó hasta después de verse puesto en el último extremo y rebajado a la última clase de ciudadanos por la desenfrenada insolencia de sus denuestos. Es cierto que al pronto le desterró, que después mandó matarle, pero también lo es que hizo luego cuanto pudo por salvarle; que despachó en seguida correos encargados de detener a los ejecutores de la orden, y seguramente le hubiese salvado a no haberle hecho creer que era ya tarde. Por lo demás, lejos de regocijarse por la muerte de un hombre, deploraba hasta los suplicios aplicados con más justicia.
XVI. Lo único que se le censura, con razón, es su avidez de dinero. No satisfecho, en efecto, con restablecer los impuestos abolidos en tiempo de Galba, de crear otros y de los más gravosos, de aumentar los tributos de las provincias y de duplicarlos algunas veces, realizó a menudo tráficos deshonrosos hasta para un particular, comprando, por ejemplo, ciertas cosas en junto, con el único objeto de venderlas más caras al menudeo. Vendía las magistraturas a los candidatos y las absoluciones a los acusados, fuesen inocentes o culpables. Se pretende, asimismo, que concedía los mejores empleos a sus agentes más rapaces, con objeto de condenarlos cuando se hubiesen enriquecido. Se decía, generalmente, que eran para él como esponjas que sabía llenar y estrujar sucesivamente. Dicen algunos que esta avaricia era ingénita en él, y se la censuró un día cierto viejo vaquero, que, no pudiendo obtener gratuitamente la libertad, después de su advenimiento al Imperio, exclamó: que el zorro podía cambiar de piel, pero no de costumbre. Opinan otros,
por el contrario, que la extrema penuria del Tesoro y del Fisco hicieron para él una necesidad del pillaje y la rapiña; por este motivo había dicho al principio de su reinado, que necesitaba el Estado, para sostenerse, cuatro mil millones de sestercios. Esta opinión me parece tanto más verosímil, cuanto que empleó muy bien lo que había adquirido mal. 
XVII. Sus liberalidades se extendían a todos sin distinción; completó, en efecto, el censo de algunos senadores; estableció una renta anual de quinientos mil sestercios para los consulares pobres, y en todo el Imperio hizo reconstruir, más hermosas de lo que eran antes, gran número de ciudades destruidas por terremotos o incendios.
XVIII. Protegió de modo especial a los ingenios y las artes; fue el primero, en efecto, que constituyó sobre el Tesoro público una pensión anual de cien mil sestercios para los retóricos, griegos y latinos; concedió, asimismo, crecidas gratificaciones y magníficos regalos para los poetas célebres y artistas famosos, como, por ejemplo, al que hizo la Venus de Cose y al que reparó el Coloso. A un mecánico que se había comprometido a transportar con poco gasto al Capitolio columnas inmensas, Vespasiano le hizo abonar una importante suma por su proyecto, pero aplazó la ejecución, diciendo: Permitid que alimente al pobre pueblo.
XIX. En los juegos celebrados por la dedicación del teatro Marcelo, restaurado por él, hizo representar también obras antiguas. Regaló al trágico Apolinar cuatrocientos mil sestercios, a los músicos Terpno y Diodoro les dio doscientos mil; y cien mil a otros, y algunos hasta cuarenta mil, sin contar un crecido número de coronas de oro. Daba con frecuencia comidas, y las encargaba suntuosas y magníficas para proporcionar beneficios a los vendedores de comestibles. Hacía regalos de mesa a los hombres el día de las Saturnales, y a las mujeres el día de las calendas de marzo. Pero no pudo, a pesar de tales liberalidades, librarse de ser censurado de avaricia, y los habitantes de Alejandría le llamaron siempre Cybiosacto, del nombre de uno de sus reyes famoso por su avaricia. El día de sus funerales el jefe de los mímicos, llamado Favor, que representaba la persona del emperador, y parodiaba, según la costumbre, sus modales y su lenguaje, preguntó públicamente a los intendentes del difunto cuánto costaban sus exequias y pompas fúnebres, y cuando le contestaron diez millones de sestercios, exclamó: Dadme cien mil, y arrojadme, si queréis, al Tíber.
XX. Era de complexión cuadrada, miembros fuertes y robustos y el rostro como el del que hace violentos esfuerzos. Así sucedía que un satírico, al que estrechaba para que dijese sobre él un chiste, le contestó alegremente: Lo diré cuando acabes de descargar el vientre. Gozó siempre de excelente salud, aunque no hizo, para conservarla, otra cosa que frotarse por sí mismo, en una sala de gimnasia el cuello y los miembros cierto número de veces y observar dieta un día al mes.
XXI. Éste fue, aproximadamente, el orden de su vida: Desde su advenimiento al poder se levantaba siempre antes del amanecer y empezaba su trabajo. Una vez leídas todas las cartas y examinados los partes de los empleados de palacio, hacía entrar a sus amigos, y mientras recibía sus saludos, se calzaba y vestía por sí mismo. Después de despachar todos los asuntos, paseaba en litera; volvía luego a descansar un poco, teniendo a su lado, en el lecho, alguna de las numerosas concubinas, elegidas por él después de la muerte de Cenis para reemplazarla. De allí pasaba a la sala de baño y desde ésta al comedor; se asegura que éste era el momento en que se le veía de mejor humor y el que cuidaban de aprovechar las personas de su servicio para dirigirle sus peticiones.
XXII. En sus conversaciones usaba de gran familiaridad, principalmente a la mesa, donde continuamente decía chistes; era muy cáustico y hasta a veces descendía a groseras bufonadas, no conteniéndose siquiera de emplear las palabras más sucias. No obstante, se han conservado de él algunas agudezas como éstas: Al consular Mestrio Floro, que le había advertido un día que dijese plaustra (carretas) y no plostra, Vespasiano le saludó a la mañana siguiente con el nombre de Flaurus (180). A una mujer que había fingido violenta pasión por él y había triunfado de sus desdenes, se la hizo llevar y le dio por una noche cuatrocientos mil sestercios; preguntado por un intendente cómo debía inscribir aquel gasto en sus cuentas: Por Vespasiano amado, le contestó.
XXIII. Citaba con gran oportunidad versos griegos; así el que aplicó a uno muy alto, a quien, en cierto sentido, había tratado con generosidad la Naturaleza: Avanza a grandes pasos, blandiendo un largo dardo (181). Un liberto muy rico, llamado Cérulo, pretendía ser de condición libre, con objeto de defraudar más adelante los derechos del fisco; empezaba ya por esto, abandonando su nombre, a hacerse llamar Laches; Vespasiano exclamó en griego: ¡Oh, Laches, Laches, cuando estés muerto te encontrarás Cérulo como antes! (182). Buscaba sobre todo chistes a propósito de sus vergonzosas exacciones, con objeto de ocultar con rasgos de ingenio lo que tenían de odiosas y de unir a ellas el recuerdo de una agudeza. Por ejemplo, uno de sus criados a quien más quería, solicitaba una plaza de intendente para uno que decía ser su hermano; Vespasiano aplazó la contestación, llamó al mismo aspirante, se hizo entregar la cantidad que éste había ofrecido a su protector, y le concedió el empleo. Cuando el intermediario le recordó el asunto, le contestó: Busca otro hermano; el que creías tuyo, se ha convertido de pronto en mío. Durante un viaje vio detenerse de repente su muletero para hacer herrar las mulas; sospechó Vespasiano que con ello había querido dar tiempo a un litigante, a quien acababa de encontrar, para que le hablase de su asunto, y le preguntó cuánto había recibido por las herraduras, haciéndose entregar una parte de la cantidad. Su hijo Tito, le censuraba un día haber olvidado un impuesto hasta sobre la orina; Vespasiano le presentó delante de la nariz el primer dinero cobrado por aquel impuesto y le pregunto si olía mal. Contestándole Tito que no, sin embargo es orina, le dijo Vespasiano. Fueron unos diputados a anunciarle que sus conciudadanos le habían decretado la erección de una estatua colosal de mucho valor, y les contestó, señalándose el hueco de la mano: Que la coloquen aquí; preparado está el pedestal.
Ni el temor de la muerte ni siquiera la proximidad del momento fatal pudieron impedirle bromear. Entre otros prodigios que anunciaron su fin, el Mausoleo se abrió de repente y apareció en el cielo una estrella con cabellera; Vespasiano pretendía que el primero de estos presagios se refería a Funcia Calvina, que era de la familia de Augusto, y el otro al rey de los partos, que tenía larga cabellera. Al principio de su última enfermedad dijo: ¡Ay de mí, me parece que me hago dios!.
XXIV. Era cónsul por novena vez, y se hallaba en Campania cuando experimentó ligeros accesos de fiebre; en el acto regresó a Roma y desde allí marchó a Cutilias y a sus tierras de Reata, donde solía pasar el verano. Allí se le fue agravando la enfermedad, a causa del inmoderado uno de agua fría, que le destruía el estómago. No por esto dejó de cumplir los deberes de su cargo con tanta exactitud como antes, recibiendo hasta en el lecho las comisiones que le enviaban. Pero sintiéndose de pronto desfallecer a causa de un flujo de vientre, dijo: un emperador debe morir de pie, y en el instante en que procuraba levantarse expiró entre los brazos de los que le ayudaban, el 9 de las calendas de julio (183), a la edad de sesenta y nueve años, siete meses y siete días.
XXV. Todos concuerdan en decir que tenía tal confianza en los destinos prometidos a sus hijos y a él que, a pesar de las frecuentes conspiraciones contra su vida, no vaciló en afirmar en el Senado que tendría por sucesores a sus hijos o a nadie. Se dice también que en sueños vio una balanza suspendida en perfecto equilibrio en el vestíbulo del palacio, en un platillo de la cual estaban Claudio y Nerón, y en el otro sus hijos, igualdad que se encuentra en el cómputo de los años, puesto que unos y otros reinaron el mismo tiempo.

***

Notas

(171) 17 de noviembre.
(172) Tácito, dice todo lo contrario: “La integridad del proconsulado de Vitelio (en Africa) había dejado allí una impresión favorable; en cambio, el de Vespasiano fue odioso y desacreditado.”
(173) Flavio Sabino era el mayor, en la época en que ambos eran simples particulares, superaba a Vespasiano en crédito y riquezas, y se ha dicho que, arruinado Vespasiano, no pudo conseguir ayuda de su hermano mas que hipotecándole sus casas y sus tierras.
(174) Entre la Siria y la Judea se encuentra el Carmelo, nombre común a una montaña y a un dios. Este dios no tiene templo ni estatua pues así lo establece una antigua tradición un sencillo altar atrae allí la veneración de los nombres.
Vespasiano sacrificaba en él, en el tiempo en que acariciaba secretamente en su espíritu sus sueños de grandeza. El sacerdote llamado Basílides tras de examinar varias veces las entrañas, dijo a Vespasiano, “Sean cuales fueren tus designios, ya sea que pretendas construir o extender tus dominios, o multiplicar el número de tus esclavos los dioses te prometen residencia holgada, vastas tierras y gran número de hombres.”
(175) El celebre historiador de la Guerra de los Judíos.
(176) 17 de julio.
(177) Según Tácito nada inflamo tanto a la provincia y al ejercito como la seguridad dada por Muciano sobre el propósito de Vitelio de trasladar las legiones de Germania a las ricas y tranquilas guarniciones de la Siria, y destinar los soldados de la Siria al servicio de la Germania. Los habitantes de la provincia, con la costumbre de verlos, se habían aficionado a los soldados; la mayor parte estaban unidos por amistad y por matrimonio, sin contar con que, acostumbrados a su campamento por la larga permanencia en el, le tenían cariño como a sus penates.
(178) Cohortes establecidas en Puzzola y en Ostia para casos de incendio y que iban de vez en cuando a Roma para prestar allí el mismo servicio.
(179) Acerca de esto existía ya una ley (lex Loetoria) dada en 490 de Roma, y un senadoconsulto dado en 800 bajo el reinado de Claudio.
(180) Vespasiano no jugaba sólo con la pronunciación de la palabra Floro, sino que hacia a la vez un juego de palabras del griego en latín, pues la misma palabra significa en aquella lengua hombre malo.
(181) Ilíada, VII, 213.
(182) Parodia de un verso de Menandro.
(183) 23 de junio.

viernes, 20 de diciembre de 2013

SUETONIO (LOS DOCE CESARES) PARTE IX DE XII - A. VITELIO-

CAYO SUETONIO TRANQUILO
LOS DOCE CESARES

PARTE IX DE XII
A. VITELIO


I. Muchas y muy diversas tradiciones existen acerca del origen de Vitelio; unas pretenden que fue antiguo y noble; dicen otras que reciente, obscuro y hasta abyecto. Me atrevería a atribuir esta diversidad de opiniones a la adulación o a enemistad, si no remontase a una época muy anterior al reinado de Vitelio. Hay una obra de Q. Vitelio, cuestor del divino Augusto, en la que se afirma que los Vitelios proceden de Fauno, rey de los Aborígenes, y de Vitelia, que en muchos lugares fue adorada como divinidad; que reinaron en todo el Lacio; que sus sucesores pasaron del país de los sabinos a Roma, quedando aquí agregados a los patricios; que subsistieron por mucho tiempo rastros de su existencia, tales como la vía Vitelia, desde el Janículo al mar, y una colonia del mismo nombre, cuya defensa contra los equículos (161) emprendió en otro tiempo esta sola familia (162); dícese en ella por último, que en la época de la guerra con los sammitas, muchos Vitelios, enviados de guarnición a la Apulia, se establecieron en Nuceria y que sus descendientes, regresados a Roma mucho tiempo después, recuperaron su puesto en el orden de los senadores.
II. Por otra parte, algunos autores señalan como tronco de esta raza a un liberto, Casio Severo y otros muchos dicen que este liberto fue un zapatero, un hijo del cual, después de haber ganado algún dinero en ventas y tráficos, casó con una mujer de mala vida, hija de un panadero llamado Antíoco, de la que tuvo un hijo que llegó a ser caballero romano. No quiero discutir tales contradicciones; lo cierto es que P. Vitelio, ya procediese de rancia estirpe, ya de familia despreciable, fue caballero romano y administrador de los bienes de Augusto. Dejó cuatro hijos, que alcanzaron las dignidades más elevadas, y que llevando el mismo apellido, se distinguieron sólo por el nombre, y fueron Aulo, Quinto, Publio y Lucio. Aulo murió siendo cónsul con Domicio, padre del emperador Nerón; era un hombre pródigo, que se hizo célebre por la esplendidez de sus comidas; Quinto, fue eliminado del Senado cuando, a propuesta de Tiberio, se excluyó a todos los que no debían pertenecer a esta orden; Publio, compañero de armas de Germánico, acusó e hizo condenar a Cn. Pisón, enemigo y asesino de aquel joven príncipe; después de su pretura, le prendieron como cómplice de Seyano, y sometido a la custodia de su hermano, se abrió las venas con un buril; cediendo, sin embargo, a los ruegos de su familia, mucho más que al temor a la muerte, dejóse vendar y curar las heridas, y murió de enfermedad en la prisión. Lucio, después de su consulado, gobernó la Siria, Y a fuerza de habilidad decidió a Artabano, rey de los partos, a ir a visitarle y hasta a rendir homenaje a las águilas romanas. Fue luego dos veces cónsul ordinario y más adelante censor con el emperador Claudio, llegando hasta quedar encargado del Imperio en su ausencia, durante la expedición a Bretaña. Era un hombre desinteresado, activo, pero completamente deshonrado por su pasión hacia una  liberta, cuya saliva bebía mezclada con miel, como remedio contra una enfermedad de la garganta; y no hacia esto en secreto o rara vez, sino cotidianamente y delante de todos. Tenía, por otra parte, maravilloso talento para la adulación; siendo él el primero que imaginó adorar a Calígula como dios al regresar de Siria este emperador, no se atrevió a acercarse a él sino cubriéndose la cabeza, y después de girar varias veces sobre sí mismo, arrodillándose a sus pies. Viendo a Claudio gobernado por sus mujeres y libertos, y no desdeñando ningún artificio para asegurarse su favor, solicitó un día de Mesalina, como gracia excepcional, permiso para descalzarla; le quitó la sandalia derecha, que llevó constantemente entre la toga y la túnica, besándola de tiempo en tiempo. Entre sus dioses domésticos estaban colocadas las estatuas de Narciso y de Palas, y cuando Claudio celebró los juegos seculares, le dijo: que los celebres muchas veces.
III. Un ataque de parálisis le llevó al sepulcro en dos días. Dejó dos hijos nacidos de Sextilia, mujer de severa virtud y de ilustre nacimiento, y a los dos vio cónsules en el mismo año, habiendo sucedido por seis meses el menor al mayor. El Senado decretó los funerales públicos, haciéndole levantar frente a los Rostros una  estatua con esta inscripción: A la fidelidad inquebrantable hacia el príncipe. Su hijo, Aulio Vitelio, que fue emperador, nació el 8 de las calendas de octubre (163), o según otros el 7 de los idus de septiembre (164) bajo el consulado de Druso César y de Norbano Flaco. El horóscopo que de su nacimiento obtuvieron los astrólogos asustó de tal manera a la familia, que su padre hizo durante su vida increíbles esfuerzos para substraerle a los honores, y su madre, al verle al frente de un ejército y saber que había sido saludado emperador, comenzó a llorar como si ya le viese perdido. Pasó la infancia y la primera juventud en Capri entre las prostitutas de Tiberio, y fue marcado con el afrentoso nombre de Spintria, llegándose incluso a atribuir a sus repugnantes complacencias con el príncipe el favor que gozaba su Padre.
IV. En la edad siguiente continuó manchándose con toda suerte de infamias; consiguió el primer lugar en la corte, llegando a ser favorito de Calígula, con el que guió carros en el Circo, y de Claudio, jugando con él a los dados. Pero satisfizo mucho más a Nerón por las mismas complacencias, y especialmente por un mérito singular, y era que estando presidiendo los juegos Neronianos y viendo que elemperador, con vivos deseos de competir con los tocadores de lira, no se atrevía a hacerlo a pesar de las instancias de la multitud, saliendo incluso del teatro, él fue abuscarle como encargado de expresarle el ardiente anhelo del pueblo, de oírletambién, y le proporcionó de este modo el placer de dejarse convencer.
V. El favor de estos tres príncipes elevóle a la cumbre de los honores y hasta a las primeras dignidades del sacerdocio. Obtuvo el proconsulado de Africa y después la intendencia de los trabajos públicos. Su conducta, en estos dos cargos, fue muy distinta, como la reputación que adquirió en ellos. En su gobierno, que duró dos años consecutivos, dio pruebas de extraordinario desinterés, y sirvió como legado bajo el mando de su hermano, que le sucedió. En cambio, durante su administración en Roma, substrajo, según se dice, las ofrendas y ornamentos de los templos, colocando cobre y estaño en el lugar del oro y la plata.
VI. Casó con Petronia, hija de un varón consular, que le dio un hijo, Petroniano, a quien faltaba un ojo. Instituido heredero por su madre, a condición de que no permaneciera bajo la autoridad paterna, le emancipó Vitelio, aunque poco después le hizo perecer acusándole de parricidio, y pretendiendo que, agobiado por los remordimientos, había bebido el veneno dispuesto para el crimen. Casó después con Galerta Fundana, cuyo padre había sido pretor; de ésta tuvo un hijo y una hija,pero el varón balbuceaba hasta el punto de ser casi tenido por mudo.
VII. Contra la opinión general, Galba le concedió el mando de la Germania Inferior. Créese que debió este empleo a la influencia de T. Vinio, omnipotente a la sazón, y cuyo favor se había granjeado mucho antes, por razón de su común predilección por el bando de los azules (165). Entonces dijo Galba, que no hay gentes menos peligrosas que las que sólo piensan en comer y que Vitelio necesitaba las riquezas de una provincia para satisfacer su insaciable glotonería; por lo cual se ve evidentemente que en la designación de este príncipe entró más el desprecio que la consideración. Cosa sabida es que ni siquiera poseía el dinero preciso para el viaje. Estaban sus negocios tan mal parados, que su esposa y sus hijos que quedaron en Roma, se fueron a vivir en una casucha con objeto de alquilar su casa por el resto del año y que para los gastos del camino tuvo que empeñar una perla de los zarcillos de su madre. Por todas partes se veía perseguido por un tropel de acreedores que querían detenerle, entre otros los enviados de Simuesa y de Formio, cuyos impuestos había retenido en provecho propio; éstos cesaron sólo de perseguirle ante el temor de verse acusados por él de calumniadores, pues lo había hecho ya con un liberto que reclamaba una deuda con obstinada tenacidad. Vitelio le procesó en efecto, por ultraje, con el pretexto de que le había dado un puntapié, y no cedió hasta después de haber obtenido de él cincuenta sestercios de oro. El ejército que iba a mandar, mal dispuesto hacia el príncipe, y pronto a emprenderlotodo, le acogió con manifestaciones de regocijo y como presente de los dioses, considerándole hijo de un hombre que había sido cónsul tres veces, jefe joven, complaciente y disipador. Acababa de dar nuevas pruebas de su conocido carácter, besando en el camino a cuantos había encontrado, incluso a simples soldados, bromeando en todos los descansos y en todas las posadas con los caminantes ymuleteros, preguntando a cada uno, desde el amanecer, si había almorzado ya, yeructando ante ellos para demostrar que él ya lo había hecho.
VIII. Cuando entró en el campamento no negó nada a nadie y por autoridad propia perdonó la ignominia a los soldados degradados; a los acusados, perdonó la vergüenza del traje, y a los condenados el suplicio. Por este motivo, apenas transcurrido un mes, los soldados, sin tener para nada en cuenta el día y el momento, le sacaron una noche de su cámara de dormir y en el sencillo traje en que se encontraba le saludaron emperador. Le pasearon luego por los barrios más populosos, empuñando la espada de Julio César, que habían arrebatado del templo de Marte y ofrecido a él por un soldado durante las primeras aclamaciones. Cuando regresó al Pretorio, el comedor estaba ardiendo, por haberse incendiado la chimenea, presagio que consternó a todos: Valor —dijo entonces—; la luz brilla para nosotros. Ésta fue la arenga que dirigió a los soldados. Habiéndose manifestado en seguida por Vitelio las legiones de la Germania Superior, que habían ya abandonadoa Galba por el Senado, tomó el sobrenombre de Germánico, que por aclamación unánime se le confirió; no aceptó, sin embargo, al mismo tiempo el de Augusto, y rehusó para siempre el de César.
IX. Al enterarse de la muerte de Galba puso en orden los asuntos de Germania y dividió sus huestes en dos cuerpos: uno que se adelantó marchando contra Otón y otro cuyo mando se reservó. El primero partió bajo felices auspicios, pues cuando lo hacía, se presentó de pronto un águila por la derecha, giró alrededor de las enseñas y precedió a la legión por el camino que había de seguir. Pero cuando Vitelio puso en movimiento su ejército, las estatuas ecuestres que le habían erigido en muchos sitios, cayeron todas a la vez y se les rompieron las piernas; la corona delaurel que, con todas las ceremonias de la religión, se había colocado en la cabeza, se le cayó en un río, y en Viena, en fin, mientras administraba justicia sentado en su tribunal, se le posó un gallo en el hombro, pasándole de él a la cabeza. Los sucesos posteriores confirmaron tales presagios: sus legados le dieron, en efecto, el Imperio, pero él no pudo mantenerlo.
X. Se encontraba todavía en la Galia cuando se enteró de la victoria de Betriácum y de la muerte de Otón. Licenció, entonces, por edicto, a las cohortes pretorianas, por haber dado un funesto ejemplo, y se les mandó librar las armas a los tribunos. Hizo perseguir y castigar con la muerte a ciento veinte soldados, de los cuales había encontrado memoriales dirigidos a Otón pidiéndole recompensas por la parte que tomaron en el asesinato de Galba. Esta acción era hermosa, magnánima y en ella se anunciaba un gran príncipe, pero la continuación respondió más a las costumbres de su pasada existencia que a la majestad del Imperio. Durante todo el camino atravesó las ciudades montado en carro triunfal y los ríos en las más espléndidas barcas, cuidadosamente adornadas con flores y coronas y cargadas con el aparato de espléndidos festines. No se veía rastro de disciplina en su servidumbre, ni tampoco entre los soldados, y las violencias y robos que cometían eran para él objeto de risa. No contento con los festines que les brindaban todas las ciudades, ponían en libertad a los que quería, y el que se oponía a sus caprichos era al punto acometido a latigazos, herido a veces y hasta muerto. Llegado a la llanura donde se dio la batalla, vio a algunos de los suyos que retrocedían con horror ante los cadáveres en putrefacción; entonces dijo esta frase execrable: El enemigo muerto siempre huele bien, y mejor aún si es ciudadano. No obstante, para defenderse del hedor empezó a beber copiosamente vino puro al frente de sus tropas, haciendo distribuir del mismo a todos. Al ver la sencilla piedra donde estaba escrito: A la memoria de Otón, henchido de arrogancia y vanidad, exclamó: ¡Mausoleo digno de él! Envió a la colonia de Agripina (166), para consagrarlo a Marte, el puñal con que se dio muerte Otón, y en conmemoración de este acontecimiento celebró un sacrificio nocturno en las cumbres del Apenino.
XI. Entró al fin en Roma, al sonido de las trompetas, vestido con el manto de general, ceñida la espada y en medio de las águilas y los estandartes. Los de su comitiva llevaban el traje de guerra, y los soldados iban con las armas en la mano.
Mostró constantemente profundo desprecio por las leyes divinas y humanas; tomó posesión del pontificado máximo el día del aniversario de la batalla de Alía; dio las magistraturas por diez años y establecióse cónsul perpetuo. A fin de que se viese con claridad qué modelo había elegido para gobernar, envió al campo de Marte a todos los pontífices del Estado e hizo ofrendas fúnebres a los manes de Nerón. En medio de un festín solemne dijo en alta voz a un músico, cuya voz le había entusiasmado, que cantase también algunos pasajes de los poemas del maestro, y apenas hubo comenzado el canto llamado Neroniano cuando Vitelio se puso aaplaudir con calor
XII. Tales fueron los principios de este emperador, que en adelante no tuvo otra norma que los consejos y caprichos de los histriones más viles, de los aurigas y, especialmente, del liberto Asiático. Había éste permanecido en su juventud unido a Vitelio por comercio de mutua prostitución, pero no tardó en separarse de él disgustado. Hallado luego por su amo en Puzzola, donde vendía vino malo, le mandó prender, le puso en libertad en seguida y se sirvió de él como antes para sus placeres. Cansado de su carácter áspero y regañón, le vendió a un jefe de gladiadores ambulantes; arrebatóle de nuevo en el momento en que iba a presentarse en la arena al final de un espectáculo, y nombrado más adelante para el gobierno de una provincia, le manumitió. El primer día de su reinado, estando a la mesa, le dio el anillo de oro a pesar de que aquella misma mañana había contestado indignado a los que le pedían aquel favor para Asiático, que no quería manchar el orden ecuestre con semejante nombramiento.
XIII. Sus vicios principales eran la glotonería y la crueldad. Comía ordinariamente tres veces al día y a veces cuatro, designándolos almuerzo, comida, cena y colación. Podía hacer todas estas comidas por la costumbre que había adquirido de vomitar. Invitábase para un mismo día en casa de diferentes personas y ningún festín de éstos costó menos de cuatrocientos mil sestercios. El más famosofue la cena que le dio su hermano el día de su entrada en Roma; dícese, en efecto,que sirvieron en ella dos mil peces de los más exquisitos y siete mil aves. Su hermano colmó aquel día su esplendidez con la inauguración de un plato de enormes dimensiones, al que llamaba fastuosamente escudo de Minerva protectora.
Habían mezclado en él hígados de escaro, sesos de faisanes, lenguas de flamencos y huevos de lampreas. Barcas y trirremes habían ido a buscar estas cosas desde el país de los partos hasta el mar de España. Su voracidad no sólo no tenia limites, sino que era también sucia y desordenada, no pudiendo contenerse ni durante los sacrificios ni en los viajes. Comía sobre los mismos altares carnes y pastelillos, que mandaba cocer en ellos, y por los caminos tomaba en las tabernas platos humeando aún, o que, servidos el día anterior, estaban medio devorados.
XIV. Se le hallaba en todo momento dispuesto a ordenar asesinatos y suplicios, sin distinción de personas y por cualquier pretexto; así hizo morir de diferentes maneras a nobles romanos, en otro tiempo condiscípulos suyos y compañeros, atraídos a su lado por toda clase de agasajos y a los que hubo como si dijéramos asociado a él en el ejercicio del poder. Llegó hasta envenenar a uno de ellos por su propia mano, en un vaso de agua fresca que le pidió durante un acceso de fiebre. No perdonó a casi ninguno de los usureros y acreedores que en otro tiempo le habían exigido en Roma las cantidades que les debía, como tampoco a los recaudadores que en sus viajes le habían hecho pagar la tasa. A uno de ellos que se presentó a saludarla le envió al suplicio; pareciendo arrepentirse hizo que lo volvieran en seguida, y cuando todos celebraban ya su clemencia, mandó matarle a presencia suya, queriendo, según decía, dar satisfacción a sus ojos (167). Mandó ejecutar con otro a dos hijos suyos Tú eres mi heredero; quiso él entonces ver el testamento, y leyendo que un liberto de aquel caballero debía compartir con él la herencia, mandó degollar a los dos. Hizo matar a algunos hombres del pueblo por el delito de haberse manifestado en público contra el bando de los azules, audacia que significaba, según él, desprecio a su persona y esperanza de cambio de reinado.
Odiaba especialmente a bufones y astrólogos, a los cuales condenaba a muerte por denuncia de cualquiera y sin quererlos oír. Su furor contra ellos llegó al colmocuando, después del edicto en que ordenaba a los astrólogos salir de Roma y deItalia antes de las calendas de octubre, se publicó esta parodia: Salud a todos. Por orden de los caldeos, se prohíbe a Vitelio Germánico estar en ninguna parte delmundo para las calendas de octubre. Se sospechó también de él que había hechomorir de hambre a su madre enferma, porque una mujer del país de Cata, a la que prestaba fe como a un oráculo (168), le había anunciado un largo y tranquilo reinado si sobrevivía a su madre. Según otros testimonios, disgustada ella del presente y asustada por lo por venir, le pidió el veneno, que él le proporcionó sin dificultad.
XV. En el octavo mes de su reinado, se sublevaron contra él los ejércitos de Misia y de Panonia; se sublevaron asimismo los de Judea y de la Siria, al otro ladode los mares, y prestaron juramento a Vespasiano, presente o ausente. Vitelio, para asegurarse entonces la adhesión del resto de las tropas y del favor público, prodigosin medida dinero y honores en nombre del Estado y en el suyo propio. Hizo levas en Roma, prometiendo a los voluntarios no sólo la licencia después del triunfo, sino también las recompensas de los veteranos y las ventajas del servicio regular.
Estrechado por sus enemigos por mar y tierra, opúsoles, por un lado, a su hermano con una flota, milicias nuevas y un ejército de gladiadores, y por otro, a los generales y legiones que habían vencido en Betriácum. Pero vendido o derrotado en todas partes, trató con Flavio Sabino, hermanos de Vespasiano, no reservándose más que la vida con cien millones de sestercios; desde las gradas del palacio, declaró en el acto a los soldados reunidos que renunciaba al Imperio, del que se había hecho cargo contra su voluntad. Levantándose por todos lados oposiciones a semejante determinación, accedió a aplazarla, dejó pasar una noche y al amanecer, vestido con traje de luto, se dirigió a la tribuna de las arengas, donde, llorando, hizo la misma declaración, pero esta vez leyéndola en un escrito que tenía en la mano. El pueblo y los soldados le interpelaron de nuevo exhortándole a no dejarse vencer del abatimiento y prometiéndole todos a porfía ayudarle con todas sus fuerzas; recobró con esto su valor, atacó repentinamente a Sabino y a los otros partidarios de Vespasiano, que estaban confiados, los rechazó hasta el Capitolio, y allí los hizo perecer a todos incendiando el templo de Júpiter óptimo Máximo (169); entretanto, él, sentado a la mesa en casa de Tiberio, estuvo presenciando el combate y el incendio. Muy pronto se arrepintió de esta atrocidad, la culpa de la cual imputó a otros. Convocó al pueblo, e hizo jurar a todos y juró el primero no considerar nada tan sagrado como la tranquilidad pública. Desprendió entonces la espada que pendía de su cinto, la presentó primero al cónsul, y luego, por negativa de éste, a los demás magistrados y por último a cada senador; no quiso ninguno aceptarla, y cuando iba ya a depositarla en el templo de la Concordia, le gritaron muchos que él mismo era la Concordia. Volvió entonces sobre sus pasos, y declaró que conservaba la espada y aceptaba el sobrenombre de Concordia.
XVI. Invitó a los senadores a que enviasen legados con las vestales a pedir la paz, o cuando menos el tiempo necesario para deliberar. A la mañana siguiente, mientras esperaba la respuesta, llegó un explorador anunciando que se aproximaba el enemigo. Se ocultó en el acto en una silla gestatoria y acompañado sólo de su panadero y su cocinero se dirigió ocultamente al Aventino, a casa de sus padres, con la intención de pasar de allí a la Campania. Pero habiendo circulado en seguida el rumor, vago e incierto, de que se había hecho la paz, se dejó conducir de nuevo a palacio. Viendo allí que estaba todo desierto y que incluso los que le acompañaban desaparecían de su lado, ciñóse un cinturón lleno de monedas de oro, se refugió en la garita del portero, ató el perro delante de la puerta y la atrancó con una cama y un colchón.
XVII. Entraban ya los exploradores del ejército enemigo, y algunos, no encontrando a nadie, lo registraron todo según acostumbraban hacer. Sacáronle de su escondrijo y como no le conocían, le preguntaron, quién era y dónde estaba Vitelio; trató de engañarlos con mentiras, pero viéndose al fin reconocido, suplicó ardientemente que le dejaran en vida, aunque fuese en una prisión, pues tenía que revelar secretos de que dependía la existencia de Vespasiano. Lleváronle casi desnudo al Foro, con las manos atadas a la espalda, una cuerda al cuello y las ropas destrozadas, prodigándole los peores ultrajes por todo el trayecto de la vía Sacra: unos le tiraban de los cabellos hacia la espalda para levantarle la cabeza, como se hace con los criminales; otros, le empujaban la barba con la punta de la espalda para obligarle a mostrar la cara; arrojábanle éstos fango y excrementos; aquellos le llamaban borracho e incendiario; parte del pueblo hacia burlar hasta de sus defectos corporales, porque era, en efecto, extraordinariamente alto y tenía elrostro encendido y manchado por el abuso del vino, el vientre abultado y una pierna más delgada que la otra, a consecuencia de una herida que se infirió en otro tiempo en una carrera de carros, sirviendo de auriga a Calígula. Cerca ya de las Gemonias le desgarraron, en fin, a pinchazos con las espadas y por medio de un gancho lo arrastraron hasta el Tíber
XVIII. Murió con su hermano y su hijo (170) a los cincuenta y siete años de edad. El prodigio que le ocurrió en Viena y del que hemos hablado, se interpretó en el sentido de que algún día caería en poder de un galo; el suceso justificó la predicción, pues fue vencido por Antonio Primo, uno de los generales del ejército enemigo, nacido en Tolosa, y que había llevado en la infancia el epíteto de Becco, palabra que significaba pico de gallo.

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Notas

(161) Los equículos o equicolos, llamados también Aequi, Eequanni, Aequiculani, eran una raza de montañeses salvajes, establecidos en las dos riberas del Anio, entre los marsos, peliños y sabelios.
(162) En esta tropa, formada por los miembros de la familia de los Vitelios, han de comprenderse los libertos y clientes.
(163) 24 de septiembre.
(164) 7 de septiembre .
(165) Según Chifilino se burlaron mucho de Vitelio, el cual, vestido de azul como los de este bando limpiaba los caballos en el Circo.
(166) Colonia.
(167) Estas mismas palabras le atribuye Tácito aplicadas en otras circunstancias: “Temiendo perderse, dice, dilatando la muerte de Bleso, o hacerse odioso ordenándola públicamente, eligió el veneno, y se vanaglorio de haberse dado satisfacción a sus ojos (son sus mismas palabras) con el espectáculo de un enemigo muerto”.
(168) Los germanos reconocían, en efecto, en las mujeres la facultad de adivinar el porvenir.
(169) “Se ignora, dice Tácito, si fueron los asaltantes los que pusieron fuego a las casas o si, como generalmente se supone, fueron los propios sitiados los que pusieron en práctica este medio, para contener los progresos del enemigo...” El Capitolio quedó por completo destruido.
(170) Muciano mandó dar muerte al hijo de Vitelio, alegando que las discusiones serían eternas si no se destruyan los gérmenes de la guerra.